2 #3
—Con todo respeto, señor —dijo Aline al fin—. Fui entrenada para ver lo peor de la vida. Pero, sobre todo, para aniquilar zeros. Y esto… —hizo una pausa breve—. Es la primera vez que veo algo así.
Levantó apenas la vista.
—Tanta muerte causada por ellos. Tanta destrucción. Niños llorando. Montañas de cadáveres aplastados, destrozados. Y apenas pudieron acceder a los niveles superiores. No puedo imaginar cuánta gente debe seguir viva allá abajo, sepultada.
El silencio se volvió más pesado.
Kessler tardó unos segundos en responder.
—Lo entiendo, Voss —dijo al fin—. Todos estamos igual. Aguantar el trabajo es una cosa: mantener la cabeza fría mientras estás ahí. Pero después… cuando llegas a casa, es distinto. Hay que procesarlo.
La observó con atención.
Sabía que vivía sola. Sabía que no tenía, como él, una esposa con quien descargar la frustración al final del día. Sabía también, por los reportes, que no estaba asistiendo a terapia. Y que, de seguir así, tendría que ordenarlo… o Megatech lo haría por él.
—Yo estoy igual —intervino Malek antes de que Kessler siguiera.
Todos giraron hacia él.
—No puedo dejar de pensar en eso. No estuve en primera línea como ustedes, pero no dejé de transportar refugiados en el Revenant —tragó saliva—. Todavía escucho sus llantos retumbándome en la cabeza.
Kessler lo observó en silencio.
Sabía que Malek llevaba un año viviendo solo. Sabía de la ruptura. Del maltrato verbal y psicológico. De la intervención corporativa para mantener a su expareja lejos.
—Voy a recomendar —dijo Kessler— que todos asistamos a terapia psicológica esta semana. Nos va a hacer bien. Es necesario.
Nadie lo contradijo.
—Quiero que descansen. Que aflojen un poco. Y que el lunes estén listos cuando vuelva nuestro turno.
Aline lo miró de reojo.
Detestaba a los psicólogos. Detestaba abrir la cabeza frente a otros. Pero sabía que no era opcional.
No dijo nada.
—Bueno, a ver —intervino Damond, rompiendo la tensión—. Seguimos hablando de trabajo y no vinimos aquí para eso, ¿o sí?
Se inclinó hacia adelante, animado.
—Vinimos a pasarla bien. Así que basta de mierdas tristes. Estamos aquí para levantar el ánimo.
Sonrió.
—A ver, Voss. ¿Puedes ganarme en una partida de dardos? O jugamos al billar cuando se libere la mesa. Les aviso que soy bastante bueno, así que vayan preparándose.
Miró a Kessler.
—Haremos equipo, capitán. Les vamos a romper el culo a estos dos. ¿Qué dicen?
Malek miró a Aline. Ella le sostuvo la mirada.
—Ya veremos quién se lo rompe a quién.
Damond soltó una carcajada sonora.
Jugaron.
Dardos primero. Aline clavaba fuerte y preciso, pero Damond tenía pulso de veterano y Kessler una calma desesperante.
Después pasaron al billar. Golpes limpios, rebotes perfectos. Malek se defendía mejor de lo esperado, concentrado, pero no alcanzó.
Los derrotaron. Sin piedad. Y con estilo.
Rieron. Protestaron. Bebieron. Pidieron más cerveza. Y después otra ronda.
El tiempo empezó a diluirse. Las conversaciones dejaron de girar alrededor del trabajo. Historias sueltas, comentarios inútiles, silencios cómodos.
Las horas pasaron sin que ninguno lo notara.
Al final, los cuatro estaban otra vez en la barra. Más relajados. Más humanos. El peso seguía ahí, pero ya no aplastaba tanto.
Esa noche, Aline Voss no se sentía tan sola como de costumbre.
—Bueno, chicos —dijo Kessler, poniéndose de pie—. La pasé muy bien, pero voy a irme. Tengo una familia, y no quiero que mi esposa me mire con mala cara por llegar demasiado borracho… o demasiado cerca del amanecer. Ustedes me entienden.
Miró a ambos.
—¿Alguien necesita que lo lleve? ¿Voss? ¿Malek?
Aline negó con la cabeza.
—No hace falta, capitán. Gracias.
Malek tragó saliva.
Dudó.
Miró a Aline, con la idea de quedarse un rato más, de aprovechar ese momento extraño en el que todo parecía un poco más liviano.
Pero estaba destruido.
Había bebido demasiado. No estaba en condiciones de sostener una conversación seria con nadie. Ni siquiera estaba seguro de poder volver solo a casa.
—Creo… creo que yo sí —dijo al final.
Kessler asintió.
—Bien. Vamos.
Le dio una palmada firme a Damond en la espalda y después apoyó la mano en el hombro de Aline, esta vez con más suavidad.
—Sus IAs les avisarán los horarios para terapia esta semana. El lunes hablaremos. Y nada de encerrarse en un caparazón cuando volvamos al turno. Ya es hora de llevarnos bien.
Aline asintió.
—Nos vemos —dijo Malek, despidiéndose de Damond con un apretón de manos.
Después dudó frente a Aline.
