La llamada de la entrometida
LA LLAMADA DE LA ENTROMETIDA
C uando Molly regresó a la tienda después de guardar la llave del despacho en el dormitorio de Oliver, su mente era un torbellino.
¿Por qué se había quitado la vida Imogen?
Después recordó algo que Oliver había dicho: que se sentía culpable de su muerte.
Si él hubiera actuado, ella quizá seguiría viva, le había dicho a Molly.
¿Se había suicidado Imogen porque no había podido vivir con lo que fuera en lo que Oliver estuviera involucrado?
¿Y era por eso por lo que Oliver se sentía culpable?
Levantó la mirada y vio que la señora Macklin estaba fuera, barriendo pero en realidad observando. Le hizo una señal a Molly, que abrió la puerta y salió.
—Hola —la saludó la señora Macklin—. Creo que no nos conocemos, querida. Soy Desdemona Macklin. Esta es mi tienda de té.
—Hola. Soy Molly Wakefield.
Macklin soltó la escoba y se encendió un pitillo de un paquete que se sacó del bolsillo del delantal. Inhaló el humo y después se lo exhaló a Molly a la cara, que molesta, lo dispersó con la mano.
—¿Y de qué conoces a nuestro señor Oliver? —le preguntó Macklin, sin prestar atención a su cara de desagrado.
—Es primo de mi madre —dijo Molly automáticamente.
—Entonces, ¿no vive en Londres?
—No, en Suffolk. Por eso me estoy quedando con el señor Oliver —dijo Molly.
Macklin miró su uniforme.
—Eso parece un uniforme de enfermera, pero no puedes tener más de catorce años.
—Soy mayor de lo que parezco. Y tengo formación médica, ¿sabe? Soy auxiliar de enfermería en la clínica médica Covent Garden. Necesitan toda la ayuda que puedan conseguir.
—Sí, sí, estoy segura de ello —dijo Macklin, echándole una mirada recelosa—. Y también habla muy bien de ti —añadió, aunque su tono carecía de sinceridad.
—¿Sabe dónde está el señor Oliver? —le preguntó Molly.
—Se marchó de la tienda alrededor de la una. No me dijo una palabra; solo me dijo adiós con la mano y se marchó. Parecía cojear.
—El bombardeo de anoche. Resultó herido.
Macklin chasqueó la lengua de un modo que a Molly le pareció que no albergaba una compasión real.
—Pobre hombre. Sí, lo de anoche fue impresionante. Creí que se me caía el techo encima.
—¿No fue a un refugio?
—Tengo sótano. Es tan bueno como cualquier refugio, creo. Y no me gusta esconderme bajo tierra. No muestra un espíritu adecuado.
—Bueno, si uno se muere no le servirá de nada el espíritu. Lo siento, debo marcharme.
—El otro día vi lo que me pareció un inspector de policía hablando con Ignatius.
Molly se giró despacio.
—Sí. Alguien intentó entrar a robar en su tienda, pero no se llevaron nada.
—Oh, Dios, esos gamberros. ¿Tuvo algo que ver con lo que le pasó a ese agente y al muchacho a los que atropelló el camión?
—Eso creo, sí.
—Vaya, vaya, qué horrible.
—Sí, sí, lo fue.
—También vi a través del escaparate que entraste en el despacho, el despacho de Imogen, como siempre lo he llamado. Su padre, el señor Bradstreet, me dijo una vez que ese era su lugar favorito del mundo.
—Sí, no me extraña. Es muy bonito.
Macklin le echó una mirada desconfiada.
—¿Y has encontrado lo que estabas buscando?
Molly estaba molesta por el evidente interrogatorio de la mujer, pero hizo todo lo posible por no demostrarlo.
—Estaba buscando al señor Oliver. Entonces, ¿usted conoció a su padre y a Imogen? —le preguntó Molly. No obstante, lo que no dijo fue: «Ya sabe, la mujer que la consideraba una arpía entrometida».
—Oh, sí. Imogen heredó la librería después de que su padre muriera. Entonces fue cuando Ignatius y ella se vinieron a vivir aquí.
—Y después ella murió. Qué triste —dijo Molly, mirando a la mujer con curiosidad. Ella misma estaba haciendo ahora un disimulado interrogatorio propio.
—Sí, sí, fue muy triste. Bueno, nosotras no estábamos de acuerdo en muchas cosas.
Ella era laborista y yo conservadora, como lo fueron mi padre y mi abuelo.
A ella le gustaba leer a todas horas, pero yo creo que los libros pueden afectar a la gente de modos extraños.
Mira eso que escribió Hitler… He olvidado el título.
¿Crees que él no cambió algunas mentes con esa basura?
—Pero otros libros refutaron minuciosamente todas sus argumentaciones —replicó Molly.
—Supongo que todo se reduce a qué lees y qué opinas de lo que has leído, ¿eh?
—Sí, supongo que sí.
—Y parece que Alemania cree en él —dijo Macklin.
