Factor Zero 6 #3
21%

6 #3

—Inútil —respondió sin dudar—. Enfadada. Porque sé que los zeros que persigo fueron los responsables de causar todo eso, de destruir el distrito entero. Y yo… llegué después. Cuando ya no servía de nada.

El psicólogo levantó la vista otra vez, más atento.

—¿Siente culpa?

—No exactamente. Siento rabia. Y miedo. Porque si uno solo fue capaz de hacer eso… ¿qué viene después?

El hombre escribió algo más en la tableta.

—Ha tenido una exposición prolongada a trauma extremo —dijo—. Es normal que la mente busque vías de escape, incluso contradictorias con su propia imagen.

Aline frunció el ceño.

—¿Vías de escape?

—Conductas impulsivas. Búsqueda de contacto. Necesidad de sentir control… o de perderlo —añadió con neutralidad clínica—. No es un juicio. Es una observación.

Aline cerró los ojos un segundo.

—No me reconozco —admitió—. Y eso me asusta más que cualquier zero.

El psicólogo dejó de escribir.

—Ese es un buen punto de partida. No para juzgar quién está siendo, sino para entender por qué.

Aline volvió a mirar el techo.

Desde Numen, era la primera vez que alguien no le hablaba de protocolos, rendimiento u órdenes. Solo de ella.

Y eso resultaba más incómodo que cualquier campo de batalla.

Siguió hablando.

Y, aun así, en ningún momento se sintió mejor.

Le contó la reunión con sus compañeros. El bar. Esa tensión extraña que se había roto durante unas horas. Cómo, por una vez desde que había llegado a Érebo 9, habían sido algo parecido a personas normales y no solo una unidad operativa.

El psicólogo asentía, tomaba notas y hacía preguntas breves.

—¿Se sintió aliviada durante ese encuentro social?

—Un poco —admitió Aline—. Lo suficiente como para darme cuenta de lo sola que estaba.

Dudó.

Sintió esa presión en el pecho que aparecía siempre justo antes de decir algo que no quería decir.

—Después de eso… tuve un impulso. Compré un clon.

El psicólogo no mostró sorpresa. Solo anotó algo.

—¿Cómo describiría ese impulso?

—Vergonzoso. Necesario. Estúpido. Todo al mismo tiempo.

Hizo una breve pausa, incómoda.

—Usted mencionó conductas impulsivas antes. ¿Eso entra en lo mismo?

El hombre levantó la vista.

—Puede serlo. En contextos de trauma agudo, es común que la mente busque una forma inmediata de regulación emocional. El contacto físico, el placer o incluso la transgresión de normas personales previas pueden funcionar como mecanismos de compensación.

—¿Eso significa que hay algo mal conmigo? —preguntó Aline, tensa.

—Significa que es humana —respondió él—. No implica una patología por sí mismo. Lo relevante no es el acto, sino cómo se siente usted respecto a él.

Aline apretó los labios.

—Me siento… sucia. Y al mismo tiempo, no. Y eso es lo que más me confunde.

El psicólogo volvió a escribir.

Después hablaron de Kessler. De la muerte. Del impacto. Del funeral.

Aline escogió las palabras con cuidado. Eliminó detalles. No mencionó Bloque Lázaro. No habló de la joven embarazada. Tampoco del tiroteo ni de todas las preguntas que seguían sin encajar.

Sabía cómo funcionaba aquello.

Todo lo relevante podía terminar filtrándose.

Y no estaba dispuesta a entregar más de lo necesario.

—Fue repentino —dijo—. No dio señales. Tenía una vida estable. O eso parecía.

—Las apariencias no siempre reflejan el estado interno —respondió el psicólogo—. Especialmente en perfiles con alta exigencia funcional.

—Eso no lo hace más fácil de entender.

—No —concedió él—. Pero puede ayudar a aceptar que algunas preguntas no tendrán una respuesta inmediata.

El tiempo pasó sin que Aline lo notara.

Cuando la pantalla lateral emitió un aviso suave, el psicólogo consultó el reloj.

