Extraños en el tiempo Adiós, por ahora
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Adiós, por ahora

ADIÓS, POR AHORA

Eloise Wakefield había muerto tres noches después del encuentro con su marido. Habían descubierto que la policía había seguido a Herbert Wakefield hasta el Instituto Benéfico, y que él murió en la posterior persecución.

Molly tenía la mano de su madre entre las suyas cuando esta falleció tranquilamente.

Ver a su padre al final y descubrir que él había matado a aquellos hombres había conmocionado a Molly.

En cierto sentido, podía comprender por qué había hecho lo que había hecho.

En otro, nunca podría perdonarlo. Con la muerte de sus padres tan reciente, se sentía abandonada.

De no ser por el amor y el apoyo de Oliver y de Charlie, Molly sabía que no habría conseguido sobrevivir a las dos pérdidas.

No obstante, había llorado tanto que, cuando terminó, dudaba de que le quedaran lágrimas que verter. Para siempre.

Los Tinsdale, después de una llamada, habían dispuesto que los cuerpos de sus padres fueran llevados a Londres, donde los enterraron. Molly, Charlie y Oliver asistieron al funeral a su regreso de Cornwall.

Más tarde, Molly viajó al norte para visitar a los Tinsdale en Navidad. Cuando volvió, le contó a Oliver y a Charlie que la familia se encargaría de los gastos de su educación universitaria.

—Son muy amables, y fueron muy hospitalarios conmigo. Quiero decir, que en realidad soy una desconocida, pero hicieron que me sintiera en casa. Y lo cierto es que son la única familia que me queda ahora.

—Tienes suerte de haberlos encontrado, tanto como ellos de haberte encontrado a ti —comentó Oliver.

Que Molly se fuera a vivir con los Tinsdale nunca estuvo en cuestión. Ella había dejado claro que pretendía vivir con Oliver y Charlie y continuar con su trabajo de enfermera durante el resto de la guerra.

Charlie seguía siendo mensajero en el telégrafo y estaba muy ocupado, porque parecía que la larga y tortuosa guerra terminaría pronto y la gente estaba ansiosa por regresar a la normalidad.

Enviar felicitaciones de navidad y buenos deseos y esperanzas exageradas por telegrama parecía ser el billete de vuelta.

Charlie sin duda prefería eso a los mensajes que informaban de muertes.

Los bombardeos habían disminuido considerablemente y los periódicos y las emisiones de la BBC estaban llenas de noticias de una victoria aliada tras otra.

El estado de ánimo en Londres era mucho mejor, aunque Alemania había lanzado más misiles V-2 contra objetivos localizados en Inglaterra y Europa, pero no con la devastación generalizada que habían provocado los tradicionales bombardeos de saturación.

Durante mucho tiempo, Oliver había entrado en el despacho a diario con la esperanza de terminar el libro de Imogen, pero ahora, después de haber estado en el lugar donde se quitó la vida, parecía que su espíritu creativo estaba todavía más arruinado que antes.

Al final, sencillamente, dejó de intentarlo.

En Nochevieja se reunieron con sus amigos de Londres para recibir el año 1945 con la esperanza de una paz inminente.

Mientras regresaban al Bastión de los Libros después de la celebración, Oliver había dicho:

—Molly, aunque ahora tienes a los Tinsdale, supongo que nosotros también somos familia.

—Vosotros sois mi familia cercana —dijo Molly—; los Tinsdale son como un primo lejano. Pero, por favor, no les digáis que lo he dicho. —Sonrió con vergüenza—. Tengo muchas ganas de ir a la universidad.

—¿Y tú, Charlie? ¿Qué sueños tienes para cuando termine esta locura? —le preguntó Oliver.

—Me gustó ver el agua en el Canal. A ver, ya había visto agua antes, en el Támesis, pero esa en verdad no va a ningún lao . Pero el Canal, lo que hay después de eso… Bueno, eso te hace pensar cosas.

—Podrías viajar por el mundo —sugirió Molly—. Y escribir sobre ello.

Charlie sonrió, algo raro en él.

—Aunque no lo lea na más que yo. —Los miró a los dos—. Perder a mi familia fue lo peor del mundo, pero habría sido mucho peor si no os hubiera conocido a vosotros. No creo que lo hubiera conseguido.

—No creo que ninguno de nosotros lo hubiera hecho —añadió Molly.

—A veces, todo se reduce a la serendipia de con quién te encuentras y cuándo —dijo Oliver.

—¿Eso lo dice Imogen o Ignatius? —le preguntó Molly.

—Un poco de cada, en realidad —contestó él, con una generosa sonrisa—. ¿Y no es eso algo maravilloso?

Los días siguieron siendo fríos y amargos. Por las noches se sentaban en el Bastión de los Libros y Molly leía, Charlie escribía furiosamente en un tercer diario, tras terminar los dos primeros, y Oliver repasaba la contabilidad de la tienda y hacía el crucigrama del London Times .

Cuando la sirena antiaérea sonó a finales de enero, todos levantaron la vista de lo que estaban haciendo. Oliver ya tenía puesto el uniforme y estaba a punto de comenzar su tumo. Charlie y Molly se pusieron rápidamente sus abrigos de invierno y todos salieron al exterior.

