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El departamento estaba a oscuras.
Una penumbra artificial donde todo espera a que alguien llegue para justificar su existencia. Las paredes absorbían el sonido. Sin música. Sin notificaciones. Solo silencio.
La puerta se abrió.
La figura que entró no se detuvo a mirar nada. Avanzó unos pasos, pesada, como si cada metro le cobrara algo. La puerta se cerró con un susurro neumático y, un segundo después, la luz se encendió sola. Blanca. Fría.
En la sala, el holovisor se activó de inmediato. Un holograma translúcido ocupó el centro del espacio, proyectando imágenes en bucle sobre titulares superpuestos.
—Continúa el caos en el distrito Numen —decía la voz de la holovisión, limpia, perfectamente modulada—, luego del derrumbe colosal del subsuelo provocado por un combate entre zeros, que generó el colapso estructural completo del distrito.
Las autoridades confirman ya más de cinco millones de víctimas fatales.
Las imágenes cambiaban demasiado rápido como para fijarse en una sola cosa.
Hovercópteros de evacuación suspendidos entre columnas de humo. Calles abiertas como heridas. Familias cubiertas de polvo gris, llorando frente a nada. Personal de rescate trabajando sin descanso.
Aline Voss dejó caer el bolso junto a la pared. No lo acomodó. Lo soltó, como si el peso ya no fuera solo físico.
Luego llevó las manos al torso y, con movimientos automáticos, se desabrochó la sobaquera.
El conjunto completo, arma reglamentaria y escudo compacto, salió de debajo de la chaqueta y fue a parar al perchero metálico junto a la puerta. Quedó colgando ahí, silencioso, como una extensión de ella que ya no necesitaba cargar.
Se pasó la mano por el cabello corto y negro. Estaba empapado, igual que ella. La lluvia seguía cayendo afuera, constante, obstinada, como si el distrito entero intentara lavarse algo que no iba a desaparecer.
Se masajeó el cuello mientras avanzaba hacia la cocina, sin importarle mojar el suelo. Le dolía todo. Un dolor profundo, viejo, que no se iba con el descanso.
Abrió la nevera. La luz interna parpadeó un instante antes de estabilizarse. Tomó una lata de cerveza.
KRAUSS N-17.
Aluminio negro mate, una franja vertical azul eléctrico y un logotipo minimalista: una hélice rota flotando sobre el nombre. Industrial. Amarga.
La abrió con un chasquido seco.
Se recostó contra la mesada y bebió mirando el holograma. Las noticias corrían frente a ella como una marea sucia: humo, polvo, gente cargando gente, cuerpos cubiertos con mantas térmicas.
Llevaba casi cuarenta y ocho horas ahí.
Y no se había ido por voluntad propia.
—Vete a tu puta casa a descansar, Voss —le había dicho el capitán Kessler, con la voz rota de cansancio.
—No lo necesito —había respondido ella.
—No te lo estoy pidiendo, teniente. Es una jodida orden. Ya mismo. El reemplazo está llegando. Todos nos largamos de aquí.
Aline dio otro trago.
Las imágenes no ayudaban. No eran zeros sueltos ni una cacería limpia. No de esas en las que llegaban, identificaban, abatían y se iban antes de que alguien mirara demasiado de cerca.
Habían tenido que escarbar.
Grúas gravitónicas levantando placas del subsuelo como si arrancaran costillas de un cadáver gigante. Con cada sección retirada aparecía algo peor. Cuerpos aplastados en posiciones desagradables. Gente que murió esperando. Gente que sobrevivió lo suficiente como para entender que no iba a salir.
Niños abrazados a sus padres muertos. Padres abrazados a sus hijos muertos.
Un horror lento. Pesado. Sin enemigos claros a los que disparar.
Una mierda.
Nada de eso se parecía a su trabajo habitual: cazar zeros, localizarlos, reventarlos antes de que hicieran algo así. Antes de que la ciudad tuviera que volver a tragarse a sí misma.
Esto no tenía referentes. No había estadísticas que alcanzaran. No había informes que cerraran.
Aline recostó la cabeza contra el mueble de la cocina, cerró los ojos un segundo y dio otro trago largo.
Alzó la voz, sin entusiasmo.
—Mensajes.
La IA respondió de inmediato en su cabeza, con ese tono neutro que nunca cambiaba.
—No hay mensajes nuevos, Aline.
Ella exhaló por la nariz, un suspiro corto y cansado.
Terminó la cerveza despacio, sin apuro por llegar a ningún lado. Luego lanzó la lata al reciclador. El cilindro la tragó con un golpe seco.
Caminó hacia el baño. La luz se encendió sola, blanca y cruel. No disimulaba nada.
Se quitó la ropa sin prisa, dejando que cada prenda cayera al suelo. No había nadie mirando. A nadie le importaba el orden.
Se quedó un momento frente al espejo.
Su cuerpo era fuerte, trabajado. Musculatura definida, sin ornamentos. Hecho para resistir, no para gustar.
Tenía moretones dispersos: violáceos, amarillentos, algunos recientes, otros ya apagándose. Costillas, caderas, hombros, muslos. Marcas de haber forzado demasiado la armadura. De exigir más de lo que los motores podían absorber y dejar que el excedente pasara directo a su carne.
Nada grave.
Pero dolía. Bastante.
