Secretos
SECRETOS
U nos minutos después, Oliver se asomó al despacho. Bryant seguía sentado tras el escritorio. Parecía perturbado.
—Veo que no ha ido muy bien —comentó Oliver, preocupado.
—Podríamos decir eso, sí, y mucho más.
Oliver cerró la puerta y se sentó frente al comandante.
—¿Qué delito cometió?
Bryant se lo contó.
—Caramba, yo pensaba que tendría algo que ver con dinero. —Miró a Bryant—. Pero, ¿soldados británicos? Eso explica por qué estáis interesados. ¿Qué pruebas tenéis? ¿Y por qué habría hecho eso?
—Como prueba tenemos una carta suya en la que admite su culpabilidad.
—¿Qué?
—Sí, es bastante increíble.
—¿Dice en ella cuál fue la razón? —preguntó Oliver.
—Solo que, si nosotros no hacíamos justicia, la haría él.
—¿Sabes a qué se refería con eso?
—Ni por asomo. Ignatius, ¿es posible conseguir una taza de té en esta librería?
—Sabes que va contra las normas gubernamentales tomar té por la mañana, pero puedo proporcionarte una sencilla y asquerosa taza de lo que el gobierno considera que es café.
Bryant lo fulminó con la mirada.
—Molly se ha quedado en una situación muy difícil —comentó Oliver con seriedad—. Está haciéndolo lo mejor que puede, pero no ha sido fácil.
Bryant asintió.
—Un padre asesino a la fuga, una madre en el manicomio y una casa que ahora es un montón de escombros. Sí, bastante difícil, diría yo. Mira, haré que el Ministerio de Sanidad te quite a la chica de encima. De hecho, debería haberlos traído conmigo.
Oliver se inclinó sobre la mesa, con expresión tensa pero concentrada.
—Consideraría un gran favor personal que no hicieras nada parecido, Scott. De verdad.
El hombre lo miró con sorpresa.
—¿Qué pasa?
—Es vulnerable y está dolida y confusa. Y también está ayudando al esfuerzo bélico con sus extraordinarios conocimientos de enfermería. Creo que deberíamos permitir que Molly siga tal como está. Puede quedarse aquí.
—Pero ni siquiera tiene dieciséis años.
—Es más madura que muchos adultos a los que conozco.
Bryant lo observó con atención.
—¿Es la hija que nunca tuviste, Ignatius? ¿De eso va todo esto?
—Va de dejar que alguien cumpla con su deber hacia el país mientras intenta lidiar con una tragedia personal secreta. Yo diría que puede hacer eso mucho mejor aquí que en un orfanato.
—Tu hermano y tú estuvisteis un tiempo en un orfanato, si no recuerdo mal.
—Sí.
—Y él es un cirujano competente, y tú no has salido mal.
—Nos ha ido bien a pesar de nuestras circunstancias, no debido a ellas. —Miró con esperanza al comandante—. Bueno, ¿podrías dejar las cosas así? ¿Por favor?
Después de unos minutos de reflexión, Bryant dijo:
—Como favor a un antiguo amigo, puedo hacerlo. —Miró el despacho—. ¿Alguna vez piensas en los viejos tiempos en la universidad?
—No demasiado a menudo, no. Tengo otras cosas en las que ocupar mi tiempo —contestó Oliver—. Ya sabes, como la guerra.
El comentario hizo sonreír levemente a Bryant.
—Fue una suerte que los alemanes no se limitaran a bombardear el East End. De lo contrario, habría sido el caos social, pobres contra ricos, ese tipo de cosas. Pero lo bombardearon todo.
—Lo que, por supuesto, nos unió —dijo Oliver—. Algo de lo que he sido testigo de primera mano en mis rondas.
—¿Y cómo va lo de la vigilancia antiaérea?
—Últimamente bastante bien.
—Por desgracia, se avecinan días oscuros.
—Oh, ¿en serio? —preguntó Oliver sin emoción.
—Supongo que ya sabrás lo de los misiles V-1 de los alemanes. Empezaron a lanzárnoslos este verano. El primero cayó en la costa de Kent, pero Londres también ha sido objetivo de sus ataques.
—¿Las bombas volantes? Sí, he llegado a ver una o dos de esas malditas cosas zumbando por el cielo.
—Están hechas con láminas metálicas y contrachapado.
Pueden volar a seiscientos kilómetros por hora y llevar una carga explosiva de casi una tonelada.
Mataron a casi seis mil personas en el sur de Inglaterra.
No pueden llegar al norte; tienen un alcance limitado.
Pero hemos descubierto que, al inclinar bruscamente un avión mientras vuela cerca de los V-1, podemos alterar su trayectoria y conseguir que esas malditas cosas se estrellen contra el suelo.
Oliver observó con atención los rasgos tensos de su amigo.
—Supongo que a los alemanes se les habrá ocurrido otra cosa preocupante.
Bryant se inclinó hacia adelante y bajó la voz.
—¿Has oído rumores del programa V-2?
—No, no puedo decir que sí.
—Bien, no es necesario asustar a la población.
—Por favor, siéntete libre de asustarme a mí —dijo Oliver alegremente.
—Es un nuevo tipo de bomba que los alemanes están preparándose para lanzarnos.
—Pensaba que ya tenían demasiadas de esas.
—Como las V-l, estas bombas no se lanzan desde un avión.
Tienen su propio sistema de propulsión y de orientación avanzada, giroscopios internos, timones externos, cosas así.
Son misiles de trece toneladas, en realidad, y esas malditas cosas pueden volar cientos de kilómetros en una hora, con una carga de un millar de kilos.
Los lanzarán desde la costa holandesa. Caerán aquí, por supuesto, y quizá también en Birmingham y Coventry, si tienen alcance suficiente.
—Y justo cuando pensaba que las cosas iban maravillosamente bien. Entonces, ¿cuándo las lanzarán?
Bryant parecía nervioso.
—No debería decirte esto, pero…
Oliver parecía expectante.
—Ya las han lanzado. Pero nosotros… Quiero decir, el gobierno, ha declarado que son explosiones de gas. No quieren que la gente entre en pánico, ya sabes.
Oliver no parecía complacido.
—Sí, ya sé.
—Lo único bueno es que nunca oyes llegar a esas malditas cosas, y que estás muerto antes de darte cuenta.
—Qué consolador.
Bryant examinó con atención a su antiguo amigo.
—¿Alguna vez te arrepientes de no haber ido a trabajar a Bletchley, Ignatius?
Te tenían muchas ganas, ¿sabes? Les habría venido muy bien tu cabeza para los números y los puzles.
Tu artículo sobre criptografía que detallaba las posibilidades de las divisiones de trabajo independientes con un propósito compartido y gente de muchos orígenes y capacidades intelectuales distintas fue una de las razones por las que iniciaron un programa como el de Bletchley, para empezar.
«Poetas y físicos», creo que lo llamaste.
—Cuidado, comandante, no querrás quebrantar la Ley de Secretos Oficiales.
—Como yo mismo insistí en recomendarte, sé que te hicieron trabajar allí —contestó Bryant—. Y podrías haber ayudado en la guerra mucho más efectivamente que siendo un vigilante antiaéreo.
—Bueno, tenía que pensar en Imogen.
—Pobre Imogen —dijo Bryant, sin mirarlo.
—Sí, pobre Imogen —repitió Oliver, mirando la página en blanco enrollada en la máquina de escribir Crown.