Extraños en el tiempo Pobre imogen
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Pobre imogen

PObrE IMOGEN

O liver, los chicos y el comandante Bryant estaban sentados en el despacho.

Oliver repartió unas cálidas mantas antes de acomodarse en una cómoda silla delante de un rugiente fuego, cortesía de varios trozos de leña que les proporcionaron los hombres del comandante Bryant.

—Bueno, solo para que quede claro, no hay mucho que podamos contaros —comenzó diciendo Bryant—. La ley, y todo eso.

—Tonterías —le espetó Charlie—. Nos debéis toa la maldita verdad, eso está claro.

—Vamos a ver, jovencito —comenzó Bryant con tono severo—, aunque comprendo…

—Tienen razón, Scott. Sé que lo sabes —lo interrumpió Oliver.

—Lo que sé y lo que dicta mi compromiso de confidencialidad son dos cosas muy distintas, Ignatius —replicó Bryant.

—No obstante, podemos contarles algo. Han vivido una experiencia terrible. Se merecen saber ciertas cosas.

Bryant soltó un suspiro.

—Oh, de acuerdo. Pero ambos debéis jurar que os llevareis a la tumba todo lo que os diga.

Molly y Charlie asintieron rápidamente.

Bryant se echó hacia atrás y comenzó:

—Dirijo un programa de contrainteligencia junto al Servicio de Seguridad llamado Doble-Cruz, una combinación de espionaje y engaño.

Los alemanes han estado introduciendo continuamente espías entre nosotros, en aviones, barcos y submarinos.

Casi todos ellos estaban mal entrenados y eran ineptos; gente sin valor, en realidad.

Desciframos el código Enigma alemán y otros cifrados antes de que los alemanes comenzaran a enviarnos espías.

De hecho, a menudo atrapábamos a esos malnacidos mientras caminaban por la playa, así que los alemanes conseguían muy poco con ellos.

Pero comenzamos a aprovechar esa ventaja utilizando a esos mismos agentes para entregar a los alemanes información falsa o, siendo más precisos, información inexacta mezclada con suficientes verdades para que pareciera que sus intentos de espionaje estaban funcionando.

Y a cambio obteníamos valiosa información sobre la red de espionaje alemana.

Pero eso no significa que los alemanes no hayan seguido intentándolo.

Ese tipo, Cedric, era mejor que la mayoría.

De hecho, no habríamos conseguido dar con él sin ayuda.

Miró a Oliver como si dijera: «De acuerdo, colega, ya he hecho mi parte».

Oliver tomó el testigo.

—Cuando la guerra comenzó, Imogen era más patriótica que nadie.

Después, cuando tantos murieron en el Blitz, incluidos algunos de sus mejores amigos, algo cambió en su interior.

Cuando Paternoster Row ardió con todos sus libros, ese cambio se completó.

Yo no sé por qué fue en ese suceso concreto, pero creo que ella vio el colapso de todo lo que quería en la destrucción que tuvo lugar esa noche.

Y comenzó a ir a reuniones, y esas reuniones la llevaron a relacionarse con ciertas personas que estaban decididas a utilizar los contactos que ella tenía.

—¿Qué tipo de contactos? —le preguntó Molly.

—Su padre, John Bradstreet —contestó Bryant—.

Antes de jubilarse y comprar esta librería, fue un importante estadista con una larga trayectoria que incluía el Ministerio de Guerra.

Fue autor de muchas obras políticas serias y un visitante bienvenido en los hogares de muchos distinguidos servidores públicos.

Después de su muerte, Imogen seguía siendo bienvenida en esos lugares.

Era increíblemente brillante y la conversadora más interesante que podías encontrar.

El comandante miró de nuevo a Oliver.

—Sí, bueno. Llegado el momento, ella comenzó a trabajar para los alemanes —dijo Oliver.

Cuando Molly se mostró desconcertada, Oliver dijo rápidamente:

—Oh, no sentía ningún aprecio por Hitler o por su desagradable fascismo, Molly.

Se había convencido de que hacía lo correcto para Inglaterra.

Ayudó a Alemania creyendo que así terminarían los bombardeos, la destrucción y las muertes.

Recuerda, esto fue antes de que los norteamericanos entraran en la guerra, cuando estábamos luchando prácticamente solos.

Ella creía de verdad que Inglaterra seguiría siendo libre y autónoma aunque los nazis ocuparan toda Europa.

—Entiendo —dijo Molly—. Pero su información ayudó a Alemania. Hubo gente que murió debido a ello.

—Sí, la hubo, Molly, y ese fue un hecho que Imogen tuvo que afrontar al final. De todos modos, realizó ese trabajo durante un tiempo. Y yo era al parecer demasiado idiota para darme cuenta. Pero ella siempre fue mucho más lista que yo, claro.

