Extraños en el tiempo Los ángeles de la muerte
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Los ángeles de la muerte

LOS ÁNGELES DE LA MUERTE

C harlie cruzó el puente hacia Clapham en su bicicleta y pasó junto al famoso parque.

Estaba nervioso, porque serían casi trece kilómetros pagados en una sola entrega.

Giró en una calle estrecha y, contando los números, se detuvo delante de una pequeña casa de ladrillo con las persianas oscuras detrás de una verja de hierro forjado que se parecía mucho a las vecinas que la flanqueaban.

El chico se bajó de la bici, atravesó la verja y corrió a la puerta delantera. Tenía muchos más mensajes que repartir, y el día estaba avanzando.

Llamó a la puerta con los nudillos y esperó. Luego oyó el repiqueteo de unos tacones y la puerta se abrió, revelando a una mujer de veintipocos años con un suave cabello castaño y los ojos grandes y brillantes. Llevaba un vestido verde oscuro por debajo de la rodilla.

—¿Sí? —le preguntó.

—Telegrama, señora —dijo Charlie—. ¿Es usted Eleanor Drews?

—Sí, soy yo.

Charlie le entregó el sobre.

Ella lo abrió, miró con nerviosismo sobre su hombro y comenzó a leer.

—¿Quiere enviar una respuesta, señora? —le preguntó Charlie.

Drews gritó, le lanzó el mensaje y comenzó a darle golpes y bofetadas. A Charlie se le cayó el gorro, en la oleada de golpes, y retrocedió. Perdió el equilibrio y estuvo a punto de caerse del porche.

La mujer le golpeó la mejilla y lo tiró al suelo; Charlie notó que la piel empezaba a hinchársele. Drews retrocedió, tambaleándose, y miró horrorizada al magullado y maltrecho Charlie. Puso los ojos en blanco, soltó un gemido grave y se desmayó en la entrada.

Charlie, jadeando, se levantó y la miró, incapaz de procesar lo que acababa de pasar.

—¿Señora? —Se arrodilló y le tocó el brazo—. Señora, ¿está bien? —Miró más allá de la puerta abierta—. Hola, ¿hay alguien? Hola, aquí necesitamos ayuda. ¡Ayuda!

Oyó pasos apresurándose hacia él y una mujer mayor salió de la casa de los Drews.

—¡Ellie! —exclamó.

Se acercó rápidamente, se arrodilló y le agarró la mano a la otra mujer. Miró a Charlie con severidad.

—¿Qué ha pasado? ¿Qué le has hecho, niño?

El asustado Charlie retrocedió.

—Yo no he hecho na. Solo le he dado un telegrama y ha empezado a pegarme.

La mujer se fijó en su uniforme de mensajero y contuvo el aliento. Miró a su alrededor y vio el papel allí donde Drews lo había soltado. Lo agarró, leyó las escasas líneas y lo tiró de nuevo. Estaba pálida y le temblaba las extremidades.

—¿Josh? —llamó al interior de la casa—. ¡Josh! Ven, rápido.

Un hombre de su edad llegó corriendo a la puerta, con una pipa en la mano.

—¿Qué pasa…? Oh, Dios mío. Ellie.

Se apresuró a ayudar a la mujer.

—¿Qué ha pasado?

—Ha llegado un mensaje —dijo la anciana, señalando a Charlie—. Me temo que es Bill. Lo peor.

—Oh, por Dios santo.

A aquellas alturas, Drews estaba volviendo en sí. La ayudaron a levantarse y la condujeron de nuevo dentro, dejando la puerta abierta a su espalda. Al parecer, habían olvidado que Charlie seguía allí.

El chico se levantó, recuperó su gorro y agarró el arrugado mensaje.

DEL MINISTERIO DEL AIRE 77 OXFORD ST W 1 PC 687

LAMENTAMOS INFORMAR QUE SEGÚN

INFORMACIÓN RECIBIDA A TRAVÉS DE LOS

CANALES DE CRUZ ROJA INTERNACIONAL SU

ESPOSO F/SGT WILLIAM EVERETT DREWS

PERDIÓ LA VIDA LA NOCHE DEL 30/10/44

COMO RESULTADO DE OPERACIONES AÉREAS

STOP CONSEJO DEL AIRE EXPRESA SUS

SINCERAS CONDOLENCIAS STOP PRONTO

RECIBIRÁ NOTIFICACIÓN POSTAL STOP…

Charlie dobló el telegrama despacio, cerró la puerta delantera y deslizó el papel con cuidado a través de la rendija. Volvió a su bicicleta y pedaleó puente a través de vuelta a la City.

