Palabras de una pluma
PALAbrAS DE UNA PLUMA
L a noche siguiente, durante la cena, Molly apenas conseguía mantenerse despierta.
Oliver puso en sus platos la comida que había conseguido.
Al menos, sus tazas estaban llenas hasta el borde.
Charlie parecía tan cansado como Molly. Tenía los ojos medio cerrados, mientras pinchaba las patatas y se metía en la boca un trozo de chirivía.
Oliver se echó hacia atrás y los miró.
—Un día duro, parece.
Molly asintió.
—Hoy han muerto tres pacientes, y me sorprendería mucho si mañana no perdemos un número similar.
—Eso es horrible, Molly —dijo Oliver.
—Yo he entregao cuatro de esos telegramas más —le contó Charlie, soltando su tenedor—. «Lamentamos informar…».
—¿Tiene la gente a alguien, cuando recibe esos mensajes? —le preguntó Molly.
—Una de ellas no. Se cayó al suelo redonda. Yo la abracé hasta que vino una vecina. No se me ocurrió na más.
—Estoy seguro de que eso fue un gran consuelo para ella, Charlie —le aseguró Oliver.
Charlie se encogió de hombros. A continuación, se levantó e hizo algo que nunca había hecho: abandonó la mesa sin terminar su comida. Fue al dormitorio que Molly y él compartían y cerró la puerta.
—Está enfadado —dijo Molly.
—Tiene razones para estarlo. Ha perdido a toda su familia en esta maldita guerra. Y mira lo que tenéis que afrontar diariamente. No es justo. Nada lo es.
—A la guerra no le importa lo que sea justo. Es como un virus. Solo quiere invadir y hacer daño. —Soltó el tenedor—. Tengo una pregunta.
Él posó su ansiosa mirada en ella.
—De acuerdo.
—Cuando me habló de Imogen y de las decisiones que ella había tomado, eso me hizo pensar en lo que mi padre había hecho, en las decisiones que él tomó.
—¿Y qué pensaste, exactamente?
Molly se recompuso y le contó a Oliver que su madre había sido salvajemente agredida en el refugio por unos hombres.
—Dios. Qué cruel y horrible, que la gente acuda allí buscando seguridad y encuentre justo lo contrario.
—Quizá… Quizá mató a esos soldados porque representaban al gobierno que se negó a ayudarle —dijo, nerviosamente atenta a la reacción de Oliver a sus palabras.
—Ese podría haber sido el caso. Pero matar a gente inocente nunca está bien, Molly.
La chica hizo una mueca de desánimo.
—Lo sé. Y él se culpaba de lo que le ocurrió a mi madre, estoy segura de ello. Pobre papá.
—Es un peso horrible con el que cargar —apuntó Oliver, en voz baja.
—¿Cree…? ¿Cree que podría haberse marchado para… matarse, como…?
Oliver parecía profundamente perturbado por su pregunta.
—La verdad es que no tengo ni idea, Molly. Cualquier respuesta que te diera sería solo una suposición.
—Quiero decir, eso explicaría que lleve todo este tiempo desaparecido. Que nunca me haya escrito o intentado contactar conmigo.
—La gente es muy complicada. Y tu padre tenía a tu madre y sus males por los que preocuparse, y también tu bienestar en el que pensar. Recuerda que trabajó para Inglaterra y que, por lo que el comandante Bryant nos dijo, era muy bueno en su trabajo. Era un hombre muy valiente. Es solo que…
—… tomó la decisión equivocada.
—Como hizo Imogen —contestó Oliver.
—Pero ella intentó compensarlo, mientras que mi padre…
—Sí —dijo Oliver—. Eso es cierto.
Más tarde, Molly se puso un viejo pijama que en el pasado había pertenecido a Imogen y se fue a su dormitorio. Charlie estaba tumbado en la cama, todavía totalmente vestido, mirando el techo.
—Charlie, es tarde. Tienes que dormirte.
Él no dijo nada, como siempre que se ponía así. Ella lo sabía.
Suspiró, se metió en la cama y apagó la lamparilla.
Más tarde, despertó y vio el titilar de una luz.
Venía de una vela en un soporte sobre la mesa entre sus camas.
Charlie tenía su pluma y su diario, y estaba escribiendo en él.
Molly lo había visto hacerlo antes.
—¿Qué estás escribiendo esta noche? —le preguntó, somnolienta.
Él la miró de soslayo.
—Solo esto y aquello. Estoy haciendo el tonto.
—¿Alguna vez me dejarás leerlo?
Él la miró con una sonrisa.
—Sigue con los libros de verdad. Son mejores pa ti. Te sirven pa aprender cosas.
—El tuyo podría ser algún día un libro de verdad del que aprender.
—Eso lo dudo. Tengo muchas faltas —contestó Charlie.
—Alguien puede escribir todo bien y que aun así no merezca la pena leerlo. Yo he leído libros así. O lo he intentado.
Charlie sonrió al mirarla de nuevo.
—Tienes un corazón maravilloso, Molly, como mi madre. Me alegro de que seamos amigos.
—Que me compares con tu madre es un halago increíble, así que muchas gracias —le contestó ella, con una sonrisa cálida—. Y siempre seremos amigos, Charlie. Ocurra lo que ocurra.
Se dio la vuelta y volvió a dormirse.
Charlie miró la página y leyó en silencio lo que había escrito.
Sobre mensajes horribles entregados a familias que no estaban preparadas para recibirlos. Pero, como Arthur Benedict había señalado, las familias se merecían saberlo, y era el deber de Charlie llevarles esa información. Suponía que debería sentirse bien por ello, pero lo cierto era que no lo hacía.
Más tarde, soltó su pluma y su diario y tomó la fotografía de sus padres que Oliver y Molly se habían llevado de su antiguo apartamento.
—Buenas noches, mamá. Buenas noches, papá. Os quiero.
Cuatro horas después, sonó el teléfono.