El rugido del ministerio de guerra
EL RUGIDO DEL MINISTERIO DE GUERRA
E ra sábado, y Molly tenía el día libre, aunque tendría que trabajar el domingo.
Había planeado levantarse temprano y hacerle el desayuno a Oliver, pero él llegó antes que ella hasta la sartén y la tetera.
Ya le había contado que Charlie había estado mirando a través del cristal, y que Macklin lo había visto con un uniforme de mensajero.
—Eso sin duda estrecha mi búsqueda —había dicho Oliver—. Ojalá hubiera hablado con nosotros.
—Seguramente teme metemos en problemas.
—Sin duda.
El librero estaba junto a la hornilla blandiendo una sartén.
—¿Un huevo de verdad frito, panceta y jamón te suena bien? —le preguntó—. Y un vaso de leche fría. No condensada ni en polvo, ¿eh? El líquido que sale de las vacas de verdad.
Molly parecía asombrada.
—¿Panceta y jamón? ¿Y un vaso de leche de verdad? ¿Y un huevo de verdad? ¿En una sola comida?
Desde que comenzó a vivir allí, la expectativa de Molly respecto a la comida se había visto radicalmente alterada.
—Nuevas raciones para la semana y un poco de incertidumbre. Quiero decir, ¿por qué no?
—Suena genial. Si cree que no será demasiado.
—Me gustaría poder proporcionarte mucha más comida, Molly, sobre todo con el trabajo tan importante que haces.
Las tropas tienen comida fresca y caliente en las cocinas cuando están en las bases.
En el frente eso no es posible. Tienen que depender de las latas de conservas de Bully Beef y cosas así.
Bueno, yo creo que tú formas parte del personal bélico, y por tanto creo que deberías alimentarte adecuadamente.
—Y usted también, por su trabajo durante los ataques aéreos.
Oliver sonrió.
—Bueno, entonces yo también tomaré un poco de panceta y de jamón.
Se sentaron y comieron. Molly se metió en la boca un poco de huevo y lo miró con interés.
—¿Sabe? Los tres hemos perdido a gente a la que queríamos. Charlie, usted y yo.
—La muerte de tu niñera fue realmente trágica, pero tu padre podría regresar. Y tu madre está en Cornwall.
—Dudo seriamente de que mi padre regrese a casa alguna vez, señor Oliver, si los cargos que hay contra él son ciertos. Y podría no estar ni siquiera vivo.
Aquella era una afirmación que Molly ni siquiera podría haber pensado en pronunciar poco tiempo antes. Pero, después de todo lo que había pasado, parecía que lo más lógico era enfrentarse a las posibilidades reales que la vida te lanzaba.
—Podría no estarlo —asintió Oliver.
—En cuanto a mi madre, he investigado los términos médicos que aparecían en las cartas del Instituto Benéfico usando los libros que hay en la clínica. Es extremadamente improbable que alguna vez se recupere del todo.
—Siento mucho oírlo.
—Pero, si no me hubiera topado con Charlie, y si ambos no lo hubiéramos encontrado a usted, no sé qué habría sido de nosotros.
—Yo puedo decir lo mismo, Molly. Mi vida ha sido muy solitaria.
He estado solo durante casi un año. Con…
con los recuerdos de Imogen. Ahora veo que esa no era la manera más sana de vivir.
Y fuisteis Charlie y tú quienes me ayudasteis a darme cuenta de ello.
De que tenía cosas que ofrecer, nuevas amistades que descubrir.
Quiero decir, si la vida no tiene todo eso, ¿qué sentido tiene existir, en realidad?
—Por favor, no diga ahora que eso fue algo que Imogen le dijo.
Él sonrió con satisfacción.
—No. En realidad, eso es mío.
El tintineo de la campanilla interrumpió el agradable desayuno unos minutos después.
Oliver miró su reloj.
—Me pregunto quién podría ser a esta hora, un sábado.
Atravesaron la cortina y se detuvieron en seco.
A través de la ventana podían ver a un hombre con uniforme militar al otro lado de la puerta.
—¿Ha…? ¿Ha muerto alguien? —preguntó Molly con voz temerosa.
—Es mi amigo del Ministerio de Guerra, el comandante Scott Bryant. Al que le escribí la carta sobre tu padre.
Oliver dejó entrar a Bryant.
El comandante era alto, con los hombros anchos e inflexible postura, un bigote cuidado y un apretón de manos firme que ofreció tanto a Oliver como a Molly. Llevaba guantes, y un maletín y su gorra oficial debajo del mismo brazo.
—¿Qué puedo hacer por ti, comandante? —le preguntó Oliver.
—Me gustaría hablar con la señorita Wakefield.
Oliver parecía sorprendido.
—¿Cómo sabías que estaba aquí? No puse eso en mi carta, solo que preguntaba en su nombre.
—Por favor, Ignatius, es mi trabajo saber esas cosas.
—¿Ha encontrado a mi padre? —le preguntó Molly—. Sé que en la carta decía que había cometido algunos delitos, pero eso no puede ser cierto.
—¿Vamos al despacho? —sugirió Oliver en voz baja.
—El hecho es, Ignatius, que preferiría hablar con la chica a solas.
Oliver miró a Molly.
—¿Te parece bien?
Ella asintió.
Oliver abrió el despacho y los invitó a entrar antes de cerrar la puerta.
