Extraños en el tiempo El obstáculo
67%

El obstáculo

EL OBSTÁCULO

— I nspector, señor, creo que podríamos tener un pequeño problema.

El inspector Willoughby levantó la mirada de su escritorio para observar al policía que lo había ayudado en el arresto y violento interrogatorio de Lonzo Rossi. Encuadrado en la puerta, el corpulento agente parecía bastante inquieto.

—¿De qué estás hablando, Higgins? —Gruñó Willoughby, que estaba intentando corregir algunos informes muy retrasados. Nunca le había prestado demasiada atención al papeleo.

—Es ese chaval, Lonzo Rossi.

—¿Qué pasa con él?

El policía entró y cerró la puerta a su espalda. Se acercó a la mesa tímidamente.

—No se despierta.

Willoughby se encendió un cigarrillo liado a mano y exhaló el humo hacia uno de los lados.

—¿Qué diantres quiere decir que no se «despierta»?

Higgins se encogió de hombros.

—Justo eso. No ha comido mucho desde que lo trajimos.

Y parecía adormilado, como cuando lo metimos en la trena, tambaleándose y perdiendo el equilibrio y todo eso.

Tenía que echarle agua para conseguir que se levantara.

Pero ahora no se despierta. Intenté despabilarlo para que cenara un poco, pero sin suerte.

—¡Maldita sea! Llévame con él.

Un minuto después, Higgins deslizó la ventana de inspección de la puerta de la celda y el inspector miró el interior. Lonzo estaba tumbado sobre la espalda en la dura cama, con un brazo colgando sin fuerza por el lateral.

—Abre la puerta —ordenó Willoughby.

Ambos entraron. El inspector se arrodilló junto a Lonzo y le tomó el pulso.

—Al menos sigue vivo, pero por poco. —Le abofeteó la maltrecha cara con fuerza varias veces—. Venga, chaval, despierta. Eh, deja de fingir. ¡Lonzo!

Después, Willoughby vio la sangre encostrada en las fosas nasales del chico, y en su cabello y su cuero cabelludo. Le abrió el párpado para mirarle la pupila, que no respondió.

—¿Tenemos que llamar al médico? —preguntó Higgins con nerviosismo.

Willoughby pensó rápidamente. Aquel era el tercer prisionero que había resultado gravemente herido durante interrogatorios llevados a cabo por él. Su superior le había advertido ya al respecto. Si aquel chico moría mientras estaba bajo su custodia, lo degradarían de nuevo a policía.

—No, no es necesario. De todos modos, este chico es carne de patíbulo.

El enorme policía arrastró los pies y miró el suelo manchado.

—Pero no lo creo, señor. Quiero decir, en realidad no ha matado a nadie. Lo hizo el camión.

Willoughby lo miró con severidad.

—¿De verdad tengo que recordarte que murió uno de los tuyos? ¿Eso no significa nada para ti, agente Higgins?

El hombre corpulento dio un paso atrás.

—Por supuesto que sí, señor. Ambrose Tapper era un buen policía, uno estupendo, de hecho. No había otro mejor.

—¿Entonces?

El hombre miró a Lonzo con nerviosismo.

—Pero si hacen preguntas, sobre cómo se hizo las lesiones, señor… La gente podría… Ya sabe. Yo no quiero perder mi trabajo —añadió, mirando al inspector con nerviosismo—. Quiero decir, ninguno de nosotros quiere perderlo, ¿verdad?

Willoughby se levantó y miró a Lonzo. Después de un momento de reflexión, dijo:

—El bombardeo de la otra noche.

—¿Qué pasa con eso, señor? La radio dice que podrían volver esta noche.

Willoughby se frotó el bozo de la barbilla.

—Bueno, esta noche llevaremos a este chico de nuevo a la escena del crimen. Y si los alemanes nos bombardean, nos vendrá bien.

—Pero, señor…

—Cumplirás con tu deber, agente, o serás amonestado.

Higgins se cuadró con desánimo.

—Sí, señor. ¿Cómo lo haremos, entonces?

Willoughby comenzó a hablar en voz baja.