3
Aline despertó despacio, con esa conciencia lenta y pesada que llega cuando el cuerpo todavía no sabe dónde está. La luz entraba desde algún punto alto, blanca, ya avanzada. Demasiado avanzada.
—Hora actual: doce treinta y siete —informó la IA—. Clima: nublado, con precipitaciones leves intermitentes. Estado físico general: fatiga moderada, deshidratación leve y dolor muscular compatible con actividad física intensa nocturna.
Aline frunció el ceño y abrió los ojos del todo.
Estaba desnuda. En su cama.
Las sábanas formaban un nudo imposible, retorcidas, húmedas en algunos puntos. El aire conservaba un olor espeso, salado. Sudor, calor y algo más que prefirió no nombrar.
Giró la cabeza.
Y lo vio.
El clon dormía a su lado, también desnudo. De perfil, respiraba con calma. El pecho subía y bajaba lentamente mientras uno de sus brazos descansaba sobre la sábana, la piel marcada por sombras suaves.
Real. Demasiado real.
Aline se incorporó de golpe. El corazón le dio un salto brutal, como si hubiera despertado en una habitación equivocada. Se llevó una mano al pecho mientras recorría el cuarto con la mirada.
Entonces todo volvió.
La azotea. La caja. La mano tibia. El pasillo. La cama.
La habitación revuelta era una prueba muda de lo ocurrido. Su ropa seguía tirada en el suelo, la chaqueta colgaba de la silla, el bolso permanecía junto a la puerta.
Nada había sido un sueño.
El clon continuaba dormido.
Aline tragó saliva.
El olor seguía allí. La evidencia estaba en la cama, en su piel y en el agotamiento que la había vencido después. No había forma de engañarse. Se había quedado dormida junto a otro cuerpo, rendida por el cansancio cuando todo terminó.
La vergüenza la golpeó de lleno. Dura. Abrasiva.
Entré a la tienda. Lo compré. Lo traje aquí.
Se levantó casi tropezando consigo misma y caminó directamente al baño. Cerró la puerta con más fuerza de la necesaria, apoyó ambas manos sobre el lavabo, respiró hondo varias veces y luego levantó la vista.
El reflejo le devolvió unos ojos demasiado abiertos, las mejillas encendidas y algunas marcas tenues en el cuello y los hombros.
Una Aline que no terminaba de reconocer.
No la teniente. No la cazadora.
Alguien mucho más expuesta, más vulnerable y, quizá por eso, más humana.
—¿Y ahora qué voy a hacer? —murmuró.
El espejo no respondió.
Y, al otro lado de la puerta, el silencio ya no resultaba cómodo.
Entró en la ducha y activó el agua sin pensarlo. El chorro le golpeó la espalda y le arrancó un gemido bajo. No de placer. De agotamiento.
Cerró los ojos y apoyó las manos contra la pared mientras el agua recorría su cuerpo.
Los recuerdos regresaron enseguida.
La noche. Las palabras. La necesidad.
El estómago se le encogió.
Se frotó los brazos, el pecho y el cuello con demasiada fuerza, como si pudiera arrancarse la piel o borrar lo ocurrido, como si el agua fuera capaz de arrastrarlo todo por el desagüe.
El cuerpo le dolía. Un dolor muscular mezclado con otro mucho más incómodo. Más difícil de aceptar.
Las lágrimas llegaron sin aviso y le resbalaron por la cara, mezclándose con el agua caliente. Eran sollozos cortos, contenidos, cargados de rabia.
No sabía si lloraba de vergüenza o de pena. Quizá de ambas.
—¿Habrá sido la bebida…?
Negó de inmediato.
No. No había bebido tanto.
Había sido Numen. La charla. El peso de aquellos días. La desesperación de volver a casa y no encontrar a nadie.
Había sido la necesidad física de contacto, de compañía, de dejar de ser, aunque fuera por unas horas, la teniente Voss. La cazadora de zeros. La mujer que nunca flaqueaba.
Y había terminado desahogándose. Demasiado.
Se puso roja incluso allí, bajo el agua, al recordar con incómoda claridad algunas de las cosas que le había pedido al clon y cómo él había respondido sin una sola duda, sin torpeza, como alguien diseñado exactamente para eso.
Porque cuando estuvo frente a aquel panel, en aquella tienda, sabía perfectamente lo que estaba comprando.
Un amante.
—No… no… no… —susurró, rompiendo a llorar otra vez.
Se dejó resbalar por la pared hasta quedar sentada en el suelo de la ducha, abrazándose las rodillas mientras el agua caía sobre ella.
Pequeña. Vulnerable. Muy lejos de la imagen que mostraba al mundo.
—Aline —dijo la IA—. Se detecta angustia emocional severa. ¿Deseas que solicite asistencia médica o psicológica?
—No —gruñó ella—. No. Estoy bien.
Un segundo después apareció otra alerta.
—Movimiento detectado en el departamento.
El aviso no fue solo auditivo. Un impulso neural recorrió su implante y proyectó un esquema del departamento sobre su visión. Un punto se desplazaba por el interior.
El clon se había levantado.
El corazón le dio un vuelco.
No estaba preparada para verlo. Mucho menos para hablar con él.
Lo había comprado por impulso, en una sola noche, en un acto desesperado que no le había dejado espacio para pensar en el día después.
Pero un clon no era un muñeco. No podía guardarlo en un armario hasta volver a necesitarlo ni apagarlo cuando dejara de resultarle conveniente.