—Nos queda poco tiempo. Una última reflexión antes de cerrar la sesión.

Aline permaneció en silencio.

—Ha atravesado una secuencia de eventos traumáticos en muy poco tiempo —continuó—.

Es probable que experimente impulsos, contradicciones y emociones que no encajan con la imagen que tenía de sí misma.

Mi recomendación es que no se castigue por ello.

El objetivo no es eliminar esas conductas de inmediato, sino comprenderlas.

—¿Y si no quiero comprenderlas? —preguntó.

El psicólogo la observó unos segundos.

—Entonces seguirá luchando consigo misma. Y esa suele ser la batalla más desgastante.

La sesión terminó.

Aline se incorporó con rigidez, agradeció de forma automática, recogió sus cosas y salió.

Mientras recorría el pasillo hacia la salida no sintió alivio. Tampoco claridad. Mucho menos progreso.

Solo arrepentimiento.

Arrepentimiento por haber hablado del clon. Por haber expuesto algo tan íntimo frente a un desconocido. Por haber puesto en palabras un deseo que todavía no sabía cómo aceptar.

Había acudido buscando orden.

Y se marchaba con la sensación de haberse expuesto demasiado.

Cuando cruzó la puerta del edificio, pensó con amargura que aquella sesión no la había ayudado en absoluto.

Tal vez incluso había sido un error.

En la calle reactivó los datos de su terminal neural. El protocolo de privacidad de la consulta se desconectó y, de golpe, el mundo volvió a llenarse de capas informativas, avisos y ruido digital.

Entonces lo vio.

Un mensaje nuevo.

Remitente desconocido.

Frunció el ceño.

No era habitual.

Su seguridad era militar. Filtrada, blindada, redundante.

Dudó apenas un instante antes de abrirlo.

El texto apareció flotando frente a sus ojos.

Has sido hackeada, Aline Voss. Y si no sigues las instrucciones que te estaré enviando a la brevedad, todos sabrán lo que eres. Lo sucia, lo zorra, lo puta que eres.

El aire se le congeló en los pulmones.

Un escalofrío brutal le recorrió la espalda.

—Alerta —dijo la IA—. Incremento súbito de estrés. Ritmo cardíaco elevado. Recomiendo…

Aline no la escuchó.

Abrió el archivo adjunto.

El mundo se le vino encima.

Era un vídeo grabado desde su implante ocular.

Su respiración. Su voz. El encuadre imposible de confundir.

Y el clon sobre ella.

—Alerta crítica —insistió la IA—. Estado emocional inestable. Riesgo de colapso…

Cerró el archivo.

Lo abrió de nuevo.

Había más. Varios.

Momentos distintos. Escenas distintas. Su cuerpo. Sus implantes. Su respiración entrecortada. Sus jadeos.

Todo.

—¿Cómo…? —susurró.

Volvió a leer el mensaje.

Su seguridad era de grado militar. Sus implantes estaban aislados. Blindados.

¿Cuándo? ¿Cómo? ¿Quién?

El mareo la obligó a apoyarse contra la pared.

Sentía la piel arder. El estómago revuelto.

La vergüenza regresó multiplicada, aplastante, mezclada ahora con algo mucho peor.

Miedo. Miedo real.

Porque cualquiera que la conociera sabría que era ella. Porque su cuerpo era inconfundible. Porque no había máscara posible detrás de aquellas grabaciones.

Tragó saliva y luchó por no quebrarse allí mismo, frente al consultorio, en plena calle.

Guardó los archivos.

Cerró el mensaje.

Lo marcó como amenaza.

Y se alejó casi corriendo.

Necesitaba desaparecer. Ocultarse. Pensar.

Pero mientras avanzaba entre la gente, con el corazón golpeándole el pecho, comprendió una verdad helada.

Alguien había cruzado una línea que no se cruza.

Alguien la estaba observando.

Y lo que acababa de empezar ya no tenía nada que ver con culpa.

Tenía que ver con control.