Una última lágrima
UNA ÚLTIMA LÁGRIMA
M olly no vio a su madre al día siguiente, ni el día después. Se encontraba bien, le habían dicho tanto Foyle como Stephens. No obstante, cada vez que se acercaba a aquella puerta, el horror del encuentro se interponía en su camino, impidiéndole que siguiera adelante.
Puede que esté desarrollando mi propia neurosis.
El sufrimiento de los pacientes del instituto era realmente extraordinario.
Molly nunca conseguiría imaginarse trabajando en esa área.
No había medicina real que pudiera ayudar, al parecer, solo afilados instrumentos punzantes en los tejidos tiernos del cerebro.
Y aunque eso podía aliviar algunos de los síntomas violentos, a menudo sustraía de la persona todo lo que era importante, dejando algo que era menos que humano.
Para ella, ser médico implicaba tener la capacidad de curar, no solo de relegar a los pacientes a un estupor embotado.
Su madre estaba desahuciada, lo sabía, y ella había, si es que una hija podía hacer eso, aceptado ese destino.
Pero eso no era lo mismo que aceptar que fuera correcto o justo. No era ninguna de esas cosas.
No puedo ayudar a esta pobre gente. Al parecer, ninguno de nosotros puede.
Dos noches después, Molly descubrió que no podía dormir. Se levantó, se puso la bata y usó la llave para entrar en el instituto. Caminó hasta la habitación de su madre pensando en velar un rato el tranquilo sueño de la mujer.
Pero, cuando llegó allí, descubrió que la puerta estaba abierta y que su madre había desaparecido.
Molly miró frenéticamente a su alrededor, buscando alguien a quien alertar, pero no encontró a nadie. Regresó corriendo al anexo y despertó a Oliver y a Charlie. Ambos se vistieron rápidamente y corrieron al exterior.
—Creía que cerraban su puerta con llave —dijo Oliver.
—Yo también —contestó Molly—, pero estaba abierta.
—Debe seguir en el instituto —dijo él—. Estaba demasiado débil para llegar al exterior. Me sorprende que haya conseguido salir de su dormitorio sin ayuda.
—¿Qué es ese ruido? —exclamó Charlie.
Oyeron lo que parecía una puerta que se cerraba.
Corrieron a la parte de atrás del edificio.
Cuando llegaron allí, lo primero que vieron fue una silla de ruedas vacía junto a una pequeña berlina gris de dos puertas.
Su madre estaba sentada en el asiento del pasajero, mirando plácidamente el parabrisas.
Y alguien más estaba con ella.
—¡Padre! —gritó Molly.
Herbert Wakefield se giró para mirarla.
Parecía viejo, mucho más viejo de lo que recordaba. Estaba delgado, de un modo poco saludable. Llevaba un traje de tres piezas. Tenía el cabello casi blanco, castigado por el fuerte viento.
La miró, desconcertado.
Ella dio un vacilante paso adelante.
—Padre, soy yo, Molly.
—Dios mío —dijo él—. ¿Molly?
Ella dio otro paso hacia él.
—Vine a visitar a mamá. —Miró a su madre—. ¿A dónde vas con ella?
Él miró a su esposa sobre su hombro.
—Yo… Ella necesita salir de este sitio. Ambos lo necesitamos. Es… un… asunto del gobierno. Secreto. Siento no haber podido contártelo. Es un secreto oficial, ya sabes.
—Padre, no puedes hacer esto. No debes hacer esto.
—Te digo que es un asunto oficial. Voy a llevar a tu madre a… a un lugar seguro.
—Lo sé, padre. Lo sé todo.
—¿Sí? —respondió él con brusquedad, endureciendo su expresión.
—Sí. Mataste a unos soldados británicos.
—Sabes lo que ellos te han contado, imagino. —Señaló a Oliver con furia—. Pero desconoces mi perspectiva de las cosas.
—Ahora puedes contármela.
—¿Y de qué te serviría eso, niña?
—Eres mi padre —le dijo sin más—. Y me merezco una explicación. —Esto pareció tomarle desprevenido, y Molly decidió insistir—: ¿Por qué nunca me llevaste de vuelta a casa?
—¿A casa? ¿Con quién? ¿Con una madre chalada y un padre asesino?
—Pero volví a casa de todos modos. No llegaba el dinero, y aunque los Cooper no me habrían echado de allí, yo quería volver contigo y con mamá.
—Esos cabrones congelaron todas mis cuentas —replicó Wakefield, furioso—.
