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Pero la postura lo delataba.
Tensión. Nerviosismo mal disimulado.
Aline consultó la hora en su campo visual.
Faltaba más de una hora.
Se quedó quieta un segundo, sorprendida.
Quiso pensar qué significaba aquello, pero no tenía margen para analizarlo.
Tenía que aprovechar.
Empezó a caminar hacia él, más rápido, abriéndose paso entre la gente.
Otro mensaje entró.
No lo abrió.
Siguió avanzando.
A pocos pasos, Joren levantó la vista. Al verla se quedó pálido durante un instante.
No sabía si por verla tan temprano, por su expresión o por ambas cosas.
El mensaje se abrió solo sin que Aline se detuviera.
Más te vale que no le digas una sola palabra.
Tragó saliva y se abrió un segundo.
Si abres el pico, no va a pasar ni un segundo antes de que estés en todas partes.
Le temblaron las manos.
Llegó frente a Joren y, sin poder contenerse más, las lágrimas rompieron el dique.
Lo tomó de los hombros con fuerza, como si temiera que desapareciera.
—Joren… por favor —dijo con la voz quebrada—. Ayúdame. Me hackearon. Tengo los implantes intervenidos.
Joren dudó un segundo.
Solo uno.
Los ojos abiertos de par en par, viendo en Aline una vulnerabilidad que jamás le había visto.
Después, el técnico reemplazó al hombre.
Activó protocolos sin decir una palabra. Permisos corporativos. Accesos de emergencia.
Sus implantes entraron en modo operativo mientras extendía su conciencia hacia la de ella, estableciendo un enlace directo.
En ese mismo instante, Aline sintió el impacto.
Un dolor brutal le atravesó la cabeza. Su campo visual se saturó de golpe y el siguiente mensaje se abrió por la fuerza. La visión se llenó de fragmentos de video, de su propio cuerpo, de palabras superpuestas y de enlaces replicándose en tiempo real.
PUTA.
Las piernas dejaron de sostenerla. Cayó en el banco, se cubrió el rostro con ambas manos y respiró como pudo, luchando por no romperse del todo.
Joren no se apartó. Ejecutó contraataques, aisló canales, cortó flujos de datos y levantó barreras de emergencia. Fueron apenas diez segundos, pero se sintieron eternos.
Y entonces el ruido desapareció.
El dolor cedió de golpe, dejando solo un eco sordo detrás de los ojos.
Joren se sentó a su lado, le apoyó una mano firme en la espalda y la ayudó a incorporarse un poco. Permaneció en silencio unos segundos antes de hablar a través del implante.
—Listo. Estás desconectada. Estoy rastreando los nodos de enlace, siguiendo rutas de acceso y firmas de conexión. Quien haya hecho esto es bueno…
Se quedó observándola un momento.
—Aline… ¿qué pasó?
Ella negó con la cabeza y se apretó los labios.
No podía. No allí.
—No puedo aquí… —dijo al fin—. Joren, vamos a otra parte. No quiero hablar en la calle. Ni por los implantes. No estoy bien.
Joren la evaluó durante un segundo. La tensión era evidente en su rostro.
—Hay un lugar cerca, con reservados —respondió—. Podremos hablar tranquilos. Ven.
Aline asintió sin levantar la vista. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y lo siguió.
Joren dudó un instante. Su mano se movió hacia la de ella, pero no llegó a tocarla.
Aline caminó mirando al suelo, evitando cualquier cruce de miradas. La cabeza era un ruido constante, pensamientos chocando unos contra otros sin orden ni dirección.
Pensaba en lo que estaba pasando. En lo que vendría después. En cómo iba a explicarlo. Tenía que ser sincera. No había alternativa. Los mensajes lo habían dejado claro.
Se preguntó si los videos ya habrían llegado a alguien que conociera. A quiénes. A cuántos.
Por un instante enfermizo imaginó a Joren recibiéndolos en ese mismo momento. Viéndolos a través de su implante mientras caminaba a su lado sin decir una palabra.
La idea le apretó el pecho.
Tuvo que hacer un esfuerzo consciente para no romperse allí mismo.
Entonces empezó el bombardeo.
Correos. Notificaciones. Mensajes entrantes desde direcciones distintas, números distintos e identidades descartables.
Ya no estaba hackeada, Joren se lo había asegurado, pero la bandeja se llenaba de basura diseñada para saturarla.
Puta.
Hija de puta.
Lo vas a pagar.
Algunos mensajes incluían enlaces. Otros solo texto. Fragmentos lanzados como piedras.
Tus videos están en línea.
Aline tragó saliva.
No abrió ninguno.
Activó cortafuegos y ordenó a la IA aislar y filtrar todo lo que proviniera de fuentes desconocidas.
El último mensaje que alcanzó a leer antes de que el sistema cerrara el flujo decía:
NADIE NOS LA JUEGA, PUTA.
El lugar apareció poco después.
Un restaurante japonés de estética sobria, con madera oscura, metal pulido, mesas bajas e iluminación cálida.
La gente almorzaba en silencio mientras los platos automatizados se deslizaban por bandas desde compartimentos ocultos.
Al fondo, varios reservados permanecían semiocultos tras paneles móviles.
Joren le hizo una seña.
Aline lo siguió sin decir nada.
Entraron en uno de los reservados. El espacio era pequeño: una mesa baja, varios cojines y un adorno minimalista colgado en la pared.
Joren activó el aislante sónico y revisó accesos, redes y canales antes de asentir.
—Está todo seguro, Aline. Aquí no entra nada.
Fue demasiado.
Aline sintió cómo algo se rompía por dentro.
Las piernas dejaron de sostenerla y cayó de rodillas junto a la mesa, llevándose las manos al rostro. El llanto salió sin control, profundo, quebrado, como si hubiera estado conteniéndolo durante días.
Joren se quedó inmóvil.
La había visto enfrentarse a zeros sin parpadear. La había visto recibir impactos que habrían matado a cualquiera, avanzar bajo fuego cruzado sin dudar, sangrar, romperse huesos, levantarse y seguir adelante.
Pero verla así, encogida sobre sí misma, llorando sin defensas, le golpeó directo en el pecho.
Nunca se había imaginado ver a la teniente Voss de aquella manera.
No supo qué hacer.
Se quedó paralizado unos segundos hasta que su IA le lanzó una sugerencia básica, casi ridícula por lo obvia.
Entonces se acercó.
Torpe. Inseguro.
Apoyó una mano temblorosa sobre su hombro.
—Calma… —empezó—. Aline. Ya pasó. Ya estás a salvo.
No llegó a terminar la frase.
Aline se giró de golpe y se aferró a él con una fuerza desesperada, enterrando el rostro en su pecho mientras el llanto volvía a sacudirle todo el cuerpo.
Y Joren, completamente desarmado, solo pudo rodearla con los brazos y sostenerla, sin tener la menor idea de cómo habían llegado a eso.