Extraños en el tiempo Exhibición de franqueza
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Exhibición de franqueza

EXHIBICIÓN DE FRANQUEZA

M olly, con el permiso de Oliver, había usado la máquina de escribir de Imogen y el papel del Bastión de los Libros para escribirle una carta al doctor Thaddeus Stephens, del Instituto Benéfico.

Oliver le dio algunos consejos después de leer los distintos borradores escritos a mano, hasta que ella estuvo segura de haber dado con el tono adecuado.

Llevó la carta al correo por la mañana temprano y regresó caminando hasta la tienda para prepararse para el trabajo.

Antes, le había contado a Oliver que Lonzo Rossi estaba en la clínica.

—Dios mío, yo ayudé a llevarlo allí aquella noche —le había dicho él—. Me pareció que lo conocía, pero no recordaba de qué.

—La enfermera jefe dice que parece que le dieron una paliza.

—Sí. La cuestión es que el inspector me dijo que tenían a Lonzo detenido.

—¿Cree que podría haberse escapado?

—No se me ocurre cómo —contestó Oliver.

—Pero, entonces, ¿cómo se hizo…? —Hizo una pausa y después exclamó—. La policía no podría… ¿verdad?

Oliver la miró con incomodidad.

—Antes de la guerra, Molly, había ciertas cosas que nunca habría creído posibles. Pero, después de todo lo que he visto, me temo que ese ya no es el caso.

Molly pensó en lo que le había pasado a su madre en el refugio.

—Supongo que a mí me pasa lo mismo. —Y añadió, repentinamente horrorizada—: No creerá que… que Charlie…

—No lo sé, Molly. No lo sé.

Molly salió de su deprimente cavilación y miró un momento por la ventana.

—Su amigo, el del Ministerio de Guerra…

—¿El comandante Bryant?

—Debió equivocarse sobre mi padre. No puede ser un criminal. —Estaría de acuerdo contigo, Molly, pero conozco a Bryant. Él no suele hacer alegaciones como esa si no están totalmente justificadas.

—Pero ¿de qué delito se le acusa?

—No tengo ni idea.

—Sé que antes de la guerra trabajaba en algo relacionado con la economía, y que viajaba un montón —dijo, con vacilación.

—¿Quizá haya desaparecido algún dinero?

—Supongo que es posible. Quiero decir, él también ha desaparecido. —Molly parecía totalmente abatida.

—Pero, si ese es el caso, me pregunto por qué está involucrado el Ministerio de Guerra.

—¿Ha contestado a su amigo? —le preguntó.

—No lo haría sin tu permiso.

—Es que no puedo dejarlo así —dijo Molly.

—Entonces seguiré investigando.

—Gracias. —Ella retorció los dedos con nerviosismo—. ¿Cree que eso explicaría por qué vigilaban esos hombres mi casa?

—Sin duda lo haría, Molly.

Las siguientes semanas pasaron con bastante rapidez, y afortunadamente no hubo más ataques aéreos. Cada noche, Oliver le contaba a Molly sus esfuerzos para localizar a Charlie.

—He buscado en todas partes donde pensaba que podría estar. Hasta ahora no he tenido suerte, pero seguiré intentándolo.

—¿Y si lo han detenido?

—Creo que nos habríamos enterado, de verdad —contestó él.

Cada semana, Molly le entregaba su salario entero a pesar de sus protestas.

—No es mucho, lo sé, pero algo es algo.

—Es más que algo, Molly. Es bastante, de hecho, y te lo devolveré en cuanto pueda.

—Por favor. De no ser por usted, ni siquiera tendría casa.

—Le escribí al comandante Bryant pidiéndole más detalles. Cuando reciba una respuesta, te lo diré.

Mientras se sentaba a comer la cena que Oliver le había preparado y lo veía trabajar en la diminuta cocina, Molly pensó en el modo en el que Imogen había muerto.

Decidió abordar el tema.

—Me encontré con la señora Macklin.

—¿En serio? —le preguntó Oliver, sorprendido, mientras se sentaba frente a ella con una taza de té.

