Extraños en el tiempo El instituto benéfico
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El instituto benéfico

EL INSTITUTO BENÉFICO

— E ste sitio parece una fortaleza medieval, más que un retiro de descanso para los enfermos —comentó Oliver, sorprendido.

La colosal silueta del Instituto se cernía en la oscuridad; era una estructura a formidable escala.

Bajaron del Singer y se acercaron a la puerta.

—Esperad, ¿dónde pasaremos la noche? —dijo Molly de repente—. No podemos conducir de vuelta a Londres.

—Pasamos por un motel de carretera al venir aquí, a las afueras de Falmouth. Estoy seguro de que conseguiremos un par de habitaciones ahí —dijo Oliver.

—Pero ¿eso no será caro?

—¿No os lo he dicho? Todo este viaje es cortesía del Ministerio de Guerra. Era lo mínimo que podían hacer —añadió sin rodeos.

Oliver llamó a la puerta y una vieja enfermera vestida de blanco la abrió. Le explicaron quiénes eran y ella asintió.

—El doctor Stephens me avisó de su llegada. Por favor, por aquí.

La siguieron por un largo pasillo de piedra iluminado por una ristra de bombillas tenues. El interior era enorme, con los techos altos, y también frío y poco acogedor, en opinión de Molly. Entendía por qué su madre no había mejorado allí. Se ciñó el abrigo.

La enfermera llamó a la puerta y los invitó a pasar para conocer al doctor Thaddeus Stephens. Era un hombre bajito con el bigote blanco y el cabello encrespado. Llevaba un rural traje de tweed y una pajarita un poco torcida.

—Ah, señorita Wakefield, me alegro de que haya venido —dijo, estrechándole la mano. Se giró hacia los demás—. Y usted debe ser Ignatius Oliver —lo saludó, estrechándole la mano mientras Oliver le presentaba a Charlie.

—Por favor, ¿puedo ir a ver a mi madre? —le preguntó Molly.

—Sí, de inmediato.

Los condujeron a través de un laberinto de pasillos. El eco de sus pasos reverberaba en las paredes.

—Esto parece un viejo castillo o una fortaleza —apuntó Oliver.

Stephens asintió.

—Creo que era eso exactamente. Estuvo abandonado mucho tiempo, pero es perfecto para nuestros pacientes. Tranquilo y aislado. Al menos, era así antes de la guerra —añadió con tristeza.

Los condujeron por un tramo corto de peldaños de piedra hasta que llegaron a una habitación con una placa metálica en la que había un nombre.

Molly lo leyó: ELOISE MARY WAKEFIELD . Todavía no había cumplido once años la última vez que vio a su madre. ¿Me reconocerá, al menos?

Stephens abrió la puerta. Que estuviera cerrada con llave sorprendió a Molly, pero supuso que era por razones de seguridad.

El médico los invitó a pasar.

Molly atravesó el umbral con incertidumbre, como si estuviera a punto de entrar en un lugar que contiene algo desagradable o incluso terrorífico.

En la habitación había una cama, una silla, una mesa, una lámpara y un viejo y desvencijado armario.

Molly le echó un vistazo al espacio y se fijó en el enorme baúl con iniciales colocado junto al armario.

Reconoció de inmediato que era de su madre.

Lo había comprado en Harrods. De niña, a ella le había encantado deslizar los dedos por las iniciales elegantemente bordadas de su madre.

Después, posó la mirada en la persona que había en la cama.

Parpadeó varias veces y aun así eso no pareció ayudarla. Miró a Oliver y a Charlie, que también estaban mirando a la mujer.

Molly sintió que algo le rozaba el hombro y se sobresaltó.

—¿Por qué no se sienta junto a la cama, Molly? —le aconsejó Stephens—. Si habla con ella en voz baja y suave, quizá se anime un poco.

Molly se acercó a la cama y se sentó. Había creído, después de la advertencia que contenía la carta del doctor Stephens, que se encontraría con una mujer demacrada y huesuda aferrándose a la vida.

Pero su madre parecía hinchada; su piel, en lugar de tensa sobre sus huesos faciales, parecía flotar sobre ellos, como un estanque lleno de troncos sumergidos.