Sostuvo la mirada de su reflejo unos segundos más. No había reproche. Solo registro.
Entró en la ducha.
La puerta de vidrio se cerró con un clic suave. La IA reguló el agua automáticamente. Tibia al principio. Luego más caliente.
El chorro cayó sobre su espalda, justo donde el dolor se acumulaba desde hacía horas.
Aline apoyó la frente contra la pared y dejó que el agua golpeara los músculos tensos, que los chorros le masajearan la piel como manos impersonales.
Cerró los ojos.
Surgieron imágenes: escombros, gritos, llantos. Luego silencio. Cuarenta y ocho horas comprimidas en un solo latido.
Odiaba esa soledad. La detestaba.
No solía admitirlo, ni siquiera para sí misma, pero estaba ahí, clavada como una astilla.
Llegar a casa y no tener a nadie. Nadie con quien hablar, nadie con quien soltar el peso, nadie ante quien permitirse flaquear un poco. Alguien que pudiera darle cariño sin pedirle nada a cambio, alguien ante quien mostrarse vulnerable.
Pero era difícil.
Pocos querían acercarse a la teniente Voss. A la dura. A la malhumorada. A la que evitaba cualquier contacto que no fuera estrictamente protocolar, la que no sonreía, la que no se quedaba a charlar.
El agua seguía cayendo cuando la IA habló.
—Reporte físico preliminar: múltiples contusiones superficiales, microdesgarros musculares en zona dorsal y lumbar, sobrecarga articular moderada. No se detectan fracturas ni daños internos.
Aline apretó la mandíbula.
—Ya lo sé.
—Se recomienda reposo mínimo de doce horas, aplicación de regeneradores tópicos y reducción de carga física durante los próximos dos días.
—No va a pasar —murmuró ella, sin abrir los ojos.
Hubo una breve pausa. La IA continuó.
—Reporte psicológico: niveles elevados de fatiga cognitiva, estrés postoperativo leve, acumulación de imágenes traumáticas sin procesamiento adecuado. Se recomienda interacción social no laboral, descanso prolongado y…
—Corta.
El agua siguió cayendo. El silencio volvió a llenar el baño.
Aline apoyó mejor la espalda contra la pared y dejó escapar un suspiro largo, pesado.
Sabía todo eso. No necesitaba que se lo repitieran. Sabía qué le pasaba, sabía qué necesitaba.
Y, aun así, no hacía nada al respecto.
Se quedó un rato más bajo el agua, dejando que el dolor físico fuera lo único claro, lo único fácil de entender.
Al rato salió de la ducha sin apuro. El agua se cortó con un susurro hidráulico y, al dar un paso adelante, el sistema holográfico de secado se activó.
Una cortina semitranslúcida de luz cálida descendió frente a ella y la atravesó de pies a cabeza, recorriendo su cuerpo con precisión clínica.
La luz vibró apenas, ajustándose a su contorno. En segundos, la humedad fue extraída de su piel, convertida en datos térmicos y desviada por el sistema. Cuando la cortina luminosa se disipó, estaba completamente seca.
Caminó desnuda hasta su habitación.
Sus pasos eran pesados, lentos, como si el cuerpo todavía no hubiera entendido que ya no estaba en servicio.
Se puso ropa interior simple. Luego una camiseta blanca, sin logos. No tenía energía para nada más.
Se dejó caer boca arriba sobre la cama. El colchón inteligente absorbió el impacto y se adaptó a su peso con un murmullo imperceptible.
Aline quedó inmóvil, mirando el techo un segundo… hasta que giró la cabeza.
El ventanal ocupaba toda la pared lateral. Vidrio reforzado, ligeramente polarizado, con vista abierta a Ciudad Metro.
La noche caía lenta, densa.
Torres gigantescas se alzaban como colmillos iluminados. El tráfico aéreo dibujaba líneas constantes de luz entre niveles, y los hologramas publicitarios flotaban entre edificios, parpadeando en neón. Movimiento. Vida artificial que no se detenía nunca.
A lo lejos, el distrito Numen se recortaba como una cicatriz oscura. No estaba completamente a oscuras: lo atravesaban los haces de luz de las unidades aéreas, los desplazamientos constantes de rescate, patrullaje y control. Un enjambre que no iba a detenerse pronto.
Aquello era una catástrofe en toda regla. Un hecho que iba a marcar la ciudad durante años. Un punto de inflexión.
Las autoridades estaban en alerta máxima.
Y con razón.
Un zero capaz de provocar una explosión así en un distrito inferior no tenía precedentes.
Llamas blancas. Un cuerpo de diamante. Moviéndose como un rayo, de un punto a otro, a propósito. Llamando la atención.
Al principio parecía un espectáculo.
Incluso tenía a una chica secuestrada. Una influencer. La sostenía como si fuera parte del acto, como si estuviera grabando su propio ataque para el mundo entero.
Luego llegó una unidad de Megatech.
El combate fue brutal.
Los civiles no lo vieron. Las unidades operativas sí.
Ese despliegue solo podía ser obra del campeón del torneo. No había discusión.
Lo que no encajaba era lo otro.
Un zero le había hecho frente. De verdad. De igual a igual.
Eso nunca había pasado.
Después, entre la destrucción, llegó la explosión. El derrumbe. El polvo. El silencio.
Todo lo demás quedó opacado.