¿Un buen hombre?
¿UN BUEN HOMbrE?
— L a carta parece estar en orden —le dijo la enfermera Tweedy a Molly a la mañana siguiente.
La plegó, volvió a guardarla en el sobre y la metió en un cajón de su escritorio.
Se levantó y continuó—: Bueno, vamos a buscarte un uniforme adecuado.
Anoche hice que una de nuestras voluntarias modificara uno de una enfermera que tenía más o menos tu talla. Creo que te irá bien.
Llevó a Molly a un vestuario y le presentó el atuendo: falda y blusa blanca, cofia y capa azul, unos zapatos con la suela de goma y medias blancas.
—Adelante, cámbiate y te diré lo que tienes que hacer. He pensado que al principio podrías trabajar con las mujeres de la WVS , enrollando vendas y cosas así. Después, acompañarás a las enfermeras en sus rondas, para que vayas haciéndote con el trabajo. ¿Qué te parece?
—Bien —dijo Molly, que estaba ruborizada por el entusiasmo, pero también sufriendo un caso grave de mariposas en el estómago.
Rápidamente se puso el uniforme y se reunió con Tweedy en el pasillo.
—Había oído hablar del WVS , pero no estaba segura de qué hacían exactamente.
—Sí, el Servicio Voluntario Femenino. Hacen muchas cosas.
Se ocupan de las cocinas de campaña y de las cantinas, de los programas de ropa para los sin techo y de realizar el trabajo doméstico en las clínicas como esta.
Incluso remiendan calcetines para el ejército.
No sé qué haríamos sin ellas. No cobran nada, por supuesto, e incluso tienen que comprarse sus propios uniformes.
Condujo a Molly a una habitación donde había un pequeño grupo de mujeres con su uniforme oficial de falda verde y gris de tweed , jersey rojo y sombrero de fieltro sentadas a una mesa larga, enrollando vendas y llenando kits de artículos médicos y otros básicos.
Algunas remendaban calcetines, como Tweedy le había mencionado.
Otras salieron de la habitación con fregonas y cubos y trapos y largas listas en portapapeles.
Tweedy presentó a Molly. Varias mujeres se mostraron sorprendidas al verla con el uniforme de las enfermeras.
—¿Qué edad tienes, querida? —le preguntó una.
—¿En años de guerra o del calendario? —contestó Molly, que se había preparado para aquella pregunta.
Aquello rompió el hielo, ya que su respuesta hizo reír a todas las mujeres. Molly enrolló vendas durante varias horas y terminó enseñando a las demás un modo más rápido y eficaz de hacerlo.
—Qué maravilla —opinó la dama que le había preguntado la edad—. Eres muy lista. ¿Dónde aprendiste a hacer eso?
—En el hospital de una localidad llamada Leiston. Está en Suffolk.
—Bueno, yo nunca he estado allí, pero parecen estar al tanto de las técnicas modernas.
—Sí, lo están.
Después de un almuerzo apresurado en la cantina de la clínica, Molly siguió a una enfermera en sus rondas. Sabía que la mujer le estaba dando tareas y observándola con atención para evaluar su nivel de habilidad y conocimiento.
—Tienes buena técnica y bastante experiencia, Molly, además de buena mano con los pacientes —le dijo más tarde—. Inspiras confianza, y solo con eso ya tienes ganada la mitad de la batalla.
—Estos pacientes sufren heridas muy graves —dijo Molly.
—Sí, así es. Y si los hospitales no estuvieran totalmente llenos, estarían allí. Nosotros solo tenemos a dos médicos haciendo turnos.
—¿Solo dos? —preguntó una sorprendida Molly.
—Y ambos son bastante viejos y no conocen los nuevos avances. Los médicos jóvenes están a jornada completa en los hospitales, o en el ejército. O los mataron en los bombardeos. Es desesperante.
—Pero tenéis enfermeras, como tú —dijo Molly con tenacidad.
—Y como tú, Molly —contestó la enfermera con amabilidad.
Más tarde, después de terminar su jornada laboral, la agotada Molly caminó lentamente de vuelta al Bastión de los Libros, don de Oliver estaba colocando algunos tomos recién llegados en la estanterías.
—¿Cómo ha ido? —le preguntó, mirando sobre su hombro y viendo a Desdemona Macklin que los observaba a través de su escaparate. La saludó con la mano y ella le devolvió el saludo con vacilación.
