Factor Zero 2
5%

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El ascensor descendía en silencio, demasiado lento para su gusto. Las paredes reflectantes devolvían una versión cansada de Aline, deformada por la luz blanca del panel superior. No miró los números. Ya sabía dónde iba a terminar.

El descenso terminó con un golpe seco. Las puertas se abrieron.

La recepción del complejo era amplia, fría, funeraria.

Mármol oscuro, columnas rectas, iluminación mínima.

Un lugar diseñado para que nadie permaneciera más tiempo del necesario.

El guardia nocturno seguía en su puesto, medio hundido en la silla, mirando una pantalla sin demasiado interés.

Levantó la vista apenas un segundo al verla pasar.

No dijo nada.

Aline cruzó la recepción con paso firme y llegó hasta la puerta principal.

El edificio se alzaba como una mole sombría, enorme, lúgubre. Una estructura vieja, reforzada demasiadas veces, que había conocido épocas mejores. Afuera, la noche estaba empapada. La lluvia caía con violencia, constante, sin intención alguna de detenerse.

Aline masculló una maldición.

Recordó cómo había llegado horas antes: empapada hasta los huesos por cruzar apenas la calle entre la salida del metro y el edificio. El agua se le había metido por el cuello, las mangas y las botas. Fría. Persistente.

Esta vez no.

Metió la mano bajo la chaqueta, directa a la sobaquera. Sus dedos encontraron el módulo compacto del escudo personal. Activó el sellado manual y sintió el pulso vibrar contra el costado.

La barrera se desplegó en silencio. Una película holográfica amarillenta envolvió su cuerpo.

Aline salió corriendo.

Cruzó la calle a zancadas largas y decididas. La lluvia golpeaba el escudo y rebotaba en miles de gotas desviadas, dispersándose en el aire sin llegar a tocarla. El agua parecía chocar contra una idea, no contra un cuerpo.

Un respiro artificial en medio del diluvio.

Llegó al acceso del metro y se metió bajo el techo de protección. Apenas cruzó el umbral, desactivó el escudo. La barrera desapareció con un parpadeo tenue.

—Advertencia —informó la IA—. El uso de sellado manual ha consumido un diez por ciento de la batería del escudo personal.

Aline no respondió.

Bajó las escaleras.

El metro olía a humedad vieja, metal oxidado y cuerpos que llevaban demasiado tiempo sin un lugar propio. Algunas personas esperaban apoyadas contra las paredes. Otras dormían sentadas, envueltas en mantas sucias.

Vagabundos. Desplazados. Gente que vivía ahí abajo porque arriba ya no quedaba espacio para ellos.

Algunos la miraron. La evaluaron rápido.

Después apartaron la vista.

Aline era grande. Ancha de hombros. Dura. No parecía alguien con quien conviniera hablar demasiado. Mucho menos buscar problemas. Ciudad Metro enseñaba rápido ese tipo de lecciones.

El tren llegó con un estruendo grave. Viento caliente, chispas sobre los rieles, puertas que se abrieron con un gemido mecánico.

Aline subió sin mirar atrás.

Las puertas se cerraron.

El metro arrancó, tragándose la oscuridad del túnel mientras la lluvia seguía cayendo allá arriba, indiferente.

El viaje hasta el distrito Ravelin duró exactamente quince minutos.

El convoy avanzaba con su traqueteo grave y estable, como si nada de lo que ocurriera en la superficie le incumbiera. Aline dejó que el computador neural filtrara el ruido y reprodujera música directamente dentro de su cabeza. Algo lento. Grave. Casi un murmullo.

Al mismo tiempo, un canal de noticias corría en segundo plano.

Numen aparecía una y otra vez.

Imágenes nuevas, pero siempre lo mismo: derrumbe, polvo, cifras de muertos que seguían aumentando, voces prometiendo respuestas.

Iba a continuar así durante meses. Quizá años.

Aline no estaba segura de si volvería a trabajar entre los restos cuando retomara servicio la semana siguiente.

Lo dudaba. Las unidades Anti-Zero habían sido desplegadas como respuesta inicial.

Para entonces, militares y equipos especializados de excavación estarían a cargo.

Jackson Corp ya estaba movilizando maquinaria pesada y personal técnico. Nadie dudaba de eso.

Ella volvería a Dorsal 9. A la base. A la cacería.

Y esperaba que así fuera.

Porque no sabía si soportaría un solo día más viendo el desastre de Numen desde tan cerca.

—Aline, la próxima es tu parada —anunció la IA.

Maldijo por lo bajo. Había estado demasiado metida en su cabeza.

El tren se detuvo y las puertas se abrieron. Aline descendió junto al resto del flujo de pasajeros y notó el cambio enseguida.

El aire era distinto. Menos pesado. Menos hostil.

Ravelin era un distrito bajo. No miserable, pero muy lejos del brillo corporativo. Gente vestida de manera sencilla. Otras caras. Otros ritmos.

—Clima actual —informó la IA—: dieciocho grados. Humedad moderada. Sin precipitaciones.

Aline salió a la calle.

La zona comercial seguía viva pese a la hora. Bares alineados uno junto a otro, música escapando por puertas abiertas, cafeterías llenas, restaurantes pequeños sin pretensiones. Todo tenía un aire de clase media desgastada. Nada sofisticado. Nada artificial.

Gente de todas las razas caminaba sin apuro. Reían, charlaban, bebían en la vereda.

Aline avanzó.

No necesitó abrirse paso. La gente se apartaba sola. Algunos la miraban con asombro. Otros con miedo. Y unos pocos, bastante menos discretos, con deseo.