—Una tarde, hace varias semanas. Ella estaba fuera y me llamó. Me… Me mencionó que conocía a su esposa. Quiero decir, yo ya lo sabía, porque usted me lo había contado.

—También conoció al padre de Imogen, que regentaba la librería antes que ella.

—Sí, eso también lo mencionó. La señora Macklin también me habló de… Cornwall.

Oliver soltó su taza.

—¿De Cornwall? Ya. Espera, ¿te refieres a…?

Molly palideció.

—Sí, me contó lo que pasó. Yo no se lo pregunté, lo prometo.

Él bajó la mirada.

—Como te dije, Imogen y yo pasamos nuestra luna de miel en Devon. Esa fue una época muy feliz para nosotros. Por eso me sorprendió que eligiera la cercana Cornwall para hacer lo que hizo.

—¿Y usted no tenía ni idea de que había ido allí?

Él negó con la cabeza.

—Imogen me dijo que iría en tren a Bristol para visitar a una antigua amiga del colegio.

Cuando la policía vino… Bueno, me fue totalmente imposible creer lo que me estaban diciendo.

Me obligué a pensar que, de algún modo, se habían equivocado.

Pero luego llamé a la amiga de Bristol y descubrí que ella no sabía nada de una visita de Imogen.

Y después, cuando Imogen no regresó… Bueno, estuvo bastante claro, ¿no?

—Puede que fuera un accidente. Quizá se…

—No, no, me dijeron que los testigos fueron bastante claros en sus declaraciones. Ella… se tiró.

—¿Usted nunca…? ¿Nunca fue allí para ver el lugar por sí mismo?

—Pensé que debía hacerlo. De hecho, planeaba ir. La policía nunca especificó el punto exacto, pero… no… —Se detuvo.

—Sé que esto es muy difícil —lo interrumpió Molly, con el rostro lleno de compasión.

—Al final decidí no hacer más preguntas, porque, ¿qué sentido tendría?

Ya no conseguiría traerla de vuelta. No podrían haberme dicho nada más, solo que la vieron saltar, lo que yo ya sabía que había ocurrido.

Y… Lo cierto es que no podía ir al sitio donde ella…

murió. —La miró—. ¿Crees que fue un error?

—No puedo juzgarle, señor Oliver, porque nunca he tenido que enfrentarme a algo así. —Jugó con su servilleta mientras parecía reunir el valor—. ¿Alguna vez piensa en la razón por la que podría haberlo hecho?

—Sí, he pensado un montón en eso.

—Una vez dijo que, si hubiera actuado, ella quizá seguiría viva. Pero nunca explicó por qué.

Cuando dijo esto, Oliver cerró los ojos y las lágrimas escaparon bajo sus pestañas.

Molly estaba preocupada.

—Lo siento mucho. No debería haber sacado el tema. Es que no quería que la señora Macklin le mencionara que me lo había contado. Pensé que sería mejor que se lo dijera yo.

Él se levantó las gafas y se secó los ojos con la servilleta.

—Te agradezco que me lo hayas contado, Molly.

En cuanto a la razón por la que Imogen podría haberlo hecho, lo único que puedo decir es que era una persona complicada.

Era una mujer cariñosa, compasiva y adorable, pero…

complicada, a pesar de ello. Y cuando la verdad salió a la luz, creo que hubo… cosas que no consiguió aceptar.

—¿La verdad? ¿Y qué cosas? —le preguntó.

La mente de Molly regresó al libro cortado y al misterioso visitante y a la extraña máquina que Charlie había encontrado junto al documento en alemán.

No podía creer que Oliver estuviera involucrado en algo criminal o sospechoso, pero tampoco comprendía qué estaba pasando.

¿Se había suicidado Imogen porque creía que su marido era… un traidor? Se le revolvió el estómago.

Cuando Oliver la miró, había algo en sus ojos que al principio no consiguió identificar. Después dio con ello.

Miedo.

El librero se levantó y se marchó sin responder, lo que no hizo nada por atenuar la creciente inquietud de Molly.

A la mañana siguiente, Molly se preparó para trabajar mientras Oliver le preparaba el desayuno. Él había insistido, a pesar de que ella podía comer en la cantina de la clínica, en prepararle el desayuno y la cena cada día.

