Perdido y encontrado
PERDIDO Y ENCONTRADO
— H ola, ¿podría hacerle una pregunta? —dijo Oliver cuando entró en otra oficina de telégrafos en su búsqueda de Charlie.
Arthur Benedict se giró para mirarlo.
—Sí, señor, ¿hay algún problema?
Oliver se acercó al mostrador.
—No. Solo tenía una pregunta sobre los chicos de los telegramas.
La expresión de Benedict se llenó de recelo.
—¿Qué pasa con ellos?
—En realidad, estoy intentando localizar a uno de ellos. Benedict lo miró con cautela de arriba abajo.
—Por qué, ¿se ha metido en algún problema?
—No, no es nada de eso. Es solo que su madre ha regresado a la ciudad y no hemos conseguido localizarlo. Sabemos que trabaja como mensajero, con los telegramas, pero nada más.
—No lo entiendo. ¿No estaba en casa?
—Esa es la cuestión. No estaba en casa y su madre está muy preocupada por él.
—¿Cómo se llama?
—Charlie Matters.
—No, no tengo aquí a ningún chaval con ese nombre.
Oliver se inclinó un poco hacia él y comenzó a hablar en tono confidencial.
—La cuestión es que el chico podría estar usando un alias. Benedict palideció.
—¡Un alias! ¿Qué es, algún tipo de delincuente?
—No, pero verá, las cosas no eran precisamente alegres en casa. Su madre tuvo que marcharse al campo para ocuparse de su hermana enferma y…
—¿Y al chaval no le gustó eso?
—Así es. En realidad, fue un desastre total. Pero ella quiere que vuelva a casa y está desesperada por encontrarlo.
Benedict sacó un papel de un cajón.
—Bueno, aquí hay una lista de todos mis chicos.
Oliver le echó un ojo a la página hasta detenerse en Ignatius Oliver.
—¿Ve a alguien a quien reconozca?
—Sí. Es este. —Oliver señaló el nombre.
—¿Ignatius? Es un buen chaval. Uno de los mejores que tengo. Trabaja mucho y tiene buena mano.
—Sí, así es.
—Seguramente no volverá hasta dentro de varias horas.
—Le diré qué, vamos a darle una sorpresa al joven Ignatius . Cuando regrese, ¿podría enviarlo a entregar un telegrama?
—Bueno, señor, nos dedicamos a eso.
—Por supuesto.
Oliver rellenó el formulario del telegrama y pagó la cantidad exigida.
—Se entregará en algún momento de esta tarde, señor. Digamos alrededor de las cuatro.
—Espléndido. —Oliver le entregó a Benedict una corona—. Que sea el último mensaje del día para él, ¿puede ser? Para que su madre pueda pasar tiempo con él, y arreglar las cosas.
Benedict agarró la moneda y se la guardó en el bolsillo.
—Seguro, señor, seguro.
—Su madre estará encantada. Pero ni una palabra, ¿eh?
—Como quiera, señor. Mamá manda.
—Molly, querida, ¿estás bien? —le preguntó la enfermera Tweedy.
—¿Qué? —replicó una distraída Molly, sin aliento.
—Estás enrollando las vendas sucias. Las limpias están en ese contenedor.
—Ay Dios, lo siento mucho.
Molly volvió a meter las vendas sucias en el contenedor adecuado y se lavó las manos concienzudamente en el lavabo.
—¿Estás segura de que estás bien? —le preguntó Tweedy.
—Bueno, lo cierto es que he recibido una mala noticia sobre un miembro de la familia, y supongo que estaba pensando en eso. No volverá a ocurrir, lo prometo.
—No pasa nada. Todos somos humanos. ¿Hay algo que yo pueda hacer?
—No, enfermera jefe. Ojalá lo hubiera, pero no lo hay.
—¿Necesitas algunos días para ocuparte de todo?
—No, prefiero trabajar. Ahora estamos muy ocupados, y me ayuda a dejar de pensar en otras cosas.
—Sin duda. Como desees.
