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Aquel día, por fin, el ruido de fondo no era el de una catástrofe. Y aunque jamás lo admitiría en voz alta, eso ya era algo.
El primero en llegar fue Joren Malek.
Entró con pasos silenciosos, como alguien acostumbrado a pasar desapercibido. Delgado, de hombros estrechos, sin la musculatura marcada del resto del escuadrón. Cabello negro algo largo, cayéndole desordenado sobre la frente. Rostro pálido. Ojeras persistentes, más permanentes que circunstanciales.
Vestía una chaqueta liviana demasiado grande para él, una camiseta gris sin gracia y pantalones oscuros. La ropa de alguien más cómodo entre consolas y cables que dentro de un exoesqueleto.
Caminó hacia la barra y levantó una mano a modo de saludo.
—Teniente… sargento.
Tomó asiento junto a Aline, procurando no rozarla, después de recorrerla de arriba abajo con un disimulo que no engañaba a nadie. Ella le sacaba casi una cabeza de altura. Y era, sin exagerar, el doble de ancha.
La diferencia resultaba brutal.
La barista detectó el nerviosismo enseguida.
—Buenas noches —saludó Rhea, inclinándose apenas para quedar a su altura—. ¿Quieres beber algo?
Malek miró rápidamente el vaso de Aline, como si necesitara una referencia segura.
—Eh… lo mismo que ella. Una Krauss Roja, por favor.
—Enseguida.
Damond observó la escena con una sonrisa ladeada.
—Malek, qué bueno verte. Estás más pálido de lo normal.
Malek se removió un poco en el asiento.
—Cansancio —respondió, encogiéndose apenas de hombros.
Damond lo tenía clarísimo. Ese nerviosismo no era nuevo. En seis meses, el chico había cambiado bastante: había pasado de mirar a Aline con escepticismo técnico, casi con desprecio profesional, a ponerse colorado cada vez que ella se acercaba demasiado.
Y para Damond el asunto era evidente.
Una mujer que le doblaba el tamaño. Dura como acero industrial. Con una presencia capaz de aplastar una habitación entera.
Y sí —pensó con una sonrisa interna—, si esa mujer lo montaba en una cama probablemente le partiría la cadera a la primera sentada.
Sonrió un poco más… hasta que notó la mirada de Aline reflejada en el espejo.
Una ceja arqueada. Seca. Inquisitiva.
Malek carraspeó de inmediato.
—¿Hace mucho que están aquí? —preguntó, intentando recomponerse.
—Qué va —respondió Damond—. Voss acaba de llegar, igual que tú. Yo llevo unos quince minutos.
Rhea dejó el vaso frente a Malek.
—Aquí tienes.
—Gracias.
Damond dio una palmada suave sobre la barra.
—Tengo una mesa reservada ahí atrás, ¿verdad, Rhea? —señaló hacia el fondo—. Mi amiga nos dejó todo preparado. Aislantes sónicos, comida, bebida… para charlar tranquilos, sin que nadie meta las narices.
Rhea asintió.
—Todo listo cuando quieran.
—Aunque si prefieren quedarse aquí —añadió Damond, mirando alrededor—, tampoco hay problema. Hay mejores vistas.
Aline observaba a la clientela reflejada en el espejo detrás de la barra. Distinguía sin esfuerzo las miradas, los comentarios murmurados, la curiosidad constante que despertaba su presencia.
Un reservado no sonaba mal.
—Me parece bien.
Malek no respondió. Bebió un poco de cerveza y siguió mirándola de reojo cada tanto, usando el espejo como excusa.
Aline lo notaba.
El cambio había empezado después del incidente en el centro comercial. El día en que solo ellos dos habían sobrevivido. Malek le había caído mal al principio. Demasiado arrogante. Demasiado técnico.
Ahora ya no sabía qué pensar.
En el trabajo nadie hablaba de su vida personal. Nadie. Todo quedaba fuera de la base.
—Bueno —soltó Damond—. El capitán ha llegado.
Aline levantó la vista justo a tiempo.
Darel Kessler entró al bar como si el lugar hubiese sido construido para recibirlo.
Cabello gris oscuro peinado hacia atrás con disciplina militar.
Rostro marcado por líneas duras y precisas, de esas que no nacen del estrés, sino de años tomando decisiones sin margen de error.
Mirada aguda, lúcida, recorriendo el ambiente con cálculo automático.
Un militar de pies a cabeza.
Era grande. Más ancho que Aline. Más pesado.
Un cuerpo trabajado, no inflado. Fuerza real. Presencia. De esas que imponían orden sin necesidad de levantar la voz.
Vestía acorde a eso: camisa oscura de corte recto, mangas remangadas hasta los antebrazos, pantalones resistentes y botas impecables. Nada de adornos. Nada innecesario. Un terminal viejo en la muñeca izquierda era lo único fuera de reglamento.
Kessler hizo una lectura rápida del local antes de acercarse a la barra. Se sentó junto a Malek sin decir una palabra.
—Capitán —saludaron los tres casi al mismo tiempo.
Kessler apoyó un antebrazo sobre la barra.
—Un Hierro Negro, doble.
Rhea tardó apenas medio segundo en reaccionar. Luego sonrió, claramente impresionada, y se movió con rapidez. Sirvió el licor oscuro en un vaso bajo y pesado. El hielo grande crujió al caer.
—Pensé que no vendría, capitán —comentó Damond.
—Casi no lo hago —respondió Kessler, tomando el vaso—. Pero mi esposa insistió. Al parecer no le gustó demasiado la cara con la que llegué a casa.