Molly miró en su dirección.
—Charlie me mencionó que esa mujer era muy observadora.
—Se llama Desdemona Macklin y, sí, lo es. Imogen no la aguantaba. No se le pasan muchas cosas. En realidad, seria una excelente espía —añadió, mirando a Molly.
—Bueno, hoy me ha ido muy bien, al menos médicamente hablando —le contó la chica—. Pero hay pacientes gravemente heridos, y muchos enfermos. Y los recursos que tenemos para ayudarlos están lejos de ser adecuados.
—Molly, creo que acabas de describir con gran precisión el problema principal de Inglaterra —le dijo Oliver—. Pero deja que ponga al fuego la tetera. Hay pocas experiencias en la vida que una taza o dos no consigan mejorar. ¿Quieres cenar?
—No, he comido en la cantina de la clínica. ¿Usted quiere que le prepare algo? —le preguntó, con vacilación—. Aunque le advierto que soy un desastre en la cocina.
—Estoy bien.
—Y gracias por la carta. Estaba muy bien escrita.
—Se me habrá pegado algo de Imogen —respondió él mientras desaparecía tras la cortina.
Molly soltó la bolsa en la que había guardado la ropa con la que había ido a la clínica y se quitó la capa para colgarla de un gancho junto al desgastado abrigo de Oliver.
Seguía inquietándola que el librero pareciera estar siempre canalizando las ideas y opiniones de su esposa fallecida en lugar de compartir las suyas, que considerara que Imogen era una fuente perfecta de conocimiento y sabiduría mientras desdeñaba sus propios logros y talentos.
Su madre había estado obsesionada con ella; eso lo veía ahora con claridad.
Pero ¿estaba Oliver obsesionado con la difunta Imogen? ¿Era eso sano? Molly no lo creía.
¿Y qué estaba haciendo con el tipo raro al que Charlie había visto, el que tenía la extraña máquina y documentos en alemán?
Molly sabía que debería intentar descubrir más al respecto, pero el hecho era que temía hacerlo.
No era que creyera que podía descubrir algo desagradable o corrupto en el señor Oliver, pero sí que descubrir la verdad podría, de algún modo, hacer que lo perdiera como amigo.
Justo ahora, él era lo único que tenía. Era una sensación horrible, depender tanto de otra persona.
Pero el señor Oliver debe tener la misma sensación conmigo.
Molly recorrió la librería con la mirada y el desordenado paisaje le resultó reconfortante.
Hojeó un libro aquí y allá y leyó una línea o dos.
Después, levantó la mirada y vio un tomo de George Sand.
Miró de reojo la cortina, pero todavía no había oído el ronroneo de la tetera, así que tenía tiempo.
Sacó el libro del estante y lo abrió. Se sintió tan aliviada como decepcionada al ver que no lo habían destripado, como al libro que Charlie había encontrado.
—¿Buscas una buena lectura?
Levantó la mirada para ver a Oliver en la cortina.
—El té estará listo pronto, y tengo algunas galletas. —Se acercó a ella—. Ah, George Sand.
Ella lo observó con atención para ver si había algo extraño en su expresión, pero no pudo decidir si lo había o no.
—No lo he leído. —Molly miró el título—. ¿ La pequeña Fadette ?
— La Petite Fadette en el original francés.
Es una complicada historia de gemelos en la campiña rural francesa.
Los escritores se sienten a menudo fascinados por los gemelos.
Shakespeare, por ejemplo; su obra está repleta de gemelos.
Noche de Reyes , se me viene a la mente.
Y el americano Mark Twain escribió a menudo sobre ellos.
—Interesante. ¿Ha escrito el señor Sand otras novelas?
—George Sand era en realidad una mujer francesa llamada Amantine Dupin. Escribió en el siglo diecinueve.
—¿Por qué usaba un nombre de hombre? —preguntó Molly.
—Supongo que en esa época escribir no se consideraba una labor adecuada para una mujer. Como Imogen me dijo una vez, durante la mayor parte de la historia, «Anónimo» fue una mujer.
—Si yo escribiera alguna vez una historia, lo haría con mi propio nombre y me sentiría orgullosa de ello. Supongo que es un enorme trabajo.
Oliver miró la puerta del despacho de su esposa.