—Seguramente nunca habría esperado eso de ella —dijo Molly en voz baja, observándolo con atención.

—No conseguía asimilar que la cariñosa, empática y muy inteligente mujer a la que tanto había querido fuera cómplice del Tercer Reich.

—Se detuvo y se pasó una mano por la frente—.

Y después, un día, me hizo bajar aquí y sentarme en esta misma silla.

Y me tomó la mano y me lo contó… todo. Todo. El espionaje, la traición, todo.

Miró a Bryant, que lo miró impasiblemente.

—Debió ser una conmoción para ti, amigo —dijo el comandante.

—Y una confesión increíblemente dolorosa para ella.

—¿Qué le dijo usted? —le preguntó Molly.

—No lo recuerdo bien, Molly. Todo está bastante borroso en mi mente.

—¿Y qué hizo, jefe? —le preguntó Charlie.

—No fue tanto lo que hice, Charlie, como lo que Imogen me propuso hacer.

—¿Qué le propuso? —le preguntó Molly.

—Que la ayudara a espiar.

—No… No lo comprendo —dijo Molly, a la que esta afirmación la había encontrado desprevenida.

Oliver miró a Bryant de soslayo.

—Imogen era una de las pocas espías británicas que trabajaban para los alemanes, al menos que sepamos. Y los alemanes necesitaban gente como ella. Se aprovecharon de ella, pero ahora que Imogen se había ganado su confianza, nosotros también podíamos sacarle provecho.

—Eso parece un plan muy peligroso —dijo Molly.

—Lo era, pero Imogen podía ser una oponente formidable.

Todos habíamos ido a Oxford juntos. De hecho, Imogen formó parte de la primera promoción de mujeres que se licenció allí.

En la universidad celebrábamos debates informales, damas contra caballeros.

Imogen nos apalizaba por sistema, ¿verdad, amigo?

Oliver sonrió con debilidad.

—Sí, casi siempre, de hecho. Usó esa misma habilidad para convencer a Cedric y a otros de que yo también había comenzado a trabajar con ella.

Nos reunimos con ellos y se convencieron de mi lealtad, porque Imogen sabía qué teníamos que decir exactamente para que nos creyeran.

Verás, ella leía a los alemanes como un libro abierto, igual que leía el resto de libros.

Así que yo también empecé a «trabajar» para ellos.

—Pero la diferencia era que Imogen también acudió a mí y me explicó el plan —les dijo Bryant.

—¿Incluyendo lo que había hecho previamente? —le preguntó Molly.

—Todo el plan, Molly —interrumpió Oliver—. Lo último que Imogen intentaba hacer era evitar las consecuencias de sus actos anteriores. Solo quería enderezar las cosas tanto como fuera posible, trabajando ahora para su país.

—¿Por qué había cambiado de idea? —preguntó Charlie.

—En realidad, creo que podría haber tenido algo que ver conmigo —dijo Oliver, pensativo.

Se tocó la quemadura del brazo—. Una noche estuve a punto de morir, en una de las rondas nocturnas.

La recuerdo sentada junto a mi cama en el hospital después de que me recuperara.

Me sostuvo la mano y me dijo cuánto lo sentía.

Y cuando por fin pude regresar a casa, me contó la verdad.

No puedo ni empezar a imaginar cuánto valor tuvo que reunir para hacerlo.

—Debió quedarse perplejo —dijo Molly.

—Me quedé de muchas formas, Molly, y sí, esa fue una de ellas.

Así que, trabajando para el comandante Bryant, le suministramos información falsa a Cedric y él se la entregaba a Alemania.

Y Cedric nos entregaba a Imogen y a mí información falsa sabiendo que se la comunicaríamos al comandante Bryant, de quien sabía que éramos muy amigos.

Algo que hacíamos, por supuesto, aunque también le contábamos que eran tonterías y le detallábamos todo lo que sabíamos en realidad sobre Cedric y la operación.

Después de… la muerte de Imogen, seguí «trabajando» con ellos yo solo.

—Nosotros ya sabíamos que pasaba algo, antes de anoche —dijo Molly.

Oliver le echó una mirada de desconcierto.

—¿Cómo es posible?

—Como le dije, yo había visto a ese tipo, Cedric, la noche en la que encontré la tienda. Lo vi darle unos papeles —dijo Charlie—. Y después, cuando vino a mi casa al día siguiente, lo seguí y vi que entraba en casa de Cedric. Cuando salió de allí, se estaba guardando unos papeles en el bolsillo.

—Y una noche, tarde, lo vimos meter un sobre en su buzón, durante una de las rondas de vigilancia antiaérea.

—Dios mío —dijo un desconcertado Oliver.

—Y yo entré en su casa y encontré el libro con las páginas cortadas —añadió Charlie—, y esa máquina que parecía una máquina de escribir, pero no lo era.

