Extraños en el tiempo Expuesto
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P rimero llegó el barco, o la goleta, o como fuera que la hubiera llamado ese hombre. Lo que Charlie la llamó fue «mugrienta», y el hombre le pagó a él y a otros chavales media corona a cada uno por sacar cosas a paladas de ella y dejarlas caer en el Támesis junto al resto del fango.

Después de eso, Charlie se comió una manzana que por casualidad se cayó de un tenderete tras un pequeño codazo suyo.

Más tarde recogió estiércol de caballo de las carretas y lo llevó en sacos de arpillera a los huertos comunitarios, donde serviría como fertilizante.

Eso le proporcionó algunos chelines más.

Y a continuación se ganó otra corona cuando el agradecido padre de dos niños pequeños le pidió que trepara por los escombros de su casa bombardeada para encontrar a un cachorro que se encontraba medio enterrado bajo la piedra y el polvo.

La criatura estaba viva y milagrosamente ilesa, y tan contenta de ser rescatada que le dio a Charlie un par de lametazos en la nariz y se apretó con fuerza contra él, sin duda reacia a quedarse sola de nuevo.

El chico nunca había tenido una mascota y no quiso soltarlo hasta que vio lo entusiasmado que estaba el perro de reunirse con su familia.

Vio cómo se lo llevaban, tan felices como era posible a pesar de no tener ya una casa.

Después del rescate del cachorro, Charlie se enjuagó la cara, las manos y la ropa en un grifo y birló un par de bonitos guantes de conducir de piel y un sombrero Homburg casi nuevecito de un Rolls-Royce que habían dejado abierto junto a la acera delante de una elegante mansión en la muy elegante Belgravia.

Le vendió esos artículos a un tipo turbio en un callejón cerca del edificio de la BBC, junto al hotel Langham, que Charlie sabía que tenía un próspero negocio «encontrando» artículos como aquellos.

Eso metió tres guineas enteras en su bolsillo.

A continuación, tenía que ir a un sitio donde no tendría que sacar mugre a paladas ni birlar para conseguir dinero.

Hizo el viaje colgado de la parte de atrás de un camión y saltó muy cerca de Chelsea. Caminó el resto del camino hasta donde solía alzarse la casa de Molly con lujosa elegancia.

Una vez allí, revolvió los escombros y encontró la pluma Conway Steward acuñada entre dos fragmentos de ladrillo roto.

Estaba en sorprendente buena forma, y se la guardó en el bolsillo.

Después de eso encontró una pipa de cerezo curvada y algunas monedas y libras sujetas por una goma elástica en el interior de una caja metálica debajo de un montón de escombros.

Esto fue a parar a otro bolsillo. Le sorprendió bastante encontrar aquello porque, normalmente, esos artículos solían terminar en las manos de tipos como él que acudían después del bombardeo, o incluso de los bomberos, vigilantes, trabajadores de los servicios de rescate y policías.

Había un cepillo que creía recordar que Molly había usado con él.

Y por último encontró una foto en un marco con el cristal agrietado.

En la fotografía aparecía Molly y, suponía, su madre y su padre. A Charlie le parecía que tenía alrededor de seis años de edad. La limpió lo mejor posible con sus pantalones y se la guardó en otro bolsillo.

Levantó la mirada y le sorprendió no haberlo visto antes.

El garaje que había detrás de la casa no había recibido daño.

Aquello era prácticamente un milagro, pero Charlie estaba acostumbrado a esas cosas.

A él mismo le había pasado. Cuando las bombas cayeron, los edificios que flanqueaban el colegio habían desaparecido, mientras que este permaneció sin daños, y ni una sola ventana rota.

Avanzó sobre los escombros hasta la cochera y miró a través de la ventana. Allí estaba el Singer, amarillo, con la parte superior negra y una larga capota cuadrada.

Charlie miró a su alrededor y, como no vio a nadie, usó su ganzúa para forzar la cerradura de la puerta y entrar.

Olía a gasolina y a aceite para motor y a humedad.

Había complicadas telarañas tejidas en todos los rincones del garaje.

Se acercó al noble Singer con reverencia, como si estuviera en presencia de un monarca divino.

Deslizó la mirada sobre la larga capota y después reunió el valor para tocar la carrocería metálica.

Estaba fría y sólida. Charlie abrió la puerta del conductor.

Olía a cuero antiguo, y los botones del salpicadero brillaban como las estrellas del cielo.

Se sentó y agarró el volante; abrió y cerró los dedos alrededor de la esfera.