—De eso puedo dar fe. —Añadió rápidamente—: Pero solo porque Imogen hablaba a menudo de lo duro que era.
Molly frunció el ceño cuando de nuevo apareció su esposa en la conversación. Decidió abordar por fin el tema.
—Señor Oliver, ¿se da cuenta de que siempre parece estar hablando de Imogen, como si usted no tuviera ideas u opiniones propias, sino solo el recuerdo de lo que ella dijo o hizo?
El librero parecía sorprendido por esta observación, y al principio Molly no supo distinguir su reacción. ¿Enfado, quizá?
Sin embargo, su expresión se suavizó y el hombre se apoyó en la pared.
—¿Eso hago? —preguntó, cansado.
—Creo que sabe que lo hace —dijo ella con firmeza—. Me dijo que se le dan bastante bien los números. Ese es un talento único. Supongo que se le daban mejor que a Imogen.
Eso hizo que Oliver se detuviera a pensar. Bajó la mirada.
—Yo… Soy bastante bueno en… matemáticas y esas cosas. No creo que eso fuera algo que interesara a Imogen.
—Quizá porque ella no era tan buena en ello como usted —replicó. Él no contestó a eso—. Pero uno no puede ser bueno en todo, ¿verdad?
—No —dijo Oliver en voz baja. La miró—. Aprecio lo que estás intentando hacer, Molly, pero cuando has querido a alguien tanto como yo amaba a Imogen y después lo pierdes…
—Se encogió de hombros. Su expresión era una de las más tristes que ella había visto nunca—.
Creo que lo que intentas hacer, sobre todo lo demás, es mantener a esa persona viva en tu mente y en tus palabras.
Quieres… Quieres asegurarte de que esa persona está contigo en todo momento, para…
—¿Para no tener la oportunidad de olvidarla? —le preguntó Molly.
Él asintió.
—Y cuando uno además se siente culpable por el fallecimiento del otro…
—¿Por qué habría de sentirse culpable, señor Oliver? Quiero decir, no sé cómo murió ella, pero no hay nada que usted pudiera haber hecho, ¿verdad?
—Siempre se puede hacer algo, Molly. Siempre. De hecho, si yo hubiera hecho algo, ella quizá seguiría viva.
—¿Qué podría…? —le espetó una sorprendida Molly.
La tetera silbó y un Oliver visiblemente incómodo se marchó.
—Ah, el té —dijo rápidamente, antes de que ella pudiera terminar.
Mientras tomaban una taza de té con galletas, Oliver dijo:
—Bueno, Molly, quiero que sepas que escribí al Ministerio de Guerra respecto a tu padre. Tan pronto como reciba respuesta, lo compartiré contigo.
—Gracias. Yo también voy a escribir al Instituto Benéfico de Cornwall. Las cartas que el doctor Stephens me envió se perdieron en el bombardeo, pero recuerdo la dirección. Bueno, ¿qué vamos a hacer respecto a Charlie?
Él le explicó que sería imposible encontrar a su amigo.
—Espero de verdad que regrese aquí en algún momento.
—Pero está solo, ahí fuera —dijo ella, frunciendo el ceño—. Podría pasarle algo. Hay… mala gente en esta ciudad que puede aprovecharse de un niño indefenso.
Él la miró, alarmado.
—Molly, ¿estás hablando de algo concreto?
—Es solo que, desde que volví aquí, he visto mucha destrucción y desesperación, y me parece que no es una buena situación para que un niño esté solo.
Oliver parecía sentirse culpable.
—Tienes toda la razón, y me avergüenza haber asumido esa postura. Debemos hacer todo lo posible por encontrarlo. —La miró—. Es decir, debo hacerlo yo. Tú tienes trabajo. Trazaré un mapa para buscar a Charlie y lo seguiré mientras estás trabajando.
—¡Pero usted tiene que abrir la librería!
—La mayoría de mis clientes vienen antes de la hora de comer. Trabajaré hasta entonces y después dedicaré mi tiempo a buscar a Charlie. Bueno, si me disculpas, tengo algunas cosas que hacer antes de mi turno esta noche en la vigilancia antiaérea.
—Señor Oliver…
—¿Sí?
Molly se moría de ganas de preguntarle por las circunstancias de la muerte de Imogen y qué podría haber hecho él para evitarla, pero solo dijo:
—No importa. No es importante.