5
La sala era pequeña. Demasiado.
Un rectángulo mal iluminado, con un sillón hundido en el centro, una mesa baja cubierta de marcas y una pared tapizada de grietas y grafitis imposibles de borrar.
Aline permanecía de pie junto a la puerta, inmóvil, ocupando espacio sin esfuerzo. Damond se apoyaba contra la pared opuesta con los brazos cruzados, observándolo todo. Malek se mantenía un poco más atrás, cerca del marco de una puerta lateral, atento y silencioso.
La muchacha estaba sentada en el sillón maltrecho, encorvada, con las manos apretadas contra el vientre y los sollozos escapándosele sin control. Su hermano permanecía a su lado, una mano firme sobre su hombro, la cola baja y rígida.
—Mi hermana lleva saliendo con ese tipo por lo menos un año —decía el genetic felinian con la voz tensa.
No los quería allí. Eso era evidente.
Pero también había otra cosa.
Alivio. Crudo e incómodo.
El alivio de saber que el hombre que había golpeado a su hermana ya no podía volver a hacerlo.
—Se conocieron en una fiesta. En Distrito Áurea, creo. Una de esas con música de mierda y gente fingiendo que tiene una vida mejor de la que realmente tiene.
Aline no reaccionó.
—Desde entonces se veían al menos una vez por semana. Siempre con excusas. Siempre a escondidas. Le prometía que iba a dejar a su mujer. Que se la iba a llevar a vivir con él.
Apretó los dientes.
—Hace poco más de cinco meses mi hermana quedó embarazada. Él quiso que abortara. Ella no.
La muchacha negó con la cabeza entre sollozos.
—Lo convenció de que quería tenerlo —continuó el hermano—. Y él aceptó. Al menos al principio. Pero en las últimas semanas empezó a venir distinto. Insistiendo. Presionando. Queriendo obligarla a abortar.
La voz le tembló.
—Esta mañana volvió con lo mismo. Discutieron. Y la golpeó. La dejó tirada en el suelo.
La muchacha alzó apenas la mirada.
—Nunca me había golpeado antes… nunca…
En el implante de Aline, la IA reaccionó.
—Análisis de veracidad: el sujeto masculino presenta alta coherencia narrativa. Indicadores fisiológicos compatibles con estrés real. Advertencia: la afirmación de la femenina presenta inconsistencias. Probabilidad de falsedad elevada.
Aline no cambió de expresión.
Damond carraspeó.
—No voy a justificar ni una sola cosa de lo que hizo Kessler. Y si hizo eso, tienes todo el derecho a llamarlo un grandísimo hijo de puta.
Miró a la muchacha sin suavizar el tono.
—Por jugar con una chica tan joven. Y por hacerlo, además, teniendo una familia.
La voz de Malek entró por el canal neural.
—Terminé el barrido del departamento. No hay indicios de influencia externa. Salvo la discusión, no hay señales de manipulación, coerción tecnológica o intervención de terceros sobre el capitán.
Damond asintió apenas.
—Lamentamos haber irrumpido así. Pero después de ver cómo nuestro capitán se voló la cabeza y descubrir que había venido aquí poco antes… no nos quedó otra que hacer preguntas.
La muchacha levantó la mirada.
Tenía los ojos rojos. Hinchados. Perdidos.
—¿Ustedes también son Anti-Zero? —preguntó con un hilo de voz.
—Sí —respondió Aline—. Lo somos.
Dio un paso al frente. Solo uno.
—Darel Kessler era nuestro capitán. El líder de nuestra escuadra.
El silencio cayó pesado sobre la sala.
—Al menos en eso no me mintió —murmuró la chica.
Aline suspiró.
—No queremos incomodarlos más. Nos retiramos. Y lamentamos el inconveniente.
—Yo no lamento nada —escupió el genetic felinian—. Pero, pese a todo, y sin ánimo de ofender, no pudieron traerme una noticia mejor.
Su hermana volvió a cubrirse el rostro y rompió a llorar otra vez, el cuerpo sacudiéndosele sin control.
El chico la abrazó con fuerza y le apoyó la cabeza contra su pecho.
—Descuida, Lara —susurró—. Va a doler, pero vas a estar mejor. No te va a pegar más. Voy a estar contigo. Nos vamos a hacer cargo de ese niño. Vamos a salir adelante. Te lo prometo.
Aline intercambió una mirada rápida con Damond, que ya se incorporaba. Malek dio unos pasos hacia la puerta.
Salieron primero.
Aline se quedó un segundo más.
El llanto le retumbaba en la cabeza, mezclándose con los recuerdos de Numen y de las últimas semanas.
Se acercó a los hermanos, digitó en su terminal y proyectó su tarjeta virtual, enviando su número a los dispositivos de ambos.
La miraron, sorprendidos.
—Si necesitan ayuda con algo, llámenme. No sé qué pueda hacer… pero quedo a su disposición.
El genetic felinian dudó un instante. Luego alzó su terminal viejo y maltrecho y aceptó la transferencia.
—Gracias.
La rabia parecía haberse evaporado.
Aline asintió, salió al pasillo y cerró la puerta.
Caminaron los tres por el corredor estrecho, en silencio.
—No debiste hacer eso, teniente —dijo Damond al fin—. No les debes nada. Si se agarran de tu confianza, te vas a cargar un problema.
—No importa, sargento. Me siento responsable.
—La verdad —intervino Malek— es que no conocíamos en nada a nuestro capitán.
Damond soltó una risa seca.
