1 #2
Incluso el incidente de Medical and Genetic: el zero de Oscuridad, el ataque a las unidades, la sombra que desapareció justo cuando ella estaba a punto de desplegarse. Había llegado incluso a subirse al Revenant antes de que la operación fuera abortada.
Dos zeros demasiado poderosos.
No podía ser coincidencia.
El sistema ambiental emitió un pulso casi imperceptible. La IA habló desde su implante.
—Aline, detecto un aumento sostenido en tus niveles de estrés. La frecuencia cardíaca y la actividad cortical indican rumiación prolongada.
Ella apretó los labios.
—Ah, ¿sí?
—Se recomienda realizar una actividad de desconexión. Respiración guiada, estimulación sensorial relajante o contacto social no laboral. Puedo sugerir…
—No. No sugieras nada.
Hubo una pausa mínima, calculada.
—Ignorar estas recomendaciones puede prolongar la fatiga mental y afectar el rendimiento operativo.
Aline dejó escapar una risa seca, sin humor.
—Buenas noticias para mañana, entonces.
El silencio volvió a llenar la habitación.
Aline cerró los ojos y permaneció así un largo rato. El colchón sostenía su cuerpo, pero no el peso que llevaba encima. Los pensamientos se le acumulaban en la cabeza como una bruma espesa, imposible de apartar. Sabía que iba a necesitar algo para dormir. Lo sabía demasiado bien.
Numen volvía una y otra vez.
Los zeros.
Y ese maldito campeón de Megatech que no había ayudado en lo más mínimo. Todos lo sabían. Si hubiera querido, si se lo hubieran ordenado, podría haber levantado toneladas de escombros él solo. Quizá hasta parte del distrito. Pero no apareció. Megatech no lo envió.
¿Estaba herido tras el incidente?
¿O muerto?
La idea no dejaba de darle vueltas.
—Llamada entrante —alertó la IA.
Aline abrió los ojos de golpe.
¿Una llamada?
Su terminal de muñeca estaba en el baño, junto a la ropa empapada. Giró la cabeza hacia el nodo de proyección al lado de la cama. El nombre apareció suspendido en el aire, limpio y claro.
Irek Damond.
—¿Qué carajos…? —murmuró.
¿Por qué la llamaba el jodido sargento? Un sargento que, pese a su rango inferior, era el segundo al mando de Érebo 9. En la práctica, por encima de ella. Al principio no le había importado. Ahora empezaba a fastidiarle.
—Contesta.
La IA activó la comunicación.
La figura de Irek Damond apareció junto a la cama, proyectada a tamaño real. Apenas una leve distorsión en los bordes delataba el holograma. Curtido, moreno, mandíbula cuadrada, ojos ámbar. Una cicatriz profunda le cruzaba el puente de la nariz como una firma permanente.
Vestía de civil: camiseta oscura sin mangas, chaqueta de cuero gastada colgándole de los hombros, pantalones ajustados y botas pesadas. En la mano sostenía un cigarrillo enorme, de esos que parecían más un desafío que un vicio.
La miró.
La recorrió sin ningún disimulo: las piernas descubiertas, la camiseta suelta, la ropa interior apenas visible.
Soltó un silbido largo y exagerado.
—Mira nada más, Voss… —sonrió de lado—. Ni que te hubieran servido en bandeja para mí. Tremendo cuerpazo escondes debajo de esa armadura.
Aline le sostuvo la mirada.
No era la primera vez que Damond la veía sin exoesqueleto. Pero a él le gustaba lanzar ese tipo de comentarios. A ella, a todas, a cualquiera. Solo para ver si alguna picaba.
Aline necesitaba compañía, sí.
Pero no esa.
—¿Qué se le ofrece, sargento? —preguntó, marcando el fastidio en cada palabra.
Damond arqueó una ceja.
—Bueno… teniente. Qué tonito. Lamento molestar… —hizo un gesto vago con el cigarrillo—. No sé si estabas a punto de masturbarte o algo así, pero tu IA no para de fastidiar enviando reportes.
Hizo comillas con los dedos.
—“Estrés elevado. Fatiga emocional. Recomendado contacto social no laboral”.
Aline chasqueó la lengua.
—Si se refiere a echar un polvo con usted, sargento Damond, como ya le dije varias veces, no estoy interesada. Prefiero masturbarme, muchas gracias.
Damond soltó una carcajada grave.
—Lo entiendo, Voss. Me quedó clarísimo. Pero sabes que no voy a dejar de intentarlo… —dio una calada larga—. Nunca se sabe. Capaz algún día cambias de opinión.
—Lo dudo.
—Bueno, Voss —continuó, cambiando apenas el tono—. No te llamé para eso… salvo que quieras.
—Sargento…
—Está bien, está bien —cedió, levantando una mano—. No hemos tenido tiempo de salir como corresponde desde que Kessler y yo nos unimos al escuadrón. Lo de Numen fue una mierda. Y hasta mi propia IA me está rompiendo las pelotas igual que la tuya.