—Es el instrumento que usan los nazis para enviar mensajes encriptados a través de las ondas de radio —dijo un sorprendido Bryant. Hizo una pausa y sonrió—. Caray, si fuerais un poco mayores, os reclutaríamos para el MI5.

—No sabíamos qué hacer —dijo Molly—, pero no podíamos creernos que estuviera involucrado en algo malo. Si era así, tenía que ser contra su voluntad.

—Bueno, gracias. Usaba los libros con las páginas cortadas para esconder documentos secretos —les contó Oliver.

—Yo encontré uno de esos en el apartamento de Cedric —dijo Charlie—. Conselo .

—Sí, Consuelo , de George Sand. —Oliver miró a Molly—. Esa noche no dejabas de mirar Jacques . Me pareció extraño, pero nunca se me ocurrió que pudierais haber descubierto tanto de mi secreto.

—Lo abrí ese día que estuve buscándolo. Charlie me había contado lo de Consuelo . Y las páginas de Jacques también estaban cortadas.

—Me dolió enormemente masacrar así los libros —dijo Oliver con tono triste.

—¿E Imogen? —preguntó Molly—. ¿Su muerte?

Oliver la miró.

—Me afianzó como espía, y después me dijo que se iba a Bristol. En lugar de eso, fue a Cornwall y se quitó la vida.

—¿Por qué cree que lo hizo? —le preguntó Molly.

—Porque no podía vivir con lo que había hecho —contestó Charlie, atrayendo la atención de todos.

—Sí, Charlie —dijo Oliver con franqueza—. Creo que tienes razón en eso.

—Pero esta noche ha dejado que Cedric se vaya —comenzó Molly—. ¿Por qué?

—Dejamos que se marchara después de que viera morir a Ignatius —dijo Bryant—.

E hicimos que pareciera que la policía los había visto con unos niños y sospechado lo peor.

De ese modo, creerá que no hemos descubierto que Ignatius era un espía.

Y les dirá a sus jefes en Alemania que la información que les ha proporcionado es buena.

Pero esa información no ayudará a Alemania en nada.

De hecho, espero que conduzca a los nazis a una de las peores derrotas que sufrirán en esta guerra, y que eso acelere su final.

Cuando llegue el momento de detener a Cedric, lo haremos.

Como he dicho, lo tenemos atado en corto.

No escapará. Su vida terminará en el patíbulo.

—Pero ¿cómo consiguieron aparecer tan rápido esta noche? —le preguntó Molly.

—Tenemos a un hombre que sigue a Cedric siempre que viene aquí. Así que, cuando os marchasteis con ellos, informó y lo seguimos. Seguramente hizo que otra persona matara a la señora Macklin y usaron el bombardeo de esa noche como tapadera para ocultar el asesinato.

Oliver retomó la historia.

—El lugar al que os llevé era el punto que habíamos acordado previamente por si algo salía mal. —Miró a Bryant de soslayo—. Las comunicaciones secretas no siempre necesitan de una máquina o de una serie de números misteriosos; a veces es sencillamente lo que alguien hace mientras lo observan.

—Totalmente —asintió Bryant.

Oliver continuó:

—Yo tenía que recibir el disparo de una pistola de fogueo, y Cedric conseguiría escapar.

—Pero estaba sangrando… —apuntó Charlie.

—Solo una pequeña cápsula que guardaba para ese momento, Charlie. Me la metí entre los dientes para abrirla y tuve sangre instantánea. Y después solo tuve que frotármela por la camisa. Lo que significa que ahora solo me queda una limpia —añadió, mirando con pesar su ropa destrozada.

Bryant se levantó.

—Y ahora es el momento de que me vaya.

Los dejó allí, delante del moribundo fuego.

Molly y Charlie se sentaron a cada lado de Oliver mientras seguían mirando las titilantes ascuas.

—Cuando le «dispararon» y se estaba muriendo, ¿nos pidió perdón?

—Sí. Me sentía realmente mal por haberos puesto en tanto peligro.

—Me alegro de que esté en nuestro bando —dijo Molly, y Charlie asintió—. Y siento mucho lo de Imogen.

Él les tomó las manos y se las apretó.

—Todos hemos perdido mucho en esta horrible guerra.

Pero, en medio de toda esta destrucción y desesperación, conseguimos encontrarnos unos a otros.

Como matemático, puedo deciros que las probabilidades de que eso ocurra son asombrosamente bajas, pero aquí estamos, juntos.

Como si estuviera predestinado, de algún modo.

Bueno, quiero que ambos sepáis que, mientras yo esté aquí, siempre tendréis un hogar.

Nunca lo cuestionéis ni lo dudéis. ¿Prometido?

Ambos asintieron, y dijeron al unísono:

—Prometido.