Los mismos cabrones que ni siquiera intentaron buscar a la asquerosa calaña que atacó a tu madre.
Pero, por supuesto, tiempo para quedarse con mi dinero, para vigilar mi casa y para abrir mis cartas sí tenían. ¿Te preguntas por qué nunca te escribí?
—¿Por qué no lo hiciste?
—No podía dejar que pensaran que estabas ayudándome de algún modo, que buscaran códigos secretos en mis cartas. No, yo no te habría hecho eso, Molly.
—La señora Pride me contó lo que le pasó a mamá en el refugio.
—Ella no lo sabía todo. Yo no me atreví a contárselo.
—¿A qué te refieres?
—A los hombres que la agredieron. Eran nuestros soldados.
Tu madre se calmó por fin lo suficiente para contarme lo que había pasado.
Me estuvo buscando después de que nos separáramos entre la multitud.
Ellos se ofrecieron a ayudarla. Después se la llevaron a un pequeño cuartucho oscuro, la golpearon, le robaron, le hicieron…
le hicieron Dios sabe qué. —Se detuvo y sollozó—.
Al policía que estaba de servicio no podría haberle importado menos —añadió con más tranquilidad—.
No quería que lo molestaran. Tenía demasiadas cosas que hacer para perder el tiempo ayudando a una mujer a la que habían violado.
Molly comprendió entonces por qué se había puesto furiosa su madre al ver al uniformado señor John, al cartero o al lechero.
—Lo siento mucho, papá. Lo siento mucho.
—Pero yo trabajaba para el gobierno. Arriesgué mi vida por mi país.
Sabía que podía conseguir que se hiciera justicia.
¡Sabía que éramos buenas personas! Fui a Scotland Yard con todas las pruebas e incluso con el nombre de uno de esos hombres, porque tu madre lo había visto en su uniforme.
Podrían haberlos encontrado fácilmente. ¿Y sabes qué me dijeron?
—¿Qué? —le preguntó Molly, en tensión.
—Que la guerra había sido dura para los chicos.
Me sugirieron que eran solo cosas de muchachos.
Seguramente la señora Wakefield lo comprendería.
Y si los arrestaban por sus delitos, habría tres hombres menos luchando contra Hitler.
¿Y si la prensa se enteraba de ello? Bueno, eso sería malo para la moral, ¿no?
No podíamos permitirlo, ¿verdad? —Se detuvo y se frotó la cara, embadurnándosela de lágrimas—.
El subcomisario me dijo que le llevara unos bombones, y unas flores, y que con eso volvería a estar como una rosa.
¿Por qué joder a unos chavales que luchaban por su país?
Y después de todo, era su palabra contra la suya.
—Miró el cielo oscuro—. Bombones y flores —dijo, sin emoción—.
Y después, al parecer, ella estaría como una rosa .
Se giró y señaló a su esposa.
—¿Y su dolor? —gritó—. No ha conocido un minuto de paz desde entonces. ¡Ni uno!
Dejó de hablar y se apoyó en el automóvil, totalmente agotado, parecía. Unos instantes después, continuó:
—Tu madre buscó en su interior y consiguió encontrar el valor para contarme lo que le había pasado aquella noche. Y tan pronto como lo hizo, ¿sabes qué vi?
Molly no consiguió formar las palabras para responder. Solo pudo negar con la cabeza, con expresión temerosa ante lo que estaba por venir.
—Vi que la luz de la vida de tu madre escapaba de ella.
Vi que la mujer a la que amaba más que a nada se desvanecía ante mis ojos.
Toda la confianza, toda la fe que había tenido en los demás…
desapareció. Para siempre. —Se giró para mirar a su esposa, que seguía mirando el parabrisas plácidamente—.
Y esto… Esto es lo único que queda de una persona buena y amable.
Molly, Charlie y Oliver solo pudieron mirar, impotentes, al afligido hombre.
—Así que, si la policía no buscaba a esos hombres, lo haría yo.
Y lo hice. Lo hice durante años. Usé todas las habilidades y contactos que había adquirido mientras trabajaba para mi país.
Hablé con gente que estuvo en el refugio aquella noche.
Seguí pistas. Incluso encontré el cuarto al que la arrastraron y tomé huellas e hice que un amigo las comparara con las fichas de los reclutas.
Seguí todas las pistas que pude. Tardé mucho tiempo, pero al final los encontré, uno a uno.
—¿Y entonces? —preguntó Molly, con voz trémula.
El rostro de su padre se volvió duro como el pedernal.
—Asumí el papel de juez y de jurado. Les enseñé todas las pruebas que había reunido.
