Extraños en el tiempo Otro modo
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Otro modo

OTRO MODO

S tephens no pudo reunirse con ellos para desayunar, ya que lo llamaron para algún asunto urgente, según les dijo una de las enfermeras.

Después de la comida frugal, Molly se había puesto de nuevo el uniforme de enfermera para seguir a Lucille en sus rondas.

No podía haber un contraste mayor entre aquel lugar y la clínica médica de Covent Garden.

Esta última era para las heridas de la carne, mientras que allí la gente sufría enfermedades de la mente.

Y, por horribles que fueran las heridas que había visto en la clínica, los estragos de la enfermedad mental de los que fue testigo la dejaron consternada y abatida.

El primer paciente al que asistió había sido soldado del Ejército de su Majestad.

Bernard Hughes tenía veintitrés años y un explosivo había detonado ante él, cegándolo permanentemente y sumiéndolo en una neurosis de guerra que lo había conducido a intentar suicidarse una docena de veces durante sus terribles ataques de psicosis.

La enfermera Lucille le contó que Hughes se había sometido a varios procedimientos .

—Pero el pobre hombre está ido y no va a volver. No hace falta tener una licenciatura en Medicina para saberlo, ¿verdad? No habla, apenas come. Gruñe. No tiene energía. Es como un niño, pero es un hombre. O lo era.

Había otros que eran lo contrario de Bernard Hughes, que gritaban y aullaban y se lanzaban contra las paredes acolchadas detrás de sus puertas cerradas.

Solo podían ser atendidos cuando los robustos camilleros los sujetaban y se les administraban sedantes.

Aun así, uno intentó morder a Molly mientras intentaba limpiarle y vendarle una sangrienta herida que se había hecho a sí mismo.

Más tarde, Molly acababa de terminar de ayudar con otro paciente y estaba regresando a la sala de los empleados cuando el doctor Foyle salió de una habitación con la mascarilla puesta.

Tenía la ropa cubierta de sangre y parecía bastante deprimido.

A través de la puerta abierta, Molly vio un cuerpo tumbado en una mesa metálica cubierto por una sábana.

Había una enfermera junto al reciente difunto, que parecía afligida e impotente.

Foyle vio a Molly, cerró la puerta y dijo:

—Un caso difícil.

—Sí, eso veo —replicó Molly.

—Aquí no hay problemas fáciles de resolver —dijo Foyle mientras se bajaba la mascarilla quirúrgica y se limpiaba la sangre de la frente.

—Estoy segura de que no, doctor.

—Ha estado viendo a los pacientes, según creo —le dijo, mirando su uniforme.

—Sí. Quería ayudar en lo posible.

—Eso es muy amable por su parte. —Él médico miró la puerta cerrada—. Mi padre fue paciente aquí.

—¿Sí?

—Él… Probamos mi procedimiento. Por desgracia, no funcionó. Estuvo en el ejército, ¿sabe?

—Seguramente era demasiado viejo para luchar en esta guerra.

—Luchó en la Gran Guerra. Un mortero explotó a menos de diez metros de él y cuando despertó había una docena de sus compañeros hechos trocitos a su alrededor.

Él sobrevivió, por supuesto, pero con heridas graves.

Las heridas externas se curaron al final, pero las internas, las psicológicas, se enconaron.

De niño, recuerdo que siempre fue un poco raro, después de volver a casa.

Pero un día no recordaba quién era yo. Y, con el paso de los años, hubo otros episodios extraños.

Una vez se… se quitó el zapato e intentó comérselo.

Para entonces, yo ya era cirujano, pero ver a mi padre sufriendo así hizo que cambiara mi trayectoria profesional.

Estudié los trastornos mentales. Traje aquí a mi padre porque mi madre insistió en que al menos lo intentara.

Y lo hice, pero no sirvió de nada. Sufrió un ataque en la mesa de operaciones que le detuvo el corazón. Murió en mis brazos, literalmente.

—Lo siento mucho, pero estoy segura de que hizo lo mejor para él.

Un silencio incómodo se prolongó unos minutos antes de que Foyle volviera en sí.

—Pretendía preguntárselo anoche, pero no estaba seguro de cómo abordarlo delante de todos.

—¿Sí? —replicó ella, expectante.

—Para ayudar mejor a los pacientes es siempre importante comprender su trasfondo, cómo adquirieron los desórdenes que sufren y esas cosas. ¿Qué puede contarme de su madre?

—¿No le informó mi padre de lo que había pasado?

—En realidad, no. Solo me dijo que se volvió violenta e incontrolable. En realidad, tuvo que administrarle un sedante durante el viaje hasta aquí.

Molly le contó a Foyle el incidente en el refugio antibombas.

—Así que le… robaron y agredieron y… bueno…

—Sí. Tenía la ropa rasgada… Al parecer, la habían… Ella estaba, comprensiblemente, histérica.

—Entiendo. Lo siento mucho, pero eso explica muchas cosas.

—¿Sí?

—Ese tipo de trauma mental es como la neurosis de guerra, en cierto sentido.

Le hace cosas a la mente, cosas horribles.

Nunca consigues salir del agujero en el que ese horrible suceso te colocó.

Tu confianza en la humanidad también se quiebra.

Ves el mundo solo a través del prisma de esa horrible experiencia, que se convierte en una obsesión e impacta en todos los aspectos de la vida.

Es como si nunca pudieras volver a ver la bondad en la gente.

—Pobre mamá —dijo Molly. Se arreboló, y las lágrimas acudieron a sus ojos.

—Me pregunto por qué no nos habló de ello su padre.

—Yo… Creo que se sentía culpable por permitir que ocurriera.

—Entiendo. Por desgracia, es una reacción bastante común. Si hubiera sabido eso, le habríamos ofrecido terapia a él también. Parece que la necesitaba.

—Ojalá lo hubiera hecho.

Foyle se apoyó en la pared y cerró los ojos.

—¿Sabe qué desearía, señorita Wakefield?

—No lo sé, doctor.

Él abrió los ojos.

—Me gustaría que un día consiguiéramos encontrar… otro modo de ayudar a la gente con enfermedades como la de su madre y mi padre.

—Comparto ese deseo.

Ambos volvieron al trabajo.