Un hecho devastador
UN HECHO DEVASTADOR
— S us heridas parecen distintas —dijo Molly mientras miraba al paciente que Oliver y Parker habían llevado a la clínica la noche anterior, aunque ella desconocía ese hecho.
Oliver no le había contado demasiado sobre lo que había ocurrido, y había intentado ocultarle sus heridas.
No obstante, Molly había visto el dolor en su rostro y cómo cojeaba con la pierna herida.
Y, como le había pasado a Oliver, a Molly le sonaba la cara del paciente.
La enfermera Tweedy estaba examinando al muchacho con atención.
—Si tuviera que suponer, Molly, yo diría que a este chico le han dado una paliza. La herida de la cabeza parece hecha con un instrumento contundente. Y la de la cara, con un puño. He visto estas heridas en el frente, desde luego. Y tiene el dedo roto.
—¿Cómo ha llegado aquí?
—El informe de guardia dice que lo trajeron dos vigilantes antiaéreos a primera hora de la mañana.
—¡Vigilantes aéreos! ¿Sabe quiénes? —le preguntó Molly.
—Yo no estaba aquí.
—¿Sabemos quién es el chico?
—Mira en sus pantalones. Están allí —sugirió Tweedy.
Molly agarró los pantalones y buscó en ellos una etiqueta identificadora pero no encontró ninguna. No obstante, se detuvo en seco cuando sacó la tarjeta del registro de su bolsillo.
¿Alonzo Rossi? Por eso me sonaba su cara. Es el chico de la fotografía que el inspector Willoughby nos enseñó a mí y al señor Oliver.
Tweedy la miró.
—¿Ha habido suerte?
—Uhm, aquí dice Alonzo Rossi. ¿Se pondrá bien?
—Sigue inconsciente. No le habían tratado la herida de la cabeza y estaba muy infectada. Se la hemos limpiado a conciencia y le hemos dado penicilina, pero la herida era profunda; la infección podría haberse extendido, y también podría tener alguna lesión cerebral.
—Ay, por Dios.
—Si hay daño cerebral, no espero que se recupere. No tenemos instrumental de rayos X, y los médicos que trabajan aquí no son neurocirujanos. Dudo de que queden muchos en Londres.
Otra enfermera apareció en la puerta y le pidió a Tweedy ayuda urgente con otro paciente.
—Termina aquí, Molly, me reuniré contigo en cuanto pueda.
—De acuerdo, enfermera.
Cuando se marcharon, Molly se encorvó y dijo:
—Lonzo, ¿puedes oírme? ¿Lonzo? ¿Tú sabes dónde está Charlie? Soy amiga suya. ¿Lonzo? ¿Sabes dónde está Charlie Matters? Estamos buscándolo.
Lonzo no respondió. Lonzo no se movió. Lonzo no hizo nada.
Molly limpió de nuevo sus heridas, volvió a vendárselas y le arregló las colchas de la cama y las almohadas.
Después se quedó mirándolo a los pies de la cama.
Uno de los amigos de Charlie. El que había estado con él aquella noche.
Pero, entonces, ¿dónde estaba Charlie? ¿Le habrían dado también a él una paliza? ¿Estaría en alguna parte, herido o…?
Cuando terminó su jornada, Molly, con el permiso de Tweedy, se llevó a casa vendas, antiséptico y ungüento para las heridas. Le había dicho a Tweedy que su «padre» era vigilante antiaéreo y que había sufrido algunas heridas durante el bombardeo.
—Entonces cuida bien de él, Molly. Seguramente lo necesitaremos en el futuro.
Cuando Molly llegó al Bastión de los Libros, soltó sus cosas, saludó a la señora Macklin mientras la mujer la miraba fijamente a través del cristal y fue a buscar a Oliver.
No estaba en su dormitorio, pero la chica miró horrorizada los restos de su uniforme de vigilante, que estaban, ensangrentados y hechos jirones, en el suelo junto a su cama.
Por Dios bendito , pensó Molly. ¿Cómo ha sobrevivido?
Se apresuró abajo y corrió al antiguo despacho de Imogen. Llamó a la puerta.
—¿Señor Oliver? Soy Molly. He traído vendas y medicina para tratar sus heridas. ¡Señor Oliver!
No obtuvo respuesta y de repente le preocupaba que estuviera allí tirado, inconsciente debido a sus heridas. Intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada con llave.
Pensando rápidamente, corrió al dormitorio de Oliver y, después de una búsqueda rápida, encontró la llave que le había visto usar para cerrar la puerta del despacho. Corrió de nuevo abajo y la abrió.
Cuando entró, estuvo claro de inmediato que Oliver no estaba allí.
Molly debería haberse marchado justo en ese momento, pero su curiosidad pudo con ella.
Miró la caja metálica con el montón de páginas mecanografiadas del libro inconcluso de Imogen Oliver.
Leyó varias de ellas y concluyó que la difunta había sido una escritora excepcional.
Guardó las páginas de nuevo y siguió buscando.
En un cajón del escritorio encontró la Medalla de Jorge.
Deslizó los dedos sobre la imagen grabada de su rey actual con reverencia.
Al volver a guardar la medalla en el cajón, Molly vio que había otra fotografía de Imogen sobre el escritorio.
Lo sabía porque era la misma mujer de la foto con crespón que había en la tienda.
Oliver estaba a su lado. Parecía más joven y despreocupado.
Estaba mirando a la mujer que lo acompañaba con la mayor adoración.
Molly solo esperaba que el hombre con el que se casara algún día la mirara con la mitad de aquella admiración y amor.
Imogen era muy guapa, con el cabello largo, denso y brillante, pero Molly se vio inexorablemente atraída por sus ojos, poderosamente penetrantes.
Se sintió intimidada solo por la mirada de la mujer desde la foto.
Imaginaba que, en persona, Imogen Oliver habría sido mucho más impresionante.
Vio la carta que había junto a la foto. Dudó, pero solo un instante. Abrió el papel y leyó rápidamente.
Estaba dirigida a Oliver y era de la comisaría de Cornwall. Mientras seguía leyendo, Molly contuvo el aliento y después volvió a dejar la carta rápidamente donde la había encontrado. La misiva detallaba las circunstancias de la muerte de Imogen.
Se había suicidado. En Cornwall.
Perturbada, Molly miró frenéticamente la habitación. Se estremeció al ver otra novela de George Sand en un estante, está titulada Jacques .
Tomó el libro y lo abrió despacio.
Su rostro se llenó de desesperación cuando vio que le habían extraído las entrañas, dejando un compartimento donde algo podía esconderse con facilidad.
Soltó el libro en su lugar, salió de la habitación y cerró la puerta con llave.