Extraños en el tiempo El procedimiento
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El procedimiento

EL PROCEDIMIENTO

E l alojamiento en el pequeño anexo era funcional, pero estaba limpio.

La comida sencilla que tomaron en la sala de personal no tenía ningún sabor y estaba demasiado cocinada, pero alivió su hambre.

Después, se reunieron en el despacho del doctor Stephens para conocer a su colega, el doctor Everett Foyle, que era excepcionalmente alto y desgarbado, un hombre de unos cuarenta años con el cabello oscuro y rizado.

Molly inició la conversación.

—Parece muy hinchada, lo que sugiere que retiene líquidos. ¿Hay algo mal en el funcionamiento de sus riñones?

—Parece que tiene formación médica —replicó un sorprendido Foyle.

—La tengo, en realidad. Soy enfermera auxiliar en una clínica de Londres. Y antes de eso realicé labores de enfermería en un hospital de Leiston.

—Impresionante —dijo Foyle, mirándola con atención.

—Como le indiqué en mi carta, su madre sufre algunos graves trastornos internos —dijo Stephens.

—También estaba muy caliente. ¿Tiene fiebre?

Foyle negó con la cabeza.

—Es solo un efecto secundario de sus tratamientos.

—También parecía tener la mirada… perdida.

—Sí, lo notamos, como lo notamos en otros pacientes que se han sometido a procedimientos —le dijo Foyle.

—Entonces, ¿se trata de otro efecto secundario? —preguntó Oliver con sequedad.

—Sí, eso y la letargia de la que probablemente han sido testigos —le explicó Foyle—. Pero eso es preferible a los estallidos violentos y a los ataques incontrolables que sufría antes.

Oliver lo miró con una expresión que decía claramente: «¿Lo es?».

—¿Y las cicatrices de su sien? —le preguntó Molly.

Foyle habló de nuevo:

—Su madre sufre una compleja neurosis social que le ha pasado factura. Hemos llevado a cabo algunos procedimientos para paliar el comportamiento que provocaba ese mal.

—¿Qué tipo de comportamiento? —le preguntó Molly.

—Agresividad, sobre todo, como acabo de comentar. Cuando llegó aquí, era prácticamente incontrolable. Al principio necesitó fuertes sedantes.

—¿A qué tipo de procedimientos se refiere? —Quiso saber Oliver.

Foyle lo miró.

—¿Está usted emparentado con la señorita Wakefield? El doctor Stephens no lo mencionó.

—No, pero soy su amigo.

Foyle se giró entonces hacia Molly.

—El tratamiento se llama leucotomía . Yo lo llamo lobotomía .

—Nunca he oído hablar de ello —dijo Molly.

—Bueno, se inventó hace menos de una década y es un tratamiento relativamente avanzado en Inglaterra. Se usa con pacientes con los que no han funcionado otros tratamientos. Una especie de último recurso, por así decirlo.

—¿Y las cicatrices que vi? —preguntó Molly de nuevo.

—Son resultado del procedimiento. No entraré en demasiados detalles, pero se hace una incisión y se inserta un instrumento para manipular ciertas conexiones entre los lóbulos frontales y el resto del cerebro.

—¿Manipulan el cerebro? —inquirió Oliver, que parecía asombrado.

Foyle lo miró fijamente.

—Sí. Creemos que gran parte de los males que aquejan a nuestros pacientes residen en esa zona. Cuando esa conexión se rompe, el trastorno se resuelve. Al menos, esa es nuestra esperanza.

—¿Y las heridas en las cuencas de los ojos? —le preguntó Molly.

—Muy recientemente, un norteamericano ha descubierto algo llamado lobotomía transorbital .

Cuando leí al respecto, me intrigó de inmediato, porque es mucho más sencilla y requiere menos tiempo que una lobotomía tradicional, ya que trabajamos a través de los huesos finos que rodean las cuencas de los ojos.

—¿Eso no es doloroso? —preguntó Molly.

—Usamos terapia electroconvulsiva para provocar un ataque que deja al paciente inconsciente antes de someterse a la operación.

—Se prefiere al antiguo método de administrar cardiazol para inducir los ataques —añadió Stephens.

—Y el procedimiento no lleva más de veinte minutos —dijo Foyle—. Es muy rápido.

Oliver miró a Stephens.

—¿Y esas operaciones también las realiza usted?

Aquello parecía haber tomado a Stephens por sorpresa.

—Oh, no. Es el doctor Foyle quien nos trae estos nuevos métodos.

—Entonces, ¿le han hecho todo eso a mi madre y aun así…? —comenzó Molly.

—Bueno, la tasa de éxito es de menos del uno por ciento, señorita Wakefield —dijo Foyle—. De mucho menos, de hecho. Y me temo que su madre no ha respondido al tratamiento como otros lo han hecho.

—Pero cuando la he visto me ha parecido lúcida y tranquila.