Era un ser vivo. Hablaba, necesitaba interacción, alimento y cuidados.
Y ella lo había tratado como si fuera únicamente… una solución momentánea.
—Mierda.
Se puso de pie de golpe y activó el sistema holográfico de secado. La cortina de luz la atravesó en silencio y, en pocos segundos, toda la humedad desapareció de su piel.
Respiró hondo, con el nudo todavía instalado en el estómago.
No había llevado ropa al baño y no pensaba salir desnuda con un extraño en su departamento. Un extraño con el que había hecho cosas que nunca, jamás, había hecho con nadie.
—Mierda…
Entonces lo recordó.
El compartimiento de lavado.
Lo abrió y sacó la ropa que había dejado allí: pantalón militar oscuro, camiseta ajustada del mismo tono y ropa interior deportiva sencilla. El olor a detergente frío le devolvió algo de control.
Se vistió con movimientos mecánicos y se observó en el espejo.
Limpia. Pero con ojeras marcadas y los ojos enrojecidos.
Respiró hondo una vez. Dos. Como antes de entrar en combate.
Abrió la puerta del baño.
El clon estaba allí. Desnudo.
Aline no pudo evitar recorrerlo con la mirada. El olor a sudor seguía impregnándolo, denso e íntimo, y su cuerpo conservaba las huellas de la noche.
Las mismas que también había dejado en ella.
El clon sonrió con suavidad.
—¿Te encuentras bien, Aline? —preguntó, genuinamente preocupado—. Pareces alterada.
Aline tragó saliva.
No pudo sostenerle la mirada.
—Entra. Date una ducha. Estás hecho un desastre.
El clon asintió sin discutir y pasó junto a ella. No la tocó. No buscó caricias ni besos.
Simplemente obedeció.
Aline permaneció inmóvil un instante.
Recordó aquellos labios. El calor. Los mordiscos. La lengua recorriéndole la piel.
Apartó el pensamiento como si fuera una amenaza.
Se puso a limpiar.
Cambió las sábanas, dobló mantas y activó el dron de limpieza, que comenzó a trabajar con un zumbido bajo y constante. Recogió la ropa dispersa por el suelo y la arrojó a un contenedor holográfico que materializó con un gesto.
Poco a poco, el departamento volvió a parecer un departamento. No el escenario de una crisis.
Y entonces cayó en la cuenta.
El clon no tenía ropa. Nada.
Antes de que entrara al baño había visto las marcas sobre su pecho. Las había hecho ella misma durante la noche. Con las manos. Con los dientes. Dejándose llevar mucho más de lo que ahora estaba dispuesta a admitir.
Cerró los ojos.
¿Qué voy a hacer con él?
No podía tirarlo. No podía devolverlo.
Y tampoco podía fingir que aquello había sido un error o una compra equivocada. El clon funcionaba perfectamente. Vaya si funcionaba.
Ese era precisamente el problema.
Lo había usado. Mucho.
Y ahora seguía allí.
Tendría que comprarle ropa, alimentarlo y encontrar alguna forma de encajarlo en su vida sin volverla todavía más complicada.
Y también tendría que darle un nombre.
Abrió su terminal y accedió al perfil del clon. La aplicación desplegó datos, parámetros y opciones de gestión.
Pero antes de que pudiera tocar nada, una llamada entrante apareció en pantalla.
MEGATECH — GESTIÓN DE RECURSOS HUMANOS.
Aline frunció el ceño.
—¿Qué…?
Atendió.
La imagen se proyectó frente a ella: una mujer de traje impecable, cabello recogido y mirada fría. Corporativa hasta el último detalle. Sin emoción visible.
—Aline Voss —dijo con voz neutra.
—Sí —respondió ella, tensa.
—Debo informarle que su superior directo, el capitán Darel Kessler, ha fallecido.
Los ojos de Aline se abrieron de par en par.
—¿Qué…?
El mundo se detuvo durante un segundo.
Y luego se vino abajo.
El estudio de Kessler era pequeño y ordenado hasta la obsesión. Una biblioteca baja contra la pared, carpetas perfectamente alineadas, un escritorio de metal oscuro sin una sola mancha y varias fotografías familiares colocadas con precisión casi matemática.
Nada estaba fuera de lugar.
Salvo él.
Personal policial se movía en silencio por la habitación mientras varios drones de reconocimiento flotaban lentamente, proyectando rejillas holográficas sobre la escena. Marcas luminosas señalaban trayectorias, residuos energéticos y puntos de impacto, mientras las cámaras registraban cada ángulo.
Kessler seguía sentado en su silla, la misma desde la que revisaba informes hasta altas horas de la noche. Tenía el cuerpo rígido, la cabeza destrozada y la pistola reglamentaria aún aferrada en la mano derecha.
Se había quitado la vida aquella misma mañana, poco después de regresar del bar.
Aline permanecía de pie junto a Damond y Malek. Los tres vestían el uniforme de Érebo 9 y observaban la escena en silencio mientras un agente policial repasaba datos que ninguno necesitaba escuchar para comprender lo ocurrido.
—Hora estimada del fallecimiento: seis cuarenta y dos. Disparo autoinfligido. La energía descargada corresponde a un acumulador estándar de pistola Anti-Zero.
Señaló el arma.
—Onda concentrada. Destrucción total de implantes craneales y del computador neural. No hubo transmisión posterior. No hubo intento de llamada. Muerte instantánea.