—La hubiera traído.
Kessler negó apenas.
—Imposible. Con el poco tiempo que avisaste no tenía con quién dejar a los niños.
—No importa. Otra vez será, señor.
Kessler dio un sorbo corto y asintió.
—Bien. Ahora que estamos todos, vamos al reservado.
Damond se puso de pie.
—Rhea, ¿puedes llevarnos algo para picar?
—Claro, Irek. Enseguida.
Los cuatro avanzaron hacia la parte trasera del bar. Allí el ambiente cambiaba. Espacios semicerrados, paneles de madera, iluminación tenue, mesas amplias rodeadas de bancos acolchados y sistemas de aislamiento sónico integrados.
Privacidad sin ostentación.
Se sentaron.
Damond ocupó un lado de la mesa. Aline se sentó frente a él. Malek fue a moverse junto a ella, pero Kessler se adelantó y tomó el lugar sin decir nada.
Malek se quedó quieto un segundo de más, incómodo, antes de terminar sentándose junto a Damond.
Damond sonrió y le dio una palmada en la espalda.
—Tranquilo, chico. La noche es larga —susurró—. Ya tendrás más oportunidades.
Malek lo miró con asombro, como si recién entendiera que Damond había notado todo desde el principio.
Y así era.
—¿Les molesta si fumo? —preguntó Damond.
Aline arqueó una ceja.
—Fumas todo el tiempo delante de nosotros —dijo Kessler, sin mirarlo—. ¿Ahora preguntas?
Damond sonrió.
—Bueno, capitán… nunca me ha ordenado que no lo haga. Y hasta entonces…
Sacó el mismo cigarro enorme que Aline ya le había visto antes. Parecía eterno. Un desafío en forma de tabaco. Lo encendió con calma.
Rhea apareció enseguida con varias bandejas: frutos secos, tiras de carne especiada, pan tostado con salsas oscuras y algo frito que olía demasiado bien como para hacer preguntas. También dejó nuevas botellas de Krauss Roja frente a Aline y Malek, además de otra para Damond.
—Si necesitan algo más, avisen.
Luego se retiró.
El reservado quedó en silencio unos segundos.
Después de tantos días, el ambiente ya no resultaba incómodo. Era un respiro. Y aunque ninguno lo dijera en voz alta, todos sabían que lo necesitaban.
—Supongo que nuestras IAs lo han estado jodiendo desde que salimos del turno, ¿eh, capitán? —preguntó Damond, soltando humo hacia un costado—. A mí no han parado de llegarme reportes de Voss y Malek.
Bebió un trago largo y bajó la mirada.
—Bueno… de Voss sobre todo.
Aline no comentó nada.
—Numen terminó siendo peor que el infierno —añadió Damond, ya sin tono burlón.
Kessler asintió y dio otro sorbo breve a su Hierro Negro.
—Lo sé. Numen nos afectó a todos —dijo—. Por eso ordené que nos retiráramos. Nuestro turno había terminado hacía veinticuatro horas, pero necesitaban apoyo hasta que llegaran más unidades.
Dejó el vaso sobre la mesa con cuidado.
—No volveremos allí. Supongo que ya lo imaginaban. Después de esta semana de descanso, regresamos a la base. A nuestro trabajo.
Los miró uno por uno.
—Por eso quiero que descansen. Y la verdad, Damond… después de todo esto, esta reunión me pareció una excelente idea. Llevamos seis meses trabajando juntos y nunca nos dimos el tiempo de hacer algo así.
Hizo una pausa breve.
—Error mío, supongo.
El silencio volvió a asentarse sobre la mesa.
—Tenemos tiempo libre de sobra en la base —continuó Kessler—, pero casi siempre lo usamos para lo nuestro.
Aline bajó la mirada.
Era verdad.
Entrenar. Dormir. Entrenar otra vez.
Rara vez se cruzaban en la sala de descanso. En el baño compartido, apenas lo justo. Recordó su primer día en la base: llegar sola, Malek, Helm e Ibarra jugando a las cartas, miradas frías, desconfianza inmediata.
Ella era la nueva.
Después llegaron Kessler y Damond como reemplazos.
Y aun así, tanto ella como Malek habían seguido manteniendo distancia.
Aline acababa de salir de la escuela de oficiales.
Su primer día de trabajo real había terminado con dos compañeros muertos, dos hombres a los que ni siquiera llegó a conocer.
El centro comercial. Tres zeros. El caos. Ella y Malek a punto de morir.
—No es su culpa, capitán —dijo Aline al final—. Tampoco es que nosotros nos integráramos demasiado.
Malek asintió despacio.
Kessler la observó con atención.
—Lo entiendo, Voss. Pero sigue siendo mi responsabilidad. Quería que saliera de ustedes mismos… pero debí hacer lo que ahora está haciendo Damond. Forzar un poco la integración, aunque no les gustara.
Esbozó una mueca cansada.
—Recién después de Kanzenji empezó a formarse algo parecido a camaradería. En fin. Ya no importa.
Se recostó contra la silla.
—Quiero que sepan que pueden contar conmigo si necesitan hablar. Todos estamos un poco trastornados después de lo que vimos estos últimos días.
Hizo una pausa.
—Los escucho… si tienen algo que decir.
Miró a Damond de reojo.
—A todos. Bueno… menos a Damond. A ustedes se les nota la cara larga. Pero no sé si el sargento está triste o feliz.
Damond soltó una carcajada baja y levantó la cerveza en un brindis silencioso.