Lo siento, eddie
LO SIENTO, EDDIE
C harlie pedaleó a través de la oscuridad hasta su nuevo «hogar».
Estaba en el sótano de un edificio parcialmente derrumbado cerca de la oficina de telégrafos, junto a una calle que en el pasado había sido una bulliciosa avenida pero que había entrado en un tranquilo periodo de latencia durante la guerra.
Bajó los peldaños con su bicicleta y abrió la puerta. Un letrero pintado advertía del peligroso gas venenoso del interior. Había encontrado el letrero en una papelera junto al río y había supuesto que sería un buen modo de mantener a los curiosos lejos de su escondrijo.
Para cenar tenía pan, queso, una porción de salchicha frita que le había comprado a Peter Duckett por un par de peniques, una zanahoria cruda y un vaso de agua de una manguera exterior.
Después desplegó con cuidado el papel encerado y miró el bizcocho con pasas, popularmente conocido como Pastel de Guerra.
Calculó con cuidado un trozo del tamaño de la uña de su pulgar y le dio un bocado, y después otro, dejando que la masa dulce reposara en su boca hasta que su saliva casi la hacía desaparecer.
Creía que llevaba azúcar de verdad. Envolvió el resto y lo guardó en su bolsa.
Se lo había comprado a una dependienta de Sainsbury con parte del dinero del kilometraje.
Antes de la guerra, Charlie se había comido un trozo de galleta rellena de naranja y había creído que nada podía mejorar eso.
Pero el Pastel de Guerra se le acercaba, aunque solo fuera porque sus expectativas habían disminuido.
Eran más de las diez y tenía las piernas cansadas de pedalear. Todavía le dolía la cara, pero la joven mujer que le había pegado había perdido a su marido. Sus heridas sanarían; las de ella, suponía que nunca lo harían.
Charlie se tumbó en su cama y agarró el diario y la pluma que Oliver le había regalado. Abrió el diario y miró las palabras que Lonzo había escrito en las guardas.
«Losento, Edi».
Sí, lo siento, Eddie , pensó Charlie. Tú deberías estar aquí, colega .
Había llenado ya muchas páginas del diario.
Habitualmente escribía por la noche, ya que para él el sueño nunca llegaba fácilmente.
A la luz de las velas, con los sonidos de la ciudad al otro lado de la puerta, Charlie solía escribir durante mucho tiempo, como si necesitara desesperadamente sacarse las cosas de la cabeza y ponerlas en el papel, donde quizá podría entenderlas mejor.
Cuando terminó, leyó lo que había escrito y no descubrió nada excepcional entre la mala ortografía.
Es que tú no eres especial, Charlie, das una pata y salen veinte como tú. To el mundo lo dice, menos la abuela y mamá. Y ellas están muertas. Así que…
Suponía que el señor Oliver y Molly pensarían que tenía algo de especial.
Después de la muerte de la abuela, habría estado perdido sin la ayuda de Molly.
Y juntos habrían terminado viviendo en la calle o los habrían metido en un orfanato sin la ayuda del señor Oliver.
Los tres juntos parecían tener una oportunidad de conseguirlo.
Y, no obstante, ya no podía estar con ellos.
Y eso le dolía más de lo que esperaba. Siempre había asumido que se las apañaría solo, pero suponía que a la gente no se le da bien estar sola, al menos no siempre.
A través de una escalera interior, se aventuró a la parte superior del edificio dañado.
Desde allí, Charlie miró una ciudad compuesta por partes muy distintas entre sí, como si en realidad fueran varios países unidos al azar.
Podía pasar por delante del Palacio de Buckingham siempre que quisiera, pero nunca le permitirían entrar en él.
Y los hombres con trajes y elegantes automóviles podían ir al East End y echar a la calle a alguien que se hubiera retrasado con el alquiler, pero esos hombres nunca serían aceptados o apreciados o respetados en el East End.
La guerra había unido un poco a la gente, pero eso no duraría, pensó Charlie.
Después las cosas volverían a lo de siempre y, como siempre, él se quedaría con el cabo corto de casi todo.
A menos que todos terminemos hablando alemán.