Factor Zero 8
25%

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Pasaron varios minutos sin que ninguno dijera nada.

El reservado permanecía aislado del murmullo del restaurante. El vapor del té ascendía lentamente desde las tazas, formando una neblina tenue que parecía quedarse suspendida entre ellos.

Aline estaba sentada contra la pared, con las rodillas recogidas y los brazos rodeándolas como si necesitara aferrarse a algo físico. Miraba un punto indefinido frente a ella, sin apenas parpadear.

La mesa baja había sido desplazada ligeramente hacia un costado para dejarles espacio. Ninguno de los dos había tocado el té.

Joren permanecía a su lado, apoyado también contra la pared. Su postura era rígida. Aunque intentaba concentrarse en ella, parte de su mente seguía trabajando sin descanso. Procesos de rastreo, análisis de rutas de salida y correlación de firmas digitales continuaban ejecutándose en segundo plano.

Había ignorado deliberadamente el correo anónimo que había recibido minutos atrás, titulado sin ninguna sutileza: LA PUTA DE ALINE VOSS. Lo había marcado como cebo, una baliza más para intentar localizar el origen.

También había intentado contactar con Damond por todos los canales disponibles.

Sin respuesta. Ninguna ubicación registrada. Ninguna confirmación de estado.

Aquello lo inquietaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.

Aline fue la primera en romper el silencio.

—No sé qué pasó, Joren —dijo al fin, con un hilo de voz—. Las amenazas empezaron esta mañana, cuando salí de la consulta con el psicólogo. Decían que tenían videos míos. Que se iban a poner en contacto. Que, si no hacía lo que me iban a pedir…

La frase murió antes de completarse.

Sus labios temblaron.

Respiró hondo y continuó obligándose a seguir.

—Que los iban a mostrar… A todo el mundo…

Una lágrima le resbaló por la mejilla.

Joren no la interrumpió. Sus ojos seguían moviéndose con rapidez, recorriendo información visible solo para él. Analizaba metadatos sin abrir los archivos. Comparaba patrones de compresión, marcas temporales, nodos de redistribución.

No necesitaba ver los videos para entender qué estaban haciendo.

Lo confirmó cuando detectó cómo seguían replicándose.

Distribución masiva. Plataformas pornográficas públicas. Redes privadas. Foros cerrados. Reenvíos automatizados.

Todo respondía a un modelo viral diseñado para maximizar la exposición y el daño psicológico en el menor tiempo posible.

Sintió un nudo en el estómago.

—Numen me destrozó —continuó Aline—. No sé por qué, pero me quebró. Todo lo que vimos allí. Toda esa gente. Muertos, desplazados, niños durmiendo en la calle. No era el trabajo para el que me entrenaron. No así.

Cerró los ojos durante un instante.

—Luego vino la llamada de Damond. La reunión en el bar. Creo que… lo necesitaba. Cuando nos fuimos, bebí demasiado.

No lo miró.

—De regreso a casa pasé por una tienda. Una sucursal de Genesis Bioworks. No sé por qué lo hice. De verdad no lo sé. Pero entré… y compré un clon.

No añadió nada más.

No hacía falta.

Joren entendió.

No por experiencia directa, sino porque aquella idea también le había cruzado la mente más de una vez al volver a su propio departamento vacío. Nunca había dado ese paso. Tal vez por pudor. Tal vez por miedo.

Aline continuó hablando con la voz cada vez más quebrada.

—Esa noche lo usé. Nunca he tenido a nadie en casa, Joren. Nunca. He dedicado mi vida entera a mi carrera. Siempre estuve sola y nunca lo necesité… o eso creía. Pero siempre tuve ese deseo estúpido de llegar del trabajo y que alguien me estuviera esperando.

Rodeó la taza con ambas manos sin llegar a beber.

—Numen convirtió ese deseo en desesperación. Y después… en algo más. Al día siguiente me sentí sucia. Vacía. Como si me hubiera traicionado a mí misma.

Guardó silencio unos segundos.

—Luego vino la muerte de Kessler. Bloque Lázaro. Todo ese día me sentí mal. Y, aun así, cuando volví a casa después de evitarlo durante horas… ahí estaba. Me recibió con calidez. Había ordenado el departamento. Me preguntó cómo me sentía. Estaba contento de verme.

La voz volvió a temblarle.

—Y volví a caer.

Esta vez lo miró apenas un segundo antes de apartar la vista, avergonzada.

—Esa vez no me sentí tan mal. Y eso fue lo que más miedo me dio.

Joren apretó los labios.

Sus procesos seguían ejecutándose, pero cada vez le costaba más mantener la distancia emocional.

—Al día siguiente fue el funeral —continuó Aline—. Ahí… creo que fue ahí cuando me hackearon. El dolor de cabeza. El sangrado en la nariz. Damond también se quejó de lo mismo.

Alzó la vista.

—Puede que él también esté intervenido.

Joren asintió despacio.

—Estoy intentando localizarlo —dijo—. Por todos los medios posibles. Ya di aviso a la corporación. Los equipos técnicos están trabajando en ello.

Aline asintió y sorbió por la nariz.

El té seguía humeando entre ellos, intacto.

—Cuando se contactaron conmigo —prosiguió después de unos momentos—, habían enviado videos adjuntos.

La voz volvió a quebrársele.

—Todo estaba grabado desde mi implante ocular. Desde… mi punto de vista.

Cerró los ojos durante un instante.

