Factor Zero 3 #2
11%

3 #2

Un arma diseñada para derribar zeros. Utilizada contra sí mismo.

Aline escuchaba y, al mismo tiempo, no.

Desde el piso inferior llegaba un llanto que atravesaba paredes y techos. Desgarrado. Sin contención.

La esposa de Kessler.

Aline la recordaba. Humana, hermosa, de cabello rubio y sonrisa suave en las videollamadas. Recordaba también la forma en que él se relajaba apenas ella aparecía en pantalla.

Ahora estaba rota.

Damond no apartaba la vista del cadáver. Tenía el rostro endurecido, la mandíbula apretada y los ojos clavados en la mancha oscura y quemada de la pared. Y en lo que quedaba de la cabeza del capitán.

No hablaba. No se movía.

—¿Puedo echar un vistazo? —preguntó Malek.

El agente, un genetic felinian veterano, lo observó un segundo antes de asentir.

—Sí. Pero no toque nada.

Le entregó unos guantes.

Malek se los colocó y avanzó con cuidado. Activó sus implantes, permitiendo que las lecturas inundaran su visión con capas de datos, residuos energéticos y reconstrucciones parciales.

Aline lo observó en silencio.

Analizaba ángulos, residuos y microfracturas con una concentración fría, clínica.

Y ella solo podía pensar en una cosa.

Mientras su capitán se sentaba allí…

Mientras tomaba la decisión…

Mientras apretaba el gatillo…

Ella había estado en su cama. Con un clon. Hasta caer rendida.

La culpa le cayó encima como un bloque de cemento. Si antes pesaba, ahora aplastaba.

No apartó la mirada del cuerpo.

Deseó no haber dormido.

Las palabras de Recursos Humanos seguían resonando en su cabeza.

Hasta que se asigne un nuevo miembro para su unidad, teniente, queda a cargo de Érebo 9.

Debido a los incidentes de Numen, estamos escasos de personal.

Su unidad contará con tres miembros por el momento.

Deberá asignar a Joren Malek como miembro operativo, no como apoyo táctico.

Se autoriza el uso de sus IAs para el control y operación de la unidad táctica Revenant.

Aline miró a Malek.

Su apoyo táctico había sido impecable. Preciso. Mucho más fiable que las IAs corporativas, frías y limitadas por protocolos y beneficios.

Pero ahora no había elección.

Tres era el mínimo.

Gaia se movía en tríadas. Dos unidades no eran rival para ellas.

Malek lo sabía. Damond también.

Megatech ya había llamado. Ya había movido ficha.

Damond seguía como segundo al mando. Pero ahora las órdenes las daba ella.

Y no tenía la experiencia de Kessler. Ni la de Damond. Ni la de Helm.

Sentía el peso sobre los hombros como una armadura demasiado grande.

—Voy a darle el pésame a la viuda —dijo.

Damond asintió.

Aline salió del estudio y bajó las escaleras despacio.

La casa era cálida. Demasiado.

Madera clara, luz natural entrando por ventanales amplios y juguetes infantiles abandonados en un rincón.

Una vida normal arrancada de raíz.

En la sala, varios agentes intentaban contener a la mujer. La esposa de Kessler estaba sentada en el sofá, encorvada sobre sí misma.

Aline no recordaba su nombre.

El llanto ya no era un estallido. Era algo más profundo. Más agotado. Como si el cuerpo siguiera llorando porque ya no supiera hacer otra cosa.

Se detuvo frente a ella.

—Mis condolencias —dijo con voz firme—. El capitán Kessler fue un hombre honorable. Dio todo por su unidad… y por su familia.

La mujer no levantó la vista ni respondió. Apenas pareció notar su presencia.

Aline no insistió.

Miró a su alrededor.

Había fotografías por todas partes. Kessler aparecía en casi todas, sonriendo junto a su esposa o rodeado de sus hijos.

Tres niños. En algunas posaban para la cámara con sonrisas torpes; en otras aparecían abrazados, despeinados, desordenados, felices de esa forma imperfecta que solo tienen las familias reales.

Una familia completa. Destrozada.

Algo extraño le apretó el pecho.

No sabía cómo llamarlo. Nunca había tenido algo parecido.

Siempre había rechazado los vínculos. Primero la carrera. Después la falta de tiempo. Era joven, se decía. Eso llegaría más adelante.

Ahora ya no estaba tan segura.

No sabía si querría que alguien sufriera así por ella. No sabía si estaba dispuesta a dejar semejante vacío cuando le tocara caer.

Se dio media vuelta y salió.

Afuera, el aire estaba frío y el cielo seguía gris.

Se quedó quieta unos segundos, respirando. El murmullo lejano de la ciudad llegaba amortiguado desde la distancia.

Damond apareció poco después y se colocó a su lado sin decir nada. Los dos miraron al frente, compartiendo un silencio pesado, pero sincero.

Pasaron varios minutos.

Malek salió de la casa con expresión sombría y se detuvo frente a ellos.

Nadie habló durante un rato.

Érebo 9 seguía en pie, pero ya no era el mismo.

Damond sacó aquel cigarro enorme, lo sostuvo un instante y lo encendió. La brasa iluminó brevemente su rostro cansado.

—¿Tienes idea de qué carajos pasó, chico? —preguntó, expulsando el humo despacio.

Malek suspiró.

—No. El computador neural y los implantes craneales quedaron destruidos por completo. Ni siquiera hacía falta el acumulador para causar semejante daño.

Frunció el ceño.

—Quizá quería asegurarse. No lo sé.

—Anoche no parecía alguien con intención de quitarse la vida —dijo Aline.