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Aline terminó de ajustar la sobaquera con un tirón seco.

El arma reglamentaria encajó contra su costado izquierdo. El escudo personal quedó acoplado en modo pasivo. Todo en su lugar. Automático. Mecánico. Como siempre.

Se puso la chaqueta y comprobó el cierre frente al espejo.

Iba vestida para pasar desapercibida.

Pantalones militares verdes, viejos, con bolsillos gastados y costuras reforzadas. Botas negras de caña alta, marcadas por años de uso. Una camiseta gris apagada, sin insignias. Chaqueta sencilla de tela gruesa, con el cuello levantado.

Ropa de barrio bajo. Ropa que no hacía preguntas.

Suspiró.

Lo vio por el rabillo del ojo.

El clon seguía de pie en la habitación, observándola en silencio. No se había movido desde que salió del baño. Ya no estaba desnudo. Llevaba la ropa sencilla que ella había comprado a toda prisa aquella mañana: camiseta oscura y pantalones simples.

Ropa provisional. Nada más.

Antes de volver a casa había revisado sus parámetros en la aplicación, sin saber qué demonios iba a hacer con él.

Aún no le había dado un nombre.

Notó la preocupación en su postura. En la forma de mirarla.

Cuando llegó al departamento, horas antes, él la había recibido desnudo, todavía oliendo al mismo jabón que ella. Y, con la muerte de Kessler golpeándole la cabeza, no pudo evitar reaccionar con brusquedad.

—No hace falta que me saludes —le había soltado—. Ni que seas agradable conmigo.

Había pasado junto a él sin mirarlo.

—Y, por favor… no me hables.

El cambio fue inmediato.

Lo vio de reojo. El color de sus ojos mutó. Marrón apagado primero, luego blanco pálido.

Esa mañana habían sido verdes. El verde del placer.

Había tenido que consultar la aplicación para entenderlo.

Ahora eran negros. Neutrales.

La muerte de Kessler había sido dura. Tan dura como encontrar al clon allí, como el arrepentimiento o como no saber qué hacer con él.

Se acercó.

—La comida está ahí —dijo, señalando la cocina—. El holovisor puedes usarlo. Eso no.

Indicó con la cabeza los terminales personales, el panel táctico y el acceso a su red privada.

—Voy a estar fuera todo el día. Tienes prohibido salir. No tienes patrones biométricos cargados en nada, así que no intentes usar terminales.

El clon asintió de inmediato.

—No, Aline. No saldré. Haré todo lo que me digas.

Fue como un puñetazo en el estómago.

Porque sí. Había hecho todo lo que ella le había pedido.

¿Cómo quieres que te trate?

Se lo había preguntado aquella mañana.

Aline apartó el pensamiento.

No quería que se acercara. Que la tocara. Que le hablara.

Había querido decirle que se quedara quieto. Que no la mirara. Como si fuera una mascota. O como si no existiera.

Y ahora se odiaba por eso.

Si se deshacía de él, si lo abandonaba, nadie diría nada. No sería la primera.

Los clones eran caros. Orgánicos. Idénticos a una persona.

Pero legalmente, y para la mayoría de la gente, seguían siendo propiedad.

A casi nadie le importaban.

Y verlo reaccionar, ver cómo cambiaban sus ojos, dolía. Porque no quería verlo. Porque sabía que todo aquello era culpa suya.

Porque lo había usado.

Necesitada. Desesperada.

Y ahora, después de arrancarse de encima aquella urgencia, no podía evitar sentirse como si la utilizada hubiera sido ella.

Aline se ajustó la chaqueta una última vez.

—No te muevas de aquí.

El clon asintió.

Abrió la puerta y salió sin mirar atrás.

Apenas cruzó el umbral, envió un mensaje por su red privada. El canal neural compartido con Damond y Malek se abrió como un murmullo interno.

En camino, envió Malek.

Salgo en cinco minutos, respondió Damond.

Perimetral Hécate quedaba lejos. Más de cincuenta kilómetros de líneas subterráneas y trasbordos que nunca había pisado. No era un distrito que invitara a conocerlo.

Mientras el metro avanzaba, dejó que el implante desplegara información ante sus ojos. No solo de la malla pública, también de la red privada militar.

Acceso total. Cámaras en tiempo real, registros policiales, actividad reciente y comunicaciones cercanas.

Un privilegio reservado solo a las unidades de Megatech.

Ver la ciudad sin filtros.

No era su especialidad. Ese era territorio de Malek. Pero estaba entrenada. Sabía moverse.

Perimetral Hécate apareció ante sus ojos como un basurero urbano.

Edificios bajos y mal mantenidos, apilados como si se sostuvieran por pura inercia. Fachadas rotas, ventanas selladas con parches, calles estrechas saturadas de gente.

Pandilleros visibles, trabajadores agotados, militantes. Tecnómantes con implantes dudosos, cables expuestos y ojos artificiales mal calibrados.

La ciudad había mutado allí abajo.

Accedió a los reportes policiales superpuestos.

Tasa de criminalidad: alta. Índice de muertes violentas: elevado. Organizaciones armadas no registradas: presencia activa.

—Advertencia —dijo la IA—. El distrito presenta un riesgo elevado para operaciones individuales. Calles Ravel y Sótano Tres concentran actividad ilegal. El complejo Bloque Lázaro figura en múltiples incidentes no resueltos. Se recomienda máxima precaución.

Aline no respondió.

Ya lo sabía.

El metro se detuvo y cambió de línea.

La diferencia fue inmediata.

