Extraños en el tiempo Una odisea en tiempos de guerra
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Una odisea en tiempos de guerra

UNA ODISEA EN TIEMPOS DE GUERRA

C ondujeron sin cesar durante horas por carreteras estrechas y sinuosas y después se detuvieron en una aldea rústica para estirar las piernas y comerse las provisiones que habían llevado.

Oliver también llenó el depósito usando las latas de gasolina guardadas en el capó del Singer.

Los curiosos lugareños miraron ojipláticos el elegante vehículo y los tres forasteros del interior.

Más tarde pasaron junto a un avión alemán derribado, un Junker, alrededor del cual jugaban los niños.

Tuvieron que detenerse varias veces para dejar paso a las columnas militares de hombres y vehículos, y dieron muchos rodeos y viajaron despacio por las carreteras dañadas.

Algunas horas después, se detuvieron de nuevo para estirar las piernas cerca de un campamento yanqui junto a un campo de prisioneros.

Allí, los prisioneros de guerra alemanes trabajaban en las granjas y también en las minas y canteras para ayudar en la guerra a los aliados.

En el campamento, mujeres jóvenes de los aledaños se habían reunido alrededor de la valla de seguridad.

Sonrientes soldados norteamericanos les lanzaban cajas de bombones y paquetes de pantis de nailon y cartones de cigarrillo, para regocijo de las mujeres, mientras un guardia desde la puerta observaba, fumaba y sonreía.

Cuando Charlie vio a los prisioneros alemanes a través de la verja, se acercó a la ventanilla y miró fijamente a los hombres, que le devolvieron la mirada en silencio.

Molly se giró para mirarlo.

—Parecen tipos normales —le dijo Charlie.

—Supongo que ellos también tuvieron que luchar por su país —contestó ella.

—Supongo. Pero eso no significa que me caigan bien.

La oscuridad había caído hacía mucho cuando dieron un nuevo rodeo en otra carretera bombardeada.

Ya habían pasado por numerosos puestos de control militar donde los documentos proporcionados por Bryant les habían facilitado el paso, pero con cada parada, el escrutinio y las preguntas se incrementaban.

—Cuanto más nos acercamos a la costa, más cerca estamos también de algunas instalaciones militares muy importantes —les explicó Oliver—.

La Guardia Nacional tiene una fuerte presencia por aquí.

Y las defensas costeras son considerables: trincheras con cañones, cubos antitanques, puestos militares, campos de concertinas y, por supuesto, minas en el agua.

—Luchar una guerra parece bastante duro —observó Charlie.

—Imagina que toda esa creatividad y dinero se dedicaran a propósitos pacíficos —dijo Oliver, justo cuando un soldado se detenía en la carretera para bloquearles el camino.

Oliver aminoró la velocidad y después detuvo el coche. Bajó la ventanilla, con los papeles preparados.

Otro soldado se unió al primero mientras se acercaban, con rostros serios y las armas preparadas.

—Estos documentos lo explican todo —les dijo Oliver.

Se los entregó a uno de los soldados. Este apenas miró los papeles antes de devolvérselos.

—Dé la vuelta. Nadie puede pasar por aquí en este momento, ni siquiera Churchill.

—Pero los documentos…

—Dé la vuelta. Ahora. De lo contrario tendrá un problema, señor.

Molly se inclinó sobre Oliver para dirigirse al soldado.

—Mi madre está ingresada en el Instituto Benéfico de Cornwall. No le queda mucho tiempo de vida. Debo verla.

—Siento mucho lo de su madre —dijo el otro soldado con sinceridad—, pero tenemos órdenes. Más allá de este punto se están realizando maniobras militares.

—¿De verdad no hay ningún modo de que nos dejen pasar? —les preguntó Oliver—. Venimos desde Londres.

—No a menos que puedan convencernos de que son de fiar. Y un par de papeles y una historia sobre una madre moribunda no va a conseguir eso, amigo —dijo el primer soldado.

Molly se echó hacia atrás, con expresión desvalida.

Oliver buscó en su bolsillo y sacó algo.

Le entregó a uno de los soldados su Medalla de Jorge.

—¿Serviría esto?

Ambos la miraron.

—¿Le han dado esto? —le preguntó uno.

—El Rey, sí. —El librero sacó la tarjeta que lo identificaba como vigilante antiaéreo—. Soy vigilante antiaéreo. Me… Me recompensaron por mi valentía. Aunque solo estaba haciendo mi trabajo, como vosotros.

—Bien hecho, colega —dijo el soldado, devolviéndosela. Miró a Molly a través de la ventanilla—. Yo perdí a mi madre el año pasado. Aunque me dieron permiso, y pude despedirme de ella. —Miró al otro soldado—. ¿Tú qué opinas?

El otro hombre se encogió de hombros y asintió.

—De acuerdo, buena suerte —dijo el primer soldado, indicándoles que podían pasar.

Mientras se alejaban, Oliver dijo, casi para sí mismo:

—Es la primera vez que me alegro de haber conseguido esa cosa.

—A la izquierda en la siguiente salida —dijo Molly, leyendo bajo la tenue luz del interior.

Más tarde, Charlie fue el primero en ver el letrero.

—El instituto está por ahí —dijo, señalando a la izquierda.

—Así es, Charlie. Buen ojo —lo felicitó Oliver.

Condujeron mientras la lluvia comenzaba a caer.

—Madre mía, este sitio está al lado del agua. Puede verse el Canal por ahí, a través de los árboles. Y justo al otro lado del agua está Francia.

—He oído hablar de los acantilados blancos de Dover —dijo Charlie—. Sé que están en el Canal. Mi abuela fue allí una vez de vacaciones y me habló de ellos.

—Sí, pero están justo al otro lado del país, en el suroeste de Londres, con Calais al otro lado del Canal —contestó Oliver—.

Se dice que todos los soldados británicos que se marchan para luchar miran atrás y los acantilados blancos son lo último que ven de su hogar.

Y cuando regresan, es lo primero que ven de Inglaterra.

—Si regresan —dijo Charlie con sequedad.

Llegaron a una verja abierta flanqueada por columnas de piedra, giraron en el sendero y continuaron. Cuando doblaron la curva, su destino apareció ante ellos.