Aline no respondió.
—Supongo que Kessler también debe estar hasta los huevos de tanto reporte. Incluso Malek… aunque a ese chico todo le importa una mierda salvo tu culo, Voss.
Soltó otra risotada.
Aline arqueó apenas una ceja, sin comentar nada.
—El punto es —siguió Damond— que voy al bar Halcón de Óxido a tomar unas cervezas. Y te estoy invitando. Voy a llamar a todos. Para despejarnos un poco. Fuera del trabajo.
La miró con algo más de seriedad, aunque la sonrisa seguía ahí.
—A ver si le haces caso a tu IA por una vez. Puedes dejar lo de masturbarte para después… o hacerlo antes de ir. Como prefieras.
Hizo una breve pausa.
—Pasar un rato de calidad. Seguro te hace falta. A mí… me hace falta.
Aline soltó un suspiro.
—Ninguna de sus… —hizo un gesto vago con la mano—. ¿Cómo las llama, sargento? ¿“Precarias”? ¿Va a estar disponible hoy?
Damond sonrió, confiado.
—Las precarias siempre están disponibles, Voss. Especialmente después de probar a Damond.
Aline lo sostuvo un segundo más con la mirada.
—¿Qué me dices? ¿Vienes?
El silencio se estiró unos instantes. Afuera, la ciudad seguía brillando mientras la noche avanzaba sobre Ciudad Metro.
Aline cerró los ojos un momento antes de responder.
—El Halcón de Óxido. Está bien. Los veo ahí en media hora.
Damond levantó apenas las cejas.
—Sabia decisión.
—Y más le vale no aparecerse usted solo, porque me largo.
La sonrisa de Damond se ensanchó.
—No te decepcionaré, teniente.
Aline hizo un gesto mínimo con la mano. La comunicación se cortó y el holograma desapareció.
Soltó una maldición en voz baja.
—Muchísimas gracias —murmuró hacia la IA.
No hubo respuesta.
Y lo cierto era que sí, había estado a punto de masturbarse. Pero ahora que el jodido Damond lo había dicho en voz alta, no iba a darle ese gusto.
Se levantó con un gruñido apenas audible y caminó hasta el armario. Las puertas se abrieron en silencio. Revisó la ropa sin demasiado interés hasta sacar unos jeans oscuros, gastados en los muslos.
Se los puso despacio.
Después eligió una musculosa negra, ajustada, pegada al torso con demasiada honestidad. Encima, una chaqueta corta gris oscuro, de tejido reforzado, con costuras pensadas más para resistir que para verse bien.
Sus músculos habían crecido en los últimos meses, y la ropa lo evidenciaba sin pedir permiso. Todo le quedaba un poco más ajustado de lo que recordaba, marcando brazos, hombros y caderas. No era elegante. No era delicado.
Pero tampoco iba a una cita.
Se observó en el espejo del armario.
La imagen no resultaba precisamente amable: intimidaba más de lo que atraía. Las curvas seguían ahí, imposibles de ocultar, pero endurecidas por un cuerpo trabajado, marcado por el entrenamiento constante.
—¿Cómo me veo? —preguntó, sin demasiada expectativa.
La IA respondió tras un breve pulso.
—Análisis estético: apariencia sobria, dominante. Si el objetivo es favorecer una interacción social relajada, podrías considerar maquillaje ligero o prendas de corte más femenino para suavizar la imagen.
Aline rodó los ojos.
—Vete al diablo.
No esperó respuesta.
Caminó hasta el perchero metálico y tomó la sobaquera. El cuero sintético estaba frío. Se la colocó con movimientos automáticos, ajustando las correas bajo la chaqueta como había hecho cientos de veces. El peso familiar volvió a asentarse contra su costado.
Eso la tranquilizó un poco.
No mucho.
Pero algo.
Fue hasta el baño, recogió el terminal del suelo y se lo colocó en el brazo izquierdo. El sistema se activó al instante, reconociendo su pulso. Metió la ropa usada en el compartimiento de lavado y cerró la compuerta.
Volvió a mirarse en el espejo.
Se humedeció el cabello y se lo acomodó con las manos, sin demasiada paciencia. Durante un segundo pensó en ponerse algo de labial.
La idea murió rápido, aplastada por la imagen mental de Damond.
Ni hablar.
La IA volvió a intervenir.
—Actualización emocional: leve mejora en el estado anímico. Descenso moderado de indicadores de frustración.
Aline resopló.
—No te hagas ilusiones.
Se acomodó la chaqueta sobre los hombros y caminó hacia la puerta. El sistema reconoció su proximidad y comenzó a abrirse automáticamente.
Antes de salir, lanzó una última mirada al departamento.
Silencioso.
Oscuro otra vez.
Esperando.
La puerta se abrió.
Y Aline Voss salió al pasillo, dejando atrás el silencio, los pensamientos… y las ideas que no la dejaban dormir.