5 #2
El segundo levantó el bate. Damond lo interceptó con un golpe al hombro que lo desarmó y remató con un rodillazo al rostro.
El tercero apenas llegó a alzar las manos antes de recibir un impacto en el abdomen que lo dejó doblado, incapaz de respirar.
Todo duró unos pocos segundos.
Cinco cuerpos quedaron en el suelo. Algunos inconscientes. Otros gimiendo.
Nadie muerto. Nadie en condiciones de levantarse.
Damond respiró hondo y recorrió el lugar con la mirada.
—Tenemos que largarnos rápido. Antes de que alguien más los vea.
Aline asintió y lanzó un impulso mental directo.
Desconecta.
Malek abrió los ojos de golpe.
Lo primero que vio fue el desastre: cuerpos tirados por el suelo, armas desperdigadas, manchas de sangre en el pasillo y, en medio de todo aquello, Aline y Damond de pie, intactos.
—¿Qué…?
—Luego —cortó Aline—. Muévete.
Salieron antes de que Hécate tuviera tiempo de reaccionar.
Atravesaron el corredor a paso rápido, casi corriendo, pisando suciedad y sangre ajena mientras bajaban la escalera metálica de dos en dos. El complejo parecía contener la respiración, como si todavía no hubiera decidido qué hacer con lo que acababa de ocurrir.
Estaban a pocos metros de la salida cuando sucedió.
¡Bang! ¡Bang! ¡Bang!
Los disparos estallaron a sus espaldas.
Aline giró la cabeza al instante.
Un sexto chico había aparecido junto a los pandilleros abatidos. Vestía igual que los demás y empuñaba una pistola. Acababa de disparar.
Y había fallado por mucho.
Los proyectiles se estrellaron contra una pared, levantando polvo y fragmentos.
—¡Hijo de puta! —masculló Damond.
En la visión de Aline, la IA reaccionó de inmediato.
—Amenaza activa detectada. Opciones de neutralización disponibles. Recomendación primaria: fuego no letal. Coberturas cercanas marcadas.
Varios puntos luminosos aparecieron en su campo visual, señalando columnas, entradas laterales y zonas protegidas.
—No vamos a lastimar a nadie —ordenó Aline.
—Ruta de escape calculada —respondió la IA—. Ejecutando.
Salieron a la calle.
Los disparos ya habían surtido efecto.
Varias personas se volvieron hacia ellos. Algunas retrocedieron. Otras se tensaron.
El chico armado apareció detrás, gritando con la voz rota por la furia y el miedo.
—¡Mataron a Rax, Nilo y Kerr!
Los nombres se propagaron como una chispa.
Aline sabía que no estaban muertos. Aunque lo parecieran.
Las armas comenzaron a aparecer casi de inmediato. Pistolas. Algún rifle corto. Gente saliendo de portales y pasillos para ver qué estaba pasando.
La calle se volvió caótica en cuestión de segundos.
—¡Cobertura! —gritó Damond.
Los tres se lanzaron detrás de un coche estacionado. Los disparos repiquetearon contra la chapa con golpes secos y ensordecedores.
Damond abrió el bolso con un movimiento rápido y sacó una escopeta de alto calibre.
—No vamos a matar a nadie —dijo Aline por el implante—. Se supone que ni siquiera estamos aquí.
—Tranquila, teniente —respondió Damond mientras comprobaba el arma—. Munición aturdidora.
—Hackeando vehículo —informó Malek—. Denme un segundo.
Aline asomó apenas el arma por encima del capó. Cambió el modo de disparo a aturdidor y efectuó dos tiros precisos.
Un chico cayó al suelo convulsionando.
Otro soltó el arma entre gritos y se desplomó de rodillas.
Damond respondió con la escopeta.
La onda sónica lanzó a dos más contra el pavimento.
Los escudos personales absorbieron parte del fuego enemigo y la energía chisporroteó alrededor de sus cuerpos en destellos breves.
—¡Vehículo listo! —anunció Malek.
Uno de los coches de lujo robados arrancó por sí solo.
El motor rugió.
Las puertas se abrieron en movimiento mientras varios impactos golpeaban la carrocería.
—¡Ahora! —ordenó Aline.
Corrieron.
Saltaron al interior casi al mismo tiempo.
Las puertas se cerraron de golpe.
El vehículo giró bruscamente y aceleró calle abajo, dejando atrás los gritos, los disparos y la confusión que empezaba a extenderse por todo Bloque Lázaro.
