Extraños en el tiempo Hermes
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Hermes

HERMES

— E h, chico, ¿qué edad dices que tienes? —le preguntó el hombre con el cabello nevado y el llamativo cuello blanco, la rígida chaqueta negra y el nombre de Arthur Benedict.

Charlie, que todavía no había cumplido catorce años, lo miró y contestó con autoridad:

—Dieciséis.

Estaba en una oficina postal porque había visto que allí estaban contratando mensajeros para el telégrafo.

—Eres un poco bajito para tener dieciséis años.

—Todavía estoy en crecimiento, jefe.

—Si tienes dieciséis años, ¿por qué no has hecho todavía el examen para el Servicio Civil?

—¿Quién dice que no lo he hecho?

—¿Y entonces?

—Estamos en guerra, no hay mucho trabajo ni con eso. Me hace falta el dinero.

Benedict se ablandó.

—¿Cómo te llamas?

—Ignatius Oliver.

—Menudo nombre.

—Me lo pusieron por un santo. Se lo papearon unas fieras salvajes.

—Sí, sí, mi vicario nos ha hablado de él. Bueno, es cierto que necesitamos ayuda. Perdimos a cuatro chavales el mes pasado, reclutados, y a otro por una de esas bombas sin explotar que decidió estallar justo cuando el pobre chico pasaba por allí con la bici. ¿Tienes bicicleta?

—¿Me hace falta?

—No. Tenemos un par que puedes usar. Pero si tienes la tuya te pagamos el kilometraje. De lo contrario, es una paga semanal.

—¿Cuánto?

—Dieciséis chelines y cuatro peniques —dijo Benedict.

—¿Y si tengo una bici?

—Cuatro centavos por kilómetro y medio, además del sueldo base.

—Buscaré una bici —dijo Charlie de inmediato.

—Buen chaval. Bueno, ayudaría que conocieras los alrededores. Nuestros clientes esperan rapidez. ¿Alguna vez has oído el antiguo mito de Hermes?

—¿Fue un santo al que también se zamparon?

—Bueno, no importa, chico.

Benedict le hizo a Charlie algunas preguntas sobre distintas direcciones y el modo más rápido de llegar a ellas. Charlie respondió a todas ellas rápida y correctamente y sin duda impresionó a Benedict con la astucia de varios de sus atajos.

—Está claro que conoces bien las calles —apuntó Benedict—. Casi como si te hubieras estudiado la información que se tienen que aprender los taxistas. Y ellos tardan varios años en hacerlo.

Charlie miró la oficina de telégrafos. La mayoría de los hogares de Inglaterra no tenían teléfono.

Y con la guerra y los bombardeos, incluso aquellos que tenían teléfono habían descubierto que no siempre funcionaba.

Por lo tanto, los telegramas se habían vuelto bastante populares una vez más, sobre todo en Londres.

—Entonces, ¿el puesto es mío?

Benedict lo miró desde detrás de unas gafas cuadradas que magnificaban sus pupilas hasta parecer dos cosas temibles.

—¿Cuándo puedes comenzar?

Charlie había visto una bici abandonada en un montón de escombros justo al doblar la esquina.

—Solo tengo que… hacer un recado. Vuelvo en un periquete. Puedo empezar luego.

—De acuerdo. Te daremos el uniforme y hoy trabajarás con uno de los chicos, para que te enseñe cómo hacemos las cosas. Mañana te quedarás solo. Eh, oye, ¿a tus padres les parece bien que trabajes?

—Mi padre murió en Dunquerque. Mi madre necesita to la ayuda que pueda conseguir. Tiene cinco bocas que alimentar.

—Por Dios santo, chaval. Pobre mujer. Bueno, ve a hacer tu recado y yo organizaré las cosas.

Charlie estuvo de vuelta en menos de dos minutos con «su» bici. Tuvo que usar un inflador de la oficina para meterle aire a las ruedas y Benedict y él tuvieron que enderezar el manillar, pero por lo demás estaba bien.

—Bueno, tu equipo y tu uniforme se inspeccionan a diario. Hoy haré la vista gorda con la bici, pero lávala y abrillántala bien. Lo mismo con tus zapatos, la hebilla del cinturón y todo lo demás. Tenemos una imagen pública que mantener —añadió con orgullo.

—Sí, jefe.

—Buen chaval.

El uniforme de Charlie consistía en un traje azul marino con un ribete rojo en los puños de la chaqueta, en las costuras del pantalón y alrededor del cuello y del forro. El gorro tipo casquete tenía un ribete similar y un botón rojo en el centro.

—Bueno, os damos botas y un abrigo para el invierno y calzado adecuado para el verano, además de una capa y leotardos para la lluvia, de la que este país tiene más parte de la que le toca, lo juro por Dios.

Te buscaremos unos que te queden bien. Bueno, en cuanto al horario, a partir de mañana voy a ponerte en la ruta de ocho de la mañana a ocho de la tarde, pero hoy saldrás a las cinco, como primera toma de contacto, por así decirlo.