—Sí, tiene periodos así —le aseguró Stephens—. De hecho, ese es uno de los beneficios de la lobotomía. Tranquiliza a la gente.

—Entonces, ¿no está tranquila siempre? —preguntó Molly.

Stephens tosió antes de contestar.

—Por eso cerramos la puerta con llave.

—Pero ¿por qué me dijo que…? Bueno, hablando claro, que no vivirá mucho más —dijo Molly.

Stephens miró a Foyle, que dijo, con resignación:

—Eso no tiene nada que ver con sus problemas mentales, señorita Wakefield.

Tiene una enfermedad incurable en los riñones.

Esa es la razón principal por la que está hinchada, debido a la retención de líquidos, como ha apuntado sabiamente.

Estos fluidos causan un esfuerzo enorme en otros órganos, incluidos los pulmones y el corazón.

Ha llegado a una fase en la que ya no es posible prolongar su vida con más tratamientos o procedimientos médicos.

Molly, Charlie y Oliver se quedaron en silencio, desconcertados.

—Lo siento mucho, señorita Wakefield —dijo Foyle—.

Hemos hecho por ella todo lo que podíamos.

Bueno, tengo que marcharme, porque tengo que hacer algunas visitas nocturnas.

Estoy seguro de que el doctor Stephens contestará a cualquier otra pregunta que pueda tener.

De nuevo, gracias por venir. Estoy seguro de que su madre está muy contenta.

Cuando se marchó, Molly se giró hacia Stephens.

—¿Cuánto tiempo le queda?

Stephens parecía incómodo por la brusquedad de la pregunta de Molly.

—Yo… Yo diría dos semanas, si no hay ningún cambio dramático.

Molly se llevó una mano a la frente y cerró los ojos.

—Lo siento, señorita Wakefield, hemos intentado ayudarla.

—Estoy seguro de que hizo todo lo que pudo. —Miró a Oliver de soslayo antes de decir—: ¿Ha venido mi padre a ver a mi madre recientemente?

—No, no lo ha hecho. Eso me sorprende, porque venía con bastante regularidad, incluso a pesar de la guerra. Pero yo le escribo tan a menudo como puedo para mantenerlo informado.

—Sus cartas dejaron de venir a nuestra casa —dijo Molly.

—Oh, sí, eso es cierto. Recibí un telegrama del señor Wakefield indicándonos que enviáramos cualquier correspondencia a una dirección en Escocia.

Molly le echó una mirada a Oliver.

—Entonces, ¿él sabe que mi madre se está muriendo?

—Sí, si es que ha recibido mis cartas.

—¿Ha estado aquí alguien del gobierno? —le preguntó Oliver.

—Sí, así fue, en realidad —dijo Stephens—.

Preguntaron por su padre. Yo no había sabido de él en muchos meses y así se lo dije a esos hombres.

El telegrama de su padre sobre el envío de las cartas a Escocia llegó después de la visita de estos hombres.

—Hizo una pausa para mirarla—. ¿Hay algún problema?

—Eso parece, pero no es la cuestión. ¿Y cómo se están pagando las cosas?

—Su padre nos entregó una enorme suma que ha sido más que suficiente para los cuidados de su madre.

No deberíamos necesitar ningún otro pago más.

Pero hemos perdido a muchas de nuestras enfermeras debido a la guerra.

Me preocupa nuestra capacidad para ocuparnos adecuadamente de nuestros pacientes de ahora en adelante.

—Entonces me gustaría ayudar —dijo Molly abruptamente—. Puedo ayudar a las enfermeras que ya tienen.

—Molly, ¿de verdad crees que es una buena idea? —le preguntó Oliver—. Quiero decir, ¿qué pasa con la condición de tu madre? ¿Y con todo lo que debes estar pasando emocionalmente en este momento?

—Así tendría algo útil que hacer mientras espero a que mi madre…

—Es extraordinariamente generoso por su parte. Gracias. Bueno, todos necesitan descansar un poco. ¿Nos reunimos mañana de nuevo en el desayuno?

—En ese momento me gustaría oír lo que sabe sobre mi esposa —dijo Oliver.

Stephens lo miró con tristeza.

—Sí, por supuesto.

Caminaron hasta el anexo y se reunieron en la sala de estar. Oliver examinó a Molly, que estaba sentada en una silla, mirándose las manos.

—Molly, lo siento mucho.

—¿Mi padre está en Escocia? ¿Se equivoca el comandante Bryant y no es un asesino?

—¿Qué? —exclamó Charlie.

Oliver le contó a Charlie lo del padre de Molly. Después, se giró hacia ella y le dijo:

—Rara vez se equivocan en estas cosas.

—Esperaba algo mejor para mi madre. Y para mi padre. Pero los sueños no siempre se hacen realidad, ¿verdad?

—No, no siempre —dijo Oliver—. Y menos ahora.