Extraños en el tiempo El escondite
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El escondite

EL ESCONDITE

C harlie se sopló las manos y no prestó atención a su dolor de estómago.

Acababa de llegar tarde al cierre de una cantina móvil cercana, aunque la señora que la atendía se había apiadado de él y le había dado un trozo de cheddar nacional y una galleta de jengibre rancia que olía bastante mal pero que de todos modos devoró.

Ahora estaba tumbado en el agrietado asiento trasero de cuero del Singer, acurrucado en el interior de su abrigo.

Había meditado mucho dónde quedarse después de marcharse del Bastión de los Libros.

No tenía muchas opciones, pero se había decidido por el Singer.

Si no podía conducir el coche, estaba claro que lo segundo mejor sería dormir en él.

Aunque había creído que estaría mucho más calentito.

Por un momento, fantaseó con ponerlo en marcha y encender la calefacción, pero sabía que esa no sería buena idea. Haría demasiado ruido.

Alrededor de medianoche (lo supo por el tañido de las campanas de una iglesia cercana), decidió que quedarse allí tumbado con frío y hambre no era el mejor de los planes. Cerró el Singer y salió de la cochera.

Después de una larga y cansada caminata, llegó a la antigua panadería de la abuela, la que le había bajado el sueldo a la mitad y después se había negado a pagarle lo que le debía.

Forzó con habilidad la vieja cerradura de la puerta trasera, se llenó los bolsillos con todos los bollitos que pudo y también arrambló con un tarro de miel y otro de mermelada.

Nunca había pensado en robar en aquel sitio mientras la abuela trabajaba allí.

Ahora tenía la sensación de estar haciéndolo en su memoria, aunque en realidad no era así, porque la abuela nunca habría aprobado que él robara.

Después se sentó debajo de una marquesina en un callejón y devoró dos bollos grandes con miel y mermelada, y su estómago dejó de estar tan enfadado con él.

Charlie decidió entonces que no podía quedarse en el Singer noche tras noche. Tendría que encontrar un nuevo escondrijo. Y aquel era un buen momento para ocuparse de esa necesidad. Se quitó las migas del pantalón y corrió bajo la lluvia.

El antiguo refugio de Lonzo y Eddie estaba en un edificio bombardeado de Stepney, cerca del muelle. O de donde solía estar el muelle. Dobló la última esquina mientras un relámpago quebraba el cielo. El retumbo del trueno lo siguió mientras corría por las calles oscuras.

Se agachó en una esquina y miró con cautela el edificio medio destrozado.

Se le ocurrió entonces que la policía podía estar vigilando el lugar.

Esperó allí media hora, echando vistazos a su alrededor.

También miró las sombras, buscando la silueta de un robusto poli o de alguien que se pareciera al corpulento madero del Bastión de los Libros.

Al final, concluyó que no había ningún peligro, por lo que entró por la puerta de atrás, o por donde había estado la puerta de atrás antes de que la Luftwaffe llegara y la hiciera desaparecer a la fuerza.

Sabía que el espacio que Eddie y Lonzo habían usado como refugio estaba en la parte superior del edificio.

Lonzo le había explicado que el aire era más agradable allí, y que las ratas no parecían aventurarse tan alto.

Charlie había estado allí muchas veces antes, cuando salían de caza juntos por la noche y se repartían las ganancias antes de que él regresara a Dapleton Terrace.

Miró los catres gemelos en el suelo, poco más que un montón de ropa sucia, mantas que Eddie y Lonzo habían birlado y dos sacos de arpillera llenos de periódicos arrugados como almohadas.

Se sentó junto a uno de los camastros y se imaginó a Eddie a su lado, vivo, con sus ojos melancólicos y sus maneras tranquilas y prácticas.

Miró el resto de los artículos que había en el suelo.

Un cabo de vela, una caja de cerillas, algunas revistas robadas, montones de periódicos (seguramente para hacer fuego o para usarlos para dormir caliente), una sartén de hierro con los restos endurecidos de una comida cocinada hacía mucho, una botella vacía de whisky escocés Highland Queen, una cuchara y un tenedor plegable en un pequeño neceser de piel que Charlie sabía que Lonzo había robado de un bar, y un cinturón con agujeros nuevos hechos cuando el hambre había adelgazado las cinturas.

También había paquetes de tabaco vacíos, un par de calcetines viejos, un montón de latas y de cajitas vacías y…

Charlie apenas podía creer lo que veían sus ojos.

Se acercó y recogió el diario que Oliver le había regalado y que Lonzo había robado de su apartamento. Cuando cerró los dedos sobre el cuero, sintió que algo frío lo apresaba.

Se le heló la sangre.

Eddie estaba muerto. ¿Lo estaría también Lonzo? ¿Lo habrían colgado ya?

Charlie volvió al lugar donde había estado antes y se sentó allí, con las rodillas contra el pecho. El granuloso frío de la cubierta del diario se filtró lentamente en sus manos.

Lo abrió y descubrió que Lonzo había escrito algo en las guardas. La letra era infantil; Lonzo había estado escolarizado muy poco tiempo, él lo sabía. No obstante, pudo leer las palabras con facilidad.

« Loaento, Edi ».

Charlie murmuró las palabras, no solo repitiendo lo que estaba escrito, sino quizá entendiendo que estaba hablando con su colega fallecido.

Lo siento, Eddie.

Soltó el diario, se levantó y se acercó a una ventana sin cristal. El frío se coló desde el Támesis y le provocó un crudo y miserable escalofrío, y las gotas de lluvia invadieron el interior de su nueva casa.

Charlie miró la ciudad donde había nacido, y seguramente también el lugar donde moriría. Era una extensa y complicada planicie de edificios y gente; buena, en su mayoría, aunque había algunos que no lo eran. Y otros, como él, tenían elementos de ambas cosas. Pero sabía que todos temían el porvenir.

Charlie podía morirse al día siguiente en un bombardeo, o atropellado por un autobús que se abalanzara sobre él desde la brumosa oscuridad. O lo colgarían por delinquir en época de guerra. Sabía que había arrebatado un padre a sus hijos, un marido a su esposa.

Y la cabeza del pobre Eddie había quedado aplastada bajo la rueda sucia de ese camión.

Era horrible y muy triste y estaba muy lejos de su capacidad juvenil para comprenderlo en toda su magnitud.

No obstante, en el espectro de la estrecha brújula moral que había fijado para sí mismo, Charlie había obrado mal.

Y nunca conseguiría reparar aquel horrible acto.

No podía devolver las cosas robadas, ni desdecir las mentiras que le había contado a su abuela.

Su penitencia sería la vida que ahora debía llevar. Incluso cuando la guerra terminara, sin importar quién ganara, él sería Charlie Matters, el asesino.

Se tambaleó y se desplomó en la antigua cama de Eddie. No quería llorar, pero lo hizo de todos modos, con la imagen de su madre muerta grabada en la mente. Cuando terminó de llorar y se secó los ojos y la cara con la manga sucia, se dijo a sí mismo:

Eres un hombre, Charlie Matters. No tienes tiempo para lágrimas inútiles, colega.