Factor Zero 7
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La habitación era un rectángulo angosto, con paredes grises gastadas, una cama individual contra la pared, una mesa metálica atornillada al suelo y un baño minúsculo separado por una puerta corrediza que no terminaba de cerrar.

Un hotel de paso, de esos que se alquilan por horas y están pensados para desaparecer un rato del mundo.

Aline había pagado sin siquiera mirar a la recepcionista. Subió por las escaleras en lugar de usar el ascensor. Necesitaba moverse. Necesitaba llegar a un lugar cerrado.

Cuando la puerta se cerró detrás de ella, el sonido fue seco. Definitivo.

Apoyó la espalda contra la madera y se dejó caer hasta quedar sentada en el suelo. Las manos le temblaban. La respiración le salía entrecortada, superficial, como si el aire no terminara de entrar en sus pulmones.

Cerró los ojos.

Y entonces se rompió.

Se cubrió la cara con ambas manos y el llanto salió sin control, profundo y desordenado. No era un llanto contenido ni silencioso. Era el llanto de alguien a quien acababan de arrancarle la piel. De alguien expuesto. Violado de una forma que no dejaba marcas visibles, pero sí algo peor.

La vergüenza le quemaba el pecho. Vergüenza de saber que habían visto por sus ojos. De imaginar a alguien observándola en su momento más íntimo, más vulnerable y más necesitado. De pensar que, incluso ahora, podía haber alguien mirando.

Un sollozo más fuerte la dobló hacia delante.

—Alerta emocional crítica —insistía la IA—. Estado inestable. Riesgo elevado. Se recomienda…

Aline no respondió. No la apagó, pero tampoco interactuó con ella. Sabía que cada alerta quedaba registrada. Que, de una forma u otra, aquello terminaría llegando a Megatech, a Damond o a algún sistema remoto encargado de evaluar riesgos.

No le importó.

Lloró durante varios minutos. Tal vez más. El tiempo se volvió borroso e irrelevante. Solo cuando el cuerpo empezó a dolerle de tanto tensarse y el pecho le ardía por la falta de aire logró recuperar algo de control.

Se limpió la cara con el dorso de la mano, inspiró hondo una vez, luego otra, y finalmente se puso de pie con esfuerzo. Se sentó en la cama, encorvada, con los codos apoyados sobre las rodillas.

Tenía que pensar.

Abrió los archivos otra vez.

Esta vez lo hizo con una frialdad forzada. Sin sonido. A velocidad aumentada. Buscando fechas, marcas temporales y cualquier patrón que pudiera encontrar.

Los vídeos habían sido grabados después del funeral de Kessler.

Todos.

La noche siguiente y el día posterior.

No había registros anteriores. Nada de antes. Nada del día de Bloque Lázaro.

Solo eso.

Aline cerró los ojos un instante.

Y entonces lo entendió.

El dolor de cabeza. El sangrado nasal. El funeral.

Recordó la punzada detrás de los ojos. La advertencia leve de la IA. Recordó también a Damond quejándose de algo parecido y quitándole importancia.

—Mierda…

Alguien había actuado allí. En un entorno corporativo. Con seguridad elevada. Y lo había hecho sin disparar una sola alarma.

¿Damond también? ¿Joren?

No podía saberlo. Y tampoco podía preguntarlo.

No todavía.

No podía llamarles. No podía enviar mensajes. Si lo hacía, quien estuviera dentro de su sistema vería cada palabra.

La estaban extorsionando.

Y no era solo por su intimidad.

Era por su carrera. Por su autoridad. Por su acceso a información sensible. Por todo lo que representaba como operativa de Megatech.

No podía ceder.

Pero tampoco podía enfrentarse a aquello sola.

Se llevó una mano a la frente y se masajeó las sienes.

—Piensa… —susurró—. Piensa, Aline.

Entonces recordó la cita.

El almuerzo con Joren.

Faltaban poco más de dos horas.

Joren no era solo un compañero. Era un especialista. La única persona de la unidad capaz de comprender una intrusión de ese nivel y, sobre todo, alguien que todavía no estaba completamente absorbido por la lógica corporativa.

Pero tendría que advertirle sin levantar sospechas. Sin activar nada. Sin escribir una sola palabra por un canal comprometido.

Cara a cara.

Y con mucho cuidado.

Si es que podía hacerlo.

Aline se puso de pie despacio. Se lavó la cara en el lavabo y se observó apenas un segundo en el espejo.

Tenía los ojos rojos y la piel pálida.

Pero seguía siendo ella.

Todavía.

Tomó aire y se recompuso lo mejor que pudo.

No sabía quién la observaba. Ni desde dónde. Tampoco hasta dónde llegaba la intrusión.

Pero sí tenía algo claro.

Aquello ya no iba solo de ella.

Y no iba a permitir que nadie la controlara de esa manera.

Salió de la habitación sin mirar atrás y cerró la puerta con el mismo sonido seco con el que había entrado.

Le quedaban dos horas y una sola oportunidad de hacerlo bien.

Se detuvo en el pasillo y respiró hondo varias veces antes de volver a caminar. Cada paso pesaba. No en las piernas, sino en la cabeza.

El implante seguía activo. Demasiado activo.

Cada variación emocional era registrada, etiquetada y analizada. Sabía que podían empujar estados. No moverla físicamente ni controlar su cuerpo, pero sí acercarla poco a poco al borde.

Paranoia. Ansiedad. Derrumbe.