—Pude deducir que fue después del funeral. No había nada de antes. Han estado viendo por mis ojos durante casi dos días. Todo lo que hacía. No sé cuánto grabaron… pero con lo que me mostraron fue suficiente.

Apretó los dedos alrededor de la taza.

—Cuando se pusieron en contacto conmigo me rompí. Casi me pongo a llorar en plena calle. Tuve que salir corriendo y meterme en un hotel de paso solo para poder llorar, pensar y entender qué había pasado. Algo que debería haber hecho desde el primer momento… pero no pude.

Inspiró hondo, como si cada palabra pesara más que la anterior.

—Mis lecturas emocionales debieron llegar a Megatech. Pero nadie hizo nada. Nadie me contactó. Ni Damond, aunque supongo que, al no estar por encima de mí en la unidad, no le habrá llegado nada. Tampoco me llegaron lecturas de él. Si es que de verdad le pasó lo mismo.

Se quedó callada unos segundos.

—Entonces recordé nuestra… cita.

La palabra quedó suspendida entre ambos.

Joren tragó saliva.

Él también la recordaba.

Había pensado en ella durante dos días enteros. Apenas había dormido. Había llegado con más de una hora de antelación, incapaz de quedarse quieto mientras repasaba una y otra vez qué decir y cómo decirlo.

El dolor de cabeza. El sangrado de nariz.

¿Cómo no lo había visto?

La respuesta era tan simple como incómoda. Porque había estado demasiado pendiente de ella.

Observándola. Pensando en ella. Reuniendo el valor suficiente para invitarla a salir.

Y cuando por fin lo había hecho, nada había salido como lo había imaginado.

Apartó esos pensamientos.

No era el momento.

—Supe que no podía pedirte ayuda por el implante —continuó Aline—. Y tampoco estaba segura de si quienes me intervinieron sabían de la cita. Así que fui hasta allí dispuesta a esperarte.

Levantó la vista apenas.

—Me sorprendió verte tan temprano. Pero no sabes… no sabes el alivio que sentí.

Las lágrimas volvieron a acumularse en sus ojos.

—Iba a ser discreta… A disimular… A no delatar nada por mis lecturas… Pero empezaron a llover las amenazas y no pude aguantar más… Te lo solté todo.

La voz terminó de quebrársele.

—Pero me ayudaste, Joren… Los sacaste de mi cabeza.

Las lágrimas comenzaron a caer sin control.

—Te lo agradezco… De verdad… No sabes el miedo que tenía. El miedo… y la vergüenza que tengo ahora mismo.

Joren la observó temblar.

No lo pensó demasiado.

Simplemente la abrazó.

Aline se aferró a él con fuerza, como si sostenerse dependiera de aquel contacto. Estaba rota de una forma que ningún combate, ningún pandillero y ningún zero habían conseguido jamás.

Hijos de puta.

Fue lo único que alcanzó a pensar Joren.

Cuando encontrara a quienes habían hecho aquello, se lo cobraría.

Una vez. Diez veces. Las que hicieran falta.

Exponer así a una persona. Utilizar su intimidad, su vulnerabilidad y su miedo para destruirla.

Sintió el calor del cuerpo de Aline contra el suyo, la tensión bajo la piel y la firmeza de unos músculos acostumbrados a soportarlo todo.

No le importó que aquel fuera un momento de debilidad.

Desde hacía meses, sin saber exactamente cuándo había empezado, deseaba estar así con ella.

No como el mundo la había reducido en aquellos videos. No de aquella forma.

Solo así. Abrazándola.

Y, precisamente por eso, nunca habría querido verla en ese estado.

Lo peor era que ya lo sabía.

Aquello estaba fuera de control. La bomba había explotado. No había forma de deshacerlo.

Con suerte, el tiempo terminaría enterrándolo bajo nuevas noticias, nuevos escándalos y nuevas tragedias.

Pero, a partir de ahora, la vida de Aline acababa de convertirse en un infierno.

Tras unos momentos, Aline aflojó el abrazo y se apartó con cierta torpeza, como si de pronto hubiera tomado conciencia de sí misma.

Pensó que, con su fuerza, incluso abrazar a alguien podía ser peligroso.

Y entonces recordó el comentario de Damond.

Con tu corpachón, lo terminarías partiendo como una ramita.

La sola idea le provocó una punzada de vergüenza.

Bajó la vista hacia la taza.

—¿Crees que Kessler pudo haber sido hackeado también…?

El cambio de tema fue tan evidente que ninguno de los dos lo señaló.

Joren, que habría querido mantener el contacto unos segundos más, asintió.

—Es muy probable. Si lograron superar la seguridad de Megatech de esta forma, encaja demasiado bien.

Se pasó una mano por el rostro.

—Si fue así, tuvo que ocurrir en Bloque Lázaro… o Kessler ya estaba intervenido antes de la reunión en el bar. Después, el hacker, o los hackers, estuvieron en el velatorio.

Alzó la vista hacia ella.

—Este tipo de ataques necesitan proximidad para ser realmente efectivos. Seguramente te atacaron a ti y a Damond porque saben que, siendo especialista, tengo más facilidades para detectar una intrusión. Eso significa que saben quiénes somos. Nos conocen.

Guardó silencio un instante antes de continuar.

—Si hubieran intentado hacerlo conmigo directamente, lo habría notado. Los sistemas que llevo los instalé yo mismo. Pero contigo y con Damond era mucho más sencillo.

Suspiró.