Les pregunté cómo se declaraban. Gimotearon y se acobardaron y suplicaron por sus vidas, pero ni uno solo se disculpó, ni siquiera cuando les enseñé fotografías de tu madre, de aquello en lo que se había convertido.
Ni uno solo de ellos. Solo estaban interesados en salvar sus miserables pellejos.
Ella no les importaba nada. Si alguno de ellos hubiera admitido su culpa, si hubiera expresado el más mínimo remordimiento…
—Soltó un suspiro largo y cansado—. En ese caso, los habría perdonado.
Pero no lo hicieron, y por eso tampoco lo hice yo.
Los maté. Y lo haría de nuevo, sin vacilación.
Aquella confesión hizo llorar a Molly.
—Padre, seguramente había otro modo.
—No había otro modo, niña. Esto era lo único que podía hacer, justicia para tu madre.
—¿Cómo ha conseguido atravesar los puestos de control? —le preguntó Oliver.
—Llevaba un uniforme británico lleno de medallas.
Medallas que me gané, por cierto, sirviendo a un país que me abandonó en un momento de necesidad.
—Se giró de nuevo para mirar a Molly—. Me quité el uniforme antes de llegar aquí.
Volveré a ponérmelo después de sedar a tu madre, porque ella no puede soportar la visión de un hombre con uniforme, ¿y quién podría culparla?
Eso y unos documentos falsificados consiguen muchas cosas —añadió Wakefield.
—¿Y ahora? —le preguntó Molly—. ¿A dónde te la llevas?
—He organizado las cosas. Nos está esperando un barco para llevarnos a un sitio… seguro. Donde podamos vivir en paz el tiempo que nos quede.
—Mamá no está bien.
—Sé que se muere. Y mi vida también ha acabado, pero me niego a colgar del extremo de una soga por matar a unos hombres que deberían haber estado en la cárcel, o peor.
—¿Y tú?
—Le fallé a tu madre una vez… No puedo dejar que muera sola. —Le echó una abrupta mirada a Oliver, y al parecer pensando que representaba a todo el gobierno británico, gritó—: ¡Vete al infierno!
Wakefield puso la mano en la portezuela del vehículo.
—Bueno, tenemos que irnos. Siento… Siento todo esto, Molly. De verdad que lo siento.
Oliver dio un paso adelante.
—Me temo que no podemos dejarle hacer esto, señor Wakefield.
Wakefield se sacó una pequeña pistola de un bolsillo y apuntó con ella a Oliver, que retrocedió rápidamente.
—Creo que tú no tienes nada que decir en este asunto.
Oliver retrocedió otro paso, pero Molly avanzó.
—Esto no arreglará las cosas, papá. Y, por favor, no me dejes sola. Yo… Te necesito. Por favor. —Las lágrimas se derramaron por sus mejillas.
Herbert Wakefield negó con la cabeza, despacio.
—Lo siento, Molly. —Añadió, con tono amable—: Tienes que vivir tu vida, y espero que sea todo lo que tú quieras que sea. Siempre has sido excepcional. Pero mi vida… la vida de tu madre… casi ha acabado.
En ese momento oyeron sirenas y unos poderosos motores que se dirigían en su dirección.
—¡Maldita sea! —gritó Wakefield. Entró en el coche y arrancó el motor.
—¡Papá, no! —gritó Molly—. ¡No te vayas! ¡Por favor!
Eloise Wakefield pareció oír por fin la voz de su hija. Justo cuando su marido ponía el coche en marcha, miró a Molly y luego a su esposo; abrió la puerta y se tiró del automóvil. Wakefield dio marcha atrás e intentó agarrarla, pero falló.
—¡Eloise! —gritó. Charlie y Oliver corrieron hasta Eloise Wakefield y la apartaron del vehículo.
Parecía que Wakefield iba a salir del coche para intentar meterla de nuevo, pero en lugar de eso, aceleró.
Un momento después, tuvo que girar a la derecha para evitar los coches patrulla que entraron rugiendo en el camino, con las sirenas que aullaban.
Los coches de policía giraron para seguirlo y los tres vehículos desaparecieron en la oscuridad mientras el sonido estridente de las sirenas les destrozaba los nervios.
Molly y los demás se sobresaltaron al oír los disparos. Después se oyó una terrible colisión y, unos segundos después, una explosión. Una columna de fuego se elevó en el aire, e iluminó la noche.
Molly rodeó protectoramente a su aturdida madre con los brazos, sollozando.
—No pasa nada, mamá. Estás a salvo.