Extraños en el tiempo Un sueño tristemente frustrado
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Un sueño tristemente frustrado

UN SUEÑO TRISTEMENTE FRUSTRADO

L a novela ilustrada Middlemarch , de George Eliot, estaba en la pequeña biblioteca del instituto. Cada noche, después de la cena, Molly iba al dormitorio de su madre y se la leía. Eloise Wakefield despertaba a veces, reconocía a su hija y decía, en voz baja: «Molly, cariño».

Molly sonreía, le tomaba la mano y tranquilizaba a su madre.

También le hablaba del tiempo que había pasado en el campo y después en Londres.

No le contó qué había sido de su antigua casa, ni la muerte de la señora Pride, ni la funesta situación de su marido.

Molly no necesitaba tener conocimientos en el campo de la salud mental para saber que esas revelaciones no serían beneficiosas para su madre.

También había revisado las cosas que la mujer había llevado consigo, o más seguramente los artículos que su padre había preparado para su esposa; él se sentía siempre inclinado a supervisar tales tareas.

En el fondo del armario, Molly encontró una fotografía en la que aparecía con su madre, una que había olvidado.

Se la habían hecho en Hyde Park, antes de la guerra.

Estaban en un banco y aparecían alegres y contentas.

Aunque, al mirar con atención los ojos inmortalizados de su madre, vio en ellos un grado de aprensión que nunca antes había percibido.

Quizá porque no quería verlo.

Molly había puesto la foto en un marco que había encontrado y la había colocado en la mesa junto a la cama de su madre.

Si su madre la veía, pensó Molly, eso la haría…

recordar épocas más felices. Era un ardid sencillo, pero nunca se sabía.

A aquellas alturas, habría hecho cualquier cosa por alegrar los últimos días de su madre.

—Creo que está mejor —le dijo a Charlie y a Oliver una tarde—. ¿Creéis que sería posible…? —Se detuvo y los miró con incertidumbre.

—¿Qué? —le preguntó Oliver.

—Me preguntaba si sería totalmente absurdo pensar en llevarla de vuelta a Londres para que pase allí el tiempo que le queda.

—Pero ¿dónde se quedaría, Molly? —le preguntó Oliver.

—Podría quedarse con nuestra habitación y yo podría dormir en el suelo de la librería —se ofreció Charlie.

—Charlie, yo nunca te pediría que hicieras eso —replicó Molly rápidamente.

—Y seguramente necesitará cuidados médicos, Molly —le dijo Oliver—. Y después está la cuestión del transporte. No podemos meterla en el automóvil y llevárnosla sin más.

Molly parecía derrotada, pero después su expresión cambió.

—Creo que tengo una idea. —Se marchó rápidamente.

Más tarde aquella noche, Molly buscó a Oliver y a Charlie y les contó lo que había hecho.

—El doctor Stephens ha hecho algunas preguntas por mí y ha encontrado el número de teléfono de los Tinsdale, en Yorkshire.

—Perdona, ¿los Tinsdale? —preguntó Oliver.

—Los parientes ricos que Molly tiene en el norte —le explicó Charlie.

—Sí. Es la familia de mi madre, y son muy ricos.

No creo que hayan estado en contacto durante muchos años.

De todos modos, la pobre operadora tuvo que intentarlo tres veces, pero al final conseguí hablar con Lucretia Tinsdale, la prima segunda de mamá o algo así.

La recuerdan muy bien. No tenían ni idea de lo que le pasaba, ni siquiera sabían que seguía viva.

Se preocuparon muchísimo cuando les hablé de su estado.

Y han aceptado ayudarme a cuidarla y también a llevarla de vuelta a Londres.

—Vaya, eso es maravilloso —dijo Oliver.

—Podría estar en un hospital de Londres y yo podría cuidar de ella allí. Y podría haber algún tratamiento para sus riñones. Pensaba ir a contárselo a mamá ahora. ¿Queréis venir conmigo?

—Yo sí —dijo Charlie.

Pero Oliver se excusó.

—No quiero abrumarla con mi presencia.

—De acuerdo. Hablaremos más tarde.

—Bien hecho, Molly —dijo Oliver.

El doctor Stephens le había dado una llave a Molly. Abrió la puerta y entraron en la habitación de su madre.

La chica se acercó a la cama.

—Mamá, tengo noticias maravillosas. Vamos a llevarte de vuelta a Londres. Y tu familia, los Tinsdale, nos va a ayudar. ¿No es estupendo? —Molly sonrió a Charlie, se encorvó y le agarró la mano a su madre.

Eloise Wakefield abrió los ojos y la persona que apareció tras ellos no fue la misma a la que Molly conocía.

El grito reverberó en el pasillo. Eloise se incorporó con brusquedad, agarró a Molly del cabello y comenzó a tirar y a retorcérselo. Después la abofeteó y golpeó, y la tiró al suelo.

—¡Mamá, para! ¡Soy yo, Molly! —gritó la chica.

Su madre no formó palabra alguna; solo gruñía y gritaba sinsentidos. Después, vio la fotografía enmarcada y se la lanzó a Charlie.

El muchacho la esquivó y retrocedió de un salto para eludir un puñetazo. Agarró a Molly de la mano y la ayudó a levantarse del suelo. Juntos corrieron hacia la puerta, salieron y la cerraron a su espalda.

Molly la aseguró con llave frenéticamente mientras más gritos escapaban de la habitación. La muchacha, con las manos sobre las orejas y las lágrimas bajando por su rostro, corrió por el pasillo.

—No sé en qué estaba pensando —dijo Molly con voz temblorosa.

Estaba sentada en su cama en la casa de invitados, con Oliver y Charlie y los doctores Foyle y Stephens a su alrededor.

Después de marcharse de la habitación de su madre, buscó al doctor Foyle y a una enfermera, que se apresuraron a verla.

—Tiene ataques así, Molly —le dijo Stephens—. No a menudo; la mayor parte del tiempo está tranquila y en calma. Pero a veces algo la altera y se pone así.

—Me ha golpeado y gritado. Parecía que me odiara.

—Dudo seriamente de que te haya reconocido, Molly —añadió Foyle con amabilidad.

—La mente humana es un instrumento extraordinario —dijo Stephens—. Es aquello que nos hace únicos entre todos los seres vivos. Pero, debido a ello, me temo que cuando va mal, va horrible, horriblemente mal.

—¿La han…? ¿Está mejor ahora?

—La hemos sedado para que no pueda hacerse daño a sí misma —le contó Foyle—. Está descansando.

—Supongo que debería llamar a los Tinsdale para que sepan que mamá no irá a Londres.

—Creo que necesita quedarse aquí, Molly —dijo Stephens—. Hasta que… Estará bien cuidada, te lo prometo.

—Y no habrá más procedimientos —añadió Foyle—. De ningún tipo.

Todos se marcharon, dejando a Molly sola en su cama.

Despacio, se quitó el colgante y abrió el relicario, revelando la fotografía de su madre en el interior. Necesitaba mirarla en ese momento porque no quería que la imagen de la mujer desquiciada fuera la última que tuviera de su madre antes de dormirse aquella noche.

Si es que duermo.

Cuando por fin comenzó a cabecear, agarró con fuerza el colgante contra su pecho.

No importa a dónde vaya, mamá. Tú siempre estarás allí conmigo.