Extraños en el tiempo Una noche de misivas
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Una noche de misivas

UNA NOCHE DE MISIVAS

M ientras Molly dormía sin duda un sueño inquieto en su dormitorio, Oliver (que había terminado su tumo como vigilante antiaéreo una noche en la que, afortunadamente, no había sonado ninguna sirena) abrió la puerta del despacho de Imogen y se sentó ante el escritorio.

No habría intentos infructuosos, como habitualmente, de añadir algo a la novela de su esposa. Redactaría una carta para Molly.

Decidió qué pluma y qué papel sería más adecuado y tomó esos elementos, con la única luz de una vela.

Como le había pedido Molly, Oliver dirigió la carta a la enfermera Tweedy.

Pensó bien en cuáles serían las mejores palabras para expresar su absoluta confianza en las habilidades de Molly, así como su aprobación a que ayudara con el esfuerzo bélico.

No fue tan difícil formularlo, ya que había visto su evidente destreza en la desesperada situación con el herido del brazo ensangrentado.

Estuvo a punto de firmar con su nombre real al final de la carta en lugar de con un elegante y audaz Herbert James Wakefield.

Un pequeño engaño por la mejor de las razones .

Secó la carta, la dobló y la guardó en el interior de un sobre que después cerró.

Ahora tenía una carta más que redactar. Y esta la haría en la máquina de escribir Crown.

Colocó los dedos sobre las teclas y escribió.

Dirigió la carta al comandante Scott Bryant, su contacto en el Ministerio de Guerra.

Oliver le preguntó por el paradero de un tal Herbert James Wakefield, recientemente en Chelsea y al parecer firmante de la Ley de Secretos Oficiales.

No detallaba por qué estaba interesado en Wakefield, ni le contaba que en ese momento tenía alojada en su habitación de invitados a la hija del hombre.

Si lo descubrían, sabía que alguien del Ministerio de Sanidad se presentaría allí de inmediato, para liberarlo de la muchacha.

Pero sentía curiosidad por la razón por la que habían estado vigilando a Molly. Oliver dudaba seriamente de que estuviera relacionado con ella o con su madre, lo que dejaba solo al padre desaparecido como la causa, y también probablemente como la razón de su propia desaparición.

Es obvio que mintió, y que quieren encontrarlo. La única pregunta es por qué.

Terminó la carta con los clichés y los agradecimientos habituales y con la declaración de secreto y esas cosas. Sacó la carta de la Crown y la firmó. Escribió la dirección en otro sobre y guardó la carta en el interior. La dejaría en el correo por la mañana.

Terminadas sus tareas, Oliver apagó la vela, cerró el despacho y colocó ambos sobres sobre el mostrador.

Abrió la caja registradora y miró el dinero del interior.

Conocía la cantidad hasta el último chelín, y el dinero que Charlie había encontrado en casa de Molly había sido una contribución importante.

Sabía que había gente que realmente no tenía nada.

Como Charlie.

Se acercó a la ventana y apartó las cortinas opacas.

Una vez le había preguntado a su esposa por qué no había abierto su padre la librería en Paternoster Row, en la City.

Allí era donde estaban la mayor parte de las librerías importantes, y también el enorme mayorista, Simpkin & Marshall, a quien Oliver compraba gran parte de su inventario.

Paternoster Row era un lugar especial, le parecía, con una historia interesante tras su hombre.

Siglos antes, los monjes y clérigos de San Pablo marchaban por esa calle recitando el padrenuestro, y «Pater Noster» eran las primeras palabras en el latín original.

Las palabras se combinaron con el tiempo para dar a la calle su inusual nombre.

También se había producido un efecto contagio, ya que cerca había otros nombres de inspiración religiosa como Ave Maria Lane y Amen Comer.

Le hacía sonreír que algo de origen divino se hubiera convertido en una memorable referencia histórica que había perseverado hasta aquel día.

La respuesta de su esposa a aquella pregunta sobre la ubicación del Bastión de los Libros había sido sencilla y directa:

«Mi padre decía que debíamos propagar la riqueza de los libros, Iggy.

Si los concentráramos en un único lugar, habría otros que se verían privados de la experiencia de abrir un tomo maravilloso.

No, debemos estar allí donde está la gente que nos necesita.

Y la gente que necesita libros está por toda esta enorme ciudad, no solo en un único lugar encumbrado.

Y los lugares en los que hay libros que la gente lee, se encumbran naturalmente, en el mejor sentido posible.

Se elevan porque también lo hacen las mentes y los espíritus individuales».

Oliver recordaba aquellas palabras con claridad.

Y la decisión de su padre había resultado ser profética para ellos, pero devastadora para otros.

En 1940, en una peligrosa noche cerca de Navidad, los alemanes bombardearon el sector donde estaba Paternoster Row con tal ferocidad que parecían saber exactamente qué había allí abajo.

Un político norteamericano, Wendell Willkie, había visitado los restos de Paternoster Row el mes siguiente y remarcado que los alemanes arrasaban aquellos lugares donde se decía la verdad. Oliver sabía muy poco de los norteamericanos, pero creía que Willkie había dado en el clavo.

Libros llenos de verdad convertidos en ceniza, y en su ausencia, mentes convertidas en lo mismo.

Incluso antes de que las bombas principales cayeran aquella noche, los chisporroteantes incendiarios de magnesio lanzados con paracaídas habían prendido las calles, convirtiendo una tranquila calle de libros y edificios en una conflagración.

