8 #2
—Tenemos que investigar esto. El problema es que no sé si Megatech nos dará permiso.
Como si hubiera estado esperando aquella frase, una notificación apareció en ambos implantes.
Amenaza detectada y neutralizada. Se solicita que las unidades operativas Aline Voss, Irek Damond y Joren Malek acudan de inmediato a Torre Megatech para una inspección completa de hardware.
Joren leyó el mensaje y levantó la vista.
—¿Te llegó?
—Sí.
Aline tragó saliva.
—Tenemos que ir a Torre Megatech.
Hizo una pausa antes de continuar.
—También hay… otras cosas.
Apretó los dientes.
—Ya estoy en todas partes, Joren. Ya me están viendo.
Joren no respondió de inmediato.
Deslizó la vista por la malla informativa con rapidez. Los resultados aparecieron uno detrás de otro. La mayoría eran noticias generadas en foros, artículos creados por inteligencia artificial o publicaciones de prensa amarillista. Demasiadas. Demasiado rápido. Aquello no parecía casualidad.
Oficial Anti-Zero involucrada en escándalo sexual con clon.
Teniente de Megatech protagoniza filtración íntima.
Videos privados de agente corporativa se vuelven virales.
Había decenas. Capturas. Fragmentos. Enlaces. Reenvíos.
Todo avanzando a una velocidad imposible de contener.
No pudo evitarlo.
Abrió uno.
Solo unos segundos.
Lo suficiente.
El cuerpo de Aline era inconfundible.
Cerró el archivo de inmediato, invadido por una vergüenza que no esperaba sentir.
Justo entonces ella levantó la mirada.
—Los viste, ¿verdad?
Joren tragó saliva.
—Solo un fragmento.
La expresión de Aline se derrumbó un poco más.
Frustración. Cansancio. Vergüenza. Algo todavía más profundo.
Los labios le temblaron y dos lágrimas silenciosas terminaron resbalando por sus mejillas.
—Pero no te juzgo, Aline —se apresuró a decir Joren—. Sé que te expusieron. Sé que están usando lo más íntimo de tu vida para hacerte daño. Y si yo estuviera en tu lugar… también estaría destrozado.
Se inclinó ligeramente hacia ella, sin llegar a tocarla.
—No te veo diferente por esto. Entiendo cuánto duele.
Negó despacio con la cabeza.
—No me mires así. No estoy pensando nada malo de ti. Nunca lo haría. Sé quién eres. Y si hay algo que puedo prometerte es que voy a hacer todo lo posible para ayudarte.
Su voz se endureció.
—Vamos a encontrar a los responsables.
Hizo una breve pausa.
—Y vamos a hacer que paguen por esto.
Otra pausa.
—Lo quiera o no Megatech.
Aline abrió los ojos con sorpresa.
Y volvió a llorar.
Pero esta vez no era vergüenza. Tampoco miedo.
Lloraba porque Joren hablaba en serio.
Porque no necesitó que una IA analizara su voz para saberlo.
Porque ya no se sentía sola.
Y, en aquel momento, eso significaba más de lo que podía expresar con palabras.
La unidad Revenant llegó sin estridencias, como casi todo lo que hacía Megatech cuando quería demostrar poder sin necesidad de exhibirlo. Aline y Joren subieron sin decir palabra. El trayecto fue breve, directo y silencioso.
La Torre Megatech se alzaba en el centro de Ciudad Metro como un monumento obsceno al control corporativo. Cincuenta kilómetros de altura. Un coloso de acero y cristal rematado por pagodas en los niveles superiores, visible desde casi cualquier punto de la metrópolis.
Incluso a aquella distancia resultaba imposible abarcarla entera con la vista.
La base desaparecía entre kilómetros de edificios, plataformas industriales y corredores aéreos.
La parte superior se perdía entre nubes artificiales, tráfico de gran altitud y capas enteras de infraestructura suspendida.
Durante el día proyectaba una sombra que atravesaba distritos completos. Por la noche, miles de luces recorrían su estructura como si se tratara de una ciudad vertical construida sobre otra ciudad.
Desde allí Megatech veía, decidía y corregía. Allí no existía el azar. Allí la seguridad era ley.
El Revenant se posó en una de las pistas de los niveles medios. Apenas las compuertas se abrieron, los recibió un pasillo amplio y pulcro, iluminado por una luz blanca y fría.
Ella estaba esperando.
Sola. De pie. Tableta en mano.
Akemi Sato.
Vestía un traje impecable, de líneas perfectas, con el cabello recogido sin un solo mechón fuera de lugar. No necesitaba elevar la voz para dejar claro quién mandaba. Su mirada recorrió primero a Joren con desinterés técnico y luego se detuvo en Aline.
La evaluó.
El desprecio fue sutil. Pero estaba ahí.
—Parece que está en todas partes, teniente Voss —dijo con una calma que dolía más que un reproche abierto.
Aline sintió el golpe. Seco. Directo al estómago.
Pero estaba en Torre Megatech. Estaba en servicio.
La máscara ya estaba puesta.
Aguantaría.
Joren la miró de reojo, tenso.
—Espero que nos entregue un informe claro sobre los motivos de este escándalo —continuó Sato—. Si es que desea conservar su trabajo.
—Sí, señora —respondió Aline—. En este momento lo estoy terminando.
La mujer asintió apenas.
—Veo que, al menos, conserva la sensatez. La va a necesitar.
Bajó la tableta.
