Factor Zero 2 #4
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—Destino de entrega —indicó el sistema.

—Mi departamento. Azotea. En treinta minutos.

Apoyó la palma sobre el panel.

El sistema leyó su identidad y validó la transacción. El pago se realizó con un pulso seco.

—Pedido confirmado —anunció la interfaz.

Aline se dio la vuelta.

La clon de recepción la observó.

—Que tenga un buen día.

Pero Aline salió casi corriendo. Como si acabara de cometer un crimen.

El metro la recibió con olor a metal y calor viciado.

Bajó las escaleras sin mirar a nadie. Subió al tren casi por inercia. Se sentó. Apretó los puños.

¿Qué carajos hice?

—Nuevo aviso —dijo la IA—. Aumento de estrés y vergüenza postdecisional. Se detecta ambivalencia emocional.

Aline cerró los ojos.

—Ya basta.

Cuando llegó a su distrito, la lluvia seguía cayendo. Más suave. Una llovizna persistente.

Cruzó la calle rápido, esta vez sin activar el escudo. El agua le empapó la chaqueta. No le importó.

Entró al edificio.

Subió al ascensor.

—Azotea.

El ascensor ascendió con un zumbido grave. Cuando las puertas se abrieron, un corredor estrecho y azotado por el viento apareció frente a ella.

Aline salió y se apoyó contra la pared mientras revisaba el terminal.

El GPS del pedido mostraba un punto en movimiento, acercándose.

Dron en aproximación.

El aviso llegó segundos después.

Aline salió a la azotea.

El viento era frío. La lluvia le golpeaba el rostro.

Frente a ella, un dron de carga pesado descendió con precisión y depositó en el suelo una caja alargada, negra y sellada.

Tenía forma de ataúd.

El dron emitió un pitido.

—Confirmación de identidad requerida.

Aline se acercó y apoyó la palma sobre el panel.

—Confirmado.

La caja se abrió con un siseo hidráulico.

Dentro había un clon.

Aparentaba poco más de veinte años. Piel pálida, cabello negro y corto, complexión atlética, sin exagerar. Vestía un mono gris de entrega, sin marcas, ajustado apenas lo suficiente. Sus ojos se abrieron despacio, como si emergiera de un sueño profundo.

—Buenas noches —dijo—. Mi designación es…

Aline no lo dejó terminar.

Le tomó la mano.

Estaba tibia. Demasiado real.

—Ven —dijo, más bajo de lo que pretendía.

Lo jaló hacia el ascensor.

El clon no opuso resistencia. Tampoco insistió. Simplemente la siguió.

Detrás de ellos, la caja volvió a cerrarse. El dron ascendió y desapareció entre la lluvia, llevándosela.

Aline no miró atrás.

Las puertas del ascensor se cerraron.

Mientras descendían, el clon volvió a intentarlo.

—Mi designación es…

—Aquí no, por favor.

Sentía el pulso en la cara. En las orejas. En la garganta.

Si el ascensor se detenía y entraba algún vecino… no hacía falta imaginar demasiado para saber qué estaba llevando de la mano.

Se imaginó al recepcionista revisando cámaras. La sonrisa. El comentario mental.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Pero las puertas no se abrieron.

Nadie entró. Nadie la vio.

El ascensor se detuvo en su piso. Aline salió tirando del clon con urgencia, cruzó el pasillo casi corriendo y abrió la puerta de su departamento.

Tropezó con el bolso que seguía junto a la entrada. Estuvo a punto de caer, pero logró recuperar el equilibrio, entrar y cerrar de un golpe.

La cerradura selló con un chasquido seco.

—Advertencia —dijo la IA—. Ritmo cardíaco elevado. Niveles de ansiedad y…

—Cállate.

Aline permaneció quieta unos segundos, respirando hondo.

El clon observaba el departamento con una curiosidad tranquila. La iluminación blanca se encendió automáticamente, revelando las paredes lisas y el silencio inmóvil del lugar.

Luego sus ojos volvieron a ella.

—Ahora que estamos en un entorno privado, permítame presentarme. Mi nombre asignado es…

Aline volvió a interrumpirlo.

Se abalanzó sobre él.

No hubo delicadeza. Tampoco cálculo. Solo impacto. Piel contra piel. Respiraciones entrecortadas. Manos torpes buscando algo firme a lo que aferrarse.

Aline lo besó como si el mundo acabara de romperse otra vez. Con hambre. Con ansiedad. Con esa necesidad brutal de tocar algo que siguiera vivo.

Sus dedos se cerraron sobre la tela del mono y tiraron de él, como si temiera que, si lo soltaba un segundo, todo volviera a derrumbarse.

El clon respondió de inmediato. No con pasión artificial ni exagerada, sino con una atención absoluta. Sus manos la sostuvieron, adaptándose al instante a su ritmo, a su fuerza, a esa desesperación apenas contenida.

La ropa empezó a desaparecer sin orden ni cuidado. Prendas cayendo al suelo. Abandonadas. Olvidadas.

El pasillo quedó atrás. La habitación los recibió sin ceremonia. La cama apareció como un destino inevitable.

Aline lo empujó sobre el colchón y volvió a besarlo, esta vez más lento. Más profundo.

Sintió el peso de otro cuerpo junto al suyo. El calor. La respiración compartida. Algo tangible.

Algo que no gritaba. Que no sangraba. Que no moría.

Y, por unos minutos, todo lo demás dejó de existir.

La ciudad siguió respirando allá afuera. La lluvia continuó golpeando los ventanales. Pero, por primera vez en mucho tiempo, Aline Voss no durmió sola.

Y, aunque fuera solo por una noche, el silencio dejó de sentirse como un enemigo.