4 #2
Más adelante, un mecánico de tecnoimplantes trabajaba en plena calle. Un brazo abierto, cables expuestos y sangre mezclada con aceite. El paciente apretaba los dientes y, aun así, había cola. Tres, cuatro personas más esperando su turno.
—Qué horror —murmuró Malek por la red interna.
—Deja de mirarlos tanto, chico —respondió Damond—. Camina y mira al frente. Todos saben que no somos de aquí. No les des motivo para jodernos.
Aline fue la más observada. Por su tamaño. Por su postura. Por la manera en que ocupaba el espacio.
Allí no desentonaba tanto. No era la única mujer grande.
Pero si alguien miraba con atención, notaría la diferencia.
Nadie llevaba implantes como los suyos. Ni musculares ni neurales.
Llevaban los conectores de la interfaz para los exoesqueletos ocultos bajo cuellos altos para evitar identificaciones innecesarias.
Finalmente llegaron.
El Bloque Lázaro ocupaba una manzana entera. Varios edificios de cinco pisos, grafiteados de arriba abajo. Ventanas rotas, parches de metal y lonas improvisadas. Espacios abiertos que alguna vez debieron de resultar agradables y que ahora estaban llenos de adolescentes, pandillas y gente sin rumbo.
Un estacionamiento ocupaba el centro del complejo, en el que había vehículos de todo tipo. Algunos destrozados. Otros demasiado enteros para ser legales. Música alta. Miradas duras.
—Este es el lugar —dijo Malek.
Marcó el punto en sus implantes.
—Ahí. El coche de Kessler estuvo aparcado treinta y siete minutos.
Frunció el ceño.
—Voy a acceder a las cámaras y a los registros. A ver si puedo sacar algo.
Damond escupió a un lado.
—Han destrozado casi todas las cámaras. A ver qué puedes rascar.
—¿Necesitas ayuda, Joren? —preguntó Aline.
—No —respondió él—. Solo estén atentos a los alrededores.
Damond les hizo un gesto con la cabeza.
—Vengan. Si vas a trabajar, mejor no llamemos la atención. Vamos a sentarnos ahí.
Cruzaron la calle y entraron en un local frente al complejo.
Era un restaurante de mala muerte. Mesas de metal, sillas desparejas y olor a grasa vieja mezclado con alcohol barato. Un par de clientes comían sin levantar la vista. En el centro, una pantalla holográfica transmitía un combate de dudosa legalidad.
Se sentaron en una mesa exterior con vista al Bloque Lázaro.
Damond apoyó los antebrazos sobre la mesa. Aline se acomodó de espaldas a la pared.
Malek se quedó inmóvil, la mirada fija en ningún punto, los hombros apenas tensos, hundido hasta el fondo de sus implantes.
Una mesera apareció junto a la mesa.
Joven. Demasiado joven.
Híbrida. Rasgos darken marcados en la estructura ósea y pelaje corto genetic felinian asomando por las sienes y los antebrazos. Tatuajes de arriba abajo, viejos y nuevos superpuestos sin orden. Mirada cansada.
—¿Qué van a querer? —preguntó con desgano.
Damond ya había leído el cartel oxidado de la entrada.
—Tres hamburguesas con doble fritura. Y tres Fizz-Cola Roja.
La chica asintió sin anotar nada y se alejó.
—No pienso comer esa mierda —dijo Aline por el implante, seca.
—Relaja el culo, Voss —respondió Damond por el mismo canal—. Te la vas a tragar mientras Malek trabaja. Es lo que hay.
Aline le lanzó una mirada asesina.
—Un poco de grasa no va a matar ese saco nudoso de músculos que tienes por cuerpo.
Damond ya estaba sacando otra vez aquel cigarro enorme, como si formara parte de su anatomía.
—Puedo verlo —dijo Malek de pronto.
Un recuadro se abrió en el campo visual de los tres. Imagen granulada. Cámara vieja. Kessler descendiendo del coche.
—Ahí. Aparca… habla con esos chicos.
La grabación mostraba a tres jóvenes sentados en el suelo. Kessler transfiriéndoles créditos. Después sacaba un cigarro y lo encendía.
—No sabía que el capitán fumaba —comentó Aline.
—Que yo sepa, no lo hacía —respondió Damond.
En la proyección, Kessler terminó de hablar y entró al edificio.
—Adelanto treinta y siete minutos —dijo Malek.
La imagen saltó.
Kessler volvió a salir. Tenía la mandíbula rígida y la mirada tensa. Se subió al coche y se marchó.
—¿Eso es todo? —preguntó Damond.
—No hay cámaras dentro. Pero puedo triangular con el GPS del implante neural del capitán y calcular dónde estuvo exactamente.
—¿Y qué estás esperando?
Malek levantó la vista.
—Autorización. No puedo acceder al trazado de un oficial superior sin permiso de…
—Hecho —lo cortó Aline.
El permiso cayó en el sistema.
Malek la miró, sorprendido.
—¿No tendrá problemas con esto, teniente?
—Tranquilo, Joren. Haz lo tuyo.
Asintió.
—Trazando. Un momento.
La mesera volvió con el pedido y dejó los platos sobre la mesa sin ningún cuidado. Hamburguesas chorreando grasa, pan aplastado y frituras duras. Las bebidas burbujeaban en un rojo artificial poco tranquilizador.
Damond miró el plato con hambre.
Aline, con desprecio.
Malek ni siquiera parpadeó.
—¿Algo más? —preguntó la chica.
—No —dijo Damond, pagando con un gesto y dejando propina—. Salvo que quieras darme tu número.
La mesera lo miró como si fuera basura y se marchó.
Damond sonrió. No por ella. Por Aline.
—Análisis nutricional —susurró la IA de Aline—. Plato de mil ochocientas veinte calorías. Alto contenido graso. No recomendado para su perfil actual.
Aline cerró los ojos un segundo.
—Además, su rutina presenta un retraso de veintiséis horas. Se recomienda retomar el entrenamiento a la brevedad.
—Cállate.
Miró la hamburguesa, suspiró y dio el primer mordisco.
La grasa le explotó en la boca.
Aline contuvo el gesto por pura disciplina. El sabor era pesado, rancio. Aceite viejo y carne sintética mal procesada. Masticó despacio, como si cada movimiento pudiera provocar un desastre, y tragó con esfuerzo. El estómago protestó de inmediato.
Las ganas de vomitar aumentaron cuando giró la cabeza.
Damond sostenía la hamburguesa con ambas manos, los codos abiertos, devorándola con un entusiasmo casi obsceno. Sonreía. Masticaba rápido. Se limpió una comisura con el dorso de la mano y volvió a morder como si estuviera frente a un manjar.
Aline apartó la vista, respiró por la nariz y dio otro mordisco.
Error.