—Ninguno de nosotros se conoce una mierda, chico. Solo nos hemos visto el culo en las duchas del servicio. Haber compartido unas copas no nos hace amigos. Yo mismo podría ser un jodido violador serial y ustedes no tendrían la más puta idea.
Malek tragó saliva.
Era cierto.
—Sea como sea —continuó Aline—, Kessler no pudo volarse la cabeza solo por dejar embarazada a una chica de los barrios bajos. Probablemente ella ni siquiera sabe dónde vive. Para él no era un problema. Le bastaba con desaparecer.
—En eso tienes razón —admitió Damond—. Puede que el motivo no tenga nada que ver con esto. Habrá que leer el informe policial y las pericias cuando estén listas.
—¿Podemos parar un momento? —preguntó Malek—. Quiero hacer un barrido en las redes del complejo.
—Bueno —gruñó Damond—. Busquemos un sitio donde no llamemos demasiado la atención.
Se acomodaron en un espacio abierto del complejo, junto a una pared descascarada cubierta de grafitis.
Un par de bancos de cemento rodeaban una estructura oxidada que alguna vez había sido una jardinera.
Desde allí podían observar el ir y venir del lugar sin destacar demasiado: vecinos cansados, pandilleros ociosos y miradas que se cruzaban para apartarse enseguida.
Malek se sentó y se hundió en sus implantes.
Damond se recostó con los brazos cruzados, cigarro en mano.
Aline permaneció de pie unos segundos más, observando el bloque, antes de sentarse.
Malek dejó de escuchar el mundo.
Su consciencia se lanzó a las redes como una sonda, estirando permisos, forzando rutas y buscando nodos clandestinos, puertas traseras e interfaces corruptas. Rastreó tráfico anómalo, paquetes fantasma y microaccesos capaces de colarse en un computador neural como el de Kessler.
Firmas conocidas. Latencia inducida. Sobreescritura de buffers sensoriales. Inyecciones de señal capaces de provocar desorientación o impulsos extremos.
Nada.
Demasiado ruido. Demasiadas capas sucias.
Y entonces ocurrió lo que sabían que acabaría ocurriendo desde que pusieron un pie allí.
Damond los vio primero.
No giró la cabeza ni cambió de postura, pero el peso se le acomodó en las piernas, los hombros variaron apenas el ángulo y la mano libre quedó demasiado cerca del costado.
Cinco jóvenes aparecieron desde distintos puntos del corredor y de una sala cercana.
Pandilleros del complejo. Humanos y mutantes mezclados, ropa gastada, símbolos pintados en la piel e implantes sin ocultar.
Uno llevaba un bate de metal. Otro, un cuchillo.
El más rezagado tenía una pistola mal mantenida asomándole de la cintura.
Los rodearon sin prisa.
Habían observado, evaluado y decidido que aquellos tres no imponían lo suficiente como para seguir de largo.
—¿Qué tenemos aquí? —preguntó uno con una sonrisa torcida.
Otro pasó por detrás de Aline, demasiado cerca, recorriéndola con la mirada. Desde un costado, uno se relamió los labios.
Ni Aline ni Damond cambiaron de expresión.
Pero ya estaban listos.
—¿Qué carajos quieren, chicos? —preguntó Damond con fastidio, mirando al que parecía el líder.
Un humano alto, delgado, de sonrisa fácil y ojos atentos.
—La pregunta es otra. ¿Qué carajos hacen ustedes en nuestro vecindario?
Dio un paso al frente.
—No pertenecen aquí.
—Estamos de paso.
—Claro —rió otro—. Siempre dicen lo mismo.
El líder ladeó la cabeza.
—Para pasar por Bloque Lázaro, si no eres de aquí, hay que pagar peaje.
Las miradas bajaron con rapidez, evaluando bolsillos, mochilas y posibles armas.
Entonces repararon en Malek.
Los ojos cerrados. Inmóvil.
—¿Y este qué carajos hace?
—Tiene toda la pinta de estar conectado.
—Mírenle la cara. Seguro está husmeando.
Uno avanzó hasta quedar demasiado cerca.
—Eh. Desconéctate, idiota.
La tensión se estiró.
Un cuchillo salió de su funda con un sonido seco.
Aline se puso de pie.
Damond expulsó una bocanada lenta de humo.
Y, en ese instante, todos supieron que habían cometido un error.
La decisión fue inmediata.
Aline y Damond ya habían evaluado armas, distancias y ángulos. Sus implantes musculares cargaron potencia. Sus sistemas neuronales cruzaron datos en microsegundos.
Un pulso silencioso viajó entre ambos.
Objetivos asignados.
Damond se movió primero.
El pandillero de la pistola apenas alcanzó a llevar la mano a la cintura cuando ya lo tenía encima.
El primer golpe le quebró el antebrazo con un crujido húmedo y la pistola cayó al suelo.
El segundo impacto le estalló contra el rostro.
Salió despedido contra la pared y quedó inconsciente antes de tocar el suelo.
Aline actuó al mismo tiempo.
El del cuchillo giró hacia ella con una sonrisa que nunca llegó a completarse.
Entró en su espacio, le bloqueó la muñeca y giró el cuerpo.
La articulación cedió con un chasquido limpio.
El cuchillo cayó. Un golpe ascendente a la rodilla lo dobló sobre sí mismo y el puñetazo que siguió le apagó las luces.
Los otros tres reaccionaron tarde.
Uno intentó retroceder, pero Aline lo alcanzó en dos pasos y lo estampó contra el suelo con una barrida brutal. El impacto le arrancó el aire y la consciencia.