No sabía conducir un coche, pero allí estaba: ¡Charlie Matters, sentado al volante de un Singer!

Miró el asiento trasero, donde se imaginó que se sentarían Molly y sus padres, quizá con una cesta de pícnic llena de cosas maravillosas para comer.

Abrió la guantera y hurgó en ella hasta que sus dedos tocaron algo metálico.

Sacó la llave del coche y otra llave que seguramente era la de la puerta del garaje.

Ojiplático, miró el contacto y el botón de encendido, pero después perdió el valor.

Se guardó las llaves porque sabía que por allí podía pasar algún tipo con la habilidad y el valor de los que él carecía y el Singer desaparecería.

Salió, usó la llave para cerrar todas las puertas y se marchó del garaje después de cerrarlo también con la otra llave.

Saltó a la caja trasera de una camioneta de reparto y viajó en ella durante la mitad del camino hasta Covent Garden.

Cuando por fin llegó al callejón, vio a un hombre hablando con Oliver.

Este le enseñó al librero algo que él no consiguió distinguir.

Después, Molly apareció en el otro extremo del callejón y ambos hablaron con el hombre.

Manteniéndose fuera de la vista, Charlie oyó mencionar su nombre claramente varias veces. Y después el nombre Lonzo Rossi .

El desconocido tenía pinta de poli. Charlie había visto suficientes para saberlo. Lonzo seguramente lo había delatado.

Cuando el policía se marchó y Molly y Oliver entraron en la tienda, Charlie se acercó a hurtadillas y miró el interior a través del escaparate.

Molly y Oliver estaban hablando y parecían muy preocupados, y él podía entender por qué.

Les habían revelado su vergonzoso secreto.

Era un criminal, un asesino. Carne de horca.

Solo unos minutos antes, emocionado por el dinero que había ganado, por los artículos que había recuperado para Molly y por la excitación de haberse sentado en el Singer e imaginado todo tipo de posibilidades que no incluían una soga alrededor del cuello, su estado de ánimo había sido justo el opuesto.

Se zambulló en la creciente oscuridad.

No sabía a dónde iría, pero no podía volver al Bastión de los Libros. No podía mirar a los ojos al señor Oliver, y a Molly menos. Recordó lo que ella había dicho después de leer en el periódico el relato de la muerte de Eddie y del agente.

«Bueno, espero que atrapen a esos otros chicos. Y espero que se sientan fatal por lo que ocurrió».

Me siento fatal, Molly, eso está claro. Pero ahora no puedo hacer na al respecto. Eddie está muerto. Lonzo está casi muerto, fijo. Y yo soy el siguiente.

Nunca se había sentido tan perdido ni tan miserable.

Había pensado que la muerte de su madre y después el fallecimiento de su abuela serían las peores cosas que le pasaran jamás.

Pero ahora que su propia supervivencia estaba en juego, el miedo que sentía era demasiado abrumador.

Y se sentía terriblemente culpable por ser tan egoísta y que su vida fuera más importante para él que la de su querida madre, que había estado dispuesta a sacrificarse por él sin pensárselo dos veces.

No vales un penique, Charlie. ¿Honorable? No eres mejor de lo que la gente espera de ti. No eres mejor que Lonzo. Robas y haces que maten a la gente. Te mereces la horca.

Incluso mientras lo pensaba, las lágrimas escaparon de sus ojos y se le cerró la garganta, como si ya la estuviera rodeando la soga.

No eres un niño, Charlie. Eres un hombre. Compórtate como tal.

Pero, aunque repitió el familiar mantra en su cabeza, no consiguió cambiar cómo se sentía: asustado, muerto de frío y de hambre. Tenía dinero en el bolsillo, pero jamás se lo gastaría en sí mismo.

Tomó una decisión repentina y regresó al Bastión de los Libros. Echó un vistazo a través del cristal para asegurarse de que no había nadie cerca.

Oliver se había olvidado de cerrar la puerta, así que Charlie sostuvo la campana para que no sonara, se escabulló al interior, dejó en el mostrador el dinero y las cosas que había encontrado en la casa en ruinas de Molly y huyó.

Miró una vez sobre su hombro la tiendecilla en la que estaban los únicos amigos que le quedaban en el mundo. Aquello puso otro enorme nudo en su garganta, porque se dio cuenta de que jamás volvería a verlos. Él no era más que un problema, y los amigos no daban problemas a sus colegas.

Apretó el paso y después echó a correr. Siempre había sido rápido. Era lo que pasaba cuando siempre tenías que salir corriendo de los desastres que provocabas.