Una llamada desesperada
UNA LLAMADA DESESPERADA
—¿ D iga? —preguntó un somnoliento Oliver al auricular del teléfono—. Sí, esto es el Bastión de los Libros. ¿Qué? ¿Molly Wakefield? ¿Quién…? ¿El doctor Stephens? Sí, acepto la llamada. Hola, ¿sí? ¿Doctor Stephens? Sí, mi nombre es Ignatius Oliver. Un momento, avisaré a Molly.
Cuando Oliver subió las escaleras, Molly estaba ya en la puerta de su dormitorio, junto a Charlie.
—¿Qué pasa? —le preguntó—. ¿Quién ha llamado?
—Es el doctor Stephens, del…
Molly salió disparada escaleras abajo.
La chica agarró el teléfono desde el otro lado del mostrador y dijo:
—Sí, soy Molly Wakefield. ¿Qué pasa?
—Su madre, señorita Wakefield.
La voz del otro lado era grave y laboriosa, mientras que lo que Molly necesitaba era información tan rápido como fuera posible.
—Sí, sí, ¿qué le pasa? ¿Está…? ¿No estará…?
—No, no, sigue viva. He llamado para decirle que ha preguntado por usted.
—Ella… ¿Ella ha preguntado por mí?
—Sí. Me alegro de que incluyera este número en su carta cuando me escribió.
Es mucho más rápido que el correo. Las líneas siguen tan inestables como siempre, pero la operadora ha conseguido conectarme ahora mismo.
Disculpe por llamar tan temprano por la mañana, pero estaba examinando a su madre y de repente se espabiló y preguntó por usted, y he descubierto que las llamadas de larga distancia tienen muchas más posibilidades de conectar por la mañana temprano.
Bueno, no sé si podría organizarlo, señorita Wakefield, pero creo que sería muy…
esto, bueno que viniera a verla. Lo antes posible.
Ella… No está demasiado bien, como le mencioné en mi carta.
—Por supuesto, por supuesto, lo haré. Lo prepararé todo de inmediato. ¿Puedo…? ¿Puedo hablar con ella ahora?
—Me temo que no está lo bastante fuerte para ponerse al teléfono. ¿Cuándo podría estar aquí? Me gustaría decírselo.
Molly levantó la mirada para ver a Oliver y a Charlie mirándola con ansiedad.
Miró el reloj de la pared y vio que eran casi las seis de la mañana.
—Puede decirle que haré todo lo posible por estar allí esta noche.
—Muy bien. La veremos entonces. Oh, ¿está el caballero que respondió al teléfono, Ignatius Oliver, emparentado con Imogen Oliver, por casualidad? Vi su nombre en el membrete que me usted me envió. El Bastión de los Libros, ¿no?
—Sí. Imogen era su esposa. ¿Por qué?
—¿Podría ponerse, por favor?
Molly le entregó el teléfono a Oliver.
—Quiere hablar contigo. Sobre Imogen.
—¿Diga? —preguntó un desconcertado Oliver al teléfono.
—Señor Oliver, quería que supiera que tengo información sobre la muerte de su esposa.
—¿Cómo puede usted saber algo al respecto?
—Se suicidó en uno de los acantilados de nuestra institución.
—¿Qué? —preguntó Oliver mientras agarraba el teléfono con ambas manos—. Yo… Yo sabía que lo había hecho en Cornwall, pero no tenía ni idea de que fue en los terrenos del centro.
—¿Acompañará a la señorita Wakefield? En ese caso, hablaremos cuando llegue aquí.
—Sí, sí, por supuesto. Pero ¿por qué no contactó conmigo antes?
—Conocía su nombre, pero nada más sobre ella hasta que lo vi en el membrete. Y no sabía que usted era su marido hasta que me lo dijo la señorita Wakefield.
—Pero ¿no puede contármelo ahora?
—Creo que sería mucho mejor hacerlo en persona. Buen viaje.
El doctor Stephens colgó, y Oliver soltó el teléfono despacio.
—¿Qué le ha dicho? —le preguntó Charlie.
—Solo que sabe algunas cosas sobre Imogen, sobre cómo murió —dijo, vagamente—. Me lo contará cuando lleguemos allí.