Bryant miró a su alrededor y tomó asiento al otro lado del escritorio.
—Siéntate —le pidió con brusquedad.
Ella lo hizo y esperó con expectación mientras Bryant abría su maletín y sacaba una carpeta.
—¿Cuándo fue la última vez que viste a tu padre? —le preguntó con tono cortante.
—Cuando me dejó en el tren que me llevaría al campo en 1939 —respondió ella de inmediato.
—¿Y fuiste sola?
—Sí. Mi madre no estaba… en condiciones, y mi padre estaba trabajando.
—¿Te escribía?
—Muy de vez en cuando.
—¿Tienes esas cartas? —le preguntó Bryant.
—Las traje conmigo, pero nuestra casa fue bombardeada. Se quemaron todas.
—Es una pena.
—¿Por la casa, o por las cartas? —replicó Molly con frialdad.
—Por ambas cosas, por supuesto.
—¿Por qué me pregunta por las cartas?
—Podrían haber contenido algo con lo que pudiéramos trabajar —le dijo.
—Eran solo las cosas normales que un padre escribe a su hija.
—Ya —replicó el comandante, echándole una mirada de recelo.
—¿También abrieron la carta de mi niñera? Ella me dijo que…
—Es el procedimiento estándar —replicó Bryant. Abrió la carpeta y la hojeó con una despreocupación que estaba irritando a Molly—. Te hemos estado siguiendo, ¿lo sabías?
—Sí, o al menos lo sospechaba. Pero después el señor Oliver me lo confirmó.
—Sí, ¿eh?
Molly temió de repente haber metido a Oliver en problemas, pero Bryant continuó:
—También hablamos con los Cooper, en la localidad en la que vivías a las afueras de Leiston.
—¿Por qué?
—Para saber si tu padre había ido a visitarte allí.
—Yo podría haberles dicho que no lo hizo —contestó Molly.
—Pero él podría haberte dicho que no nos lo contaras.
—Yo no mentiría por nadie, ni siquiera por mi padre.
Molly sabía que lo había hecho por Charlie, con la señora Macklin y el inspector Willoughby, pero eso, en su mente, no contaba.
El comandante la examinó.
—Bueno, me alegro de oír eso, pero no podíamos arriesgarnos.
—¿Por qué piensa que cometió un delito?
Bryant miró la carpeta.
—Tu madre está en el Instituto Benéfico de Cornwall. —No era una pregunta.
—Yo no he estado allí, pero me han dicho que se encuentra en esa institución.
—¿Quién?
—Mi niñera, la señora Pride. Murió en el bombardeo que destruyó mi casa. Pero he leído las cartas que el médico le envió a mi padre.
—¿Se perdieron también esas cartas en el bombardeo?
—Sí —contestó Molly.
—¿Recuerdas el contenido? Lo que sea.
—Yo… Recuerdo que decía que sufría fobia social y neurosis. Son enfermedades mentales, según he descubierto después.
—Deberías saber que también estuvimos en el Instituto.
—¿Qué? ¿Por qué?
—Para saber si tu padre había estado allí antes de desaparecer.
—¿Y lo estuvo?
—No puedo darte esa información.
—¿Vio…? ¿Vio usted a mi madre?
Él la miró, con rasgos menos severos y más empáticos.
—Sí, señorita Wakefield, muy brevemente. Por desgracia, no estaba en estado de contestar a nuestras preguntas.
—En… Entiendo. —Molly bajó la mirada. Su ánimo había caído hasta el suelo.
—Tengo entendido que eres auxiliar de enfermería. Un poco joven para eso, ¿no?
—La guerra hace que todos maduremos más rápido —fue la tensa respuesta de Molly.
Bryant sonrió.
—En su carta, Ignatius decía que eras muy madura para tu edad.
—Por eso puedo comprender los asuntos complicados, como la situación de mi padre.
La sonrisa de Bryant desapareció mientras apoyaba los codos en la mesa y se inclinaba hacia adelante.
—Me temo que no hay mucho que pueda contarte.
—Pero eso implica que hay algo que puede contarme.
—¿Ha contactado tu padre contigo de algún modo desde tu regreso?
—No, no he sabido nada de él.
Bryant se echó hacia atrás.
—Tu padre trabajó para nosotros durante muchos años, incluso antes de la guerra. E hizo un trabajo excelente, de hecho. Era un hombre valiente e ingenioso.
—¿Trabajaba para ustedes?
—Para Inglaterra, en realidad.
—Sé que viajaba mucho fuera del país cuando yo era pequeña.
—Sí, estaba en una misión. Su tapadera, al principio, eran los negocios, ¿sabes?
Transacciones internacionales, dinero, ese tipo de cosas.
Después le dieron un puesto en el Ministerio de Alimentación para que siguiera trabajando para nosotros.
Era una tapadera, por supuesto. En realidad, nunca trabajó allí.
Pero después dejó de colaborar con su país.
—No lo entiendo.
Bryant tomó aire profundamente.
—No pretendo inquietarte sin necesidad, pero lo diré sin rodeos: tu padre asesinó a tres soldados británicos a sangre fría.
Molly lo miró durante un momento incómodamente largo antes de echarse a llorar. Salió corriendo de la habitación, pasó junto a un sorprendido Oliver y huyó tras la cortina.