Una noche en el infierno
UNA NOCHE EN EL INFIERNO
I gnatius Oliver se puso el uniforme de vigilante antiaéreo.
Llevaba su enorme máscara de gas con enormes agujeros para los ojos y un sistema de altavoz integrado para que pudiera dirigirse a una multitud con instrucciones que podrían salvar sus vidas.
Tenía un rollo de manguera al hombro que podía usarse con un cubo y una bomba de agua que llevaría su compañero de aquella noche, Lee Parker.
Se guardó el manual de instrucción en el bolsillo, porque nadie podía recordar todas y cada una de las indicaciones.
Tenía una linterna acotada con un revestimiento especial para no convertirse en un faro involuntario para la Luftwaffe.
Aun así, la mantendría apuntando abajo. Eso y su carraca de gas y su kit de primeros auxilios completaban su equipo.
Oliver recordó que, antes del Blitz, su uniforme había consistido solo en un mono azul oscuro y un casco de acero con ARP , las iniciales de « Air Raid Precautions », o Previsión ante un Ataque Aéreo, impresas en la parte delantera. Las cosas eran un poco más complicadas ahora.
Abrió la puerta de la habitación de Molly y vio que ya estaba profundamente dormida después de su largo y cansado día. Seguía siendo solo una niña, en realidad, pero no obstante cargaba con el peso de la edad adulta sobre sus hombros juveniles, aunque competentes.
Se marchó para reunirse con Parker y comenzar sus rondas.
El cielo estaba despejado y el viento bastante tranquilo.
Ambos factores lo preocupaban profundamente.
Y la luna, aunque no era una luna de bombardero, estaba llena y era lo bastante brillante para ser potencialmente desastrosa para los británicos.
La BBC había advertido repetidamente de un posible ataque.
Pasó por una intersección donde un letrero oficial colgado en la fachada advertía:
QUÉ HACER SI OIGO DISPAROS,
EXPLOSIONES O ALARMAS DE ATAQUES AÉREOS
Oliver repasó la letanía oficial en su mente: « No vayas por ahí corriendo como un loco y asustando a los demás; mantén la mente fría y ponte a cubierto en las instalaciones adecuadas con tu máscara de gas.
No intentes echar un “vistazo” a las bombas que caen.
Ten en cuenta que ciertos ruidos pueden ser ruidos buenos, como los que hacen nuestros chicos al devolver el fuego con sus armas antiaéreas.
Y, por último, las probabilidades de no volar en pedazos juegan a nuestro favor ».
Qué tranquilizador , pensó.
Se encontró con Parker, un hombre de unos cincuenta años que siempre llevaba encima su sonrisa torcida y una petaca con agua a la que quizá le había añadido una pizca de algo.
Oliver reparó en que Parker llevaba la bomba de agua y el cubo vacío que, junto a la manguera que portaba él, podía usarse para extinguir pequeños fuegos.
El problema era que los incendios que solían encontrarse rara vez eran pequeños.
—Parece que esta noche van a darnos una buena paliza —dijo Parker con naturalidad—. Bueno, manos a la obra, ¿no?
Comenzaron a hacer la ronda por su sector, lo que los llevó hasta la clínica médica Covent Garden. Las cortinas opacas estaban debidamente cerradas, como lo estaban todas las demás en la calle. Prácticamente no había tráfico.
Hicieron rondas durante una hora, y eran casi las diez de la noche cuando el gemido de las primeras sirenas terminó con el silencio. Estaba claro que los radares y los vigilantes habían localizado al enemigo que se acercaba desde el otro lado del Canal.
Ambos miraron el cielo, aunque sabían que todavía no podrían ver nada. Oliver también era consciente de que, por toda la ciudad, nerviosos artilleros estarían corriendo a sus baterías antiaéreas y que pronto sus estruendos serían heraldo de los proyectiles que lanzarían al cielo.
Parker y él se pusieron en marcha rápidamente mientras la gente empezaba a salir a las calles.
Usaron sus silbatos, hablaron a través del equipo amplificador de sus máscaras de gas y reunieron a los ciudadanos en grupos ordenados.
Oliver se sintió agradecido al ver que una somnolienta Molly estaba entre ellos.
Había varios refugios públicos cerca, y Parker y Oliver se dividieron para dirigir a los grupos a sus respectivos lugares tan rápida y eficazmente como fuera posible.
Los que tenían patio se escabullirían a sus módulos antibombas semienterrados Andy y se quedarían allí, esperando no morir.
Oliver sabía que muchos londinenses se negaban a refugiarse en las estaciones de metro.
Muchos le habían contado que consideraban que esconderse bajo tierra era una muestra de cobardía moral.
Desdemona Macklin había sido una de esos.
«¿Que me esconda? —había dicho con desagrado—. No, gracias. Si voy a morir, que sea en mi casa».
La alerta roja sonó mientras trabajaban. Doce minutos más o menos antes del ataque , pensó Oliver con una relativa calma que creía que en realidad sentía.
Oliver apuntó los nombres de todas las personas de sus refugios, corrió al exterior y comparó su lista con la de Parker. Había varias personas sin apuntar de las que eran responsables. Una vez más, se dividieron para buscarlas.
Oliver consiguió encontrar cuatro de las cinco viviendas con bastante rapidez.
Dos no tenían ocupantes; la tercera era la de Desdemona Macklin.
