La brecha otra vez
LA brECHA OTRA VEZ
E l fuego crepitaba en la chimenea del despacho de Oliver.
Acababan de regresar del funeral de Lonzo.
Lo habían enterrado junto a su madre. La policía se había hecho cargo de organizado y había pagado la factura de la funeraria.
El inspector Willoughby y el agente Higgins habían sido arrestados y acusados de la muerte de Lonzo, e iban a juzgarlos por ello.
Charlie llevaba su uniforme del telégrafo, mientras que Molly llevaba un descolorido vestido negro que le había prestado una de las enfermeras. Oliver llevaba su único traje. Todos se acercaron al fuego, porque el tiempo se había vuelto bastante frío.
Charlie no había querido cenar y estaba allí sentado, con una taza de té acunada entre las manos. Todavía no había tomado un sorbo, mientras Oliver y Molly lo observaban con atención.
—Ha sido una misa bonita, ¿verdad? —preguntó Molly, mirando a Oliver con nerviosismo.
—Sí, lo ha sido —dijo Oliver—. ¿No te parece, Charlie? Charlie solo asintió.
Molly recordó algo de repente.
—Oh, ¡el doctor Stephens me respondió desde el Instituto Benéfico!
—¿En serio? ¿Qué te dijo? —le preguntó Oliver.
—No… No es bueno, me temo. Mi madre no está nada bien. En realidad, teme por su vida.
—Oh, Molly, lo siento mucho —dijo Oliver.
—Sí, bueno. Me gustaría verla antes del… final, pero no sé si podré.
—Ojalá hubiera un modo de conseguir que llegaras allí —le dijo Oliver—. Lo he comprobado. Los trenes no están llevando civiles a Cornwall. La mayoría de los trenes de pasajeros están dañados, y las vías del ferrocarril que siguen en servicio son estrictamente de uso militar.
—Sí, por supuesto.
Y entonces ocurrió.
Las sirenas antiaéreas comenzaron a aullar.
Oliver negó con la cabeza y cerró los ojos un momento.
¿Por qué demonios tenéis que venir esta noche, cabrones?
Se marcharon apresuradamente de la habitación para agarrar sus abrigos y sus máscaras de gas. Oliver había conseguido un nuevo uniforme de vigilante, y se lo puso rápidamente.
—Vamos, rápido —les pidió—. Antes de que suene la alerta roja.
Corrieron a través del frío y de la oscuridad hasta el refugio más cercano, y Oliver los llevó a la seguridad del interior. Después se reunió con Lee Parker en el lugar acordado y comenzaron a reunir a los de la lista para llevarlos a los refugios.
Solo tenían que encontrar a un par de personas más cuando comenzaron a notar la vibración en la acera.
Ambos levantaron la mirada para ver las oscuras siluetas con forma de puro en el cielo.
Los disparos de las defensas antiaéreas habían comenzado, y los proyectiles letales se elevaron mientras comenzaba una nueva batalla.
—Parece que hoy hay bastantes de esas malditas cosas —dijo Parker con tranquilidad sobre el ruido de las armas y de los motores que rugían sobre ellos.
—Sí —dijo Oliver con pesimismo—. Las hay.
Corrieron en distintas direcciones para reunir a la gente restante a la que tenían que agrupar.
Cuando las primeras bombas cayeron, Oliver estaba llamando a la puerta del Jardín Secreto.
—Desdemona, soy Ignatius. Ya no es seguro que te quedes en el sótano. Por favor, ven conmigo.
No obtuvo respuesta.
Llamó más fuerte.
—¡Desdemona! Soy Ignatius. Tienes que venir conmigo al refugio. —Probó la puerta, pero estaba cerrada. Miró a ambos lados del callejón mientras más bombas explotaban a lo lejos—. ¡Desdemona!
Maldita mujer.
El gobierno había anunciado por fin la verdad sobre los misiles V-2.
Más de un centenar habían sido lanzados ya contra Londres, que cayeron sin advertencia y lo arrasaron todo en su camino; ningún edificio ni persona estaba a salvo, porque volaban tan rápido que no era posible advertir de ello.
Y aunque las sirenas y los aviones indicaban que se avecinaba un ataque aéreo convencional, los V-2 todavía podían caer en cualquier momento.
Oliver apoyó el hombro en la madera y empujó con fuerza. La puerta se abrió e irrumpió en la tienda de té.
—¡Desdemona!
Buscó por la tienda, en todas partes, y después arriba, donde la mujer tenía la vivienda, solo para asegurarse de que no se había quedado dormida y no había oído las sirenas.
Después bajó rápidamente al sótano. Aunque muchos londinenses preferían refugiarse en casa, como Macklin, él sabía que la mujer tenía reuma y los pulmones delicados y por eso intentaba siempre que fuera al refugio.