La plaza era amplia, limpia y silenciosa para los estándares de Ciudad Metro.
Farolas blancas. Árboles artificiales alineados con precisión municipal. Un par de transeúntes dispersos.
Nada que recordara al caos de Hécate.
Damond y Malek estaban sentados en una banca metálica, en silencio, recuperando el aliento mientras el pulso regresaba poco a poco a la normalidad.
A unos pasos, Aline sacó tres latas de una máquina expendedora.
Agua. Fría.
Le tendió una a cada uno.
Damond observó la lata un instante, pero no la abrió. La dejó sobre la banca, se levantó y regresó a la máquina.
Un momento después volvía con una cerveza.
La abrió con un chasquido seco y dio un trago largo.
—Por los pelos. Mierda.
Se dejó caer de nuevo en la banca.
—¿Seguro que no vas a presentar una denuncia formal? Lo de antes fue… bastante claro.
—No —respondió Aline—. Con lo que les hicimos debería bastar.
Damond soltó una risa breve y bebió otro trago.
—Lo malo es que no vamos a poder volver a mostrar la cara por ahí durante una temporada.
Miró a Malek.
—¿Pudiste sacar algo, Joren?
—No —respondió él—. Nada. Estaba en ello cuando desconecté. Los rastreos llevan tiempo. Los buenos, más.
—Una mierda —gruñó Damond—. Pero no quedaba otra.
Se recostó en la banca y contempló el cielo gris.
—Vamos a tener que esperar los reportes policiales. Si es que hacen algo. Porque quedó claro desde esta mañana que van a catalogarlo como suicidio. Y, hasta donde recuerdo, todo quedó grabado en la cámara del despacho de Kessler.
Negó con la cabeza.
—Dudo que se molesten en mover un dedo. Tendrán cientos de miles de casos iguales. Y para Megatech somos solo un número. Pagan el seguro, buscan un reemplazo y siguen facturando.
Bebió otro trago.
—Quién lo diría… Kessler metido con una jovencita.
Se encogió de hombros.
—No me miren así. Yo también lo hago, pero no juego con los sentimientos de nadie. Las mujeres con las que salgo saben a qué voy. Yo sé lo que quieren. Nadie finge relaciones serias.
Aline terminó el agua y aplastó la lata vacía entre las manos.
—No voy a juzgar a Kessler —dijo—. Cada uno sabe cómo lleva su vida.
Pero, sin poder evitarlo, se vio a sí misma.
En su cama. Jadeando. El clon recorriéndole la piel.
Un problema esperándola en el departamento.
Apretó la mandíbula.
—Bueno —dijo Damond mientras se ponía de pie—. Yo me largo. Mañana es el velatorio. Ya fue suficiente por hoy. Los veo allí.
Miró a Malek.
—A ver si haces algo con ese coche. No quiero pasar el resto del día dando explicaciones por andar en un vehículo robado.
—No se preocupe, sargento —respondió Malek—. Ya lo dejé estacionado lejos, envié una alerta anónima y me encargué de los registros. No vamos a quedar vinculados.
—Bien, chico. Confío en ti. Nos vemos.
Damond se colgó el bolso al hombro y se alejó sin volver la vista.
Malek permaneció sentado unos segundos más.
Luego miró a Aline.
—¿Qué vas a hacer ahora?
Ella no dudó.
—Tengo que entrenar. No he pisado el gimnasio en casi dos días.
—Ah…
Malek la observó un instante, recorriéndola de arriba abajo.
Sabía perfectamente lo que eso significaba para ella. Los implantes no se mantenían solos.
Quiso decir algo más.
Invitarla a tomar un café. A comer algo. A cualquier cosa.
Pero no se atrevió.
—Joren —dijo Aline—. ¿Puedo encargarte algo?
—Claro. Dime.
—Mantente atento a los reportes policiales de Kessler. Averigua en qué concluyen y envíame cualquier novedad en cuanto la tengas.
—Por supuesto, teniente.
Aline lo observó durante un momento.
—Joren… llámame Aline.
Malek tragó saliva.
—Sí… Aline.
Ella asintió.
—Nos vemos.
Se dio media vuelta y se marchó sin mirar atrás.
No por descortesía.
Sino porque, desde que se habían quedado solos, no había podido dejar de ver el rostro de su clon superpuesto al de Malek.
Ni una sola vez.