Factor Zero 6 #2
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El cementerio asignado para su unidad no tenía tierra.

Era una estructura metálica, fría y geométrica. Un conjunto de salas amplias de acero oscuro y vidrio ahumado, donde el eco de los pasos parecía medido para no permitir consuelo. No había viento. No había pájaros. Solo luces blancas y superficies pulidas devolviendo reflejos lejanos.

La sala principal estaba llena.

En el centro descansaba el ataúd de Darel Kessler, sellado y sobrio, con el emblema de Megatech grabado sobre la cubierta.

Nada personal. Nada humano.

La viuda estaba sentada en primera fila, abrazando a sus hijos.

Tres cuerpos pequeños aferrados a ella como si el mundo pudiera romperse otra vez en cualquier momento.

Lloraba en silencio, sacudida por espasmos contenidos, mientras familiares, conocidos y personas que Aline no reconocía intentaban consolarla sin demasiado éxito.

Alrededor predominaban los trajes.

Hombres y mujeres corporativos, impecables y rígidos. Miradas vacías. Presencias obligadas. Estaban allí porque el protocolo lo exigía, no por la pérdida. Para ellos, Kessler ya era una línea cerrada en un informe.

Aline permanecía de pie junto al ataúd.

A su lado estaba Damond. Un poco más atrás, Malek.

Los tres vestían el uniforme de Érebo 9, oscuro y pesado como una armadura. Permanecían rectos, en silencio, como les habían enseñado. Como si la disciplina pudiera sustituir lo que no sabían cómo sentir.

Cuando llegó su turno, Aline dio un paso al frente.

El discurso había sido preparado aquella misma mañana, apenas unas horas antes, con ayuda de la IA. Palabras medidas. Concisas. Correctas.

—El capitán Darel Kessler fue un comandante competente, comprometido con su unidad y con la misión que se le asignó —dijo con voz firme—. Bajo su mando, Érebo 9 operó con eficacia incluso en las situaciones más adversas. Fue un líder exigente, pero justo. Cumplió con su deber hasta el final.

Hizo una breve pausa.

—En nombre de su unidad, expreso nuestro respeto y nuestras condolencias a su familia.

Nada más.

No podía decir nada más.

Damond avanzó después y se aclaró la garganta.

—Kessler era un hijo de puta duro cuando hacía falta —dijo sin rodeos—. Pero sabía cuidar de los suyos. Nos sacó de más de una situación en la que otros nos habrían dejado tirados. No voy a olvidarlo. Y creo que ninguno de nosotros debería hacerlo.

No añadió nada más y dio un paso atrás.

Malek fue el último.

Se notaba incómodo. Nervioso. Pero habló.

—Yo… no trabajé con el capitán tanto tiempo como otros —dijo—. Pero aprendí mucho de él. Me dio oportunidades que no tenía. Confió en mí. Eso… eso no se olvida.

La voz se le quebró apenas al final.

Después tomó la palabra la corporativa de Recursos Humanos asignada a su unidad: Akemi Sato.

Llevaba un traje impecable, una expresión neutra y una mirada tan fría como el resto del lugar. Habló en nombre de Megatech. Agradeció los años de servicio, el compromiso y el sacrificio. Palabras pulidas, vacías e intercambiables. Podrían haber servido para cualquier empleado de la compañía.

Cuando terminó, el ataúd fue retirado.

No hubo lágrimas nuevas.

Solo el sonido metálico del sistema de transporte llevándoselo.

Las cenizas serían entregadas a la viuda, tal como había solicitado.

Aline permaneció inmóvil mientras la gente comenzaba a dispersarse. Observó los rostros. Extraños. Empleados. Ejecutivos.

Nadie que realmente hubiera conocido a Kessler como persona.

Solo reconoció a la esposa.

Una mujer que había visto apenas un par de veces, sonriendo desde una pantalla o destrozada el día de su muerte. Ahora parecía más pequeña. Más frágil. Rodeada de gente y, aun así, completamente sola.

Todo era demasiado frío. Demasiado correcto. Demasiado corporativo.

Más tarde, Aline, Damond y Malek terminaron en una pequeña sala junto a la entrada del complejo. Una antesala con máquinas de café y sillas incómodas, vacía salvo por ellos.

Cada uno sostenía una taza caliente entre las manos.

Nadie hablaba.

Aline observó el vapor elevarse lentamente y pensó, sin quererlo, en su propio final. En cómo sería su funeral. En quién estaría allí.

No tendría a nadie.

Era huérfana desde niña. Sus padres habían muerto en un incidente corporativo que nadie recordó durante demasiado tiempo. Los seguros y la herencia habían pagado su formación militar, su carrera y su vida.

Nada más.

No sabía qué sería de Damond ni de Malek.

Solo sabía que, si moría en servicio, aquel lugar estaría vacío.

Y por primera vez, la idea no le resultó indiferente.

—Teniente —dijo Malek de pronto.

Aline levantó la vista.

—Le sangra la nariz.

Parpadeó, confundida. Se llevó una mano al rostro y los dedos regresaron manchados de rojo. Un hilo fino descendía desde una de sus fosas nasales.

Una punzada breve e intensa le cruzó la frente.

—Microhemorragia detectada —informó la IA con discreción—. Posible estrés acumulado. Presión neural elevada. Recomendación: reposo.

Aline tomó una servilleta de la mesa y se la llevó a la nariz, presionando con cuidado.

