Extraños en el tiempo Un triste descubrimiento
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Un triste descubrimiento

UN TRISTE DESCUbrIMIENTO

M ás tarde, tanto Molly como Oliver miraron consternados el dinero y los artículos recuperados de la casa de Molly que había sobre el mostrador.

—Charlie ha estado aquí —dijo ella enfáticamente—. Estas cosas estaban en mi casa. —Abrió la lata metálica, revelando el dinero del interior—. Estos eran los fondos de nuestra casa.

Tomó del montón la fotografía con sus padres y la examinó mientras Oliver se frotaba la barbilla, evidentemente perdido en sus pensamientos. Miró la puerta.

—¿Crees que…? ¿Podría habernos visto hablando con el inspector y dedujo sobre qué era? O puede que oyera…

—Y después dejó esto aquí y… —dijo Molly, que parecía a punto de echarse a llorar.

—Eso seguramente explicaría las cosas. Y después podría haber huido porque no quiere darnos problemas.

—Tenemos que encontrarlo, señor Oliver. Tenemos que decirle que sabemos que él no tuvo nada que ver con lo que le ocurrió a ese chico y al policía.

—Pero parece que estuvo aquí esa noche, Molly.

—No puede creer que Charlie quería que ese chico y el policía murieran.

—Por supuesto que no. Charlie es un buen chico. Pero él… Bueno, él…

—¿Qué? —replicó ella con brusquedad.

—Lo cierto es que una noche me robó un dinero.

—¿Qué?

—Pero me lo devolvió todo al día siguiente. Quiero decir, vino hasta aquí para traerme el dinero. Eso es de buena persona.

—Sí, lo es —dijo una aliviada Molly.

—Pero a los ojos del inspector Willoughby, estuvo en la escena del crimen y huyó, lo que, en sí mismo, lo convierte en culpable.

—Entonces, ¿qué podemos hacer?

—Tenemos que encontrar a Charlie y asegurarle que está a salvo y que creemos que es inocente y que lo… esconderemos.

—Pero ¿eso no es un delito?

Oliver parecía profundamente perturbado.

—Podría considerarse así, pero yo soy el adulto y por eso seré el responsable. Debido a tu edad, tú no lo serás.

—Charlie es más joven que yo y aun así la policía lo está buscando por un delito, así que no estoy segura de que su teoría sea correcta —replicó Molly.

—En eso tienes toda la razón —respondió Oliver, suspirando.

—Pero eso no me importa. Charlie es mi amigo. De hecho, vosotros dos sois los únicos amigos que tengo. Así que, ¿cómo vamos a encontrarlo?

—El primer lugar donde deberíamos mirar es su antiguo apartamento. Podría haber regresado allí. No obstante, quizá haya ya otro inquilino. La vivienda escasea, y estas cosas suelen suceder rápido. Iremos allí de inmediato.

Molly recogió el dinero que Charlie había dejado allí y se lo entregó a Oliver.

—Debería guardarlo usted. Es… un pago parcial por nosotros, al menos por mí, por alojarme aquí. Hasta que Charlie regrese —añadió rápidamente.

Se marcharon. Las aceras estaban casi vacías debido a la densa niebla; el aire era tonificantemente frío. Cada uno de ellos llevaba una máscara de gas, y usaron la pintura blanca de los bordillos, los árboles y las farolas para ver el camino.

—Así que algo de enfermería… ¿cómo era? —le preguntó.

—Auxiliar de enfermería.

A continuación, le habló de su experiencia médica en Leiston.

Él negó con la cabeza.

—Por Dios, Molly, hacer ese tipo de trabajo siendo tan joven. Nunca había oído otro caso así. Y cómo te ocupaste de ese hombre herido. Fue increíble, de verdad.

—La gente joven es capaz de muchas cosas, si es necesario —contestó, animada.

—Totalmente. Sí.

—Esta noche debe escribirle esa carta a la enfermera Tweedy.

—Te prometo que lo haré.

Después de una considerable caminata de la que terminaron con los pies cansados y doloridos, llegaron a Dapleton Terrace.

Preguntaron a varios de los residentes y descubrieron que ninguno de ellos había visto a Charlie desde que se llevaron a su abuela.