La mujer abrió la puerta, se negó a marcharse, como era habitual, y regresó a su refugio en el sótano.
La cuarta era una mujer mayor que estaba un poco confusa, pero Oliver consiguió llevarla hasta un refugio.
Tachó su nombre de la lista y estaba corriendo hacia la quinta y última casa cuando lo notó.
Aquel era su sistema de advertencia temprana personal, que había descubierto durante el primer ataque que había soportado.
Era el desorbitado zumbido y vibración bajo sus pies, como si un millón de abejas hubieran instalado su morada en la acera.
La perturbación, de hecho, venía de la fuerza colectiva de la flota de aviones de hélice a miles de metros sobre ellos.
Y si la fuerza pura de lo que estaba sintiendo y oyendo era algún indicador, aquella no iba a ser una buena noche para los ingleses.
Una paliza, sin duda.
Oliver echó a correr. La casa a la que se dirigía estaba justo al doblar la esquina.
Allí vivían el señor y la señora Ramsey, que eran ancianos y no siempre oían las sirenas.
Las vibraciones se volvieron tan intensas que fue como si sus pies se elevaran del suelo.
Levantó la mirada de nuevo y notó que su corazón brincaba tres veces en rápida sucesión.
El cielo estaba tachonado. Lo único que podía ver eran siluetas oscuras y oblongas.
La fuerza desplegada de la Luftwaffe estaba más allá de toda comprensión.
A continuación, los compartimentos se abrieron y miles de bombas cayeron sobre Londres.
Oliver escuchó con atención los silbidos que hacían las bombas al caer. Sabía por la experiencia que, si las notas se volvían más graves, la bomba se estaría alejando de él. Si el sonido comenzaba a agudizarse, lo contrario sería cierto. Por desgracia para Oliver, el tono se elevó.
Dobló una esquina y se agachó detrás de un montón de sacos de arena, apilados hasta una altura de diez, delante de un pequeño hotel.
Mantuvo el pecho alejado de la acera para que la vibración de las detonaciones no le rompiera las costillas.
Las primeras explosiones golpearon el otro lado de la esquina y lo siguiente que Oliver supo fue que no oía ningún sonido.
Fue como si lo lanzaran desde un muelle a unas aguas profundas.
No oía nada más que una borrosa y atenuada simulación de quietud.
Notó que su cuerpo se sacudía y rodaba y golpeaba algo duro. Objetos cayeron por todas partes a su alrededor, calientes y ardientes, duros y afilados. Después, tras una oleada de palpitaciones en la cabeza, pudo oír de nuevo; parte de él habría deseado no hacerlo.
Contuvo el aliento y levantó la mirada mientras el mismo aire parecía incendiarse. Largas y plateadas sartas de moléculas electrificadas descendían como ardientes paracaidistas enemigos en miniatura.
Incendiarios de magnesio.
La Luftwaffe había cambiado de táctica. Los muy cabrones debían haberle encontrado alguna ventaja a lanzar primero las bombas y luego los incendiarios, pensó.
Rasgó un saco de arena con la navaja que todos los guardias llevaban y la vertió allí donde caían los clústeres.
Debía tener cuidado, porque los alemanes habían comenzado a añadir bombas de acción retardada entre los proyectiles incendiarios.
Cuando ya no pudo seguir abriendo los sacos de arena con su cuchillo romo, usó su casco de acero sobre los artefactos en llamas para cortar el suministro de oxígeno que exigía el fuego.
Entonces miró a su espalda y palideció. La fachada entera del edificio temblaba, como si dudara entre mantenerse en pie o caer. Las amontonadas columnas de sacos habían estallado en una sección, así que se lanzó entre ellos, rodó por la acera, se puso en pie y corrió por su vida.
Unos minutos después, el muro se derrumbó a su espalda.
La sobrecogedora fuerza de su desintegración se lo tragó desde atrás, y como Pegaso, se vio elevado en el aire sobre sus zarcillos y catapultado por la calle, donde colisionó contra una farola.
Se aferró a ella un instante mientras el ladrillo y las esquirlas de las ventanas rotas atravesaban el aire.
Por suerte, se le escurrió de las manos y cayó sobre la acera mientras la furiosa horda de escombros volaba sobre él como una bandada de cuervos.
Se quedó aturdido sobre la acera un momento, intentando recuperar tanto la claridad mental como el aliento. Se levantó despacio y recordó a dónde se dirigía.
Los Ramsey. Neil y Dorothy.
Pero los gritos de ayuda y los lamentos de los heridos y de los moribundos llegaban hasta él desde todas las direcciones.
Vio personas con la ropa arrancada que salían tambaleándose del hotel.
Estaban ensangrentados y desorientados, y dos de ellos se desplomaron en la calle mientras los miraba.
Corrió a ayudarlos solo para descubrir que ya habían muerto.
Las sirenas seguían gritando, los gemidos de las Trompetas de Jericó eran omnipresentes y las armas antiaéreas estaban lanzando su devastadora respuesta. Oliver observó los miles de rondas de artillería antiaérea y de proyectiles de gran calibre disparados hacia el cielo.
Y aun así las malditas bombas seguían cayendo y racimos de fuego impermeable incendiaron el paisaje, y toda la oscuridad y el mal del infierno visitaron la tierra con contundencia y crueldad.