Una crisis de descubrimiento
UNA CRISIS DE DESCUbrIMIENTO
U nos días después, el sonido de unos nudillos en el cristal llegó al filo de la medianoche. Había algo místico en esa hora, pensó Oliver mientras caminaba despacio hacia la puerta. Tanto en las páginas de un libro como, a veces, en la vida real.
Oliver apartó las cortinas opacas y vio a Cedric allí. Abrió la puerta y le indicó que entrara, pero se llevó un dedo a los labios y susurró:
—Por favor, no hagas ruido, hay otros conmigo.
—Ya lo sé, Ignatius —siseó Cedric—. Y no me gusta.
Oliver condujo a Cedric al despacho, cerró la puerta y se giró hacia su visitante.
—¿Y bien?
—¿Qué hacen aquí esos niños? —exigió saber Cedric.
—No te preocupes. Les estoy buscando otro sitio. Bueno, cuéntame lo de la señora Macklin.
—¿Quién? —le preguntó Cedric.
—La cotilla de la tienda de té al otro lado del callejón.
—¿Qué pasa con ella?
—Está muerta. Alguien la apuñaló.
—Interesante.
—¿Dices que no sabes nada de ello? —le preguntó Oliver con incredulidad.
—Bueno, si la mató alguien, podrías haber dado con la razón.
Quizá vio algo que no tenía nada que ver con ella y hubo que hacer algo antes de que hiciera algún mal con sus sucias sospechas.
De que te hiciera algún mal a ti, podría añadir.
Por supuesto, solo estoy especulando. En realidad, no sé nada del tema.
—¿De verdad crees que sospechaba de mí? —le preguntó Oliver.
—Deja que te lo explique así. Si se hicieron ciertas pesquisas, unas discretas, y dichas pesquisas hubieran indicado que esa mujer podría haber estado preparándose para alertar a las autoridades sobre ciertas cosas que había visto, sobre cierta gente a la que había visto hacer ciertas cosas en apariencia sospechosas, entonces, sí, creo que existía la posibilidad de que perjudicara la ejecución de planes importantes.
Y, por supuesto, eso no podía permitirse.
—Entiendo. Bueno, la policía ha estado aquí. Y las preguntas fueron muy incómodas.
—¿Y qué cree la policía? —Quiso saber Cedric.
—Les conté que habían intentado robar en el negocio, pero eso los habría convencido si le hubieran saqueado la caja registradora. —Miró a Cedric con intención—. Eso habría hecho que mi teoría fuera más plausible.
Cedric se encogió de hombros y sonrió con arrogancia.
—No se me ocurrió. Verás, en Alemania no hay crímenes. El Führer no lo permite.
—Qué encomiable. Bueno, ¿qué quieres ahora?
—Como sabes, el día D nos tomó por sorpresa. Ahora que los aliados han recuperado Francia, Bélgica y la mayor parte de los Países Bajos, hemos perdido casi toda Europa Occidental. Y tus últimas propuestas no han sido especialmente esclarecedoras. Debes… cómo decirlo, mejorar tu rendimiento.
—Primero, el desastre alemán del día D no fue culpa mía. Mis informes anteriores habían señalado con fuerza la ubicación correcta del ataque.
—Pero no vimos las pistas hasta que fue demasiado tarde. La próxima vez, sé más directo.
—Segundo, si soy demasiado directo terminaré con una soga al cuello en el patíbulo, y no os seré de ninguna utilidad.
—Pero la ofensiva aliada comenzó en septiembre en los países bálticos y sigue en marcha, y la perspectiva no es buena para Alemania. Si esa campaña tiene éxito, lo único que se interpondrá entre el Ejército Rojo y Alemania será Polonia.
Oliver miró al hombre con severidad.
—Irónicamente, Polonia fue la primera víctima de la Blitzkrieg del Führer. Pero entiendo tu dilema. Los americanos hacen prisioneros de guerra. Los rusos se los cargan.
—Si Stalin derrota Alemania, todos seremos comunistas —replicó Cedric con brusquedad.
—Bueno, no podemos permitirlo, ¿no?
—Entonces, ¿tienes la información que busco? —le preguntó Cedric.
—Creo que tus superiores estarán muy satisfechos. De hecho, creo que esto convertirá una contundente derrota en una brillante victoria estratégica y te consagrará para siempre en los salones sagrados del espionaje alemán. Te felicito, herr Cedric Axmann.
—Los ingleses sois buenos oradores. Ponle acento inglés a un idiota y parecerá que está citando a Shakespeare, o mejor aún, a Goethe.
Oliver sonrió.
—Sí, pero seguiría siendo un idiota.
—Bueno, ¿y la información? Tengo prisa.
Oliver caminó hasta la estantería, tomó la novela Jacques y se la entregó a Cedric, que miró la encuadernación.
—¿Otro libro de George Sand, la mujer francesa? —le preguntó con desdén.
—Imogen sentía debilidad por ella.
—No me interesa la afinidad de tu mujer con los franceses, pero se la echa de menos.
—Sí, se la echa de menos. Mucho —contestó Oliver, desechando su despreocupación.
Cedric se tensó, antes de apresurarse hacia la puerta y abrirla de golpe.
Y allí estaban unos asustados Charlie y Molly.