Una extraña víctima
UNA EXTRAÑA VÍCTIMA
O liver observó cómo una explosión tras otra sacudía el horizonte de Londres.
Se derrumbaron edificios, las calles se elevaron como las olas del océano, los automóviles aparcados estallaron en llamas o salieron volando como juguetes en las enormes detonaciones.
Los sonidos de las ambulancias y de los coches de bomberos se superponían a la cacofonía de ruido apocalíptico.
Era como si un volcán hubiera erupcionado en el centro de una de las metrópolis más grandes del mundo, y en lo único en lo que Oliver podía pensar era en Pompeya.
Consiguió cerrar el gas principal del hotel, así como otros dos en la misma manzana.
Usó su carraca de gas para advertir a la gente de los peligros del metano liberado.
Usando el micrófono de su máscara de gas, gritó instrucciones a personas que apenas podían mantenerse en pie, y mucho menos escuchar.
El hotel parecía una casa de muñecas, con toda la fachada arrancada, lo que le permitía ver el interior de docenas de habitaciones.
El fuego rugía por todas partes y la gente desesperada saltaba de las plantas superiores, eligiendo una muerte rápida frente a quemarse viva.
Oliver ayudó a un grupo de bomberos a sujetar una gran lona redonda. La colocaron cerca del hotel, debajo de un hombre que se aferraba precariamente a la comisa.
—¡Salta! —gritó uno de los bomberos.
El hombre negó con la cabeza, aterrorizado, mientras las llamas se acercaban a su espalda.
—¡Te tenemos, colega! —Le aseguró Oliver—. Todavía no hemos perdido a ninguno. Te invito a una pinta luego.
El asustado hombre se rio al oírlo, cerró los ojos y saltó.
Después de asegurarse de que estaban colocados en el lugar correcto para atrapar al hombre, Oliver y los bomberos bajaron las barbillas y no miraron hacia arriba.
Eso evitaría que sus cuellos sufrieran un tirón hacia atrás cuando el saltador golpeara la lona, y la posibilidad de romperse las columnas.
El hombre quemado aterrizó a salvo y lo llevaron hasta una ambulancia.
Oliver corrió a continuación hacia aquellos que ya habían saltado a la calle, y descubrió que solo dos seguían respirando. Hizo lo que pudo con su kit de primeros auxilios y, cuando llegaron las ambulancias y autobuses del hospital, indicó a los médicos la situación de estas víctimas.
—¿Tenemos que llevarte al hospital? —le preguntó uno de ellos.
—¿Qué? —replicó Oliver, sorprendido.
—Mírate, amigo.
Oliver bajó la mirada y vio que había perdido la capa y la túnica y que tenía en jirones las mangas de la camisa y las perneras del pantalón.
Tenía tanto los brazos como las piernas cubiertas de sangre, y los fragmentos de cristal brillaban en su piel como diamantes de pedernal a la luz de la linterna del médico.
Ahora que estaba disminuyendo su adrenalina, Oliver sintió un extraño dolor en la pierna derecha; su capacidad de oír iba y venía, como si la gente alternara entre los gritos y los susurros.
—Estoy bien —dijo Oliver, que de repente se acordó de los Ramsey.
Cojeó hasta su casa solo para descubrir que la puerta y las ventanas habían desaparecido. Un incendio rugía en el interior. Él solo tenía su manguera; Parker tenía el cubo y la bomba de agua.
—Señor y señora Ramsey, ¿están ahí dentro? —gritó.
Oliver sabía que tenían un refugio antibombas en el jardín trasero. ¿Quizá…?
Corrió hasta la parte de atrás, apretando los dientes con cada paso por el dolor de la pierna herida.
Vio que el Andy, con el techo y los laterales corrugados que eran lo que fortalecía la estructura, estaba cubierto de tierra.
Aquello era intencionado, lo sabía. Pero una sección de la fachada de la casa que tenía detrás había caído sobre el Andy, aplastándolo parcialmente.
Se lanzó hacia la entrada del refugio y apartó el ladrillo y la madera y los fragmentos de cristal, cortándose las manos en el proceso.
Vio un zapato y después una mano. El zapato era de hombre, la mano de mujer. Se adentró más en el Andy e iluminó con su linterna.
Los Ramsey estaban allí. Habían muerto juntos, y por la gravedad de sus heridas, parecía que habían fallecido instantáneamente. En época de guerra, eso parecía constituir en gran medida la misericordia de Dios.
Cojeó de vuelta al hotel, donde encontró a Parker ayudando a los heridos y moribundos.
—En mis refugios todos están bien. Creo que los aviones han pasado de largo por ahora. —De repente, se fijó en su colega—. Maldita sea, Ignatius, estás herido.
—Estoy bien. ¿Y la bomba? —le preguntó Oliver.
—Oh, sí.
Parker llenó el cubo con una manguera y, usando la bomba, empaparon a la gente cubierta de ascuas ardientes y extinguieron fuegos modestos que habían brotado en varios puntos.
Cuando llegaron los coches de bomberos, ayudaron a los hombres a apagar el resto de los incendios de aquel sector.
Después comenzó de verdad la búsqueda de gente entre los escombros, cuando la división de rescate pesado apareció para realizar un trabajo que ninguna persona debería nunca tener que hacer.
Encontraron muchos más muertos que vivos.