Tweedy la dejó allí y Molly empezó a enrollar las vendas limpias, pero no dejaba de pensar en su padre, el supuesto asesino.
Ahora todo tenía sentido: que su padre se marchara como lo había hecho, que no se hubiera puesto en contacto con ella.
La imagen mental de su padre subiendo los peldaños del patíbulo le provocó náuseas.
Apartó las vendas enrolladas y se tapó la cara con las manos.
Estaba claro que había perdido a su querido padre. ¿Y su madre? En un sanatorio, con una enfermedad mental. Había pasado algún tiempo y el doctor Stephens todavía no le había escrito una respuesta. Se preguntó si lo haría alguna vez. Quizá no estaba dispuesto a compartir información con una niña.
Pero no soy una niña. Soy enfermera auxiliar. Estoy haciendo mi parte. Y ella es mi madre.
Después del encuentro con el comandante Bryant, había corrido escaleras arriba, se había lanzado sobre la cama y había agarrado una buena llorera. O una mala, mejor dicho. Tan mala, de hecho, que había estado a punto de dejar de respirar.
Contrólate, Molly , se había dicho a sí misma después. Esto no sirve de nada. Las lágrimas no cambiarán nada .
El señor Oliver había hecho todo lo posible por animarla, pero había sido una tarea imposible. Su vida, tan perfecta antes de la guerra, estaba ahora totalmente destruida, tan reducida a escombros como su antiguo hogar.
Pasó el resto de la mañana atendiendo a los pacientes, con cuidado de no cometer más errores. Las salas estaban llenas, los heridos eran graves y el dolor que soportaban era abrumador para todos ellos, pacientes y cuidadores.
Se ocupaba de Lonzo cada día, esperando que pudiera contarle algo sobre Charlie. Pero, aunque a veces estaba consciente y podía comer y beber un poco, parecía confuso y ni siquiera parecía reconocerla.
Aquella tarde se apresuró al Bastión de los Libros para recibir el correo vespertino, algo que había empezado a hacer después de escribir su carta al doctor Stephens.
Oliver le había dado una llave, y abrió la puerta y recogió las cartas que el cartero había metido a través de la ranura.
Reparó en que una de ellas tenía su nombre en el destinatario.
Entonces contuvo el aliento. ¡Era del Instituto Benéfico!
La abrió con impaciencia y la leyó ante el mostrador.
El doctor Stephens le agradecía su carta y sentía decirle que la condición de su madre se había deteriorado rápidamente hacía poco.
Mientras leía la carta, Molly se sintió todavía más desanimada. El doctor Stephens no parecía tener muchas esperanzas.
Me temo que sus trastornos son profundos y complicados y, a pesar de ciertos tratamientos, no hemos conseguido hacer ningún avance.
También está experimentando algunos males internos graves, y lo cierto es que no sabemos cuánto más vivirá.
Siento tener que decirle esto, señorita Wakefield, pero creo que debe saberlo.
Atentamente,
Molly dobló la carta con cuidado y volvió a guardarla en el sobre.
Regresó a la clínica, aturdida, y se topó con alguien de uniforme en la puerta delantera.
—¡Charlie! —gritó, con una enorme sonrisa. Lo abrazó.
—¡Mo… Molly! —exclamó Charlie mientras ella lo abrazaba con fuerza—. ¿Qué haces aquí?
—Trabajo aquí.
Oliver dobló la esquina del edificio, sonriendo.
—Ignatius Oliver, el chico del telégrafo, ¿eh, Charlie?
—¿Cómo se ha enterao ? —preguntó un asombrado Charlie.
Oliver le explicó lo que había hecho, y que Charlie tenía el resto del día libre.
—Tienes que volver a casa con nosotros, Charlie —le pidió Oliver.
—No puedo. Ese poli…
—Charlie, tu amigo Lonzo está en la clínica —le dijo Molly—. Parece que le dieron una paliza.
—¡Una paliza! ¿Puedo…? ¿Puedo verlo?
—Sí, pero me temo que podría no reconocerte.