Casi nunca accedía a hacerlo, pero aquella era la primera vez que no respondía a su llamada.
La encontró en el sótano. Y ahora era evidente por qué no había abierto la puerta. Estaba muerta, y su muerte no había sido natural. No era una especulación; todavía tenía el cuchillo clavado en el pecho.
Se arrodilló a su lado.
—Dios mío.
La mujer tenía las piernas pesadas y la piel todavía un poco tibia, aunque enfriándose rápidamente. Una explosión que sacudió la tienda de té hizo que el conmocionado Oliver regresara al presente.
Agarró una manta de un pequeño catre en la esquina y cubrió el cadáver. Subió rápidamente los peldaños y salió de la tienda, y corrió por el callejón mientras las detonaciones seguían oyéndose a lo lejos.
Tenía una persona más en su lista, pero la casa en la que vivía estaba vacía.
El hombre debía haberse dirigido al refugio.
Al menos, eso esperaba Oliver. Levantó la mirada de nuevo; el cielo estaba lleno de aviones y las ráfagas de los antiaéreos eran tan intensas que lo que había sido una noche despejada estaba casi opaca por el humo.
Podía oír el fuego rápido de las ametralladoras y el grito de los motores de los aviones, y sabía que eso significaba que había pilotos de la RAF enfrentándose al enemigo a miles de metros de altura.
Mientras corría hacia el refugio, dos aviones se zambulleron de repente en el cielo oscuro. Reconoció que uno era un Beaufighter británico; el otro era un Messerschmitt alemán. El Messerschmitt iba en cabeza, y el avión británico intentaba alcanzarlo.
—¡A por ellos! —le gritó Oliver al piloto de la RAF .
El piloto alemán debió ver al uniformado Oliver, porque dirigió el Messerschmitt en su dirección.
Una abrasadora salva de balas corrió hacia él, obligándolo a lanzarse de cabeza a través de la puerta de cristal de una tienda.
Se deslizó sobre el suelo cubierto de cristales, golpeó un mostrador y se quedó allí tumbado, aturdido, mientras los dos aviones se zambullían sobre la calle a apenas seis metros de altura.
Oliver se levantó y se deslizó sobre los cristales rotos para asomarse a la puerta destrozada.
A lo lejos vio una explosión. No era una bomba; acababa de ver el avión alemán perdiendo el control y estrellándose contra un edificio mientras el Beaufighter se elevaba para volver a cargar contra la flota de la Luftwaffe.
El librero respiró profundamente y se tocó con cautela el brazo dolorido. Antes de esta guerra, jamás habría imaginado que vería dos aviones en pleno combate aéreo sobre las calles de Covent Garden .
Caminó hasta la siguiente calle, giró y un minuto después estaba en el refugio, cerrando la puerta a su espalda. Encontró a Charlie y a Molly, que se habían sentado en una esquina alejada.
—¿Está bien, señor Oliver? —le preguntó Charlie, mirando la ropa sucia y rota del hombre.
—Sí, Charlie, teniendo en cuenta que la alternativa habría sido extremadamente desagradable.
Horas después, cuando el bombardeo terminó, Oliver llevó a los chicos directamente al Bastión de los Libros e hizo una llamada telefónica.
Treinta minutos después, la policía apareció con lo que parecía un médico, cargado con un abultado maletín. Mientras Molly y Charlie observaban, confusos, Oliver condujo a los hombres hasta el interior de la tienda de té.
Cuando la policía se marchó por fin, Oliver regresó a la tienda, donde tanto Molly como Charlie lo acribillaron a preguntas.
Él los tranquilizó, cerró con llave la puerta delantera y condujo a la pareja al despacho.
—De acuerdo, os contaré lo que ha pasado. El hecho es que… Bueno, alguien ha matado a la señora Macklin. Encontré su cuerpo en el sótano cuando fui a buscarla durante el ataque aéreo.
—Joder —exclamó Molly, provocando que Charlie y Oliver la miraran con sorpresa.
—Sí, es bastante impactante —dijo Oliver.
—¿Le robaron? —preguntó Charlie.
—No parecía un robo.
—¿Quién querría hacerle daño? —preguntó Molly.
—No estoy seguro. Los delitos han aumentado en la ciudad desde que comenzó la guerra, sin duda. Quizá pensaron que se había ido a un refugio, pero se topó con ellos y… le hicieron lo que hicieron.
Por alguna razón, Molly miró la estantería y sus ojos se detuvieron en la copia de Jacques de George Sand, la que tenía las páginas cortadas. Era el único libro del estante. Cuando volvió a mirar a Oliver, su mirada se detuvo en ella despacio.
El hombre no parecía nada contento.