—Creo que algunos de ellos podrían no tener elección en el asunto.
—¡Son asesinos, todos ellos! —exclamó Macklin—. Mira lo de anoche. Son unos malditos bárbaros.
—Uhm… ¿Estuvo usted en el funeral de Imogen?
Macklin miró a Molly con malicia.
—No lo hubo.
—¿Perdone?
—No hubo funeral porque no había cuerpo que enterrar.
—No lo comprendo.
—¿No te lo ha contado Ignatius? —le preguntó. Era evidente que estaba disfrutando de aquello.
—No.
Macklin le dio una calada a su cigarrillo.
—Bueno, quizá pensó que eras demasiado joven. Aunque seas enfermera, y todo eso —añadió con desdén.
—¿Qué pasó? —preguntó Molly, ignorando el feo tono de la mujer.
—No sé si debería contártelo, ya que Ignatius ha decidido no hacerlo.
Molly se dio cuenta, por el lenguaje corporal y la expresión de Macklin, de que se moría de ganas de contarle lo que sabía.
—Puedo asegurarle que soy lo bastante madura para conocer las circunstancias de su fallecimiento.
—Parece que tú también lees muchos libros —dijo Macklin, de un modo que era evidente que no era halagüeño.
—He leído algunos —contestó Molly con diplomacia.
Había conocido antes a personas como Macklin, que, aunque tenía su propio negocio, pensaba que una mujer no debería abrir un libro nunca, y que debería dedicarse solo a cocinar, coser, limpiar y tener bebés—.
Pero, si prefiere no contármelo, no pasa nada.
Tengo cosas que hacer. —Comenzó a girarse hacia la librería.
Macklin apagó el cigarro sobre los adoquines y se acercó a Molly con una expresión de satisfacción mal disimulada ante lo que estaba a punto de contarle.
—Bueno, tomó un tren hasta la costa. Cornwall, creo que era.
Molly la miró.
—¿Y el señor Oliver?
—Dijo que él no tenía ni idea de que iba a ir allí. De todos modos, al parecer, ella estuvo merodeando por allí hasta que cayó la noche. ¿Sabes qué hizo después?
—¿Qué? —preguntó Molly, sin aliento.
—Subió a uno de los acantilados y… se tiró al mar.
—Oh, Dios mío.
La reacción visceral de Molly era real. Aunque ya había descubierto que Imogen se había quitado la vida en Cornwall, no conocía los detalles exactos porque la carta no los mencionaba.
Los ojos de Macklin danzaron alegremente por la expresión afligida de Molly.
—Oh, sí. Bueno, hubo gente que la vio e intentó detenerla, por eso sabemos lo que ocurrió.
La marea era feroz y no consiguieron recuperar su cuerpo.
Había barcos y minas y submarinos por todas partes.
Y, bueno, ella ya había muerto de todos modos, ¿no?
No tenía sentido arriesgar más vidas para recuperar un cadáver. Sobre todo, de una suicida.
Molly soltó la respiración que había estado conteniendo.
—Qué horror.
—Se quitó la vida, eso hizo. Un pecado mortal. —Macklin se santiguó, se besó la yema de los dedos y miró el cielo—. Pobrecilla —añadió, con más satisfacción que tristeza, al menos en opinión de Molly.
—El señor Oliver debió quedarse devastado.
—El hombre no abandonó la tienda durante semanas, excepto para hacer su trabajo como vigilante antiaéreo.
Yo hice lo que pude después de que me contara lo que ocurrió, le llevé comida y esas cosas.
Pero era evidente que estaba sufriendo. Pensé que iba a volverse loco, en realidad.
Pero al final se recuperó. Y estoy segura de que le hace bien tenerte a ti aquí, querida.
Los hombres no deberían estar solos. Se les llena la cabeza de todo tipo de ideas equivocadas , ¿verdad?
Durante un horrible momento, Molly sospechó que la señora Macklin sabía algo sobre Oliver que podía ser muy lesivo.
—Sí, estoy segura de que le gusta tenerme aquí. Es muy amable y generoso… y patriótico. Ya sabe, consiguió la Medalla de Jorge y todo eso.
Macklin la miró fijamente sin hacer ningún comentario, lo que ya era extraño en sí mismo, aunque quizá no lo era si la mujer sabía algo.
—Bueno, debo marcharme —dijo Molly.
—Sí, y yo debo terminar aquí. Trabajo, trabajo, nunca se acaba. Bueno, no le digas a Ignatius que te lo he contado. Será nuestro pequeño secreto. Parece que últimamente tenemos de sobra por aquí.
Con esta última pulla todavía resonando en sus oídos, Molly subió a su dormitorio y se tumbó en la cama, con la mente llena de preocupación.
¿Nuestro pequeño secreto? ¿Y «últimamente tenemos de sobra por aquí»?
La aterraba terminar perdiendo a Oliver y a Charlie.
Y entonces me quedaré realmente sola .