Extraños en el tiempo Una última confesión
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Una última confesión

UNA ÚLTIMA CONFESIÓN

M ientras Molly llevaba a cabo sus labores de enfermera, Oliver y Charlie estuvieron trabajando fuera, ayudando al mantenimiento de los jardines.

Le dijeron a Oliver que el doctor Stephens había tenido que marcharse a Londres de repente para un asunto de gran importancia, y que no volvería en varios días.

Charlie y él empujaron las sillas de ruedas de los pacientes convalecientes por los caminos y, con la ayuda de uno de los encargados, pescaron algunos peces del canal para la cena.

Aquel cuerpo de agua fue lo primero que Charlie vio la primera mañana que Oliver y él se detuvieron junto a la costa. Las gaviotas volaban en círculos sobre sus cabezas, como alegres briznas de confeti elevándose hacia la lejanía.

—Como te dije, al otro lado del agua, no muy lejos, está Francia —le contó Oliver, señalando en esa dirección.

—Sabía que estaba por aquí —contestó Charlie, todavía asombrado por la idea mientras miraba el mar.

—La región francesa que está al otro lado se llama, irónicamente, Bretaña.

Viene del latín, Britannia, que significa, «tierra de britanos», y efectivamente tiene una intensa historia compartida con los britanos que se asentaron allí.

Yo viajé por Francia mientras estaba en Oxford, ¿sabes?

Un viaje al extranjero antes de empezar a trabajar.

Es preciosa, ¿y la comida y el vino? Bueno, deja que te diga que eso es algo que uno no experimenta normalmente a este lado del Canal.

Atisbaron los largos y romos morros de los cañones de artillería que señalaban al cielo por toda la costa.

Y hombres uniformados de la Guardia Nacional y personal normal del ejército británico vigilaban continuamente con sus binoculares las aguas y el cielo.

Adentrándose en el Canal británico había barcos de vigilancia, y a alturas que ni siquiera frecuentaban las gaviotas, aviones de la RAF .

Una mañana, mientras trabajaban, en su cuarto día allí, el doctor Stephens apareció fumando una pipa y saludó a Oliver, que estaba reuniendo leña en una carretilla.

Stephens se acercó a él y le dijo:

—Siento no haber hablado antes con usted sobre su esposa.

No quise hacerlo cuando llegó, y los últimos días he estado tremendamente ocupado.

Acabo de volver de Londres, de hecho. Nuestro parlamentario local pensó que sería mejor que viajara allí y discutiera mi caso directamente con el gobierno.

Verá, necesitamos desesperadamente más recursos, y como aquí atendemos a varios soldados, he intentado solicitar algunos fondos públicos y también personal médico adicional.

—¿Ha tenido suerte?

—No, por desgracia. Al parecer, no hay nada disponible, ni gente ni libras, así que tendremos que apañarnos. —Stephens señaló un sendero que rodeaba los jardines—. ¿Damos un paseo?

El médico le dio una calada a su pipa mientras caminaban.

—Imogen vino al instituto un día.

—Entonces, ¿vino aquí concretamente? ¿Por qué?

—Dijo que había oído hablar de nosotros.

No hay muchas instituciones que hagan lo que nosotros hacemos, señor Oliver.

Y nuestra reputación es suficiente para haber llegado a Londres.

De hecho, creo que fue así como terminó aquí la madre de Molly.

Como sea, su esposa dijo que un amigo le había hablado de nosotros.

—Entiendo.

—Imogen estaba preocupada. Sufría, creo, un caso de depresión severa y también de ansiedad continuada.

Me reuní con ella en mi despacho. Le prescribí unas aspirinas y algunos ejercicios de respiración meditativa y le dije que, si podía, se tomara unas vacaciones mientras estaba aquí.

El aire del mar… Ya sabe. Que se quitara otras cosas de la mente.

Ella no era candidata a los procedimientos del doctor Foyle, ni nada de eso.

Estaba totalmente a cargo de sus facultades mentales. Solo parecía… perdida.

Oliver miró el canal.

—¿Suelen recibir gente que viene aquí por voluntad propia?

—No; nunca, de hecho. Pero su esposa… Bueno, ella me intrigó. Su inteligencia era impresionante. Pero, si me permite decirlo, era evidente que tenía sus demonios.

—¿Y se tiró de un acantilado cerca de aquí, como mencionó?

—No cerca —dijo Stephens, sorprendentemente. Señaló con su pipa un punto en la costa donde la tierra se elevaba—. Allí.

Oliver miró el lugar que le señaló y se estremeció por dentro.

—Varios la vieron subir a ese mismo punto. Una persona incluso intentó disuadirla, pero no lo consiguió.

—¿Sigue aquí esa persona? —le preguntó Oliver de inmediato.

—Sí, fue el doctor Foyle, en realidad. De hecho, le he pedido que se reúna esta noche con usted para discutirlo.

—Lo siento mucho, no establecí la relación con el apellido hasta que el doctor Stephens lo mencionó —dijo Foyle, mientras Oliver y él se encontraban en el despacho del médico. Era de noche, después de una escasa cena, y ambos hombres parecían cansados y tensos.

—No pasa nada. Pero ¿qué puede contarme de ese día?

Foyle se encendió un cigarrillo y le ofreció otro a Oliver, que lo rechazó.

—Yo en realidad no fumaba hasta que llegué aquí.

—Puedo entenderlo —le dijo Oliver.