La mente de Molly no dejaba de volver sobre la sincera conversación de la noche anterior.

Imogen Oliver se había suicidado debido a una verdad que había salido a la luz, y a que había sido incapaz de aceptar «cosas».

Y Oliver se sentía culpable. Era posible que él hubiera sido la razón por la que ella se había tirado de ese acantilado de Cornwall. Era todo muy desconcertante.

La muchacha se comió el desayuno, se puso su capa y su cofia de enfermera y se marchó de la tienda.

La señora Macklin estaba fuera, barriendo los adoquines. Molly supo que había estado esperando a que se marchara para trabajar.

—¿Ya nos vamos a cuidar de los enfermos y heridos? —dijo Macklin con una pizca de sarcasmo.

—Sí.

—Al menos llevamos un tiempo sin sufrir bombardeos.

—Sí, gracias a Dios.

—¿Cómo está Ignatius?

—Está bien, casi curado del todo.

Estaba a punto de despedirse y marcharse cuando la señora Macklin le dijo:

—Solo para que lo sepas, he visto a ese chaval otra vez por aquí.

Molly se detuvo en seco y se giró para mirarla.

—¿A qué chaval?

—El chaval que estuvo aquí con vosotros. Lo vi en la tienda contigo y con Ignatius. Una vez hablé con él. Me dijo que quería pedirle trabajo a Ignatius, pero no creo que eso fuera verdad.

—¿Cuándo lo vio?

—Oh, hace un tiempo. Semanas, quizá. ¿Sabes quién te digo?

—No… No sé si estamos hablando de la misma persona.

—Mira, la cosa es que el tal inspector Willoughby, creo que se llamaba, vino a verme, seguramente el mismo día que habló con Ignatius.

Un chaval y un poli murieron cerca, ya sabes, lo hablamos el otro día.

Ese inspector estaba ansioso por encontrar a uno de los chavales.

Me dijo que se llamaba Charlie… Matters, sí, eso es.

Yo juraría que era el mismo que estuvo aquí contigo y con Ignatius. Encaja en la descripción, y todo eso.

—Estoy segura de que hay un montón de chicos que se parecen, señora Macklin.

—¿Cómo se llamaba vuestro chaval?

—Tommy, Tommy Barnwell —dijo Molly de inmediato. Fue el primer nombre que se le vino a la cabeza. Era en realidad el nombre de un chico al que había conocido en el campo, el hijo de un granjero, con una espesa mata de cabello pelirrojo.

—¿Y dónde está ahora?

—Nos dejó y no lo hemos visto desde entonces, por eso me sorprende que lo viera fuera de la tienda. Me pregunto por qué no nos avisó de que estaba aquí.

—Sí, sí, es bastante desconcertante —dijo Macklin, despacio. Era evidente que no se creía ni una sola palabra de lo que Molly estaba diciendo—. ¿Y de dónde es? —le preguntó.

—Uhm, de algún sitio de por aquí, creo —dijo Molly con cautela.

—¿En serio? Ese chico me dijo que era del East End.

—Oh, sí, es verdad. Me he confundido.

Macklin le echó otra mirada de incredulidad.

—La cuestión es que, la última vez que lo vi, ese chico llevaba uno de esos uniformes de mensajero.

—Perdone, ¿un uniforme de mensajero?

—Ya sabes, los chavales del telegrama. Van por ahí con sus bicicletas, con un uniforme con un gorrito en la cabeza y un cartón colgado del cuello que dice: «¿Por qué no le mandas un telegrama a tu primo de Brighton?

Hacerlo sonreír te costará un chelín». —Parecía nostálgica—.

No he enviado un telegrama en años. No tengo nadie a quien enviárselo.

Pero están haciendo un buen negocio ahora con la guerra, o eso he oído.

—Oh, bueno. ¿Está segura de que era Tommy?

—Solo sé que era el mismo chaval que estuvo aquí. No puedo decirte su nombre. —Miró fijamente a Molly mientras lo decía.

—Sí, sí, muchas gracias, señora Macklin. Espero que tenga un buen día.

—Será un buen día, si los malditos alemanes no aparecen y lo estropean.