Ardía con tanta fuerza y había tantos explosivos, que la arena, normalmente un enemigo fiable del magnesio, resultó inútil.

Y si uno le echaba agua al magnesio, simplemente explotaba.

Un problema añadido era el hecho de que las bombas alemanas también habían volado las cañerías del agua.

Y el ataque se había producido con marea baja, lo que significaba que sacar agua del Támesis era casi imposible.

Al final, los bomberos se resignaron a dejar que Paternoster Row ardiera hasta consumirse.

Y lo hizo.

Simpkin & Marshall, en concreto, había ardido con una intensidad quizá nunca antes vista en la ciudad.

El infierno había estado alimentado por su inventario de millones de libros.

Y, lo que era más trágico, mucha gente había muerto, algunos incinerados en sus camas.

Lo habían considerado el Segundo Gran Incendio de Londres, después del que había ocurrido casi tres siglos antes.

Toda la ciudad estuvo en riesgo de arder por las bombas incendiarias que lanzaron esa fría noche de diciembre, pero al final extinguieron los incendios.

La cercana catedral de San Pablo se había librado una vez más.

Oliver e Imogen se aventuraron un día hasta Paternoster Row para ver la devastación.

Ambos habían llorado abiertamente por la pérdida.

Su esposa había sido casi inconsolable. Las cenizas de los libros destruidos todavía se arremolinaban en la brisa, cubriéndolos como el detrito de una erupción apocalíptica.

La lista de bajas colocada en el ayuntamiento del municipio tenía varias páginas, recordaba Oliver, incluyendo a una docena de bomberos que habían perecido combatiendo las llamas.

Recordó que había visto a Imogen mirando sin ver la pérdida de libros y personas, sus dos cosas favoritas de la vida, y después derrumbándose en la acera, sollozando.

Él la abrazó con tanta fuerza como pudo, pero nada de lo que podía decir era lo bastante consolador y los sollozos sacudieron a su querida esposa durante más de una hora.

Cuando Imogen se levantó, tambaleándose, lo miró como nunca lo había mirado antes. Era como si hubiera una persona distinta estuviera ante él.

—La guerra nunca es la respuesta, Ignatius —dijo—. Nunca.

Y después se alejó. Resultó que aquel había sido un momento decisivo para Imogen Oliver. Para ambos, en realidad.

Oliver notó que las lágrimas se reunían en sus ojos ante el triste recuerdo.

Miró la tienda del Jardín Secreto al otro lado de la calle. Desdemona Macklin sin duda describiría a Oliver como alguien reservado, pero ella era observadora. Parecía fijarse en cada visitante que recibía. Y sobre todo en uno en concreto: Cedric. Eso no era bueno.

Cerró las cortinas. Durante el Blitz, la mayoría de las tiendas cerraban a las cuatro para que la gente pudiera dormir un poco antes de comenzar con sus turnos nocturnos como bomberos y vigilantes antiaéreos o como voluntarios en la división de rescate pesado, entre otras cosas.

Esta última estaba compuesta por hombres que conducían desvencijados camiones cuyo ingrato trabajo era buscar a los supervivientes entre los escombros, aunque más a menudo encontraban a los muertos.

Aquellos equipos estaban compuestos habitualmente por obreros de la construcción, que usaban su conocimiento de las estructuras y puntos de carga para buscar con seguridad en los edificios colapsados.

Se subió la manga y miró una de las quemaduras que había sufrido cuando un explosivo de magnesio cayó sobre él.

Era como si le hubieran inyectado fuego eléctrico.

Si su compañero en la guardia aérea no lo hubiera ayudado, Oliver sabía que ya no estaría vivo.

Su compañero murió la noche siguiente cuando un muro se le derrumbó encima.

Oliver había estado una docena de pasos atrás, solo porque se había detenido para recoger a un gato herido.

Se había quitado la máscara de gas para ver mejor y procedió a desprender las ascuas ardiendo del pelaje del pobre animal.

Levantó la mirada para ver el muro derrumbándose sobre su colega.

No había estado de servicio, pero se encontraba cerca de la estación de metro de Marble Arch, en Oxford Street, Westminster, cuando una bomba atravesó el techo de la estación.

Los que no murieron en la explosión inicial quedaron destrozados por los azulejos que se desprendieron de las paredes y se vieron lanzados por el aire como un millar de cuchillos giratorios.

Cuando acudió a aquel lugar, no tuvo que recuperar cadáveres, sino partes del cuerpo. Él y una docena de guardias más trabajaron durante horas ayudando a limpiarlo todo. Aunque sabía que hubo supervivientes, él nunca había conocido a ninguno personalmente.

Durante su instrucción como vigilante antiaéreo le habían pedido cierto nivel de desapego, una sangre fría que a Oliver le pareció lógica y necesaria durante su formación, pero imposible de mostrar en el calor del momento.

Cualquier vigilante que pudiera desenvolverse entre la devastación y la muerte de una manera fría y desapasionada no era un ser humano al que quisiera conocer.

Los informes oficiales de Oliver, en los que los vigilantes documentaban todos los incidentes de sus guardias para crear una base de datos de la actividad enemiga, estaban habitualmente manchados por sus lágrimas.

Su mente regresó con Charlie. Estaba allí fuera, en alguna parte, y en una ciudad de millones de personas y de centenares de kilómetros cuadrados y de Dios sabía cuántos edificios y lugares en los que esconderse, y estaba seguro de que nunca lo encontraría.

Tendrían que esperar a que Charlie regresara con ellos.

Si alguna vez conseguía hacerlo.