Vagones grafiteados hasta el techo, luces opacas y un aire más denso. Los pasajeros ya no bajaban la mirada: mutantes, híbridos de todo tipo, bizards deformes y cuerpos retorcidos por genética fallida o implantes mal instalados.

Las miradas eran distintas. Más desafío que miedo.

Aline se mantuvo erguida. Grande. Ancha. Con esa presencia de combate que pocas personas podían ignorar.

Ese tipo de gente sabía leer a otros.

Nadie se metió con ella.

Estoy llegando, envió por el canal.

Yo ya estoy aquí, respondió Malek.

Estaré en diez minutos. Espérenme, añadió Damond.

El tren llegó a la estación principal de Perimetral Hécate con un chirrido largo y áspero.

Aline bajó.

El andén era amplio y sucio, con columnas manchadas de óxido y humedad, carteles rotos y una vigilancia mínima.

Y allí estaba Malek.

Delgado, vestido para pasar desapercibido. Pantalones oscuros sencillos, botas gastadas, una chaqueta ligera con capucha y una mochila colgándole de un hombro. Nada que llamara la atención. Nada que gritara Megatech.

La vio enseguida.

Aline caminó hacia él sintiendo cómo el peso del lugar se le asentaba sobre los hombros. Hécate no prometía respuestas fáciles, pero tampoco parecía un sitio donde Kessler hubiera estado por error.

—No parece un lugar que Kessler frecuentara —dijo Malek por el canal neural, cuidando que su voz no saliera al aire.

—No —respondió Aline del mismo modo—. Y eso es lo que me preocupa. ¿Por qué vendría aquí?

Avanzaron entre el flujo denso y áspero de gente. Algunas miradas se clavaron en ellos al pasar.

—Con su coche tuvo que llamar la atención —dijo Malek—. Era demasiado limpio para este lugar. Y ese acceso al terminal… —hizo una pausa—. Podría haber sido alguien intentando robarlo. O algo más.

Un par de transeúntes los midieron con descaro.

Aline les sostuvo la mirada.

Uno escupió al suelo y siguió de largo.

Malek bajó la vista.

—Mierda —murmuró—. No tengo madera para estos lugares… Ni me veo ni puedo actuar tan duro como tú, Aline… perdón. Teniente.

Aline lo miró de reojo.

—No me molesta que uses mi nombre. Si quieres. Siempre que no te moleste que yo te llame Joren.

Malek se puso rojo.

—No… no me molesta.

Aline esbozó una sonrisa mínima.

Cómo había cambiado.

Y entonces, durante un instante, lo vio.

El clon. Superpuesto sobre Malek.

El recuerdo la atravesó como una descarga. Se maldijo y apartó la mirada. La sensación de suciedad regresó de inmediato.

Demasiado pronto. Demasiado reciente.

—Advertencia —susurró la IA—. Variación emocional brusca. Se recomienda intervención psicológica.

Aline no se detuvo.

—Está bien… Agenda una cita.

—Confirmado. Sesión asignada dentro de cuarenta y ocho horas.

—Esperemos que las cosas no se compliquen —dijo Malek.

—No lo harán —respondió Aline con una seguridad más entrenada que real—. Y si lo hacen… les daremos una advertencia.

Lo miró.

—La compañía ya te informó del cambio a operativo, ¿no?

Malek asintió.

—Sí.

No parecía nervioso.

—¿Crees poder con tu nueva asignación?

—Sin problema, teniente. Siempre que esté embutido en mi armadura, no le temo a nada.

Aline asintió.

Era cierto. Dentro de los exoesqueletos podían plantarse incluso frente a zeros.

El metro chirrió al detenerse y las puertas se abrieron.

Damond bajó con el ceño fruncido. Vestía ropa civil gastada: pantalones oscuros reforzados, botas pesadas y una chaqueta con bolsillos abultados. Cargaba un bolso grande, demasiado pesado para ser inocente.

Caminó hacia ellos estudiando el entorno con la mirada de quien ya ha pasado por demasiados lugares así.

—Malek, Voss… bueno… Aline y Joren —corrigió—. Vamos a tener que cambiar el tonito si queremos pasar desapercibidos.

—Estamos usando los implantes para comunicarnos —dijo Aline por el canal.

—Pues mejor que no —respondió Damond por el mismo medio—. Pareceremos aún más idiotas.

Se acercó y bajó la voz, ya al aire.

—Tutéense. Hablen brusco. Insúltense si hace falta. Y todo irá bien. Vengan conmigo.

Echó a andar.

—Y, teniente… —añadió por el canal, sin mirarla—. Trata de no clavar esa cara en todo el mundo. Aquí, en vez de apartarse, puede que te peguen un tiro.

Aline respiró hondo y suavizó la expresión lo justo.

Asintió.

Se internaron en Hécate.

Damond tomó la delantera, con un paso firme, ni rápido ni lento. Aline y Malek lo siguieron, manteniendo la distancia justa.

El vecindario se les cerró encima.

Calles estrechas y saturadas, edificios apilados unos sobre otros, balcones convertidos en habitaciones extra, pasillos cerrados con chapas oxidadas, cables colgando como telarañas negras.

Jóvenes sentados en el suelo, conectados a consolas portátiles, gritaban insultos pixelados.

Otros se drogaban sin pudor contra muros cubiertos de grafitis.

Un grupo practicaba algún deporte de contacto brutal entre golpes secos y apuestas rápidas.

Había prostitutas en esquinas mal iluminadas y vendedores de droga ofreciendo mercancía en voz baja.