Cuando lo ves
CUANDO LO VES
A l día siguiente, Charlie trabajó solo, corriendo por todo Londres para entregar mensajes. Como era evidente, todavía no había cobrado nada, así que tomó una taza de leche y Spam a la plancha y algunas patatas fritas en una cantina del WVS como única comida del día.
Fuera de la oficina de correos se había tomado un tiempo considerable para limpiar concienzudamente su bici con un trapo, agua y un poco de un nocivo limpiador que Benedict le había dado.
Cuando terminó la jornada, pedaleó hasta Covent Garden y se acercó al callejón.
Aparcó su bici y se agachó junto al enorme escaparate.
Miró a través de una rendija entre las cortinas opacas y vio que la tienda estaba tenuemente iluminada.
Lo sorprendió ver a Molly en lo que parecía un uniforme de enfermera. Y también estaba Oliver, con una pierna rígida, moviéndose lentamente para sacar un libro de la estantería antes de girarse hacia Molly y decirle algo.
Parte de él quería llamar a la puerta y anunciar que estaba bien y que ahora tenía un trabajo remunerado, pero seguramente les habían dicho que informaran a la policía de cualquier contacto que tuvieran con Charlie. Y si no lo hacían, podían arrestarlos.
Se giró para marcharse y se detuvo en seco. La mujer del otro lado de la calle estaba en la puerta, mirándolo. Charlie supo por su expresión que lo había reconocido de su encuentro anterior. Se marchó rápidamente en su bici.
Más tarde, Charlie subió la bici por las escaleras de su escondite y se desplomó sobre su cama.
No se sentía totalmente seguro allí. Si Lonzo le había hablado a la policía de aquel lugar, podían ir a registrarlo.
Pero ¿no lo habrían hecho antes? Y aquel sitio no era gran cosa, estaba claro, pero era lo mejor que tenía. Si no tuviera que abandonarlo…
Aquella noche, las sirenas de emergencia despertaron a Charlie de un sueño profundo y lo condujeron a una estación de metro cercana. Los olores y el calor de tantos cuerpos juntos le revolvieron el estómago, sobre todo porque lo tenía casi vacío.
Una mujer se había fijado en su delgadez y le había ofrecido un poco de pan con queso. Él lo aceptó, agradecido, y cuando lo devoró, otra mujer compartió con él algunas de sus provisiones.
Cuando sonó la sirena de despejado, cerca de las cuatro de la mañana, Charlie regresó caminando a su escondite. Un par de horas después pedaleó hasta la oficina de telégrafos para empezar a trabajar.
Benedict miró a Charlie, visiblemente cansado y demasiado delgado, y le dijo:
—Por si te interesa, Ignatius, a veces ofrezco a los chavales un adelanto parcial. Solo un poco de calderilla.
—Me interesa —contestó Charlie de inmediato.
Se guardó bien los chelines y se marchó.
Durante semanas, Charlie pedaleó por las calles con desenfreno. Empezaba a dársele bastante bien convencer a la gente para que confiara en sus servicios, sobre todo a los hombres de negocios.
—Solo unas monedas y sus importantes mensajes llegarán allí donde necesitan llegar —recitaba—. Imagine lo bonito que sería para sus seres queridos recibir noticias suyas.
Esa frase funcionaba casi siempre. Se había acostumbrado a pasar junto a los hoteles Ritz y Dorchester, y otros lugares así donde la gente bien posicionada podía permitirse estar. Allí ganaba libras, en lugar de peniques.
Y Arthur Benedict estaba muy contento.
—Tienes un don para estas cosas, recuerda mis palabras, hijo. —Sin decirle nada a Charlie, añadió una corona extra a su pago semanal—. Podrías enseñarles un par de cositas a los chavales mayores, te lo aseguro.
Cuando Charlie regresó a su escondite aquella noche y se cambió el uniforme, supo de inmediato que algo iba mal. Habían revuelto sus cosas y faltaban algunas de sus posesiones.
Siempre llevaba el dinero encima, así que eso estaba bien. Y había escondido el diario debajo de una sección suelta del revestimiento de madera que parecía bastante sólida. La arrancó y reunió lo que pudo y se marchó, pensando en dónde podría ir.
Acababa de llegar a la calle con su bici cuando alguien gritó:
—¡Eh, chico, quédate justo ahí!
El que le había gritado era el mismo hombre corpulento al que había visto en el Bastión de los Libros hablando con Molly y con el señor Oliver: el poli.
Charlie no se quedó justo ahí. Pedaleó rápidamente, mientras el lento inspector Willoughby y el agente Higgins corrían inútilmente tras él.
Tardó diez segundos en desaparecer en las calles de una ciudad que conocía mejor que la mayoría.
Willoughby y Higgins dejaron de correr por fin y se encorvaron, tragando bocanada de aire tras bocanada.
El inspector miró en la dirección en la que Charlie había desaparecido y murmuró:
—Te atraparé, chaval, aunque sea lo último que haga.