—¿Se encuentra bien, teniente? —preguntó Malek.

—Sí —respondió ella—. Solo un leve dolor de cabeza.

Damond la observó por encima de la taza antes de dar un último sorbo.

—Puede que te haga falta descansar —dijo—. A mí también me duele la maldita cabeza. Debe de ser este lugar… toda esta frialdad corporativa. Qué sé yo.

Se encogió de hombros.

—En fin. Va siendo hora de largarnos. Creo que voy a aprovechar el resto de la semana para irme a algún sitio donde pueda relajarme de una vez de esta semanita de mierda. Despejar la cabeza. Ustedes deberían hacer lo mismo.

Se levantó, volcó lo que quedaba de café en una bacha metálica y dejó la taza boca abajo.

—Si necesitan algo, no duden en llamar. Nos vemos el lunes.

Y se fue.

Aline se quedó escuchando el eco de sus pasos hasta que terminó perdiéndose en el pasillo.

El silencio volvió a instalarse entre ella y Malek.

—Teniente… —empezó él, dudando. Se corrigió enseguida—. Aline.

Ella levantó la vista.

—¿Te gustaría hacer algo esta semana? No sé… tal vez salir a beber algo.

Aline parpadeó un par de veces.

¿La estaba invitando a salir?

Lo observó con atención. Joren evitó su mirada casi al instante, visiblemente incómodo. Se puso rojo, balbuceó algo que ni siquiera él pareció entender y terminó guardando silencio, como si ya se estuviera arrepintiendo de haber hecho la pregunta.

Aline pensó en la primera vez que se habían visto. En el desprecio mutuo. En el silencio hostil. En todos los muros que ambos habían levantado por reflejo.

Pensó también en otras miradas que había recibido a lo largo de su vida. En lo que solían buscar. En lo que ahora sabía reconocer con facilidad.

En Joren no había nada de eso.

—Estaría bien —dijo al fin.

Él levantó la cabeza de golpe, sorprendido.

—Me agrada la idea —añadió ella, permitiéndose una sonrisa breve y sincera.

Joren abrió los ojos un poco más de la cuenta y se puso todavía más rojo.

Aline apartó la mirada.

No por la invitación.

Por el secreto que la esperaba en su departamento. Por lo que hacía con él. Por lo mucho que lo disfrutaba.

Y por darse cuenta, con una mezcla incómoda de culpa y deseo, de que ya empezaba a echarlo de menos.

Joren no podía saberlo.

Él solo vio cómo aceptaba la invitación, cómo sonreía por un instante y cómo después desviaba la mirada hacia cualquier otro lugar.

Y se quedó allí, de pie, sin saber que, para Aline Voss, las cosas acababan de complicarse un poco más.

El diván era incómodo.

No por su forma, sino por lo que representaba.

Aline estaba recostada mirando el techo, con las manos cruzadas sobre el abdomen, sintiendo el peso del silencio apenas unos segundos después de haber entrado. Era jueves por la mañana. Demasiado temprano para desnudarse así, aunque fuera con palabras.

La sala del psicólogo era pulcra, aséptica. Paredes claras, iluminación indirecta y una ventana alta que dejaba entrar una luz blanca sin carácter. No había adornos personales. Solo un escritorio ordenado, una planta artificial y una pantalla apagada en la pared.

El psicólogo era un hombre delgado, de porte altivo y cabello perfectamente peinado hacia atrás. Vestía sobrio, elegante. Su voz, cuando habló, fue suave… y a Aline no le gustó. Demasiado medida. Demasiado segura.

Se sentó frente a ella con una tableta apoyada sobre las piernas.

—Cuando esté lista, puede empezar contándome cómo se siente.

Aline tragó saliva.

Pensó en Joren. En la salida de esa tarde. En la forma en que había aceptado.

Pensó en el clon. En cómo había vuelto a caer apenas cruzó la puerta de su departamento. En lo que estaba haciendo con él. En lo lejos que había llegado en apenas unos días. En lo impensable que todo aquello le habría parecido una semana atrás.

Se sintió sucia.

—No sé cómo me siento —dijo al fin—. Supongo que… cansada. Frustrada.

El psicólogo asintió levemente y deslizó un dedo sobre la tableta.

—¿Frustrada por su trabajo?

—Sí… y no. —Aline soltó el aire—. Estuve desplegada en el distrito Numen. Durante la catástrofe.

El hombre levantó la vista apenas un segundo.

—Entiendo. Continúe.

—No era… —buscó las palabras—. No era lo que hago normalmente. Yo cazo zeros. Los enfrento, los neutralizo. Estoy entrenada para eso. Para el combate. Para reaccionar rápido. Para matar si es necesario.

Hizo una breve pausa. La imagen volvió sin pedir permiso: polvo, gritos, cuerpos.

—En Numen no había nada que cazar. Solo gente atrapada. Aplastada. Enterrada viva. Niños llorando. Padres buscando a sus hijos. Cadáveres… montones de ellos.

El psicólogo anotó algo más sin interrumpirla.

—Trabajamos casi cuarenta y ocho horas seguidas —continuó—. Sacando escombros, usando grúas gravitacionales, rescatando lo que quedaba. Personas mutiladas. Personas que no sobrevivieron lo suficiente como para ser evacuadas.

Aline apretó la mandíbula.

—No era el trabajo para el que fui entrenada. Y aun así tuve que hacerlo. Porque alguien tenía que hacerlo.

—¿Cómo le hizo sentir eso?