También descubrieron que, aunque habían alquilado el apartamento, los nuevos inquilinos todavía no se habían mudado.

Subieron las escaleras y atravesaron el vestíbulo hasta el antiguo hogar de Charlie.

Molly miró a Oliver.

—Nunca me contó cómo sabía dónde vivía Charlie.

—Vine a traerle una cosa, algo que se le perdió cerca de mi tienda. Incluía su dirección. Pero no he estado dentro. ¿Tú habías estado aquí antes?

—Sí, una vez, cuando Charlie y yo fuimos de pícnic, y una segunda vez, cuando vinimos a buscar el diario que usted le regaló. Se lo dejó olvidado aquí por accidente.

—Ya. ¿Y dices que se lo robó el tal Lonzo?

—Sí.

La puerta no estaba cerrada con llave y entraron en silencio. Oliver encendió la luz y la débil iluminación les permitió mirar alrededor.

Molly le enseñó la alacena con la caja en la que Charlie dormía.

Oliver se detuvo allí un instante, mirando el compartimento que apenas era lo bastante grande para un bebé, y mucho menos para un chico de la edad de Charlie.

En el dormitorio de la abuela, Molly vio la fotografía de la pared.

—Seguramente querrá conservar eso.

—Sí —dijo Oliver, acercándose—. Parece que son sus padres.

El librero descolgó la fotografía de la pared y se la guardó en el bolsillo del abrigo.

—Supongo que su abuela tendría un monedero, o algo así —dijo Molly—, pero no lo veo por ninguna parte.

Ni las cartillas de racionamiento. Debería haberlas buscado cuando vine aquí con Charlie la última vez, pero él estaba tan enfadado porque Lonzo se había llevado su diario que ni siquiera se me ocurrió.

—Me temo que tanto su monedero como las cartillas de racionamiento se han esfumado.

—¿Crees que podría haber vuelto a dónde yo vivía?

—No habría razón para ello. Obviamente ya estuvo allí para rebuscar entre los escombros, cuando encontró las cosas que dejó en la tienda.

—Me mencionó que a Lonzo lo habían… Bueno, que sus familias de acogida lo habían echado.

—¿Dónde vivía, entonces?

—Charlie no me lo dijo.

Oliver miró a su alrededor sin esperanza.

—Me temo, Molly, que a menos que seamos muy afortunados, quizá tengamos que esperar a que Charlie regrese con nosotros.

Ella hizo una mueca de tristeza.

—Pero ¿y si no lo hace? ¿Y si intenta unirse al ejército, como Lonzo?

—Charlie sabe que eso sería imposible. Puede que el tal Lonzo pudiera pasar por un joven en edad de reclutamiento, pero Charlie sencillamente no lo conseguiría.

Encontraron un autobús que los llevaría de vuelta a Covent Garden. Cuando Molly lo reprendió por el precio de los billetes, Oliver le dijo:

—Estoy cansado, me duelen mucho los pies, y estoy seguro de que a ti también. Y todavía tengo que hacer mis rondas de vigilancia aérea esta noche. Y tú trabajarás por la mañana. Y tengo que escribirte una carta. Y después tengo que escribir otra carta más.

—¿Para quién es la segunda carta?

—Para un tipo al que conozco en el Ministerio de Guerra. Quizá sepa algo sobre tu padre. Podría llamarlo por teléfono, pero nunca responde. Va contra sus estrictas regulaciones, o algo así. Es bastante irritante. —Le dedicó a Molly una sonrisa débil.

Durante el viaje de regreso a Covent Garden se sentaron en la parte de atrás. Había comenzado a llover y se había levantado viento; el frío se coló en el autobús y los agarró con fuerza.

Molly observó a Oliver, que se ciñó el fino abrigo, se caló el sombrero y cerró los ojos.

Charlie y ella no habían descubierto qué relación tenía Oliver con el hombre de los documentos en alemán que tenía aquella extraña máquina en su apartamento. Aun así, le costaba creer que el librero estuviera involucrado en algo ilegal.

Si no puedo fiarme de él, ¿de quién voy a fiarme? No me queda nadie más.