No sabía muy bien cómo despedirse.
Ella se giró hacia él, notando lo ebrio que estaba, las mejillas enrojecidas y el equilibrio apenas sostenido.
—Lo hiciste bien —dijo ella, apoyándole una mano firme en el hombro—. Practicaremos en el turno. La próxima no les va a resultar tan fácil.
Malek la miró, sorprendido.
Y entonces la vio sonreír.
Leve. Apenas perceptible. Pero real.
Él también sonrió antes de alejarse, apoyándose en Kessler para no tambalear demasiado.
Aline volvió a sentarse.
Quedó a solas con Damond, que ya estaba enviando mensajes desde su terminal.
—Bingo —dijo, sin levantar la vista—. Una de mis precarias acaba de picar. Esta noche la pongo, Voss.
Guardó la tableta y la miró.
—¿Y tú qué? ¿No tienes a nadie que te haga menear esas caderas?
Aline le devolvió una mirada fría.
No se le escapó la sonrisa de Rhea, unos metros más allá, secando vasos y fingiendo no escuchar.
—Eso, sargento Damond, no le importa.
—Bah, Voss, siempre tan estirada y aburrida —dijo Damond, ya más suelto por el alcohol—. Pudiste haber invitado a Malek a tu departamento y darle un buen meneo. Los dos están solos, para variar.
Soltó una carcajada.
—Bien podrían darse un poco de amor mutuo… aunque, con ese corpachón tuyo, terminarías partiéndolo como una ramita.
Aline no respondió.
Damond no notó su expresión.
El comentario le dolió. De verdad.
Su cuerpo era un arma, sí. Siempre lo había sido. Pero, a veces… a veces le habría gustado verse distinta. Más suave. Más femenina.
—Bueno, Voss —dijo Damond, poniéndose de pie—. Yo me voy.
Terminó la bebida de un trago y apoyó la palma sobre el panel de la caja para pagar.
—Te vas viendo. Mi chica me espera y no quiero que ese horno se enfríe.
Le dio una palmada demasiado fuerte en la espalda y se marchó, caminando sorprendentemente recto para todo lo que había bebido.
Rhea se acercó a la barra y miró a Aline con complicidad.
—Todo un personaje, ¿verdad?
Aline asintió mientras se levantaba.
—Advertencia —dijo la IA—. Nivel de alcohol en sangre elevado. Capacidad de combate reducida en un veintidós por ciento. Se recomienda transporte automatizado o retorno asistido.
Aline la ignoró.
—Gracias por todo —le dijo a Rhea.
—Gracias a ti —respondió la felinian—. Vuelve cuando quieras.
—Lo haré.
Aline caminó hacia la salida y abandonó el bar.
La noche de Ciudad Metro la recibió sin decir nada, mientras ella se perdía entre luces y sombras, un poco menos tensa… y bastante más cansada.
El camino de regreso se le hizo más largo. No porque la ciudad hubiera cambiado, sino porque ella sí.
Las luces parecían más agresivas. Los sonidos, más nítidos. El alcohol le calentaba el cuerpo, pero no le daba valor. Solo le aflojaba los frenos.
Volvió a pasar frente a GENESIS BIOWORKS.
Redujo el paso.
La vidriera seguía iluminada como si fuera pleno día. Perfecta. Limpia. Artificial.
Los clones permanecían inmóviles detrás del cristal, con esa quietud antinatural que no era sueño ni vigilia.
Aline dudó.
Miró a un lado. Luego al otro.
Era tarde. Había poca gente en la calle. Demasiado silencio para un distrito que, horas antes, estaba lleno de música.
Tragó saliva.
Y entró.
El interior era casi completamente automatizado. Iluminación blanca y uniforme, sin sombras. Una recepción mínima, detrás de la cual esperaba un clon femenino atractivo y perfectamente simétrico, con una sonrisa neutra clavada en el rostro. Demasiado perfecto para resultar cómodo.
—Bienvenida a Genesis Bioworks —dijo—. ¿En qué puedo ayudarla?
Aline no respondió.
Avanzó directo hacia uno de los paneles holográficos. La pantalla se activó al detectar su presencia.
Categorías. Filtros. Modelos rotando lentamente en el aire.
Sintió que las mejillas le ardían.
No tengo que hacer esto. Todavía puedo irme.
Pensó en darse la vuelta. En salir y no volver a pensar en ello. En lo ridículo que era. En la vergüenza.
—Advertencia —murmuró la IA—. Se detecta un aumento significativo de nerviosismo. Ritmo cardíaco elevado. Sugiero posponer decisiones de consumo impulsivo.
—Cállate —susurró Aline.
Siguió.
Seleccionó parámetros.
Edad aparente. Complexión. Rasgos generales.
Ignoró los modelos más caros. Los que realmente le gustaban.
Revisó sus créditos.
Frunció el ceño.
No. Ese no. Tampoco ese.
Encontró uno más accesible.
No era perfecto. Pero le gustó.
Leyó la ficha.
Vida útil estándar. Sin extensiones premium. Diseño genérico optimizado para compañía. Precio reducido por lote nocturno.
Miró por encima del hombro.
Nadie.
Confirmó la compra.