—Porque, si decidimos mantenerla como activo tras este incidente, deberá afrontar las consecuencias. Síganme. Procederemos con los exámenes.
Se dio media vuelta sin esperar respuesta.
Aline y Joren la siguieron.
Todo dentro de la torre respiraba estética japonesa: paredes limpias, superficies de madera sintética y metal pulido, jardines interiores mínimos, líneas rectas y un orden absoluto. Nada sobraba. Nada estaba fuera de lugar.
Llegaron al ascensor. Las puertas se cerraron en silencio y el descenso fue breve.
El laboratorio los recibió con un olor estéril e iluminación aún más intensa. Equipos de última generación, brazos robóticos suspendidos sobre las estaciones de trabajo, camillas médicas y pantallas holográficas flotando por todas partes, mostrando datos biométricos en tiempo real.
Y allí estaba Damond.
Sentado en una camilla, con el torso descubierto y varios técnicos ajustando sensores mientras calibraban equipos a su alrededor. Un médico especializado en implantes hablaba con él mientras revisaba información proyectada en el aire.
El médico se interrumpió al verlos entrar.
Los técnicos también.
Aline sintió las miradas. Curiosas. Críticas. Evaluadoras.
No reaccionó.
Sato avanzó directamente hacia el médico.
Damond levantó la vista.
Aline sostuvo su mirada.
Nada más. Ningún gesto. Ninguna palabra.
Solo entendimiento.
La revisión duró un par de horas.
Aline tuvo que quedarse en ropa interior, igual que Joren y Damond. Era el protocolo: sin prendas, sin accesorios y sin interferencias externas. Aun así, no podía sentirse más expuesta.
Las cápsulas de escaneo eran alargadas, atravesadas por anillos de luz azul que recorrían toda su superficie.
Brazos robóticos descendían con precisión milimétrica, proyectando campos capaces de atravesar piel, músculo e implantes.
Los paneles mostraban mapas completos del cuerpo en tiempo real, resaltando conexiones, nodos y rutas de datos.
Aline permaneció inmóvil durante todo el proceso, recostada con los brazos a los costados y la espalda recta.
Sentía las miradas.
O quizá solo lo imaginaba.
Como si todos pudieran verla más allá de la ropa interior. Como si ya la hubieran visto.
Hasta Damond.
Especialmente Damond.
Cuando por fin quedaron solos unos segundos, él habló.
—Lo siento mucho… de verdad. Es una puta mierda.
Aline no respondió.
Su informe ya estaba terminado. Lo había redactado a través del implante, sin adornos ni emociones. Acababa de subirlo a los servidores internos.
Ahora solo quedaba esperar.
No sabía qué haría Megatech.
Había pensado que los videos terminarían únicamente en sitios pornográficos, circuitos cerrados o redes clandestinas.
Pero no.
También habían llegado a la prensa amarillista.
Con su nombre. Con sus datos. Con su dirección. Con su unidad. Con su rango.
Todo.
Todos lo sabían. O terminarían sabiéndolo.
Le habían arruinado la vida.
Y para Megatech ella podía ser cualquier cosa: un problema que eliminar o un activo que proteger. Podían despedirla. Podían respaldarla públicamente. Podían hacer cualquiera de las dos cosas.
Cuando terminaron las revisiones, les devolvieron la ropa.
Vestirse fue automático. Mecánico.
Después los guiaron por varios pasillos hasta una sala de juntas pequeña.
Una mesa alargada. Sillas minimalistas. Un enorme ventanal mostrando Ciudad Metro desde las alturas.
El tráfico aéreo cruzaba entre los edificios como venas luminosas suspendidas en la oscuridad.
Los dejaron solos.
Aline permaneció de pie frente al ventanal, observando la ciudad.
Y al mismo tiempo veía otra cosa.
Titulares. Pantallas. Comentarios. Fragmentos de noticias.
Todo superpuesto en sus implantes.
No era una figura mediática. Ni una celebridad.
Era un número.
Y precisamente por eso la estaban usando. Para golpear a Megatech.
No se atrevió a leer demasiado.
Un par de comentarios bastaron.
Qué perdedora. Cogiéndose a un clon. Seguro que con ese cuerpo no consigue a nadie.
Debajo apareció otro.
Yo sí le daba. Me encantan esas nalgas duras como roca.
Aline sintió que algo se le rompía por dentro.
Se limpió una lágrima que ni siquiera había notado y cerró todas las ventanas de golpe.
Fue hasta la mesa y se sentó.
—¿Estás bien? —preguntó Joren con cuidado.
Aline asintió.
—Joren —dijo Damond—, te lo agradezco. Que hayas levantado la alerta. No sabes cuánto. Quién sabe qué podrían haber hecho esos hijos de puta si no lo hacías.
—Agradezca a la teniente —respondió Joren—. Por animarse a contármelo. Si se hubiera dejado extorsionar, esto estaría ocurriendo de otra forma. Estas cosas nunca acaban bien.
Bajó la mirada un instante.
Aline tragó saliva.
—Kessler… —dijo Damond—. Supongo que todo esto tiene que ver con él, ¿no?
Joren lo miró.
—Es probable, sargento. Pero no hay forma de probarlo. No sin una investigación. Todo depende de Megatech ahora. No somos policías y esto está fuera de nuestra función.
Damond abrió la boca para responder, pero se quedó en silencio cuando la puerta se abrió.
Akemi Sato entró sola.