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El gimnasio estaba lleno, pero no saturado.
Era una de las sucursales de lujo de Helix Performance, a pocas cuadras de su departamento. Techos altos, iluminación blanca, superficies de acero pulido y vidrio reforzado. El sonido constante de pesos, respiraciones forzadas y música rítmica marcaba el pulso del lugar.
Aline estaba terminando su rutina.
El arnés de una prensa gravitacional le fijaba los hombros mientras empujaba una carga absurda para cualquier estándar humano. Indicadores holográficos flotaban a su alrededor mostrando resistencia, tensión muscular y consumo energético en tiempo real.
—Última repetición —proyectó el implante ocular.
Sus brazos se tensaron. Los implantes trabajaron en sincronía con la fibra muscular real. El peso descendió lentamente y volvió a subir con un empuje seco.
El sistema pitó en verde.
—Rutina completada.
Aline soltó el agarre y el arnés se liberó automáticamente. Permaneció sentada unos segundos, respirando hondo mientras el pecho subía y bajaba con calma. El sudor le recorría la piel, caliente y real.
Se pasó la toalla por el cuello y el rostro antes de ponerse de pie.
—Eso estuvo por encima del promedio de hoy —comentó un instructor al pasar.
Era alto, delgado, con implantes visibles en los antebrazos y un terminal integrado en la muñeca.
—Buen control. No muchos mantienen esa estabilidad con esa carga.
—Gracias —respondió Aline, sin darle demasiada importancia.
El hombre asintió y se alejó hacia otro cliente.
Aline caminó hasta los vestuarios. Entró en la zona de duchas, dejó la ropa en un compartimiento automático y activó una cabina.
El agua cayó de inmediato, ajustada a la temperatura exacta que su cuerpo necesitaba. Se quedó quieta un momento, cerrando los ojos y dejando que el calor aflojara la tensión acumulada.
Cuando terminó, el sistema de secado recorrió su cuerpo con una luz suave. Se vistió con una muda limpia, sobria y práctica. Nada ornamental.
Mientras se colocaba el terminal personal, la IA proyectó un informe.
—Entrenamiento completado. Rendimiento óptimo. Desgaste muscular dentro de parámetros aceptables. Recomendación nutricional: ingesta elevada de proteínas y electrolitos durante las próximas cuatro horas. Advertencia: retraso acumulado en ciclos de descanso. Sugerencia: reducir actividad nocturna.
Aline se colgó el bolso al hombro y salió de los vestuarios.
—Anotado —murmuró.
Consultó la hora. Eran las 19:02. Tarde, y aun así no tenía ninguna prisa por volver a casa.
Un icono parpadeaba en el borde de su visión. Un mensaje pendiente.
Joren.
No lo había abierto durante el entrenamiento. No quería distracciones. Y sabía perfectamente de qué se trataba.
—IA. Resumen del mensaje de Joren Malek.
Hubo una pausa mínima.
—Informe recibido. Fuente: reportes policiales metropolitanos. Estado del caso Darel Kessler: cerrado. Causa de muerte: suicidio. Evidencia audiovisual completa. Sin líneas de investigación abiertas. La información adicional enviada por Joren Malek no fue incorporada al expediente.
Aline apretó la mandíbula.
—¿Alguna nota secundaria?
—Negativo. Probabilidad de reapertura: baja. Recursos asignados: finalizados.
Soltó el aire despacio y se detuvo un instante cerca de la salida. A un lado, gente entrenando. Al otro, un instructor despidiendo a un cliente con una sonrisa automática.
—Hasta mañana, Aline —saludó la recepcionista desde el mostrador.
—Hasta mañana.
Empujó la puerta y salió a la calle.
El aire nocturno la recibió con una brisa fresca. La ciudad seguía viva, iluminada e indiferente. El tráfico avanzaba sin pausa y la gente caminaba absorta en sus propios problemas, en sus propias urgencias.
Kessler ya era un expediente cerrado para la policía, para Megatech y para el sistema.
Aline empezó a caminar sin rumbo, alejándose del gimnasio. No tenía ganas de volver a casa. No todavía.
La cabeza le daba vueltas. Numen, los refugiados, las sirenas, la reunión en el bar, el clon, Kessler, su amante, Bloque Lázaro, los pandilleros, el tiroteo. Todo se mezclaba sin orden ni jerarquía, como si alguien hubiera arrojado su vida contra una pared y los fragmentos siguieran cayendo.
Terminó llegando a una zona comercial más iluminada, limpia y tranquila. Escaparates con ropa, implantes de moda y pantallas publicitarias mostrando sonrisas demasiado perfectas.
Gente paseando como si el mundo no estuviera roto.
Se detuvo frente a una máquina expendedora. Apoyó la palma en el lector y compró una barra de proteínas junto con una bebida cargada de electrolitos. Exactamente lo que la IA había recomendado.
No porque tuviera hambre, sino porque era lo correcto. Porque algo tenía que seguir funcionando como debía.
Se sentó sola en un banco, masticó despacio y bebió un sorbo. El sabor era neutro y funcional, como casi todo en su vida.
Érebo 9 había quedado reducido a tres personas: un mando nuevo, un segundo al mando que fumaba demasiado, un técnico convertido en operativo y ella.
La persona que ahora debía mantener todo aquello unido.