Foyle se quitó una brizna de tabaco de la lengua y se inclinó hacia adelante, encorvando su larga espalda.

—Acababa de terminar una operación complicada y estaba dando un paseo, solo para relajarme un poco.

Estaba subiendo hacia el acantilado, porque me gusta la vista desde allí, cuando la vi.

Había otras personas cerca, una enfermera o dos y un jardinero, y un paciente tomando el aire con su auxiliar.

Pero yo era el que estaba más cerca porque los dos nos dirigíamos al mismo punto, al parecer.

—¿Qué le llamó la atención de ella?

—Para empezar, no la conocía. Y caminaba con gran decisión. Llevo bastante tiempo trabajando con enfermedades mentales y leí algo en su lenguaje corporal que hizo sonar las alarmas en mi cabeza, así que la llamé.

—¿Qué hizo ella?

—No se detuvo, no al principio. Caminó hasta el borde del acantilado y luego se giró para mirarme. Parecía fría y desafiante, supongo que podríamos decir. Me acerqué un poco y le pregunté quién era.

—¿Qué dijo?

—Dijo que era una «objetora de conciencia». «¿A qué?», le pregunté yo. «Eres una mujer, no van a reclutarte para luchar».

—¿Y cuál fue su respuesta?

—Me dijo que no se oponía a la guerra, aunque tenía muy buenas razones para hacerlo. Dijo que sus objeciones eran contra su propia… existencia .

La expresión de Oliver se llenó de dolor.

Foyle se dio cuenta de ello.

—Sí, ya. Sé que no es lo que quería oír. —Se detuvo y le dio una reflexiva calada a su cigarrillo antes de continuar—: Yo le dije que tenía formación médica y que podía ayudar a la gente como ella, que si venía a mi despacho haría lo que pudiera para ayudarla.

—¿Y?

—Y me dio las gracias, del modo más educado y elocuente, pero me dijo que el suyo era un caso sin redención posible. Esa fue la palabra que usó, «redención». ¿Sabe qué quería decir con eso?

Oliver se encogió de hombros y negó despacio con la cabeza.

—Y después me dijo que… Déjeme pensar. De acuerdo, me dijo que, si Iggy preguntaba alguna vez, yo debía decirle que él era lo más maravilloso que la vida le había descubierto. Un modo bastante interesante de formularlo. Supongo que «Iggy» era usted, Ignatius.

—Sí, me llamaba así cariñosamente.

—Añadió que, si hubiera existido algún modo de conseguirlo, habría regresado con él, o con usted.

Pero que no había conseguido encontrar un modo que fuera…

«equiparable». Sí, esa fue la palabra que usó.

—Foyle se detuvo y tomó aire profundamente—.

Y antes de que pudiera decir otra palabra, o dar un paso hacia ella, se giró y…

se tiró. Cuando llegué al borde, ya había llegado al agua.

—Se detuvo y añadió—: Me llevaré a la tumba el remordimiento de no haber hecho nada por detenerla.

—No, por favor. Si no hubiera sido allí, habría elegido otro momento, otro lugar. Cuando Imogen tomaba una decisión, bueno…

—Sí, me pareció increíble en ese sentido.

—Gracias, doctor Foyle. Muchas gracias.

Oliver volvió a salir, se dirigió al borde del acantilado y miró hacia abajo, donde el espumoso y rocoso Canal estaba a solo un letal paso de distancia, sesenta metros más abajo.

Inhaló profundamente, llenándose los pulmones con el aire salado. En ese movimiento, intentó imaginarse absorbiendo los últimos resquicios de la vida de Imogen mientras estaba allí, tomando quizá la decisión más difícil que una persona podía tomar. O quizá la más sencilla; no lo sabía, en realidad.

Podía entender, en el estado mental de Imogen, que hubiera saltado hacia la nada, que hubiera caído, quizá mirando el cielo, una última imagen de luz y de vida.

Y después habría golpeado el agua y las rocas de abajo con tanta violencia y velocidad que su final habría llegado antes incluso de que su mente tuviera la oportunidad de decirle que todo había acabado.

Sí, entendía por qué alguien haría eso, en las circunstancias adecuadas.

Como yo, sin mi Imogen.

Pero entonces Oliver retrocedió un simbólico paso cuando las imágenes de Molly y de Charlie aparecieron en su mente. En realidad, se trataba solo de ser necesitado. Al parecer, Imogen había creído que él podía seguir adelante perfectamente sin ella. Oh, cuánto lo había sobrevalorado.

Pero, en el caso de Molly y Charlie, no había duda.

Me necesitan. Imogen eligió la muerte. Yo debo escoger la vida . Y, la verdad sea dicha, yo también los necesito a ellos .

Oliver se giró para ver a un rígido Foyle a apenas unos metros de distancia.

—No le había visto —dijo Oliver.

—Lo he seguido a una distancia discreta.

Oliver miró el acantilado un instante.

—¿No habrá pensado que…?

—Solo quería asegurarme, eso es todo. Verá, no quiero cometer el mismo error dos veces. Una ya fue demasiado.

Los dos hombres se miraron el uno al otro a través de la corta distancia.

—Se lo agradezco —le dijo Oliver.

—En mi habitación tengo un poco de armañac de antes de la guerra, si le apetece. Uvas romanas, barricas celtas y alambiques moriscos. Tengo la teoría de que alivia la mayoría de los males de la vida, al menos durante un par de horas. ¿Y qué más puede esperar alguien razonable en tiempos como estos?

Los dos regresaron juntos al instituto.