El cabello de Eloise Wakefield estaba ahora entreverado de gris; los preciosos rizos castaños de la infancia de Molly habían desaparecido para siempre.

A pesar de la hinchazón, el rostro de su madre estaba muy arrugado, con grabados que eran como las espirales de las yemas de los dedos.

Parecía más pequeña de lo que Molly recordaba, pero después cayó en la cuenta que ella había crecido casi veinte centímetros en aquel intervalo, mientras que su madre no solo no había crecido nada durante ese tiempo sino que parecía haber encogido en estatura.

Alargó los dedos y rozó con vacilación la mano expuesta de su madre.

Estaba hinchada y parecía áspera, y tenía las uñas irregulares y serradas; no se parecía en nada a la elegante y refinada mano de los recuerdos infantiles de Molly.

Y le pareció que su madre estaba caliente, preocupantemente caliente.

—¿Mamá? Soy yo, Molly.

Su madre no abrió los ojos. Eran de un azul violáceo, y a Molly siempre le habían encantado.

—¿Mami?

Los párpados temblaron antes de abrirse, cerrarse y abrirse de nuevo para quedarse así. Las pupilas vagaron de lado a lado, se detuvieron en Molly y se marcharon antes de oscilar de nuevo hacia su hija y permanecer en ella.

Molly notó que su madre parecía tener heridas enrojecidas y encostradas en los rabillos de los ojos.

La sonrisa emergió en el rostro de su madre como una grieta abriéndose por la cáscara de un huevo.

—¿Mami? ¿Me reconoces? Soy Molly.

Molly nunca habría pensado que tendría que presentarse a su madre.

Pero la mano que sostenía le apretó la suya solo un poco, y después su madre movió la boca, aunque al principio no emitió ningún sonido. Después…

—¿Mo… Molly?

—Molly, sí. Soy Molly. Estoy aquí, mami.

Su sonrisa se amplió y se extendió por su rostro, sus ojos se animaron y sus delicados pómulos se elevaron mientras la piel hinchada y transparente cedía un poco. Un mechón de cabello cayó sobre el rostro de su madre, y Molly volvió a colocarlo en su lugar.

Y entonces fue cuando vio la cicatriz vertical cerca de su sien derecha. Palpitaba, gruesa, oscura y brutal sobre la pálida piel.

Dejó de mirarla cuando notó una mano en su rostro.

Bajó la mirada y vio los dedos temblorosos de su madre deslizándose suavemente por su piel, como había visto hacer a una mujer ciega con alguien a quien se encontraba por primera vez.

Pero estaba claro que su madre podía verla.

—¿Molly?

—Sí, soy tu hija, Molly. Estoy aquí, mamá. —Las lágrimas se reunieron en sus ojos y después bajaron por sus mejillas—. Te he echado mucho de menos, mami. Te quiero mucho.

—Yo también… Molly.

Y después apartó la mano y cerró los ojos y eso, al parecer, fue todo. Eloise Wakefield volvió a quedarse dormida.

—Se cansa con mucha facilidad, pero parecía muy contenta de verla —dijo Stephens con amabilidad—. Me sorprendió mucho que preguntara por usted usando su nombre. No se había… comunicado en mucho tiempo.

Molly soltó de mala gana la mano de su madre y se levantó.

—¿Esa… cicatriz en su sien? ¿Y esos agujeros alrededor de los ojos?

—Sí, sí, hablaremos de eso más tarde. Estoy seguro de que, después del largo viaje, sus amigos y usted necesitan una buena noche de descanso.

—Hemos pasado junto a un hotel cerca de Falmouth —sugirió Oliver.

—Oh, no, tenemos un pequeño anexo para los visitantes, en nuestro recinto. Son bienvenidos allí, si lo desean.

—¿Está seguro? —le preguntó Molly—. Me gustaría estar tan cerca de ella como fuera posible.

—Estoy muy seguro. Los instalaremos allí y, aunque es tarde, conocerán a mi colega, el doctor Foyle.

Los condujo al exterior y cerró con llave la puerta a su espalda.

—No creo que pueda levantarse de la cama —dijo Molly.

—Nos gusta tomar precauciones —replicó Stephens, vagamente—. Es mejor así.

Los condujo por el pasillo en silencio.