Pero te quiero aquí a tu hora por la mañana, chico.

—Vale.

—Cuando entregues el telegrama, te esperas a que lo lean, por si hay una respuesta, algo que siempre tienes que preguntar. —Añadió, con tono de advertencia—: Eso sí, nada de meterlo a través de la ranura y largarte. Ni se te ocurra hacer esas cosas. Nosotros somos profesionales.

—¿Cómo funciona entonces? Eso de la respuesta.

—Te lo contaré. En esta bolsa de cuero, que tú llevarás en el cinturón, hay formularios de telegrama en blanco, sobres y tarjetas de visita.

Si no hay nadie en casa, dejas tu tarjeta para indicar que se ha producido un intento y a qué hora intentarás entregar el mensaje de nuevo.

Eso tienes que escribirlo al dorso de la tarjeta con este lápiz.

Si están y desean contestar, rellenan uno de esos formularios que tú les entregarás.

—De acuerdo, entendido. Pero ¿cómo lo pagan, jefe?

—Te pagan a ti. En el libro de normas, que también llevarás, están las tarifas.

Básicamente, un telegrama de nueve palabras, que incluye la dirección, no lo olvides, cuesta seis peniques, y un penique por cada palabra adicional.

Los telegramas de felicitación van en sobres azul celeste, como este de aquí, y cuestan seis peniques más.

Los telegramas prioritarios se entregan primero y también cuestan seis peniques más.

Bueno, ¿se te dan bien las matemáticas, Ignatius?

—Muy bien, al menos cuando se trata de contar dinero.

—Excelente, porque tendrás que hacerlo bien o la diferencia saldrá de tu sueldo.

Y se hace un recuento de tu recaudación al final de cada día.

Bueno, está penado por la ley que aceptes propinas de cualquier tipo.

—Benedict miró intencionadamente a Charlie e hizo como si mirara sobre su hombro antes de girarse y añadir—: Bueno, yo no tengo la menor idea de cómo consiguen que esa norma se cumpla, pero estoy obligado a decírtelo, hijo. —Después le guiñó el ojo.

Charlie asintió, con expresión de complicidad.

—Vale, jefe.

Ese primer día, Charlie trabajó con un joven llamado Peter Duckett.

Ambos entregaron telegramas emitidos por la oficina postal, pero Duckett le contó que también podían ofrecer sus servicios a los peatones abordándolos en la calle por si querían enviar un mensaje usando los formularios y pagándolo en el momento.

Los clientes usaban la espalda de los chicos como escritorios para escribir sus mensajes y pagaban en el mismo momento, le dijo Duckett.

—Pero si nos pagan lo mismo toas las semanas, ¿pa qué intentamos conseguir más trabajo? —le preguntó Charlie—. ¿Qué sacamos de bueno?

—Nos dan bonificaciones. Cuantos más telegramas conseguimos, más cobramos —le explicó Duckett, un tipo flaco con el cuello largo de dieciocho años—. Y también está el kilometraje de las bicis. Más mensajes son más kilómetros, ¿entiendes?

—Ya —dijo Charlie—. Cuatro peniques por kilómetro y medio.

—Y la propina de la gente. Cuantos más clientes, más propinas. Supongo que el viejo Benedict te ha dicho que se supone que no podemos aceptar propinas.

—Lo hizo —le confirmó Charlie—. Pero no creo que fuera en serio.

—Tienes razón, no iba en serio.

Duckett le contó a Charlie que no había conseguido entrar en el ejército por algo raro que tenía en el pecho.

—Tampoco se me dio muy bien el Civil, pero este no es mal curro.

—¿El Civil es difícil?

—Bueno, no es fácil, colega, eso te lo aseguro.

Tienes que colocar un porrón de condados y ríos y cosas de esas en un mapa de Inglaterra.

Después tienes que hacer una lista con to lo que el gobierno hace pa conseguir que la peña compre Bonos de Guerra.

Después tienes que saberlo to sobre un tipo llamado Micawber.

Y después te hacen preguntas sobre una vieja rara de Shalott que no deja de mirarse en un puñetero espejo.

—Yo no sé na de eso —dijo un confuso Charlie.

—Ni yo, colega, por eso estoy montado en esta maldita bici.

—Se detuvo y se puso serio—. Pero la gente te mira raro.

Por no estar luchando, me refiero. Se creen que soy un puto cobarde, pero tampoco es que pueda enseñarles una foto de mi pecho.

Yo no elegí tener el corazón chungo. —Miró a Charlie con inquietud—.

Al menos llevo uniforme. ¿Verdad, colega?

—Verdad —dijo Charlie.

—Eh, ¿qué edad tienes tú, a to esto? —le preguntó Duckett mientras pedaleaban de vuelta a la oficina de telégrafos a por nuevos mensajes que entregar.

—La necesaria pa este trabajo —contestó Charlie.