Se vio entrando a la base el lunes siguiente, dando órdenes que todavía no sentía del todo suyas. La ausencia de Kessler ocupaba espacio como un vacío físico, pesado, instalado en cada rincón de Érebo 9.
—¿Qué carajos hizo, capitán…? —murmuró para sí.
No había habido señales. Ni grietas visibles. Tenía una esposa, hijos, una carrera sólida. Incluso una amante joven. Una vida desordenada, sí, pero no vacía.
Nadie se volaba la cabeza así porque sí.
Las imágenes regresaron sin permiso. La piel del clon. El peso de su cuerpo. Su respiración entrecortada. Sus manos obedientes.
Aline apretó la mandíbula, terminó la bebida de un trago y arrojó el envase al reciclador más cercano. Después se quedó observando a la gente pasar. Desconocidos con historias que no le importaban y que, al mismo tiempo, le resultaban insoportablemente reales.
Ya no había excusas.
Era hora de volver.
Se puso de pie y emprendió el camino de regreso a su edificio. Cada paso parecía un poco más pesado que el anterior. Entró al vestíbulo, cruzó sin mirar a nadie y tomó el ascensor.
Mientras subía, deseó que se detuviera. Que alguien entrara. Que ocurriera cualquier cosa capaz de retrasar lo inevitable.
Pero no ocurrió nada.
Las puertas se abrieron.
El pasillo estaba en silencio.
Aline caminó hasta su puerta, apoyó la mano sobre el lector y escuchó el chasquido seco de la cerradura al liberarse.
Al entrar, lo primero que la golpeó fue el sonido.
El holovisor estaba encendido.
Noticias a volumen bajo. Música suave de fondo. Luz llenando la sala.
Su departamento ya no estaba oscuro ni apagado. Ya no estaba frío.
Dejó caer el bolso junto a la entrada, igual que la última vez, y entonces lo vio.
Estaba sentado en el sofá, vestido con la ropa sencilla que ella había comprado aquella mañana. La espalda recta. Las manos apoyadas sobre las rodillas.
Al oírla entrar, giró la cabeza, se puso de pie de inmediato y sonrió.
Una sonrisa genuina, limpia, sin dobleces.
—Bienvenida a casa, Aline.
Ella se quedó inmóvil unos segundos, con una mano todavía apoyada en la puerta.
No supo por qué aquello le golpeó tan fuerte.
Tal vez porque llevaba años regresando a departamentos vacíos. Tal vez porque estaba cansada. O porque venía de una semana en la que demasiadas cosas se habían roto.
Él se acercó despacio, con cuidado, como si temiera romper algo más.
—¿Puedo ayudarte con la chaqueta?
Aline no respondió. Lo observó. El modo en que sus ojos cambiaban de tono. Esa especie de marea interna que había aprendido a reconocer en la aplicación. Calidez. Atención. Alegría tranquila.
Había algo más. Un matiz nuevo que no supo identificar.
—Quería prepararte algo para cenar —continuó él—, pero no estaba seguro de qué te gusta. No hemos tenido tiempo de hablar. Veo que te duchaste… así que tampoco puedo ofrecerte eso.
Hizo una pausa breve.
—Espero que no te moleste. Ordené un poco.
Aline recorrió el departamento con la mirada.
Era el mismo lugar, pero ya no se sentía igual. La ropa que había dejado sobre la cama había desaparecido. Una taza que había dejado olvidada tampoco estaba. Nada había sido movido de forma invasiva. Simplemente alguien se había preocupado por ordenar y cuidar el espacio.
—Estado emocional inestable —susurró la IA—. Se recomienda…
Aline canceló el mensaje antes de que terminara.
No supo en qué momento dio el paso.
Quizá fue el cansancio. Quizá la tensión acumulada. Quizá el vacío.
Todo empujó en la misma dirección.
Buscó su cercanía y lo besó.
Él respondió al instante, como si hubiera estado esperando exactamente eso desde que la vio entrar. La sostuvo con firmeza, con una atención absoluta que no exigía nada a cambio. Todo en él parecía alineado con lo que ella necesitaba.
El mundo volvió a reducirse a la cama, al peso compartido y a la respiración entrecortada. Aline se dejó llevar, consciente y a la vez no, soltando el control que siempre se imponía. Allí no era teniente, ni mando, ni arma. Era simplemente una mujer agotada aferrándose a un momento de calma.
Cuando todo terminó, quedó tendida sobre las sábanas, exhausta, mirando el techo.
Él estaba a su lado, abrazándola. Era distinto a la noche anterior: más cercano, más presente.
El arrepentimiento volvió, pero ya no tenía la misma fuerza.
Pensó en Kessler. En la joven embarazada. En Damond escapando de todo a su manera. En Joren y su soledad silenciosa. En una ciudad entera sobreviviendo como podía.
Nadie tenía derecho a juzgarla.
No había mentido. No había traicionado a nadie. No había jugado con nadie.
Apretó un poco más el abrazo sin darse cuenta.
Le daría vergüenza que alguien lo supiera, sí. Pero había cruzado aquella puerta sabiendo exactamente lo que iba a encontrar. Y cuando él la recibió, cuando la miró como si fuera lo único importante en ese momento, sintió algo que hacía tiempo no reconocía.
Calma.
Cerró los ojos.
El cansancio del día y el cuerpo por fin en silencio hicieron el resto.
Durmió sin sobresaltos, sin pesadillas y con un sueño inesperadamente agradable.