En la puerta del Bastión de los Libros, Oliver les dijo:

—Marchaos al refugio habitual. Dudo de que sea mucho. Los alemanes se están quedando sin cosas que lanzamos. Me reuniré con vosotros allí dentro de poco.

Se separaron y Oliver se reunió con Lee Parker. Los dos vigilantes compararon sus listas, comprobaron los refugios y descubrieron que faltaban cuatro personas. Se las repartieron y se marcharon en direcciones distintas.

Molly y Charlie se sentaron juntos en el sótano de un almacén cerca del río. Hacía bastante frío allí abajo, pero la experiencia les decía que el calor corporal de toda la gente reunida pronto enmendaría aquello.

—¿Crees que esta noche será malo? —le preguntó Molly.

—No sé. Las últimas veces no lo ha sido.

—¿De verdad piensas marcharte de Inglaterra, Charlie? Cuando termine la guerra.

—Nunca he salido de Londres, salvo cuando fuimos a Cornwall. Creo que me gustaría ver mundo, antes de morir.

—Queda mucho tiempo para entonces.

En ese mismo momento se produjo una explosión cerca.

Molly le agarró la mano a Charlie. Él se la apretó.

—No va a pasar na.

Molly asintió, pero no parecía creerle.

La siguiente explosión sonó más cerca, y con asombrosa fuerza. El techo crujió y gimió sobre sus cabezas, y las enormes vigas de madera que lo sostenían temblaron.

—V-2 —dijo Charlie, reconociéndolos—. No hemos oído zumbidos ni vibraciones, como cuando los aviones lanzan las bombas.

Molly asintió. Sabía que Charlie entendía mucho de esas cosas.

Se produjo otra explosión, todavía más cerca, y polvo y fragmentos del techo cayeron sobre ellos. Algunos gritaron; otros corrieron a ponerse a resguardo, aunque en realidad no lo había.

Charlie abrazó a Molly con fuerza y se encorvaron mientras el llanto asustado de los niños pequeños llenaba el espacio, ahora atestado de humo.

—Dicen que esos misiles V-2 vuelan con rayos de radio —dijo Charlie, con voz tranquila y serena—. Nosotros intentamos bloquearlos, y se nos da bastante bien.

Molly sabía que estaba haciendo aquello para alejar su mente de lo que estaba pasando. Apreciaba el gesto, pero eso no conseguía disipar el terror que sentía.

—Sí, yo también he oído algo de eso —dijo con voz temblorosa.

—To va a salir bien, Molly, en serio. Hemos conseguido llegar hasta aquí, ¿no?

Otra explosión, tan cerca que uno de los muros del enorme sótano se derrumbó parcialmente, lanzó un maremoto de polvo y tierra y madera rota hacia ellos.

Todos huyeron de la destrucción.

Acurrucados contra la pared opuesta, mirando ansiosamente las toneladas de material en precario equilibrio sobre sus cabezas, Molly dijo en voz baja:

—Esta vez parece distinto, Charlie.

Charlie miró el techo que parecía estar cediendo poco a poco.

Sí, esta vez parece distinto , pensó.

Oliver corrió por las calles sin molestarse en mirar arriba.

No había nada que ver. No había aviones, ni se oían los aullidos de las Trompetas de Jericó.

Aquello era claramente un ataque de misiles V-2.

Quienes acudían para matarlos solo eran máquinas de metal, sin bombarderos ni pilotos o copilotos de carne y hueso.

Y nunca las veías ni las oías venir. Como su amigo el comandante Bryant había dicho, estabas muerto antes de saber siquiera que ya no estabas vivo.

Tenía una pareja más en la lista. Aporreó la puerta de su casa.

—¡Señor y señora Perkins, deben venir! ¡Rápido, por favor!

Se produjo una explosión cerca y Oliver levantó la mirada para ver un edificio derrumbarse.

Apoyó el hombro en la puerta y empujó, la atravesó y la cerró a su espalda mientras la violenta sacudida de la explosión atravesaba la calle y golpeaba las ventanas.

No obstante, la puerta no estaba cerrada del todo y se vio golpeada con increíble fuerza.

Oliver estaba tumbado en el suelo con los pies contra la puerta, pero se abrió de golpe con tal fuerza que se vio lanzado por la habitación, hasta que golpeó una mesa del comedor.

—¡Señor y señora Perkins! —Se puso en pie tambaleándose y buscó en todas las habitaciones.

Allí no había nadie. Regresó corriendo a la calle y se apresuró hacia el refugio.

Había visto columnas de humo y fuego, y venían del mismo edificio en el que Charlie y Molly se habían refugiado.

Otro ataque directo allí, y estarían acabados.

Si está en mi mano, ellos sobrevivirán a esta maldita y horrible guerra.

Redobló sus esfuerzos para llegar hasta ellos. Los conduciría, a ellos y a los demás, a un lugar más seguro. Dobló la esquina justo cuando un misil V-2 caía en ese punto exacto.