Aunque otros mensajeros le habían advertido al respecto, aquel era el primer «telegrama de muerte» que entregaba. Se preguntó si su madre habría recibido un mensaje así cuando su padre murió.

Lamentamos informar que el soldado Robcrt Charles Matters perdió la vida como resultado de… STOP .

Su madre nunca le había contado que había recibido un telegrama así, pero debió hacerlo, pensó Charlie. No obstante, era evidente que había evitado que él lo descubriera hasta el día en el que se sentó con él y le habló del sacrificio que su padre había hecho.

—Fue un héroe, Charlie. Todos los soldados lo son. Él luchó por ti y por mí, y por la abuela y el abuelo. Te quería muchísimo y tenía muchas ganas de venir a casa y estar con nosotros, pero… no pudo. Pero nosotros siempre lo recordaremos, a él y lo que hizo para mantenernos a todos a salvo.

Solo después de la muerte de su madre, Charlie pensó de verdad en lo que ella le había dicho ese día.

Su padre era un héroe. Había entregado su vida por ellos.

Nunca regresaría a casa. Pero ellos nunca lo olvidarían.

Lo único que hacía soportable algo de aquello, al menos en el caso de Charlie, era que tenía media docena de amigos en el East End que también habían perdido a sus padres en la guerra.

Sus madres habían recibido ese telegrama, todas ellas.

Así que Charlie no estaba solo en su pérdida, aunque a menudo sentía que lo estaba.

Terminó sus entregas del día, fijándose antes en si alguno más procedía de las delegaciones de servicio. Por suerte, ninguno lo hacía. Pero el día siguiente fue otro día de condolencias a repentinas viudas y huérfanos.

Era el final de otra semana, así que cobró su sueldo, con un buen extra porque a Arthur Benedict le caía bien y él era un buen trabajador con destreza y talento para conseguir más encargos.

En su tiempo libre se había acostumbrado a detenerse ante el Savoy, donde estaban los periodistas norteamericanos.

Estos siempre estaban enviando telegramas, y los redactaban con bastante despreocupación.

Todos los americanos, al parecer, eran ricos.

Y Charlie había entrado en el hotel en varias ocasiones para ver a la gente elegantemente vestida comiendo en mesas con manteles de lino y siendo servida por personal de aspecto adecuado.

¿Y la comida que se llevaban a la boca? Charlie ni siquiera sabía que comida así existía.

Recordó que la abuela le había contado que allí servían caviar y entremeses , aunque él ni siquiera sabía qué era aquello.

—Te veo por la mañana, Ignatius —dijo Benedict mientras metía en la caja registradora el dinero que Charlie había reunido. Después se fijó en el rostro golpeado del chaval—. Por Dios, ¿qué te ha pasado? ¿Te has caído de la bici?

Charlie lo miró.

—¿Todos esos telegramas dicen lo mismo, señor Benedict?

Benedict lo miró con extrañeza.

—¿De qué telegramas estás hablando, hijo?

—Los… Los que… avisan a la familia de que su… de que el soldado ha muerto.

Benedict cerró la caja registradora y se acercó a Charlie.

—¿Has entregado uno de esos telegramas? Hoy había algunos en el reparto.

Charlie asintió.

—¿Así te has hecho eso, entonces? Supongo que debería habértelo dicho, pero creo que temía que no quisieras repartir esas malditas cosas, y hay que entregarlas. Las familias tienen que saberlo.

Charlie lo miró sin decir nada.

—Sí, bueno. El hecho es, Ignatius, que hay tantos mensajes…

así… que… bueno, el gobierno al parecer cree que es…

necesaria cierta uniformidad. —Miró a Charlie con nerviosismo—.

En otras palabras: sí, todos dicen más o menos lo mismo, cambiando los nombres, por supuesto.

—Se detuvo—. Tu padre… Dijiste Dunquerque. Entonces, ¿tu madre recibió… uno?

Charlie ya no estaba escuchando. Se giró y se marchó, dejando a Benedict mirándose las manos incómodamente.