Una pareja joven medio incinerada todavía en su cama en el hotel.
Oliver descubrió más tarde que habían estado de luna de miel.
El hombre todavía ante el mostrador de recepción, con la mano fusionada con la campanilla por las llamas y los pulmones aplastados por la sobrecogedora fuerza de la detonación.
En realidad, no tenía mal aspecto, a pesar de estar muerto.
Un camarero en el restaurante. Un cocinero en la cocina.
Oliver no sabía por qué no habían atendido a las sirenas de emergencia.
Habían pagado por esa decisión con sus vidas.
Todavía podía oír las bombas explotando en otras partes de la ciudad. El horizonte estaba tan lleno de humo que parecía que la totalidad de Londres estaba en llamas.
Tres horas después sonó la señal de despejado; Oliver nunca se había sentido tan aliviado al oírla. Sabía que habría que demoler muchos edificios dañados que todavía se mantenían en pie.
Había llevado a los miembros de los servicios de rescate hasta el Andy en el jardín trasero de los Ramsey y les había enseñado los cuerpos. Recuperarían los restos de la desafortunada pareja y notificarían a la familia. Aquello era algo rutinario en esos días.
Llamaron a la unidad de manipulación de explosivos para que se ocupara de varios proyectiles sin detonar que habían caído en edificios y patios.
Parker y él trabajaron sin respiro hasta que hubieron hecho todo lo que podían.
Después tomaron café y comieron algo en una cantina móvil, incluyendo un poco de sopa caliente de una olla enorme.
A continuación, los dos hombres rellenaron y entregaron sus informes de incidente y regresaron a sus casas caminando despacio.
—¡Oh, por Dios! —exclamó Parker—. ¿Eso es otro muerto?
Se acercaron corriendo a la persona. Estaba maltrecha. E inconsciente. Y, por alguna razón, a Oliver le resultaba familiar. Le tomó el pulso y se lo encontró.
—Rápido, todas las ambulancias están ocupadas. La clínica está a una manzana de aquí. Podemos llevarlo nosotros.
Lo tomaron entre los dos, ya que no era pesado, y consiguieron llegar en poco tiempo a la clínica médica Covent Garden.
Parker llamó a la puerta con los nudillos.
Las enfermeras acudieron, colocaron al chaval en una camilla y se lo llevaron para examinarlo.
Oliver entró y vio a personas con distintas heridas tumbadas en las camas que bordeaban las paredes, algunos en catres temporales y otros acurrucados directamente en el suelo.
Una de las enfermeras, viendo sus heridas, se acercó a él y le dijo:
—¿Necesita que le limpiemos y vendemos las heridas? No será ninguna molestia hacerlo —añadió, cansada. Tenía la cara sucia, como lo estaba su almidonado uniforme, también cubierto de sangre. Parecía muerta en vida.
Oliver miró los cuerpos que se retorcían de dolor y esperaban ayuda.
—No. Creo que ellos os necesitan más que yo.
Se despidió de Parker y regresó caminando al Bastión de los Libros.
Entró, fue al cuarto de baño, se desnudó, se aseó y usó un par de pinzas para extraer tantos fragmentos de cristal de sus extremidades como pudo. Se vendó lo mejor posible y se puso ropa limpia.
Fue al dormitorio de Molly y descubrió que había vuelto a casa y que dormía profundamente. Sabía que seguramente necesitaría descansar para lo que la esperaba al día siguiente en la clínica.
Incapaz de dormir, se hizo una taza de café con posos antiguos.
Usó una escalera interior para subir a la parte de arriba del edificio en el que se encontraba el Bastión de los Libros, llevando consigo su fiable par de prismáticos.
Echó un vistazo a la ciudad y lo alegró ver que no había tantas llamas como había esperado que hubiera, pero el humo era ominoso, y los espacios vacíos que habían ocupado antes los edificios eran todavía más ominosos.
¿Terminará esta maldita guerra alguna vez?
La teoría general era que los bombardeos diurnos eran malos, pero los que se producían por la noche provocaban un terror generalizado. Oliver creía que ambos eran terribles.
¿Cuál era la frase que había oído una vez?
«Dante no era nada comparado con Hitler».
Se quedó allí mientras el sol comenzaba a filtrarse a través de las nubes.
Tenía los brazos muy cansados, y también las piernas, pero su mente era lo que estaba más exhausto de todo.
Hasta 1939, nunca había visto un muerto.
Al menos, no uno que no estuviera ya en una caja de pino.
A aquellas alturas había visto más cadáveres de los que una persona debería ver nunca.
En todos los estados de la muerte. No, no en todos. Nunca en paz. Ni una sola vez.
Su querida Imogen no había muerto en paz. Había muerto con cosas muy importantes inconclusas en su interior. Sabía que ella sería un espíritu impaciente e ingobernable.
Sorbió su café, cuya única cualidad para redimirse era que estaba caliente, y miró la ciudad. Transformada, arruinada, atacada, herida pero no derrotada. No, si él tenía algo que decir al respecto. Y lo tenía, aunque fuera poco.
Cuando el sol comenzó su ascenso, entró y comenzó a preparar el desayuno para Molly.
Era agradable tener de nuevo a alguien para quien cocinar.
Y ella necesitaría aquella primera comida del día, por exigua que fuera, para enfrentarse a lo demás.
Como lo harían todos.