Kessler volvió a cruzarle la mente.

—No…

La idea se le clavó como una astilla.

¿Y si a él le habían hecho lo mismo? ¿Y si no había sido una decisión propia? Un empujón químico. Presión constante. Una amenaza silenciosa. Una vida doble expuesta. Una amante. Una familia. Una pistola reglamentaria cargada con un acumulador Anti-Zero.

Tragó saliva.

La extorsión no era nueva. Era tan vieja como el poder mismo.

Pensó en tomar un taxi. Lo descartó de inmediato. No quería decir su destino en voz alta ni dejar más rastros de los necesarios. El metro era ruido, multitud y anonimato.

Subió a un vagón casi lleno, se sostuvo de una barra metálica y dejó que el traqueteo la meciera mientras la IA seguía lanzando advertencias que ya no escuchaba.

Sabía que la estaban observando.

Lo sentía.

Como una presencia detrás de los ojos.

El pensamiento del clon volvió, inevitable. No por deseo esta vez, sino por pánico. Por los archivos. Por la certeza de que alguien estaba revisando cada segundo de aquello.

Sabía que obedecer no garantizaba nada. El material ya existía y el daño también.

La rabia le subió desde el estómago.

—Hijos de puta…

Cuando bajó del metro, el contraste fue brutal.

Un distrito central, luminoso, pulido hasta el exceso. Un centro comercial colosal se extendía ante ella como una ciudad dentro de la ciudad, con cúpulas de vidrio, pasarelas elevadas, hologramas gigantes proyectando anuncios, plazas de comida abarrotadas y tiendas de todos los niveles imaginables.

La música ambiental sonaba suave entre el murmullo constante de la multitud. Familias, parejas, turistas y trabajadores llenaban los pasillos. Vida normal.

Aline se detuvo unos segundos, descolocada, como si hubiera salido de una pesadilla directamente a un escaparate.

Entonces llegó otro mensaje.

Remitente desconocido.

El escalofrío fue inmediato. Físico.

Lo abrió sin pensarlo.

El texto apareció flotando frente a sus ojos.

¿Qué pasa, putita? ¿Estás nerviosa? ¿Quieres más videos de ti cogiendo con ese clon? Son increíbles. Lo tenemos todo. Todo.

Aline sintió cómo la sangre le subía a la cara.

Eres una sucia. No dejaste nada sin probar.

Apretó los dientes con tanta fuerza que le dolió la mandíbula. Morderse la lengua fue lo único que evitó que gritara.

Recuerda que está todo grabado. Si no haces exactamente lo que te digamos, todos se van a enterar de lo que haces. Lo van a ver tus vecinos, tu familia y tus amigos.

El mundo siguió moviéndose a su alrededor como si nada hubiera ocurrido. La gente pasaba hablando de asuntos triviales, riéndose, cargando bolsas o mirando escaparates. Nadie sabía lo que estaba ocurriendo. Todavía.

Va a salir en las páginas porno más vistas. En redes. En grupos privados. Vas a ser famosa, Aline Voss. Vas a estar en todas partes.

Se llevó una mano al rostro y se apartó hasta quedar junto a una columna estructural. Cerró los ojos un instante.

Respiró.

Contó mentalmente.

Uno. Dos. Tres.

Reflexiona un poco más. Y recuerda esto: estamos viendo. Estamos alerta. Somos un pasajero del que no te puedes despegar.

Las lágrimas estaban ahí, insistentes, pero no las dejó salir.

No allí. No ahora.

No intentes nada o ya sabes lo que va a pasar.

Cuando abrió los ojos vio su reflejo en el cristal de una tienda cercana. Los ojos enrojecidos, la mandíbula rígida y una expresión dura, casi salvaje. Con su tamaño y su postura no parecía una víctima. Parecía alguien a punto de romper algo.

Y, por algún motivo, aquella idea le dio fuerzas.

No iba a derrumbarse en público. No iba a regalarles eso.

Se enderezó, bajó la mano y se ajustó la chaqueta.

Todavía tenía tiempo antes de ver a Joren y, le gustara o no, aquel lugar lleno de luces y gente era el último sitio donde alguien esperaría que una teniente Anti-Zero al borde del colapso empezara a pensar con frialdad.

Caminó hacia el interior del complejo, perdiéndose entre la multitud, mientras una certeza amarga comenzaba a tomar forma en el fondo de su mente.

Quienquiera que estuviera detrás de aquello había cometido un error.

Había elegido a alguien que sabía sobrevivir bajo presión.

Y que no pensaba quedarse quieta.

Aline avanzó entre las tiendas sin fijarse realmente en nada. Las luces, los anuncios holográficos, la gente cargada de bolsas y las conversaciones triviales apenas conseguían atravesar el zumbido constante que le llenaba la cabeza.

Cada paso requería esfuerzo, como si caminara contra una corriente invisible.

La plaza de comidas se abrió ante ella. Amplia, luminosa, llena de mesas metálicas, olores mezclados y música neutra.

Buscó el punto acordado casi por inercia.

Allí estaba.

El Cobre Rojo.

Un local pequeño para el tamaño del complejo, con una fachada de metal oscuro, letras gastadas y un par de mesas altas al frente. Nada sofisticado. Muy Joren.

Y Joren estaba allí.

Sentado en uno de los bancos frente al local, inclinado hacia delante, con los codos apoyados en las rodillas, revisando la hora por tercera vez en menos de un minuto.

Vestía ropa civil sencilla, sin pretensiones.