Lo notaba.

La recorrían con la mirada, evaluaban su tamaño, su postura, la dureza de su expresión.

No reaccionó. No dijo nada.

Solo siguió caminando.

—Gira a la izquierda en treinta metros —indicó la IA—. El Halcón de Óxido se encuentra a doscientos metros.

Aline obedeció, pero se detuvo frente a una vidriera enorme, iluminada por una luz blanca impecable.

GENESIS BIOWORKS.

Una tienda de clones.

Carteles holográficos flotaban lentamente frente al vidrio:

“CLONES ORGÁNICOS DE ALTA CALIDAD.”

“DISEÑADOS PARA SERVIR.”

“HOGAR · INDUSTRIA · COMPAÑÍA.”

Dentro, los modelos humanos posaban como maniquíes. Hombres y mujeres de distintas complexiones, etnias y edades aparentes. Algunos llevaban uniformes de limpieza o ropa de trabajo pesado. Otros vestían prendas sugerentes y sostenían sonrisas programadas.

“VIDA ÚTIL GARANTIZADA: 5 AÑOS.”

“EXTENSIÓN DE CICLO DISPONIBLE.”

“PROMOCIONES POR VOLUMEN.”

Todos compartían el mismo detalle.

Un código de barras tatuado en la frente, en el pómulo o sobre una ceja. Pequeño, pero imposible de ignorar.

Aline observó la vidriera durante unos segundos y tragó saliva.

No era asco. Tampoco sorpresa. Era algo más difícil de nombrar.

Negó apenas con la cabeza y reanudó la marcha.

Más adelante la esperaba el Halcón de Óxido. El cartel metálico, corroído por la humedad y el paso del tiempo, colgaba sobre la entrada sostenido por dos cadenas viejas. Un halcón estilizado, de alas abiertas y cubierto de óxido real, parecía a punto de desprenderse.

Luz cálida escapaba por las ventanas amplias, acompañada por una música grave y constante que se derramaba hasta la vereda.

No era un lugar que intentara impresionar desde afuera.

Y justamente por eso funcionaba.

Un bar para adultos. Para gente que ya no buscaba ruido, sino una pausa.

Varias mesas ocupaban la acera. Personas bebiendo despacio, conversando sin apuro, riendo con esa clase de risa cansada que solo aparece cuando ya no queda nada urgente por resolver.

Nadie parecía tener prisa.

Aline empujó la puerta y entró.

El interior era amplio, construido en madera oscura y metal expuesto. Una barra larga recorría el fondo, iluminada por luces bajas. Las mesas estaban distribuidas sin demasiado orden. En una esquina, dos hombres jugaban al billar. Más allá, un tablero de dardos ocupaba una pared lateral.

Varias miradas se levantaron al verla entrar.

Curiosidad. Interés. Algún cálculo rápido.

Aline recorrió el lugar con los ojos hasta encontrarlo.

Irek Damond.

Estaba al fondo, apoyado sobre la barra, charlando animadamente con la barista. Aline soltó un suspiro silencioso, aliviada.

La felinian destacaba incluso detrás de la barra. Alta, muchísimo más que un humano normal, cerca de dos metros veinte. El pelaje, entre marrón y amarillento, estaba impecablemente cuidado. Llevaba el cabello largo recogido en un moño firme sobre la nuca.

Vestía un uniforme sobrio: camisa oscura, tirantes y un delantal reforzado. Se movía con soltura mientras servía una bebida.

Aline avanzó y tomó el banco vacío junto a Damond.

Él giró la cabeza apenas verla y sonrió enseguida.

—Voss. Viniste.

La mirada que ella le devolvió fue seria. Evaluadora. Silenciosa.

Damond soltó una carcajada.

—Tranquila, Voss, no saques los dientes. Eres la primera en llegar, eso es todo. Los demás ya vienen. Te dije que no te iba a decepcionar.

La recorrió de arriba abajo sin ningún disimulo.

—Tengo que admitir que esa ropa ajustada no te queda nada mal. Resalta bastante bien tus atributos. Especialmente esas nalgas duras como roca.

Le miró el culo con descaro absoluto.

—Aunque pensé que vendrías maquillada… o con algún vestido.

La barista sonrió apenas ante el comentario. Tal vez por camaradería con Damond. Tal vez por la expresión completamente imperturbable de Aline.

—Buenas noches, señorita Voss —saludó, con una voz grave pero amable—. ¿Qué le sirvo?

Aline la miró. El gesto seguía duro. Durante un segundo le molestó que supiera su nombre, aunque tampoco hacía falta preguntarse demasiado de dónde había salido. Damond era incapaz de cerrar la boca.

Aun así, suavizó apenas la expresión.

—Una Krauss Roja, por favor.

La felinian asintió y se movió con eficiencia. Sacó una botella del refrigerador, la destapó con un giro firme y sirvió la cerveza en un vaso ancho, dejando que la espuma subiera apenas lo necesario.

—Aquí tiene.

—Ponlo a mi cuenta, Rhea —intervino Damond—. Esta noche invito yo.

—No es necesario —respondió Aline, tomando el vaso.

—Puede que no —replicó Damond—, pero da igual. Yo invito. Los llamé para venir y, salvo que quieran desplumarme pidiendo lo más caro, pago yo.

Aline lo miró de reojo.

Una sonrisa mínima cruzó sus labios.

—Como prefiera, sargento.

Bebió.

El alcohol bajó frío. Amargo. Real.