—Caramba —dijo Charlie, mientras Molly miraba a Oliver con nerviosismo.
Los pensamientos que se arremolinaban en la mente de Oliver eran vagos e inquietantes.
Sabía que Imogen se había suicidado de aquel modo.
Pero ¿descubrir que Imogen se había matado en los terrenos del Instituto Benéfico?
¿El mismo lugar donde la madre de Molly era actualmente una paciente?
Parecía demasiada coincidencia, pero ¿y si Imogen había estado buscando ayuda?
Le había encantado esa parte de Inglaterra y quizá el instituto era la única instalación así de la zona.
Pero, si había buscado ayuda allí, ¿por qué había terminado quitándose la vida?
Miró a Molly y le dijo, con tono de disculpa:
—Lo siento, ahora mismo estoy muy confuso. ¿Qué te ha dicho sobre tu madre?
—Ha pedido verme. Parece que ya no le queda mucho tiempo.
—Entonces debemos encontrar un modo de llegar hasta allí, y lo haremos. Puedo volver a comprobar los trenes, o quizá un autobús…
Charlie subió rápidamente las escaleras y bajó de nuevo en un periquete.
—Podemos ir conduciendo —dijo, sin aliento.
—Conduciendo, ¿qué? —le preguntó Molly.
Charlie levantó dos llaves.
—Tu Singer.
Oliver llamó de inmediato al comandante Bryant y le explicó la situación.
El comandante consiguió organizar el papeleo oficial necesario para el viaje hasta Cornwall, y también les proporcionó un mapa con indicaciones.
Charlie le dio las llaves del coche y del garaje y Bryant envió a un par de hombres para que llenaran el depósito del Singer, metieran aire en los neumáticos y se aseguraran de que el automóvil se encontraba en buena forma.
Más tarde, aquella misma mañana, dejaron el Singer en el Bastión de los Libros.
Bryant había añadido una condición a sus planes de viaje.
—A estas alturas de la guerra, y en esa parte de la costa, nadie puede moverse libremente sin complicaciones. Por eso, si os detienen, Ignatius, estos documentos podrían no ser suficientes. Prepárate para contestar preguntas.
Oliver cerró la tienda y Charlie llamó a la oficina de telégrafos y consiguió unos días libres diciéndole al señor Benedict que su madre estaba enferma. Molly ya había ido a la clínica y le había explicado las cosas a la enfermera Tweedy, que fue muy comprensiva y le deseó lo mejor.
—Había dado por sentado que lo destruyó la bomba —dijo Molly, mientras metían el equipaje y las provisiones en el Singer—. ¿Cómo sabías que no fue así, Charlie, y por qué tenías la llave?
—Dormí dentro un par de noches, y me llevé la llave pa que nadie pudiera mangarte el coche.
—Bien hecho, chico —dijo Oliver con entusiasmo.
—¿Sabe conducir un automóvil, señor Oliver? —le preguntó Molly mientras él se sentaba detrás del volante.
—En Oxford aprendí a conducir el pequeño Austin Seven de mi hermano. Y el padre de Imogen tenía un Bentley. A él no le gustaba conducir, así que me dejaba hacer de chófer. Creo que conseguiré hacerme con él en poco tiempo.
Oliver arrancó el coche y se pusieron en marcha con un ligero traqueteo.
—Cuando Imogen y yo viajamos a Cornwall, fuimos en tren, Molly. Así que tú puedes ser mi copiloto, por así decirlo.
Molly tenía el mapa y las instrucciones extendidas sobre su regazo. Cuando salieron de Londres, Oliver giró al oeste. Molly le iba haciendo indicaciones por el camino.
—¿Cuánto cree que tardaremos en llegar? —le preguntó Charlie desde el asiento trasero.
—Son unos quinientos kilómetros, Charlie. Por eso nos ha dado el comandante Bryant gasolina extra.
—¡Quinientos kilómetros! ¿Con eso no llegaremos a América? ¿O incluso a Francia?
Oliver se rio.
—Qué va. Cuando Imogen y yo fuimos de luna de miel a Plymouth, tardamos muchas horas en tren porque había muchas paradas intermedias. Pero ahora, con la guerra, me temo que el viaje en coche será incluso más largo.
Si es que lo conseguimos , pensó.